
El primer recuerdo claro que tengo es el de una gran lámpara iluminada sobre la larga mesa del comedor. Era el amplio comedor de la casa de papá. En las noches de fiesta encendía sus bombillos entre infinitos cristales, que se veían como lágrimas.
Eran las noches cuando la familia se reunía entera, que es mucho decir, ya que recuerdo una multitud de primos, tíos y tías casados, solteros, viejos, jóvenes, que venían de lejos o que vivían cerca de nuestra casa. Mis favoritos eran mis abuelos, con aquellas caras viejitas y aquellas manos rugosas que nos acariciaban mientras hablaban de cuentos de otros tiempos. Yo solía preferir los cuentos de terror del abuelo. En ellos siempre había alguien que desaparecía misteriosamente, o tesoros escondidos o malvados espíritus que venían a visitar a las personas menos afortunadas.
La casa de mi padre era enorme, aunque, ante mis ojos de cinco años, era aun más grande. Se la veía en la esquina más alejada de la calle, al lado de casas semejantes, y ocupaba, junto al jardín, una hectárea de terreno. Cuando salíamos a jugar era difícil mantenernos juntos en un solo lugar y siempre escuchábamos:
—Mauricio, ¿dónde estás? ¡No dejen sola a Elenita! —Siempre había algún primo de visita, y era un placer jugar en el jardín.
Una mañana estando todos corriendo y escalando entre los árboles que daban a la calle sucedió algo muy extraño. Vimos venir a un batallón de soldados desfilando, impecables en sus nuevos uniformes:
—¡Firmes, firmes, que viene el ejército! —gritaba mi primo David— ¿quién quiere morir primero?
Y todos bajamos de los árboles y nos lanzamos a la calle para mirar de cerca, fascinados. Pero, por alguna razón, aquel día los adultos nos hicieron a todos entrar a la casa, donde terminamos con una gran merienda en la cocina que nos hizo olvidar pronto el asunto.
Luego de aquel hecho, las salidas al jardín se vieron muy reducidas.