
Otro de los mejores recuerdos que tengo de mi infancia es el de los festivales del carnaval. En esa fecha adultos y niños se disfrazaban, cantaban, comían y desfilaban en la calle entre risas y música, y durante la noche los fuegos artificiales encendían el cielo de colores rojo, anaranjado, verde brillante, amarillo y blanco de miles de estrellas que resplandecían y se desvanecían.
De nuevo teníamos a la familia en casa y las escaleras, los pisos y los pasillos se llenaban de voces, risas, gritos de niños. Se preparaban delicias para cenar y los abuelos presidían la mesa siempre hablando de carnavales pasados, como yo ahora.
El tiempo en aquella época me parecía eterno, las tardes pasaban lentamente cuando se trataba de aprender a través de las lecciones supervisadas por mamá, en las que nos veíamos obligados a sentarnos todos en una sala dispuesta especialmente para nosotros los niños. Y también pasaba rápidamente cuando se trataba de jugar, escondernos, pelear, merendar y ver pasar el tiempo en el jardín, el tiempo simple de las tardes de sol, los árboles con muchas hojas y el viento cargado de risas.
Pero todo aquello cambió para mí en una sola noche.
Aquella noche me desperté soñando con el carnaval, había muchas luces tratando de entrar a través de mi ventana, lo que se veía del cielo estaba enrojecido. Me levanté de la cama, fui hasta la ventana con una silla para poder alcanzarla, me subí y separé un poco las cortinas, y allí estaba, era como el carnaval de mi sueño, todo el cielo vestido de color rojo vivo, pero sin estrellas, sin luces que se desvanecían.
De pronto mi abuelita entró asustada a mi cuarto:
—Mauricio, ven pronto —me dijo. Y se dirigió al closet, tomó un pequeño bolso con algo de mi ropa que puso en mi espalda, me tomó de la mano y me arrastró fuera del cuarto.
—¿Qué pasa, abuelita? —no me dijo nada—. ¿Qué pasa? —le pregunté a papá, que apareció súbitamente a mi lado, me tomó en sus brazos y corrimos escaleras arriba. Detrás venía también mamá con Elenita y Luis, que aún dormía.
Mi abuelo ya estaba en la azotea, algo extraño ocurría, algo fuera de lo común. Había mucho ruido afuera, como en los días de fiesta pero distinto. Este no era un ruido de risas y alegría, este era un ruido lleno de gritos desesperados y de truenos que se arrastraban por el suelo de la calle, que rompían las ventanas (incluso las de mi casa). Un ruido de cosas que caían y gente que corría.
Mientras papá me depositaba en el suelo, y los adultos se ocupaban de recoger lo que teníamos encima, me acerqué lentamente al borde de la azotea, con algo de miedo miré hacia abajo, vi mucha gente corriendo de un lado a otro, vi el cielo enrojecido y el suelo también, y vi soldados que perseguían a la gente, algunos iban disparando, y el ruido era aterrador, se sumaba al grito de las personas que caían al piso. Hasta entonces nunca había sentido miedo frente a un soldado, pero desde entonces he de confesar que aún lo siento.
De pronto sentí las manos fuertes de papá sobre mí, caímos juntos al piso y me arrastró hasta donde estaba mamá.
—Mauricio, todavía eres pequeño, pero sé que puedes entender esto —me dijo—. Esos soldados no deben verte, no quieren a la gente como nosotros, no son buenos —no me atreví a decir nada, sin embargo las palabras se agolpaban en mi cabeza, me dolían los ojos, y de pronto sentí que necesitaba llorar, miré los ojos severos de papá y le prometí que no lloraría.
Papá se levantó y con la ayuda de mamá y del abuelo sacó una enorme tabla, tan larga como un puente, o eso parecía pues ya la deslizaban desde el techo de mi casa al techo de la casa de nuestro vecino, que desde la otra azotea les hacía señales para que continuaran deslizándola, hasta que él mismo atrapó el otro lado de la tabla y lo sujetó de su techo, como lo hizo papá en el nuestro.
Entonces papá volvió con nosotros, puso sus manos en mis hombros y mirándome nuevamente me dijo:
—Bueno, esto no va a ser fácil, Mauricio, pero aún he de pedirte cosas más difíciles que ésta —pestañeé, no quería llorar, miré a mamá, que se estaba subiendo a la tabla con Luis (aún dormido) en sus brazos y lentamente, casi agachada, cruzó el inesperado puente. Cuando llegó al otro lado, nuestro vecino la sujetó y su esposa, que ahora también estaba allí, tomó a Luis entre sus brazos.
Ella me saludó agitadamente y me indicó que cruzara. Miré a papá, que estaba diciendo: —Ahora cruzas tú, igual que mamá y sin miedo, agáchate y camina como los gatos, vamos —me tomó de la mano y me llevó al puente, me levantó y me depositó sobre la tabla.
Yo estaba paralizado, podía escuchar aún los gritos de la calle, ver el fuego rojo que envolvía la ciudad, sentir mi propio corazón como un pájaro asustado, ver a mamá del otro lado. Y de pronto sintiendo sólo el deseo de abrazar a mamá comencé a avanzar hacia ella, y allí estaba cuando llegué, me tomó en sus brazos fuertemente y juntos comenzamos a llorar. Ya no sentía miedo.
Así debieron cruzar todos aquella noche, pero yo sólo recuerdo claramente que me dejé llevar en los brazos de mamá hasta adentro y luego dormí por mucho tiempo.