
El tiempo que siguió se pierde un poco en mi memoria. No sé decir cuántas semanas o meses estuvimos viviendo allí, sólo sé que todos los días eran iguales. Estábamos encerrados en lo que fuera el ático del vecino, que ahora nos servía de casa; no podíamos salir a jugar, no veíamos la luz del sol. Siempre comíamos en silencio, los adultos se turnaban para dormir, para ir al baño, para jugar con nosotros. Toda el agua que utilizábamos la tomaba mamá de un solo tubo del baño, incluso la que usaba para cocinar, para bañarnos, para beber. En mucho tiempo no volvimos a comer otra cosa que no estuviera hervida, sólo eso, sólo hervida.
Raras veces veíamos al dueño de la casa, sólo algunas noches se reunía con papá, escuchaban la radio con volumen muy bajito y charlaban hasta el amanecer, entonces yo me quedaba dormido entre las conversaciones de los adultos, que no entendía, y cuyas voces se iban haciendo cada vez más lejanas.
Tengo la impresión de que en aquel tiempo papá no dormía, siempre que me iba a la cama lo veía sentado en algún lugar vigilante, y al despertarme lo veía de nuevo allí, como si no se hubiera movido, con los brazos alrededor de sus piernas recogidas, y las botas aún puestas. Desde entonces comenzó a hablar poco, casi no se dirigía a mis hermanos o a mí, tampoco mamá hablaba mucho y no se nos permitía correr o cantar o gritar como niños.
Habría sido un tiempo muy difícil de no ser por la presencia de los abuelos. Mi abuelita llegó un día cargada con largas hojas de papel y lápices de colores (muy probablemente de los niños de la casa donde estábamos), además de tijeras y cinta adhesiva. Con todo aquel tesoro hicimos flores, árboles, animales de papel y decoramos las paredes. Todas las tardes el abuelo se sentaba con nosotros cerca de nuestro jardín de papel y nos contaba magníficas historias.
Una tarde nos contó la historia de los duendes de colores, los encargados de cuidar a la gente inocente.
—Ellos protegen a los niños, les avisan cuando hay peligro cerca —nos dijo—, los llevan a sitios seguros —sabíamos que viven cerca de los jardines y los bosques, y el abuelo también nos dijo que no debíamos tenerles miedo, y que si veíamos alguno podíamos sentirnos a salvo.
—Abuelito, ¿cómo son esos duendes? —preguntó Elena—. ¿Tienen sombreros puntiagudos? —agregó, y yo pensé en voz alta: —¿Cómo vamos a reconocerlos? Dinos, abuelito, ¿cómo sabremos que son los verdaderos duendes de colores?.
Entonces el abuelo respondió:
—¡Pues, porque son de colores! —y para borrar nuestras dudas dibujó algunos sobre la pared de nuestro jardín de papel y luego nos dejó pintarlos (fue muy divertido pintar sobre la pared y ensuciarnos y luego dejar las huellas de nuestras manos al lado de los duendes).
Cuando en las noches los truenos de la calle me despertaban bruscamente, solía mirar a la pared y nuestros duendes lentamente se desprendían de ellas, se acercaban a nuestras camas y se sentaban sonrientes, y yo podía volver a dormir. En la mañana era un alivio verlos de nuevo allí en la pared al lado de nuestras flores.
Me preguntaba por cuánto tiempo estarían allí con nosotros, y deseaba que fuera para siempre.