
De aquel lugar salimos una noche. La calle estaba desolada, sombreada por la luna llena. Había cosas abandonadas en los jardines; mesas y sillas huérfanas, papeles, vidrios rotos. Incluso en mi casa las ventanas estaban abiertas y las cortinas se mecían al son del viento nocturno. Hacia frío, sólo se escuchaba susurrar al viento entre las hojas de los árboles y no parecía haber nadie, sólo casas fantasmas, que nos miraban con sus ojos de ventanas rotas y sus bocas de puertas vacías. Al dar vuelta a la calle me volví para mirar por última vez nuestra casa, parecía que se despedía de nosotros con el balanceo de sus cortinas solitarias, como pañuelos que dicen adiós en un tren que se aleja.
Aquella noche caminamos a través de muchas calles como la nuestra, todas abandonadas, todas en silencio, en todas nos acompañó el sonido del viento y las sombras proyectadas por la luna. Los niños dormimos gran parte del camino, Elenita en brazos del abuelo, Luis en brazos de mamá, y papá cargaba conmigo. Los adultos además cargaron con bolsos, cobijas, herramientas y muchos dulces y caramelos para que estuviéramos tranquilos. Durante un buen rato sólo sentí el continuo movimiento de papá al caminar, parecía infatigable, me envolvía su olor tranquilizador, me adormecía su respiración acompasada, de vez en cuando me acariciaba la cabeza, aunque sus pensamientos estaban muy lejos de mí, yo no podía imaginar cuánto.
Cuando nos detuvimos habíamos dejado atrás la ciudad, delante de nosotros se extendían los campos abiertos. Estaba amaneciendo, jirones de nubes rosadas se deslizaban sobre el cielo que recibía lentamente los rayos del sol naciente, a lo lejos ya podía escuchar un trinar de pájaros que alegró de nuevo mi corazón.
Papá me depositó en el suelo y me dejó correr por un rato, también Elenita vino corriendo hacia mí y su sonrisa era tan brillante como el amanecer. Luis aún no caminaba muy bien y aunque trataba de seguirnos siempre se caía, esto hizo reír a mamá y de pronto recordé que no la había escuchado reír por mucho tiempo, su risa era como música clara, y mientras corrimos con el viento en la cara y el sol en la piel desaparecieron los miedos, sólo teníamos oídos para mamá y ojos para la inmensidad que se abría ante nosotros.
Esa tarde hicimos un campamento, comimos y dormimos un rato a la intemperie, y luego de haber estado encerrado por tanto tiempo, aquello me pareció lo más cercano a los días de fiesta que había conocido en el pasado.
Luego de recoger todas nuestras cosas y ponernos de nuevo en marcha le pregunté a papá:
—¿De qué estamos huyendo papá?, ¿por qué no podemos quedarnos aquí?
Y él me dijo:
—Sé que aún estás muy pequeño pero supongo que has entendido un poco de lo que pasa; bueno, nuestro país está en guerra, eso significa que existe un ejército de hombres malos que no nos quiere, ellos desean quedarse con nuestras casas, nuestras ciudades y nuestra gente. —Y agregó: —No están jugando, las armas que tienen en sus manos pueden matar a las personas, por eso debemos tener mucho cuidado de no encontrarnos con ellos.
Entonces yo insistí:
—Pero, papá, ¿qué es la guerra?, ¿sirve acaso para matar a la gente?, ¿somos gente mala nosotros también?
Papá suspiró y me dijo:
—No, nosotros no somos gente mala pero ellos no lo saben. La guerra es como estar enfermo, debes tomar malas medicinas y no puedes salir a jugar, y algunas veces mata también a las personas.
Respiré profundamente, y con la voz quebrada me atreví a preguntar:
—Papá, ¿moriremos nosotros también?
Entonces él se detuvo, se agachó frente a mí y tomando mi cara llorosa entre sus manos me contestó:
—No, Mauricio, no moriremos aún, por eso huimos y por eso debes hacer todo lo que yo te pida; aunque te parezca difícil, prométeme que no vas a pensar en morir.
Entonces me abrazó y me dejó llorar por un rato.
Durante la noche llegamos al lindero de un bosque, mamá nos llenó la boca de dulces para mantenernos en silencio. El bosque estaba lleno de otras gentes, se las veía de repente cruzando de un árbol a otro; sin embargo no se acercaron a nosotros y papá procuró evitarlos todo el tiempo. Fue una extraña huida, me sentía como el niño del cuento que es perseguido por lobos cuando abandona su casa y desobedece a su abuelo.
Todo estaba muy oscuro, apenas algunos rayos de luz de luna que lograban filtrarse entre las copas de los árboles, y había mucho silencio, papá y mamá caminaban casi sin hacer ruido y los abuelos trataban de seguir sus pasos. Hacia frío pero estábamos sudando y la tierra tenía un fuerte olor a humedad.
Desde algún lugar lejano comenzó a llegar el claro sonido del agua, allá adelante había un río y nos dirigíamos hacia él, podía escucharlo cada vez más cerca.