
La llegada de los pájaros de fuego
Durante algunos días seguimos el sendero del río. A lo lejos se veía un paisaje inmenso pero nosotros estábamos cercados por el bosque y papá no nos dejaba alejarnos de los árboles. Desde el amanecer hasta que caía la noche caminábamos casi sin descanso, sólo nos deteníamos a comer y descansábamos bajo la sombra al mediodía. Papá no creía que fuera buena idea caminar bajo el sol tan expuestos. ¿Expuestos a qué?
No resultaba tan malo caminar junto al río, bajo el sol, escuchando los pájaros, viendo las ardillas y a veces algunos peces en el agua. Entonces dije:
—Papá, quedémonos a pescar, nunca he pescado nada.
Y el abuelo agregó:
—Sí que has sabido pescar resfríos.
Y me levantó en alto contra el cielo, entonces vio algo que hizo cambiar su cara. Sus arrugas se hicieron más profundas, me abrazó con fuerza y corrió conmigo entre los árboles, pude ver que mamá también se escondía con mis hermanitos, y papá se lanzaba al suelo con la abuela. Me asusté y escondí mi cara entre los brazos y el pecho de mi abuelo. Podía escuchar el sonido lejano de motores que pasaban alto sobre nuestras cabezas, en el cielo.
Pasaron de largo sobre nosotros, no nos vieron, pero luego escuché el sonido de una caída y una fuerte explosión, algunos árboles estallaron y sus pedazos volaron por todas partes, luego hubo otras explosiones y vi cómo saltaba el agua del río y la arena que se esparcía por el aire, y hubo muchas explosiones más. Estuvimos tan aterrados que ninguno se atrevió a moverse, hasta que lentamente el cielo fue haciéndose claro otra vez y los aviones se marcharon.
—Papá, ¿era eso a lo que estábamos expuestos? —gritaba yo, aunque mamá también gritaba y la abuela preguntaba: —¿Están todos bien, dónde están?
Se acercaron corriendo a nosotros, todos me tocaron la cabeza, los brazos, las piernas y al abuelo y a papá.
Cuando estuvimos juntos de nuevo, Elena gritó:
—Mami, fuego en el bosque, ¡mira! —y señaló. Era cierto, entre los árboles caídos algunos estaban ardiendo, había además grandes hoyos en medio de la devastación, y arena y piedras del río por todas partes.
Ese día caminamos aun más rápidamente y en silencio hasta que llegó la noche. Sólo al amparo de la total oscuridad papá se sintió seguro y nos permitió descansar. Yo quería encender fuego, sentíamos frío, pero era peligroso que nos vieran allí, dijo papá.
Todos estábamos callados, asustados, molestos, profundamente tristes. Entonces al amparo de la noche y de la quietud del bosque el abuelo nos contó la historia de los dragones.
—Ellos vivieron hace muchísimo tiempo, antes que tú y que yo —dijo—. Eran muy malhumorados, no dejaban espacio para que algo pudiera crecer sobre la tierra, todo lo quemaban.
Y Elenita preguntó:
—¿Los viste, sabes cómo son?
Y el abuelo le respondió:
—No, pero podemos verlos aunque ya no existan.
Me asombré.
—¡Cómo! ¿Dónde están?
Él señaló a lo lejos.
—Están allí, cubiertos por las plantas, dormidos eternamente, bajo las montañas, sus largas colas y sus patas y sus cuellos, todo fue enterrado por las plantas para que ellos no pudieran continuar quemando la tierra.
Y papá agregó como hablando para sí mismo:
—Tal vez algún día nosotros también podamos detener el fuego de la guerra.