El juego del gato y el ratón

Aún fue mucho el tiempo en el que nos mantuvimos caminando, siempre huyendo, siempre cansados, siempre con hambre, siempre siguiendo el camino del río. Me parecía que los recuerdos de la casa de mi padre eran tan lejanos que habían ocurrido en otra vida, que le habían ocurrido a otra persona, llegué a pensar que me equivocaba y sólo se trataba de un sueño pasado que no podía recordar bien.

Dormíamos sobre el suelo, en algunas mantas que cargaban los adultos, comíamos muy poco y en silencio, nos acostumbramos a los sonidos de los árboles, de los animales sobre las hojas del suelo (o debajo), al sonido del río, al del viento, al olor ocasional de la lluvia, a la suavidad de los amaneceres, al canto de los pájaros, al silencio del atardecer, al ulular de las lechuzas, a nuestra propia soledad y al cansancio.

También nos acostumbramos al lejano sonido del motor de los aviones y a escondernos en cuanto se acercaba.

Así pasaron los días, marcados solamente por la aparición en la distancia de algún pueblito lejano, al que sólo se acercaban cautelosamente mamá y la abuela, y del que llegaban cargadas con patatas, pan, algunas frutas, semillas y mantas viejas. Alguna vez consiguieron un par de zapatos y abrigos para nosotros los niños. Llegaban también cargadas de noticias, de acuerdo a las cuales papá aceleraba el rumbo o nos hacía descansar por más tiempo.

Según papá nos dirigíamos al sur y podíamos notarlo porque hacía menos frío, aunque no durante las noches, y teníamos aún que pasar la última frontera vigilada por el ejército enemigo y no tardaríamos mucho en llegar allí.

Y fue así como una noche una gran extensión de bosque se asomó ante nosotros y hacia allí nos dirigió papá. En cuanto entramos a lo más profundo, mamá comenzó a llenarnos de nuevo la boca con caramelos y bombones para mantenernos callados. Papá y el abuelo se adelantaron entre los árboles, iban caminando de árbol en árbol, protegiéndose. Nosotros los seguíamos de cerca, tratando de no hacer ruido. Mamá cargaba a Luis que dormía, Elenita y yo íbamos con la abuela, comiendo dulces y tomados de las manos.

De pronto, más adelante a nuestra izquierda vimos una luz. Se podía ver que venía desde una casita, fuertemente vigilada por soldados que caminaban de aquí para allá en las cercanías. Al fondo, hasta donde se podía ver, había cercas de alambrada extendidas por todo el paso del bosque, y aun más allá, más luces provenientes de algunos puntos distantes, difíciles de precisar.

Había viento pero mis manos sudaban. Un nudo en la garganta me impedía respirar bien y mi estómago quería pegarse a la parte de atrás de mi espalda. Tenía los ojos extremadamente abiertos y miré a Elenita que se veía igual que yo. Estábamos agachados mirando juntos a mamá y a la abuela que nos mantenían escondidos tras los árboles.

Entonces vi cómo papá se acercaba casi arrastrándose hacia la alambrada. Con una herramienta que extrajo lentamente de su bolsillo comenzó a cortar la cerca, muy poco a poco, no hacía ningún ruido, como un gato en la oscuridad, y no dejaba de mirar hacia la distante luz en la casita. Se mantuvo así hasta que logró separar la alambrada haciendo una abertura por donde cabía un hombre.

El abuelo en aquel momento se aproximó, puso sus manos en la parte superior de la alambrada y la elevó hasta que logró deslizar todo su cuerpo a través de la abertura. Pasó, lentamente y agachado comenzó a avanzar en la oscuridad hasta que ya no lo vimos, pero supimos que estaba allí pues comenzó a imitar el sonido de los grillos hasta que papá de este lado le respondió de igual forma.

Supe que había llegado mi turno; papá me miraba desde la cerca, me deslicé a partir del tronco donde me encontraba hasta llegar a su lado, él continuaba mirándome. Sin decir una palabra separó los lados de la hendidura en la cerca y me sonrió, en aquel momento atravesé la cerca y me dirigí lentamente hacia donde había visto por última vez al abuelo. Con las manos extendidas hacia delante y caminando torpemente a ciegas me topé con él, y él tomó mis manos y me atrajo suavemente hacia sí, lo miré y vi que también me sonreía. Entonces se llevó las manos a la boca y comenzó a silbar como un grillo, del otro lado papá le contestó del mismo modo.

Luego mansamente los demás atravesaron la cerca. Cuando ya nos encontrábamos todos reunidos del otro lado papá cerró lentamente la abertura y con ligeros alambres que extrajo también de sus bolsillos la sostuvo, de modo que no parecía haber sido abierta con anterioridad y vino a reunirse con nosotros.

No llevábamos mucho tiempo caminando cuando comenzamos a escuchar pisadas desde atrás que nos seguían y luces de linternas que se movían de aquí para allá tratando de alumbrarnos. No muy lejos alguien gritó, parecía que daba algún tipo de orden. Comencé a correr tan rápido como lo permitían mis piernas, todos corríamos, las luces venían tras nosotros pero aún no nos alumbraban. Mi corazón comenzó a latir muy fuertemente, mis piernas se tambaleaban, de pronto papá me tomó con sus fuertes manos y me levantó, seguíamos corriendo.

En algún lugar del bosque nos separamos, ya no pude ver más a la abuela, ni a mamá, ni a los niños. Sólo papá, el abuelo y yo. Entonces papá me dejó con el abuelo, le dio unas indicaciones sobre un lugar cerca de un río y de unas personas que estarían esperando y se marchó internándose en la oscuridad del bosque.

El abuelo y yo corrimos sin descanso, siempre hacia adelante, escuchando sólo nuestras propias pisadas, y nada más. Pasamos dos días buscando el río del que habló papá, y cuando lo poco que cargaba el abuelo consigo para beber se acabó distinguimos a lo lejos luces que se encendían y se apagaban constantemente; daban alguna señal, algún mensaje. No podíamos saber si eran las personas que buscábamos.

Nos fuimos acercando lentamente y comenzamos a escuchar de nuevo el sonido del agua. Primero muy suave y lejano, luego fue tornándose cada vez más claro y más fuerte; finalmente lo vimos. Estaba amaneciendo y los bellos colores de la luz naciente salpicaban el agua, se le podía sentir brillante y viva, rodeada por un coro de pajaritos en sus nidos y de ranitas en el agua. No muy lejos de allí el agua caía desde una saliente ubicada en una colina cercana, y la luz jugaba con un arco iris de color abrazando la cascada.