
Aquella noche aparecieron unas personas en unos botes (que parecían pequeñas canoas), hablaron poco con el abuelo y luego nos llevaron lejos a través del río. El navegar rápido de sus canoas no se escuchaba durante el viaje y no hablaron entre ellas ni con nosotros. Cuando amanecía descendimos de nuestro transporte y nos alejamos del río. Nos dieron algo de comer y permanecimos escondidos junto con los botes entre matorrales hasta que anocheció y volvimos al río. Así pasó durante tres días.
Finalmente, en el transcurso de la cuarta noche nuestro viaje llegó a su fin. Uno de los hombres que nos acompañaba se quedó para esconder la canoa y esperar a su compañero, que se ofreció a guiarnos. Entonces pregunté:
—¿A dónde vamos?
Y él me dijo:
—A buscar a tu familia, pequeño, no temas —hablaba con voz áspera y continuó:—. Tu papá los espera, ahora caminemos en silencio —y no dijo nada más.
La noche era muy clara, podíamos ver la luz de la luna sobre el pasto húmedo. No escuchábamos ningún ruido, eventualmente llegaba hasta nosotros un lejano silbido que era respondido inmediatamente por nuestro acompañante. Y también llegaba de lejos el sonido acompasado del agua chocando contra alguna bahía cercana, y el aire comenzó a tener un extraño sabor salado y pegajoso. Estábamos cerca del mar.
Así, de pronto apareció papá de entre los árboles, me abrazó fuertemente y también al abuelo. No pareció sorprendido al vernos porque ya había tenido noticias de nuestra llegada. Los hombres que nos ayudaron formaban una cadena nocturna de ayuda para las personas que como nosotros se encontraban escapando. Era una forma de lucha silenciosa contra un enemigo común, el ejército que ocupaba nuestro país y quería ocupar nuestras vidas.
Papá había conseguido una casita cerca de la playa, en la parte trasera sembró con nuestra ayuda algunos vegetales y árboles pequeños que daban fruta, con los que pudimos alimentarnos durante aquel tiempo. La casa era verdaderamente pequeña, con sólo una habitación donde colocamos algunas camas (que compartíamos) y una mesa donde comíamos en familia. Mamá cocinaba con una vieja estufa que se encendía poco.
Nos gustaba sembrar en la parte de atrás con los abuelos, se agachaban con nosotros y nos mostraban cómo crecían lentamente las plantas, los vegetales y las frutas. Mis hermanos y yo teníamos entonces una gran capacidad para admirarnos ante nuestros pequeños descubrimientos; las orugas entre los tallos, el nacimiento de las flores, el cambio de color en los diminutos tomates o las gordas manzanas o las largas hojas de los vegetales que luego se servían en la mesa.
Cada uno de nosotros poseía ciertas plantas y les dábamos nombres, Dalila o Gertrudis, Epifanio y Remolón, eran nuestros dominios de juego.
El abuelo se aseguró, por medio de los juegos, de prepararnos en caso de presentarse algún peligro. Así, dibujó a nuestros duendes de colores sobre algunos árboles del bosque (que se extendía detrás de nuestra casita), que mostraban la ruta hacia un gran árbol hueco donde podíamos escondernos y donde también había guardado una botella de agua tapada, una manta y dulces bien cubiertos en una bolsa.
Papá comenzó a ayudar a los hombres en la cadena nocturna de huida, así que lo veíamos poco y ciertas veces se quedaban con nosotros personas desconocidas, pasaban una noche o dos en nuestra casa mientras continuaban su camino.
Mamá algunas veces acompañaba a papá y los niños permanecíamos al cuidado de los abuelos. Mi abuelita cocinaba y mi abuelo inventaba historias antes de dormir.
Viviendo allí conocimos la playa, era un lugar maravilloso, sobre todo porque encontraba niños de mi edad en ella. Como era el mayor de mis hermanos, mi abuelo me permitía ir a nadar solo, y yo aprovechaba aquellos ratos para deslizarme entre las olas y hacerme más fuerte. Cada vez nadaba más rápido y cada vez llegaba más lejos.
Durante dos años nuestra vida no cambió mucho, nos sentíamos tranquilos, seguros. Hasta que una tarde divisé soldados en la playa.
Aquella tarde habíamos terminado de nadar, éramos unos cinco o seis niños entre los ocho y diez años. Los soldados se dirigieron hacia nosotros, comenzaron a revisar a los que encontraron primero, querían saber quienes éramos y que traíamos con nosotros. Algo en mi interior me advirtió del peligro, no podía dirigirme a casa pues los soldados estaban sobre el camino, así que antes de ser visto me arrojé de nuevo al mar y nadé con todas mis fuerzas.
Nadé hasta que llegué a un islote cercano, no era más que piedra y unos pocos árboles, sin arena. Desde allí, sentado con los brazos alrededor de mis piernas, miré hacia la lejana playa. Esperé hasta que comenzó a oscurecer y los soldados se fueron.
Entonces nadé de vuelta y corrí de regreso a casa. Mis abuelos estaban muy preocupados por mi retraso y se preocuparon aun más luego de escuchar mi historia.