Soldados en la oscuridad

Durante muchas noches no dormimos. Mi abuelo no me permitió ir de nuevo a la playa. Casi no salíamos a cultivar, sólo la abuela iba de vez en cuando. Mis padres volvieron unas semanas después, habían sido advertidos del peligro. Algún vecino celoso de la armonía en nuestras vidas decidió avisar nuestra presencia al ejército enemigo. Ahora sabíamos que nos estaban buscando.

Y nos encontraron.

Una noche papá entró corriendo a la casa. Sin hacer ruido apagó todas las luces y nos obligó a escondernos bajo las camas. Él se sentó bajo la ventana, vigilante; sobre sus rodillas sostenía una pistola, se la habían dado sus compañeros de la cadena nocturna y él sabía cómo usarla. Yo me deslicé lentamente a su lado y susurré:

—Por favor, permíteme esperar aquí contigo, no puedo respirar bajo la cama.

Y él susurró también:

—Está bien, pero no hagas ruido y sobre todo no te muevas.

Desde donde estábamos podía ver la cara asustada de mamá bajo la cama.

Al poco rato de estar allí escuchamos pasos fuera de la casa, las luces de unas linternas iluminaron a través de las ventanas, podíamos ver cómo se movían sobre la mesa, las camas, la estufa, las paredes, pero no nos vieron. Intentaron abrir la puerta, movieron varias veces la perilla, pero estaba bien cerrada, trancada por un pestillo del que colgaba un candado por el lado de adentro. Forzaron la puerta, pero luego de varios intentos se dieron por vencidos.

Se dirigieron al jardín detrás de la casa, arrancaron nuestras frutas y plantas, pisotearon lo que no se podían llevar, voltearon las reservas de agua, derramándola. Papá se asomó lentamente por el borde de la ventana y los vio allí de pie, rodeando la casa. Y allí se quedaron hasta bien entrada la mañana cuando se convencieron de que no había nadie y se marcharon.

Aún pasó algún tiempo antes de que papá nos permitiera abandonar nuestros escondites. Ese día no salimos, comimos escondidos, agachados bajo las ventanas. Al llegar la noche papá y mamá fueron en busca de ayuda, nos veríamos al día siguiente en algún lugar frente a la playa, donde nos estarían esperando.

En la mañana, muy temprano, la abuela salió a recoger lo poco que había quedado en el jardín. Estaba agachada sobre las plantas cuando unos soldados salieron del bosque cercano y se acercaron, ella comenzó a gritar y el abuelo se asomó por la ventana para ver cómo los soldados la traían a empujones hacia la casa. Antes de que alcanzaran la puerta, el abuelo nos metió rápidamente bajo la cama y nos cubrió con mantas diciendo:

—Sigue la ruta de los duendes de colores del bosque, Mauricio, y no griten, hazlo por tus hermanitos —y tapó mi cara.

Caminó hasta la puerta y en ese momento los hombres irrumpieron en la casa con la abuelita a cuestas. Pude entender que el abuelo les decía que no había nadie más, pero los hombres voltearon las camas, los colchones (que se deslizaron sobre nosotros, por lo que no nos vieron), rompieron la mesa, tumbaron la estufa, y luego de destruir todo lo que vieron dentro se llevaron a nuestros abuelos con ellos, no sin antes golpearlos fuertemente.

Ni siquiera tuvimos tiempo de llorar, apenas se marcharon tomé la mano de mis hermanos y los arrastré fuera de la casa. Corrí tan rápido que mis hermanos casi no podían seguirme, pero no los solté. Parecía que las figuras de nuestros duendes se desprendían de los árboles y me mostraban el camino, brillaban en el bosque (¿o eran mis ojos llenos de lágrimas?), todo lo demás se veía borroso, las hojas, los árboles. Llegamos al árbol escondite que había preparado mi abuelo, tomamos un poco de agua, pero ninguno de nosotros tuvo ganas de comer caramelos.

Esa noche los sonidos del bosque me parecieron aterradores, el viento, los búhos, los pájaros, el mar a lo lejos que se mezclaba con los sollozos de mis hermanitos y con mi propio dolor. Sólo veía frente a mí la cara adorada de mi abuelo pidiéndome que cuidara a mis hermanos. Y supe que no volvería a verlo jamás.

Allí nos encontraron nuestros padres, dos días después.