Un pueblo en la colina

Al cabo de una semana llegamos con nuestros padres a un pueblito encallado en la ladera de una colina. Estaba amaneciendo, en esa hora en la que aún las cosas se confunden en la oscuridad. Todas las casas se veían grises desde lejos. Llovía un poco, y nuestros pasos se hundían en un chapotear infinito. Caminábamos en fila, papá a la cabeza, seguido por dos hombres que nos ayudaron en nuestra huida, Elenita, luego Luis delante de mamá y yo, al final, cerraba la línea.

Caminaba encorvado, doblado por el dolor que me obligaba a arrastrar los pies y me pesaba como una carga inmensa. No sentía mis manos, ni la lluvia sobre mí. No sabía cuántas lágrimas más resbalarían sobre mi cara (¿o era la lluvia?), no había comido bien en los últimos días, me dolía respirar, moverme y hasta pensar. La pena dejada por el vacío de mis abuelos no me abandonaría nunca, aunque con el transcurso de los años otras penas han hecho que sienta menos su ausencia.

El sol ya asomaba cuando entramos al pueblo. Sus calles subían empinadas siguiendo el curso de la pendiente en la colina, y las casitas estaban dispuestas en filas a sus lados, escalonadas; casi todas eran blancas, con muchas flores cultivadas al frente en las fachadas que miraban hacia las calles; que a esa hora comenzaban a llenarse de ruidos, había ya algunos niños que corrían de un lado a otro gritando, llamándose entre ellos, mirándonos como a una curiosidad.

Los niños sabíamos que veníamos para quedarnos. Papá y mamá habían decidido participar activamente en el silencioso ejército que se estaba formando a través de la cadena de ayuda. "No es un ejército de soldados, es un ejército de resistencia formado por hombres y mujeres comunes de nuestro país", había dicho papá para explicar lo que ocurría. También nos dijo que los niños no podíamos ir con ellos, y que había algunas personas buenas dispuestas a cuidarnos, y que además debíamos asistir a la escuela.

No queríamos quedarnos, nos asustaba la idea de separarnos, pero no había nada que hacer, papá ya había tomado la decisión y frente a los designios de papá nadie podía oponerse, ni siquiera mi madre.

Cruzamos el pueblo, nos dirigimos a unas pequeñas granjas que crecían un poco alejadas, llegamos a una de ellas; afuera había gallinas, pollos, dos perros flacos, algunas ovejitas flacas también y dos niños más o menos de la edad de mis hermanitos que a esa hora ya correteaban a las gallinas. Cuando nos vieron llegar se dirigieron a la casa y llamaron a sus padres a grandes voces. Un hombre salió a recibirnos.

Entramos en la casa, tenía un solo piso pero era grande y muy limpia, nos ofrecieron algo para desayunar y hablaron con nuestros padres. Desde donde estaba podía escuchar lo que decían; se quedarían con Luis y Elenita pero no podían encargarse de mí, yo estaba muy grande, no alcanzaría el espacio ni la comida. Papá y mamá aceptaron, me llevarían con otra de las personas que se había ofrecido a cuidar algún niño en caso de que fuera necesario por la guerra.

Cuando salimos ya los niños estaban afuera jugando con Elena y Luis, que parecían contentos, los cuatro correteaban a los perros flacos que se cansaban de ellos demasiado pronto. Mamá se acercó a mis hermanos y los abrazó fuertemente, entró con ellos a la casa y les dejó abrigos y zapatos nuevos (que habían logrado conseguir los adultos durante el viaje). También dejó algo de dinero a los dueños de la casa. Se despidió de ellos fuera de la vista de los demás, creo que mis hermanitos no se dieron cuenta de cuándo nos fuimos.

Regresamos al pueblo. La extraña sensación de abandonar a mis hermanos borró de mi mente la tristeza por mis abuelos, y de pronto me sentí muy solo. Caminamos ascendiendo por una de las empinadas vías, hasta que llegamos a la última casa que se veía del lado izquierdo en aquella calle. Era una casa muy blanca, pequeña pero con dos pisos y llena de flores.

En aquella casa vivía la señora Brigitte, era alta y algo gorda, vestía traje de flores y un sombrero que sostenía con un pañolón de flores también. No era vieja, pero sí mayor que mamá. Nos invitó a entrar con maneras muy formales, como las que usaban los viejos amigos de mi abuelo, aquello me asombró porque hacía ya mucho tiempo que había olvidado la formalidad. No podía imaginar mayor contraste, a su lado nos veíamos cansados y flacos, y además veníamos vestidos con ropas gastadas de viaje.

Su casa era pequeña pero cómoda, tenía dos plantas, abajo la cocina y un salón decorado con alfombras, cuadros y algo de cristalería. Arriba dos habitaciones extremadamente limpias con camas pulcras y el único baño de la casa. Todo estaba en perfecto orden y armonía, daba una sensación de ahogo y encierro, de severidad. Cada hora el sonido de un reloj ubicado bajo las escaleras se escuchaba en toda la casa y describía siempre con una melodía diferente si habían transcurrido quince, treinta o cuarenta y cinco minutos.

Brigitte había sido criada en Inglaterra, así que religiosamente tomaba el té a las cinco de la tarde y era muy peculiar el modo cómo se las ingeniaba para conseguir, en aquellos tiempos de escasez, té, harina, pan, cigarrillos o música.

No habló mucho rato con papá y mamá, que entraron conmigo a la casa, los compañeros de papá prefirieron esperar afuera. No quiso aceptar que le dejaran algún dinero para cuidarme. Mamá me abrazó y me besó muchas veces, papá me miró sin sonreír y dijo:

—Espero mucho de ti, Mauricio, es tu deber cuidar a tus hermanos y acompañarlos siempre, asistirán a la misma escuela así que los verás a diario —y añadió, suavizando la voz:—. El abrazo y el beso me los guardo para cuando regrese a buscarlos —y salió de la casa sin mirar atrás ni una sola vez.

Corrí hacia la ventana y los miré partir hasta que sus siluetas grises se perdieron al final de la calle.