Tres a la hora del té

Aquella noche no pude dormir, la cama estaba demasiado limpia, demasiado blanda, no entraba ningún ruido de la calle y el reloj no dejó de anunciar cada hora y de cantar cada quince minutos. Extrañaba el sonido del viento, me sentía encerrado, no podía abrir las ventanas, era una de las normas de la casa; "No se ensucia, no se grita, no se corre y nunca se debe faltar a la hora del té", me había dicho Brigitte, y "No se abren las ventanas, el aire y el sol entran por la puerta, como se debe".

Al día siguiente encontré a mis hermanos en la escuela. Daba pena verlos, estaban sucios y descalzos, la pareja encargada de cuidarlos había dado sus zapatos y abrigos a sus propios hijos. Y como estaba acercándose el invierno sufrían mucho frío y parecían enfermos. Indignado fui a ver al director de la escuela con mi maestra. Inmediatamente mandó llamar a los padres, quienes le aseguraron que no habían recibido nada para poder ocuparse de aquellos niños. Estaban mintiendo, yo lo sabía y el director también, pero me pidió que fuera paciente y agregó:

—Te ayudaré a resolver el problema, pero entiende que todos somos pobres aquí, no ganaríamos nada actuando por la fuerza —y tomando a mis hermanos nos acompañó de vuelta a casa de Brigitte.

Cuando Brigitte los vio no dudó ni un momento en hacerse cargo de ellos también. Aunque no le gustaban mucho los niños, le gustaban menos las injusticias cometidas contra ellos. Seguidamente puso en marcha un plan de recolección y al final de la tarde ya teníamos en casa otros abrigos, zapatos y ropa suficiente que habían donado con gusto sus vecinas para darles una "existencia decente" a mis hermanos abandonados.

En los siguientes días aprendimos cómo vivir en la casa de Brigitte. Baño y ropa limpia a diario, hacer las camas, limpiar la casa los fines de semana, lavar platos, vasos y cubiertos y guardarlos en perfecto orden, jamás tocar la cristalería y no pisar las alfombras. Parecía complicado, pero acostumbrarse era sólo cuestión de tiempo.

Lo que más me gustaba era desyerbar el jardín, porque en la parte trasera de la casa ella tenía uno pequeño en el que sembraba las hierbas más extrañas y aromáticas que jamás he visto, con ellas preparaba el té y enriquecía el sabor de sus comidas, y de ellas se desprendía el peculiar aroma que flotaba en toda la casa y en toda la vida de Brigitte.

También tenía objetos peculiares en su casa. Uno de ellos, el que llamaba principalmente mi atención, era un gramófono, consistía de un plato en el que giraba un disco y el sonido era reproducido por una trompeta grande y de metal. Todas las tardes escuchábamos las más dulces melodías de Chopin, Vivaldi, Tchaikovsky; las trágicas de Beethoven, o las alegres de Mozart.

Y también coleccionaba amigos muy peculiares. Uno de ellos era Manuel, un muchacho al que le faltaba un brazo, lo había perdido a principios de la guerra, con lo que ganó el regreso a su pueblo natal. Manuel conocía a mucha gente, especialmente dentro del ejército de resistencia civil (en el que mis padres participaban) y negociaba con muchas cosas. Era el encargado de traernos noticias de mis padres y cosas para alegrar y mantener nuestra vida. Negociaba y conseguía para Brigitte harina, jabón, azúcar o sal en tiempos de escasez; cigarrillos, telas y música de vez en cuando. Manuel era recompensado como invitado a tomar el té en el pequeño jardín atrás de la casa con nosotros.

Otro de sus amigos era un viejo coronel retirado de apellido Durand, quien no hacía sino hablar de sus experiencias en guerras pasadas, a veces parecía olvidar completamente el tiempo y nos sumergía con sus historias en las apasionadas experiencias de su juventud. Me gustaba aquel viejo porque me recordaba a mi abuelo. Todo lo que el coronel Durand tenía de tranquilo lo tenía Manuel de inquieto. Parecían las dos caras trágicas de una misma moneda, unidas por el infortunio de la guerra.

Durante aquella época nos volvimos a sentir como una familia, dormíamos serenos, comíamos juntos, cumplíamos todas las normas de la casa. Aprendimos de música, poesía y de historia viva (en las tardes de té con el coronel), jugábamos otra vez en las calles, con otros niños o con Manuel, que era nuestro héroe personal ya que hasta una pelota consiguió una vez para nosotros. Olvidamos por un tiempo las penurias de la guerra y la soledad de nuestras vidas.