Memorias al atardecer

Las tardes largas se deslizaban silenciosas con el viento, meciendo las hojas en los árboles del jardín. La suavidad de la hierba en las colinas nos acompañaba siempre. Los días se sucedían en interminables atardeceres coloreados por la moribunda luz del sol, y pincelados por las notas de la melodiosa vida de las casitas en la colina. Especialmente por la nuestra.

La música fue mi compañera del tiempo y el gramófono mi cómplice reservado.

De vez en cuando, en cuanto los deberes nos abandonaban y los amigos se silenciaban, se abría paso en el fondo de mi alma un temor latente, forzosamente callado, fatalmente inevitable; la ausencia de nuestros padres. Procuraba no pensar en ellos, trataba de distraer mi preocupación persistentemente presente. Pero cada noche me hacía la misma pregunta: ¿Volveré a verlos? Sabía que mis hermanos sentían lo mismo pues podía escucharlos sollozar en la oscuridad.

Para mantenerme ocupado y tratar de no preocuparme conseguí que Manuel me llevara consigo en sus osadas travesías. Conocí mucha gente arriesgada como mis padres y me sorprendí ante cada nueva historia, pues cada persona que vi llevaba consigo su propia guerra, que solía ser diferente a la de los demás.

A pesar de faltarle un brazo Manuel conducía con extraordinaria ligereza una bicicleta. Cuando consideró que yo era lo suficientemente mayor me permitió usarla. Aprendí rápidamente y me acostumbré a recorrer las calles de nuestro pueblito a toda velocidad. La gente me veía pasar y me saludaba, me pedía que llevara cosas de un lado a otro o que les consiguiera otras que hacían falta o que transmitiera algún mensaje.

Así, pronto me convertí en el "brazo faltante" de Manuel, como él me llamaba, y cumplía fielmente todas las misiones que me fueran encomendadas.

Manuel y yo solíamos ir al bosque, donde algunas tardes, justo antes del anochecer, se reunían personas que traían suministros a nuestro pueblo y noticias de la resistencia. Así nos enterábamos de los avances o caídas de nuestro ejército. Una tarde trajeron consigo un soldado herido. Con la participación de algunos vecinos en el pueblo (incluida Brigitte) lo trasladamos a la escuela, y con permiso y cooperación del director, se dispuso de una sala especial para atenderlo. Con el tiempo la sala llegó a estar repleta, pues cada vez llegaban más soldados buscando refugio.

Las noticias sobre la guerra eran el tema de todos los días y aunque la mayoría coincidía en que nuestro país pronto se liberaría de la ocupación, nadie podía asegurar cómo ni cuándo ocurriría.

Y ocurrió. Mientras que el ejército de países aliados al de nosotros desembarcaba por nuestras costas al norte, el ejército de resistencia civil avanzaba desde el sur, y en él venían mis padres. Al cabo de dos meses nuestro país fue liberado y el ejército dispuesto para atacar en sus propias tierras al ejército enemigo.