
Un abrazo y un beso prometidos
Había pasado poco más de año y medio desde que estábamos al cuidado de Brigitte. Durante ese tiempo nunca dejamos de ir a la escuela, de asistir al té a las cinco de la tarde, de cumplir con nuestras obligaciones y de cuidarnos mutuamente.
Una tarde de regreso de la escuela los vecinos comenzaron a mirarnos de forma extraña.
—Esperen una sorpresa —nos decían algunos—. Allá arriba verán algo pronto —decían otros—. ¡Qué maravilla cuando lleguen a casa! —gritaba alguna vecina desde una ventana. No supe en qué momento comencé a correr y dejé a mis hermanos detrás de mí.
El corazón me latía fuertemente, por el esfuerzo, por la emoción (¿será posible?), me estaba acercando a la casa cuando vi tres figuras grises en la puerta. Me abalancé sobre ellos, abracé fuertemente a mi madre y atrapé a mi padre junto a ella. A mi lado estaban también mis hermanitos, habían corrido tanto como yo y ahora me daba cuenta de su presencia a mi lado.
Papá me levantó y me abrazó y me besó muchas veces, nuestros ojos estaban llenos de lágrimas. Recuerdo claramente la cara de mi madre sonriente junto a la mía y los gritos de alegría y entusiasmo infinitos de mis hermanos en brazos de papá y mamá.
Aquella noche dormimos todos en la pequeña habitación de la casa de Brigitte. Desde mi cama podía ver a mamá inmovilizada en medio de mis hermanos, dormida plácidamente en la camita que solía ser de Elena. La cara de los tres era apacible y sonriente. El pelo de mamá caía como la noche negra sobre la almohada.
Papá estaba conmigo, desde mi cama miraba hacia afuera a través de la ventana, sus ojos eran brillantes y oscuros, como el pelo de mamá. Sus brazos fuertes cruzados sobre el pecho. No había cambiado nada. De pronto me dijo susurrando:
—He pasado cientos de noches mirando un cielo como este y sin embargo ahora es tan distinto. —Y continuó: —Sé que no puedes dormir, Mauricio, dime lo que te inquieta.
Hasta hoy creo que papá podía leer mi mente. Suspiré diciendo:
—Papá, no volveremos a ver a los abuelos ¿verdad? —pregunté.
Entonces él se volvió para mirarme, y vi en sus ojos una mirada diferente. Me contestó:
—No, ellos no volverán.
Y dije insistentemente:
—¿Por qué tenían que morir, por qué tenía que morir tanta gente?
Estuvimos un rato callados, él me miraba fijamente, hasta que rompió el silencio diciéndome:
—La vida es un regalo que viene con un tiempo incluido, lo importante no es cuánto tiempo más vivimos, sino lo que hacemos con el tiempo que se nos concede. —Y continuó: —Hace unos treinta años, cuando yo era un chico como tú, vivimos una guerra como esta y tu abuelo estuvo allí protegiendo a nuestra familia, como estuvo con ustedes hasta el final. —Cerró los ojos y continuó: —Lo que aprendí de él entonces vive aún conmigo y habrá de vivir contigo todos tus años.
Mantuvimos el silencio por muchas horas y cuando la luz del día comenzaba a nacer tímidamente en el horizonte le pregunté:
—Papá, ¿somos amigos?.
Sabía que estaba despierto, me abrazó y besó mi frente susurrando:
—He aquí el abrazo y el beso que le prometí a mi amigo cuando me marché —suspiró, agregando: —Y se los doy al hijo que bendigo al encontrar de nuevo.
Las pocas palabras de papá quedaron atesoradas en mi corazón y han vivido conmigo todos mis años. Los sucesos que llenaron mi vida en aquel tiempo me enseñaron que los pequeños acontecimientos diarios de una persona, aunque sean tan comunes o simples que no se encuentren escritos, que no sean cantados o alabados, forman parte y moldean los grandes acontecimientos que recuerdan a la humanidad tal y como ha sido, no como la historia hubiera querido que fueran.