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Hablemos
¿Qué clase de acontecimientos enriquecen la especulación filosófica?, los que atañen a las mentes sensatas que destripan surcos, aprovechan los raigones que afloran y desechan la ínfima acidia... ese aciago tedio del que enfermaban los claustros medievales —las cárceles angostas y lóbregas de Giordano Bruno. ¿El centro de la investigación?, el género humano: trepará a sus cumbres quien descienda a sus fondos, indague en los abismos de manera realista y cruda sin amonestar la conducta que observa, y huya de los absurdos... inventamos el vocablo azar para aludir a un ente asequible de origen inasequible, lo de un puño más grande que la mano y una zancada más crecida que la pierna, y lo de que el corazón exija a la razón los regocijos y aflicciones que vigoricen sus pálpitos, y que la razón urja al corazón con las pruebas de sus principios. ¿Que qué representamos?, el curso medio de un misterio que brota de la chocante Nada y vierte en el insondable Todo, ¿aprehenderemos que somos unos monstruos inaprehensibles?, ¿buscamos o buscamos exclusivamente por buscar? Un asunto pendiente: qué empacho el de los epicúreos cuando declaraban la mortalidad incondicionada, y el de Platón con lo de la inmortalidad incondicionada... ¿qué destino trazamos?: el fruto de un comportamiento. Navegamos zarandeados por mareas enemigas... de vencer el alma, ceñiremos la esplendente inmortalidad, de vencer el cuerpo rodaremos a las mortales tinieblas. Puesto que comprenderse precisa de comprender, columpiémonos por el tiempo con la familiaridad del viento por las olas, analicemos el tesoro lentamente acumulado, no califiquemos de agotado lo acaecido sino de manantial incesante de enseñanzas, ¿sujeto y objeto no cooperan en conflictiva cercanía..?, brindo por ahondar en los viejos pozos que ahondan la dignidad. ¿Y de qué retórica tirar?, el talante ordinario ataca con más respuestas que preguntas, la elegancia persuasiva conmina a plantear interrogantes y no a asentir por asentir. ¿El político?, anotador de lo descubierto, ¿el docto?, colegidor de lo que registra y divulgador de su sistemática... una administración conjunta calzaría la viga maestra del conjunto y lo encauzaría; no obstante, naufragan las explicaciones en aguas de lo ocurrido. ¿Nuestra épica remedará una pésima novela policíaca que desvela en el capítulo final coordenadas ocultas al lector?, enterado de que presume con deleitar los apetitos más insospechados en sus trayectos difíciles, confío con la desconfianza de un aficionado en que no desenfunde las peores mañas. ¿En qué coinciden los eximios cerebros y los infames imbéciles?, en que no limpian su mugre; no impidamos al más prudente callejear a hurtadillas y desligar su vida de la sociedad por conservar el cuello... ¿un monarca sin corona investido a escondidas por mandato de cometas vagabundos?, generosa mentira —tamañas campanadas del firmamento repican en humilde carne. Las horas avanzaron inexorablemente apenas el péndulo quieto estrenó la cuerda y comenzó a oscilar; ¿y tras tremendo parto?, nacimiento con dolor, angustia en las calígines nocturnas. Con lo de la irrepetibilidad del incidente histórico, jamás abanderaremos lo de la irreductibilidad del discurso histórico, ¿el médico no aplicará más la química inorgánica y orgánica en auxilio de un paciente, también único?, ¿y los chillidos y sigilos?, la oración y el canto amansan la llegada del alba, ¿resurrección o revelación? En el papel de meros extranjeros residentes, ¿captaremos que la Tierra no nos pertenece?, sus componentes encuentran asiento y servicio en una estructura y belleza sublime, destapar sus fragancias exhorta a mirar por encima de cimas. ¿Por qué demonios los gustos inconsonantes de mis semejantes no imitan a la consonancia astral?, alargar en campo abierto el largo de la discusión calma el drama inconcluso siempre pronto a reanudarse —igual en ocasiones variables, el vicio continúa propagando la ventaja de sus ecos. Aquel que ha regulado satisfactoriamente los atlas terrestre y celeste no permitiría que un rebaño de limitados en pos de ilimitud anduviera sin pastor —en las perturbaciones más bruscas, el redil acata unas leyes de eficacia análogas a las que sojuzgan a soles y planetas—; ¿el cenit de la constelación?, el ser moral por excelencia... en su ausencia, las miríadas de galaxias no importarían más que un desierto estéril. ¿Un feo cuadro de trivialidad y pobreza espiritual no provoca conmiseración por los sentenciados?, no apretamos el pedal que frena a la bestia con fustigar el desdén exasperante de los tiranos, ni con vapulear las intrínsecas credulidades y sus propensiones a intrigar —los mesías casuales detentan una convicción que no claudica, surten efecto sus intransigencias. Hablemos de una defección y no de una celebración: la soberbia... un repudiar lo superior y aplaudir lo inferior; ni alcanzamos lo inalcanzable con la Torre de Babel, ni divisamos ambos hemisferios de una vez. ¿A qué agitar arrogancias ebrios de ignorancia?, ¿y por qué no oír el silencio?, los que gobiernan arbitrariamente terminan su ciclo soportando arbitrariedades... por más que cosan bocas de reacios, no amordazan sus cavilaciones —reflexionar y juzgar con autonomía consolidan el derecho más admirable e intransferible. Por domeñar la locura, preferimos urdir concreciones a convocar utopías que suelen engendrar nihilismo o fanatismo, ¿los utopismos no enmascaran totalitarismos..?, comulguemos con Claudel en que los que insinúan paraísos traman infiernos, ¿por ahorrar excesos, no consiente Solón en que la Moira hiera a los inocentes?, Montesquieu enlaza con que "es menester que por la misma disposición de las cosas, el poder contenga al poder". Infiero que, lejos de anonadar, la altura que ocuparon unos indique hacia dónde han de subir otros; me siento público que siente a los actores de la función, a pesar de que escucha defectuosamente lo que conversan —mis fotografías de protagonistas no encuadran adecuadamente a los protagonistas. ¿Concebimos una comunidad sin la inmolación de un mártir?, ¿y en cuántas oportunidades más saldará sus carencias con el lastimoso episodio?; ¿los figurantes del terrible sainete no huelen que perecerán en manos de los que codicien sus ministerios?, ¿por qué escogen una espiral tan poco risueña?, arriesgan la nuca por un desnucamiento seguro —violencia a violencia, crimen a crimen. ¡Qué estremecedor lo del sacerdote de Nemi en La rama dorada de Fraser!, el que le reemplace escala honores por mor de un atentado, ¡qué deplorable profanación en el bosquecillo de un lago al sudeste de Roma..! refiero trances así por su carácter paradigmático, por las emociones que esbozan, expresan y suscitan. ¡Que debatan los especialistas de la legitimación y los especialistas de la violencia!; digámosles a ésos que la significación edifica su acervo gracias a acuerdos culturales, que sus compañías molestan en política... señalémosles a éstos que la coerción sin significación adolece de ceguera y que la significación sin coerción desprende tufo a blanda. ¿A qué rehusar lo de uno?, no engañemos con lamentos ni soltemos lastre —de reconocer el endeble hogar embestido por los océanos mereceríamos una serena aceptación del entorno. Pregono con Horkheimer que, por mucho que el vil gane jugadas a sus víctimas, la última palabra no corresponderá a un asesino, ¿acaso los insoslayables trucos de la astucia no labran un embarazoso estorbo en el éxito de cualquier empresa?, la complejidad de un aparato contribuye a que falle; Semenov denuncia que la selección natural ampara a los que comparten recursos, y que en los que reparten violencia flaquea la cohesión y quedan eliminados por deterioro. Revuelve el estómago la enojosa neutralidad, ¡oh estrecha apatía proclive a inmodestias..!, no vilipendiemos ni desdeñemos por los inconvenientes de vilipendiar y desdeñar, no desamarremos a la fiera colérica ni practiquemos con mofas y envidias por confraternizar con paganismo o con caridades patológicas, ¡no!, lo dicta la lógica y basta —por trabajar con higiene recibimos el título de útiles a los demás. Inmersos en la perspectiva antropológica, ¿con qué defenderemos una más que palpable vulnerabilidad?, con el aguijón de la integridad... midamos los respectivos paralelismos de negro con depravación y de blanco con templanza, ¿negaríamos los preceptos de ejemplaridad?, ¿y por qué no las certidumbres matemáticas?, ¡qué atropello lo de la emancipación del envaramiento ético en aras de una paradoja científica!, sólo a los más comprometidos interesa el análisis de intenciones y consecuencias. ¿Por la estercolera expectativa de que "todo, un día, estará bien" abonamos el cruel timo de "hoy en día, todo está bien"?, ¡ay, por los apóstoles de la tonta cosmoidiotología!; en el "mejor de los mundos posibles" de Leibniz apechugo con las condenas "desorden eterno" y "caos de desventuras" de Voltaire. ¡Endiablado optimismo que coloca el entender después del imponer!, declinamos con la ufanía... nadie fabricó un espejo puliendo un ladrillo, tampoco nadie destacó en educación raspando su cráneo, ¿San Agustín no rebatió a los antípodas con argumentos?, un sencillo tripulante disipó la ligereza del santo con sus periplos en barco. Nos pretendemos dueños de la situación por ser producto de nuestra perseverancia, ¿acaso indujimos lo que decreta el agrado y desagrado?, ¿lo alojamos en el arbitrio singular o en la prescripción universal?; aunque lo más relevante no converja con lo que más encomiamos, quizá algunos coreemos a Spinoza en lo de dejar reinar en uno al que rige las colosales órbitas elípticas. Los porqués siguen pautas eviternas que burlan el criterio de los más aptos —pequeños fragmentos del inmenso tinglado—; aflojemos la hebilla y aproximémonos al encadenado a normas —unas de transparencia meridiana y la mayoría de casta más opaca, desproporcionadas en relación a sus motivaciones, de índole fortuita. ¿Libre a empellones?, de diversas eventualidades, ¿no elegimos aquella en la que nos empeñamos?, los cánones del hombre casan con los del lenguaje, ¿las frases garabateadas en el polvo de lo sucedido o en el velo de Maya no tejen a su alrededor una red tupida? Por mimar el océano inabarcable de lo que considero el arte de obrar bien y no la escueta costa de los hechos aislados, me percato de que ningún extraño goza del mínimo ascendiente en quienes rugió la libertad, ¿el punzante sufrimiento no clama por una liberación?; incompatible con ritos definidos, la libertad —resorte de savias austeras— no aumenta ni disminuye con una capacidad de infligir daño —el que puede destruir lo que le favorece no ostenta más libertad que el que no lo puede destruir. ¿Lograríamos conciencia de libertad de no obtener antes conciencia del deber?, en el momento de la resolución de un caso, ¿imaginamos a un letrado enredando sus argumentaciones en el laberinto de conciliar libre albedrío con providencia divina? Maritain recalca que las victorias del mal no perduran, "la fuerza es decididamente fuerte si la regla suprema es la justicia, y no la fuerza", ¿los que alentaron la intemperancia no pagaron su solidez con fragilidad?, ¿los que toleraron al próspero no comprobaron su robustez? De atrevernos con la salvación, ¿cumpliríamos con "no ofrecer resistencia al malvado" del Sermón de la Montaña?, ¿o nos intranquilizarían con "tienes que resistir al mal o serás responsable tú también de que éste prevalezca", del código caballeresco?; por las desilusiones y confusiones con que contamos, no sucumbamos al peligro del diluvio escéptico... vehemencia en lugar de impotencia, porque de encajonar lo que confiere decencia en un catálogo de instrucciones positivistas convertiríamos vocaciones en equivocaciones y expiraríamos aplastados por el grueso de una lúgubre lápida, ¡uf, por las esquivas sombras en escena dentro de un teatro vacío!, Sísifo retrata una conmovedora atrocidad. ¿Lo que estimamos atrocidad no surge de una opinión muy verde por haber aplazado la conexión máxima?, no atribuyamos el revés a cartas marcadas de la Naturaleza o a desenfocados detalles de nuestra idiosincrasia. Obliguémonos a abandonar la menoridad que adoptamos, ¿no escarmentamos?, ¿débiles por no usar el talento de uno?; por más que nos prohíban curiosear por detrás de las impresiones más penetrantes, forjemos y lancemos del modo más osado innumerables intuiciones a las fronteras del Éter... en esa consigna anidará indudablemente lo que empezamos a anhelar en el empezar de la caída. Ya que en querer o no querer no influimos, y sí en hacer o en no hacer, compitamos con Locke por constituir forma y no materia —voces que flotan sin norte. Frente al corsé de las circunstancias, escrutemos dimensiones inéditas e iniciemos el retiro —la Ilíada—: nutramos nostalgia con quimeras, exaltemos el propio desconsuelo... toca fundir la tensa turbación con una saludable distracción; luego, el retorno —la Odisea—: elijamos levantarnos y no tumbarnos —no nos pudramos con las hojas marchitas. Como vigías del orbe que otean en las afueras del espacio y de la fatalidad determinística, anulemos las necesidades y sepultemos los clavos y espinas de una hazaña estética; rebeldes a la voluntad del hado, como Prometeo, insubordinémonos en la contemplación irritada de nuestro descontento, ¡qué inderribable tendencia a derribar obstáculos y a combatir con desgarramiento! Optar por tal billete de ida y vuelta implica optar por la vida; quien emprende el duro viaje aprende a controlar sus deseos, a afrontar la tragedia más aguda: el tormento de pelear o fenecer, ¿las cándidas pupilas no mudan a pupilas cautas?, consumieron y descuidaron su calvario —no, no resulta fácil derrotar al que no ejerce de derrotado, sólo un necio testificaría lo inverso. En el prodigioso desarrollo de una maduración... ¿compararíamos la memoria con el simple cómputo de una desmadejada distribución temporal?, no, apelo a que los sacrificios de entonces rindan etapas felices ahora. Gritemos un rotundo no al monstruo de dos cabezas: los que marchan de cara a la apariencia renuncian a los beneficios de encarar el problema... esclavos con deambular de cojos, de acá para allá. ¿El ojo defraudó por no distinguir una silueta a distancia?, la vista sana repara en sutilezas por sana; ¿Bachelar no escribió que "no hay verdad sin error rectificado" y que "no existe una verdad primera, sólo primeros errores"?, la recta pasión quiere con rectitud por recta. En cuanto recuperamos la independencia que nunca extraviamos, los que soñamos con la verdad despiertos procuramos hallar el camino con la brújula que los más avisados llaman "crítica" y los zoquetes "manía". Por correr el riesgo de cometer errores con la bravura de salir adelante, por aliviar el trastorno que censuramos y limar lo conseguido con cordura, por aspirar a la verdad con el coraje de los intrépidos, mañana pecaremos menos que ayer... creceremos a expensas de decrecer en desatinos, sin vacilación. No admitamos ni ofertemos la farsa de una verdad acabada, protejamos el contacto de las múltiples verdades —una a una únicas—; ¿separar las lianas parásitas de los claros y oscuros que las sostienen no cuestiona un hermanamiento milenario?, enfrascados en la pugna por el aire y la luz, ¿los árboles de la espesura no alzan sus troncos erguidos y hermosos?, más desperdigados extenderían sus brazos enroscados y retorcidos a diestro y siniestro, arriba y abajo. ¿El odio a través del amor y el amor a través del odio?, por más que un concierto combine sonidos contrapuestos, ¿no apreciamos que los galones del pérfido y los grilletes del honesto perfilan una divergencia estridente en la armonía del caos?, Spinoza manifiesta que obedecemos a una cláusula operativa de la biosfera imposible de extirpar, y no a una excepción suya; inalterablemente, los desequilibrados y desesperados suman más que los cabales y piadosos. Arnobio conjetura sacrilegio que en las postrimerías del magno proyecto, la perfección absoluta fraguara en barro su principal jaqueca, ¿mantendría Dios su habitual impavidez si faltásemos? Despejando arena topamos con la roca del axioma newtoniano: "la causa primera no es mecánica"; apostemos, apuesto por los vastos confines que un agente inteligente sustenta el Infinito —la propuesta opuesta supone un pulso de torpes. No, aquilatar los premios y castigos de Dios no encierra una temeridad; fijémonos en cómo nos orienta, ¿no inscribirá el Padre en sus designios la estrepitosa ruina de su hijo para comunicar su misericordia..? ¿y qué sugiere la perversidad?, ¿instrumento del furor de Dios?, o dibujamos diámetros o describimos círculos, ¿no advierten un parecido con el despliegue y repliegue que arranca de Dios y regresa a Dios? Acariciemos una muestra de conmiseración dogmática: cuando remamos a solas, sólo contamos con nuestros músculos, pero no en solitario. Por venerar lo inevitable, venero la cotidianeidad que inhalamos... ni melancólico retroceso a una romántica edad de oro, ni ingenua fuga en pos de un progreso; ya que con ambas espantadas no eludimos la horizontal, demandemos e instituyamos lo eterno en instantes sintácticos llenos de incentivación vertical. ¿No pesamos según el peso de los avatares?, de adelgazar mi sustancia hasta la quintaesencia escaparía al remoto refugio donde cabriolan a su antojo la entraña individual y el nudo global, ¿no estableció Leibniz que en lo más íntimo de la persona mora una completa avenencia con el Universo? Olvidemos los efímeros apegos bebiendo olvido del río del olvido, salpiquemos torso y dorso en sus mágicas chorreras, hundamos los cabellos en las rarezas del viento, nademos en las frívolas transiciones de unas nubes pueriles. Por más que no lo prevea la dialéctica con sus tesis, antítesis y síntesis, acudamos a lo irracional y probablemente tropecemos con un resquicio excitante... entremos en un sótano sin ventanas y provoquemos una explosión que rompa las fastidiosas ataduras del discernimiento, ¿no rescataríamos la espontaneidad y el disfrutar de una inspiración? Si imprimes a tu afectación un giro copernicano franquearías un enjambre de secretos... no zanjo enigmas con verbo, callo, ¿callar no evidenciará la evidencia de un yo pensante? Heidegger reitera que no cabe asimilarnos a espectadores puros, poseemos la facultad de interpretar y reinterpretar costumbres: dediquémonos a combatir las restricciones ambientales, a sacar jugo de los fracasos y fortunas, a la conquista del paisaje interior —nos apercibiremos de nosotros mismos cuando sepamos qué extraer de nosotros mismos. En un alarde de seducción, seduzcamos a la fantasía y conjuremos a los crepúsculos por crepuscular, colaboremos con seriedad en la Creación tratando de introducir un estilo de vida por entero nuevo... ni de prisioneros del pretérito, ni de soldados en la refriega entre presente y futuro ayudaríamos a moldear el proceder, ¿no lo enzarza en el áspero dilema experiencia-esperanza? ¿La receta?, aguantar el tipo en alerta preparatoria y diligente, abstenerse en una espera fecunda que trasciende. Pronunciémonos en la monumental encrucijada: o prolongar un padecer brutal o construir un ideal prometedor; la auténtica esperanza —el arma de los inermes— radica en no dar por perdida la partida por más que tarde el triunfo, formula una sutil protesta por el delito de meter en presidio unas alas en estática actitud de romper a volar... reivindica obstinación —no evasión— con punto de apoyo en las regiones inabordables. Abogo por una inquebrantable amistad con los amigos de la equidad, soberanía y paz. |