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del Hombre Leibniz aprecia en la materia el nivel mínimo de conciencia; en su prolongado letargo, las inmóviles plantas almacenan energía potencial, los animales andantes avanzan grados por buscar alimento, al fin y al cabo, callejones sin salida. Exclusivamente el hombre logró coronar la cumbre.... pero, ¿cómo sacar de su castillo a los fantasmas que su comportamiento animó a entrar? No sigamos a Foucault en que encarnamos una invención lingüística, y menos a Taine en creernos bestias superiores capaces de fabricar filosofía como los gusanos de seda capullos y las abejas colmenas, ¿queda claro que en el hombre las cadenas cuelgan de sus opiniones?, pocos de los que se burlan de las suyas figuran exentos de ellas. Aunque admitamos una tensión que tensa edad adelante para satisfacer "lo todavía no" —lo inacabado susceptible de acabamiento—, no guardamos ninguna similitud con las bellotas que declinan en el árbol de la encina, ni parecemos tan efímeros como gotas de agua que ruedan efervescentes encima de hierros candentes: constituimos una posibilidad aún no madura; repitamos con Ernest Bloch que "el hombre es la posibilidad real de todo aquello en lo que se ha convertido a lo largo de la historia y, sobre todo, de aquello en lo que puede convertirse en el futuro". ¿Qué implica empujar la esperanza con pasos de gigante?, que en cada momento del nacimiento a la muerte, el aspirante a eterno rebase con agilidad las metas conquistadas y ponga rápidamente en marcha sus facultades anticipadoras, ¿acaso esposado por lo finito no acaricia lo infinito? ¿Verdadero arquitecto de su felicidad o infelicidad?, a pesar de que cuanto más aprieta el puño más escapa la lluvia entre los dedos, compone a la vez que contempla, en consonancia con el ordenamiento de su adentro, con una inteligencia que tantea la afinidad de lo vidente con lo visto, ¡qué raro!, cosecha resultados sujetos a espacio y tiempo en un acto indiviso e intemporal. Si llamamos forma al molde que recibe el metal fundido, al ejemplar que el artesano tiene enfrente mientras iguala su producción a la obra, y también al modelo que el ingeniero tiene en mente cuando trabaja en la ejecución de su proyecto, ¿con qué nombre más adecuado que humanidad nombraremos a aquello por lo que el hombre llega a hombre? Ya que la cooperación representa para el hombre lo que la gravitación para los planetas, nadie ganaría contando sólo con sus recursos, salvo que el grupo subordinara sus intereses y permitiera iniciativas. De Ortega y Gasset aprendimos que quien piensa mal vive mal , ¿y cómo proceder obligados a vivir pensando?, abrimos los ojos a la luz gracias a un diálogo continuo con los demás y con uno, ¡cuidado con el coraje interior, porque en la individualidad de unas estancias cerradas los talentos de la parábola se pudren!; valga que en el plano de la acción partamos de procurar el bien particular con tal de que consigamos hacer nuestra la fortuna general, ¿ayudar y aceptar ayuda no fijan el ámbito de lo ético?, por algo etiquetamos de mayéutico el oficio de investigar en común —un grano de trigo no mete ruido al caer, sí un quintal. ¿La conciencia decide el carácter social o el carácter social decide la conciencia?, por un lado asistimos a razones con pretensión de unidad, y por el otro a sentimientos en demanda de variedad... en medio, permanecemos condenados a obedecer a ambos preceptos. No, en absoluto concibo al hombre en oposición a lo trascendente, sino como manifestación provisional del propio trascendente, eco de la Nada o el Todo... con el pienso luego existo de Descartes, descubrimos al hombre entre los hombres, pero con el si dudo soy , a San Agustín lo imaginamos más cerca de Dios —estimo lícito esto que me propongo: llevar a las cabezas mejor cultivadas de cualquier época a mi época, ¿con qué intención?, tomar y adaptar sus frutos más exquisitos a las exigencias de hoy. Al interrogante "¿qué es el hombre?", respondamos "una fuerza natural en expansión": sentidos que prueban, alma que aprueba o desaprueba, espíritu que entiende, cerebro que comprende, juicio que juzga, voluntad que consiente; y a la pregunta de "¿quién es el hombre?", contestemos "aquel que habita en el mismo que interroga". Dado que Tales inauguró el reflexionar sobre la creación, que Sócrates encaminó el afán de saber a saber de los hombres, que Bacon introdujo el método experimental en disciplinas que tratan de fenómenos espontáneos y que Locke comenzó a orientar la ciencia que estudia a nuestros semejantes hacia nuevas consideraciones, ¿por qué extraña que Hume quisiera completar la dilatada trayectoria hasta erigirse en el Newton de la categoría humana? ¡Ay, por el incognoscible que sostiene Filón!, ¿no trastoca la célebre máxima de Delfos?, el alejandrino traza un límite a las tentativas de introspección, y dice que alguien entrenado advierte que él es , pero no qué es él . Pertenecemos a dos mundos: por culpa de uno funcionamos bajo la ley de causa y efecto, y merced al otro, nos conducimos con independencia en virtud de la ley moral; no, no debe sorprender que una determinada acción ocurra mecánicamente y que su protagonista la suponga incondicionada, ni tampoco que una fuente de libertad encauce su corriente por los cauces de la necesidad; ¡qué colosal síntesis de libertad y necesidad ejercemos siglo a siglo!, ¿qué papel cumplen los personajes cósmicos con los que la historia practica su idea sustancial?, el de extender mañanas por delante de la conciencia: Alejandro, César, Napoleón emergen de una simiente originaria según el interminable ciclo sueño-despertar. |