más del Hombre

Ignoramos quiénes somos, tendemos a saberlo buscando y buscando, ¿un rostro único reproducido de manera deficiente en múltiples cristales rotos?, ¿demasiado pequeños para discernir algo?, ¿una esfinge regia en innumerables monedas..? probablemente la remota evidencia Veda de que existencia y perceptibilidad designen términos intercambiables forzó en Schopenhauer la angustia como pasión constitutiva: "el mundo, una representación mía", ¿la doble flecha de Eros, de plomo y oro, no simboliza los saltos de melancolías saturnianas a jovialidades solares? De Epicteto aprendimos que "lo que turba y agita al hombre no son las cosas, sino sus opiniones y fantasías acerca de las cosas"... pero, ¿dónde radica en esencia lo esencial?, en su misión de creador libre, ¿y tal carácter conmovedor y dramático no arranca de sus fundamentos?, Parménides nos concibe mezcla de memoria y olvido... errabundos de dos cabezas. ¡Curiosa caña zarandeada por vientos contrarios!, donde quiera que crezca tamaño infinito contraído, ¿sostendrá que ocupa el centro de los centros?, ¿mera localidad de la historia?, no, su incontestable capacidad excede los constreñidos límites físicos.

Ante una especie de ámbito indefinido, quien mira el reflejo de su figura en un espejo ve surgir un cuadro en perspectiva, y descubre que figura y reflejo guardan semejanzas y desemejanzas sometidas y sustraídas a nacimientos y muertes... como pensador privado no puede informar de simples copias, señala la propia hondura objeto de investigación, lee para explorar en los textos la verdad que contienen, ¿no fija ideas, templa el valor y estabiliza su comportamiento gracias a una certeza tranquila que la duda no conseguirá anular nunca más?, califica de menos importantes los resultados que la actitud de interrogación incesante. Un proceder así viene de viejo: notamos esa inquietud en el "retorno del alma a sí misma" de Plotino, en el "noli foras ire" de San Agustín, en el "cogito" de Descartes, en la "conciencia" de los románticos, en la "reflexión o experiencia interna" de los empiristas o psicologistas, en la pintura doctrinal del yo de la que echa mano el auténtico sentido moderno de filosofar de Montaigne, —emociona cuando escribe "yo no enseño en absoluto, yo relato" y cuando emula a Confucio con "transmito y no invento".

Al cobrar el nombre de humanos por habitar entre los demás, ¿la moralidad de cualquiera dependerá del estado de moralidad general?, ¿su salvación penderá de la consideración de los otros?, ¿no estaría entonces a merced del más hábil artesano de la condena o del elogio?, y de acabar con los enemigos de fuera, ¿disiparíamos el peligro?, sucumbiría la amistad, porque si nada dañara a nadie, nadie tendría necesidad de ayuda; a la noción de individualidad le corresponde encarnar un proyecto recíproco: la criatura inmersa en el cosmos y el cosmos comprendido en la criatura. Cruzar enseguida por lo peor y parar las prisas en lo mejor moderaría costumbres: aquel que pretendiera reivindicar su ingenuidad tomará prestada la paciencia de Job y escogerá la mayor ventaja a la menor, y la desventaja menor a la mayor, ¿llegamos a santos por amor de los dioses, o disfrutamos del amor de los dioses por santos? Rechacemos la ficción de los que afirman de todos o de ninguno en los modos convencionales del "se dice", "se hace", ¿no tratarán más de ocultar su fragilidad que de que afloren obligaciones punzantes?, desconfiemos de los muchos que aplauden la nostálgica ocasión del "se recuerda", ¿caerán en la cuenta de que no basta, de que urge desarrollar y completar hoy un pasado grávido de futuro?

Por raciocinio pertenecemos a la cultura, por sensibilidad a una naturaleza que precisa destronar a golpes de guadaña a los que aún contamos para asegurar que el contorno de la vida permanezca inalterado en su perpetua juventud, ¿la vida?, un recurso oportuno en el que encajar las corrientes primigenias, ¿nos dejaremos embaucar con que, por no existir la naturaleza, tampoco existimos?; Spinoza lo apuntó con franqueza: jamás gozamos de privilegios dentro de la naturaleza, ¿ni el de volver atrás?, Rousseau insiste en que no retrocedemos, ¿acaso no interpretamos una trágica inocencia blanca en medio de tinieblas? Atravesamos la trama del Universo, cada eslabón de la cadena delata un nuevo nudo: del lado de lo incondicionado pierde su color condicional, y del lado de lo condicionado pierde el beneficio de lo incondicional, ¿en pleno vuelo ascensional por las esferas o de cháchara con los champiñones bajo el estiércol? Y en los rayos del sol, ¿no observamos inabarcables granos de espíritu que flotan con las motas de polvo?, incluso los cuerpos inertes expuestos a la luz absorben fugaces relámpagos de inteligencia.

Aunque no parezca que suspiremos por desaparecer en pro de un reino celeste, Orígenes habla de "un ser que cree"; quizá el concepto de la dignidad como responsabilidad frente al destino de Pico de la Mirandola, sorprendió en extremo su mente y lo indujo a una meditación extravagante en la que presagió un principio cartesiano de distinción y claridad, ¿tras los divorcios de religión y filosofía, no emerge siempre la torpe superstición?, lo que la realidad niega, lo mágico lo concede, ¿esclavos por coquetear con ambas expectativas?, tanta íntima debilidad, tanta vocación de iniquidad y malicia convierten en indispensable la revelación, ¿en el mare mágnum de nuestras elecciones no ponemos en práctica una conducta que Dios conoce perfectamente..? de aniquilar la absurda inanidad de nuestras ansias, hallaríamos una magnífica compañía: la imagen de Dios en el mundo , ¿debería Dios abdicar en aras de una república terrestre en la frontera del tiempo y del espacio?