de la Naturaleza

Compañero, ¿acaso somos sus huéspedes circunstanciales?, no, además de que experimentamos con los instrumentos que nos proporciona, tenemos capacidad e interés en conocerla. Anaximandro acometió la empresa con el coraje de los grandes al basar su unidad en la unidad del sistema de leyes que la gobierna; ¿qué resta?, decir que sus normas obedecen a una esclarecida justicia y no a una necesidad ciega. Deduje con Galeno la facultad atractiva que atrae lo que resulta apropiado y la repulsiva que expele lo que suena a extraño; antes divagué con Empédocles acerca de los principios astrológicos de amistad y discordia como fuentes de cohesión y de separación de los elementos, aprendí de él que las cosas surgen durante los períodos que van de un extremo a otro, y que la acción conjunta de ambos polos acarrea el progresivo nacimiento y destrucción —la aplaudida composición y división de Anaxágoras. ¿Quién, desde entonces, no rechaza el planteamiento mecánico de la naturaleza?, equivale a imaginar que leyéramos los diálogos de Sócrates en el suelo de una imprenta después de caer un cajón de letras; ¡cuidado, que mientras la consideremos objeto del saber, no tropezaremos con ningún fundamento independiente de ella!, pero apenas la consideremos dominio en el que buscar la felicidad, cruzaríamos al campo moral, y pronto aparecería el dualismo entre lo que está del lado de acá —conocimiento de lo que es — y lo que está más allá —fe en lo que debe ser .

¿La Naturaleza, una metáfora del alma humana?, ¿y lo humano no navega en el incesante fluir de los cuerpos?; ciertamente, el Cosmos no encierra un bazar fantástico, de Schiller rescaté lo del "jeroglífico de Dios". La llamada "naturaleza muerta" explica el conato frustrado de un algo que trata de recapacitar sobre sí mismo: en calmas faldas de montañas, reconozco el reconocimiento aún inmaduro de una inteligencia petrificada que encastilla pulsos de existencia cumbres arriba, ¿y abajo?, el fanal resplandeciente de la luz suspendida que constantemente sigue al sol; aunque dispuesta a todo, perduraría ociosa si nadie la ocupara, hablo del oscuro que empieza donde acaba la brasa muerta, ¿muerta a perpetuidad?, ¿lo que ahora late siempre contó con pálpitos?, o ¿quizá a una hora trascendental comenzó a "poder hacer"?, ¿y en el futuro no perderá cota y rodará a la característica originaria de "poder ser hecho"?; el paso de lo inorgánico a lo orgánico revela el esfuerzo más fecundo en pro de la libertad... libertad que pone en práctica libertad a partir del inconmensurable instante en que la omnisciencia eterna introdujo en el más absoluto de los caos la arrolladora competencia evolutiva ¿Y el aire?, de ese increado creador, de ademán cristalino, afirmo con Eudoxo que evoca una divinidad intermedia entre dioses y hombres, que enseñorea tierras y mares —enrarecido, prenderían sus chispas.

¿El fin último de un amor que espera amor?, la pureza del amor, ¿con qué medio?, cultivar la vida de tal manera que cuando volvamos a flotar con el polvo hayamos alcanzado la cúspide ética —la vida, respiración del Universo. ¿Nuestra principal aportación?, el bien, ¿tamaña contribución no nos convierte en miembros de colosales dimensiones?; ¿y el mal?, Gentile insiste en que el espíritu encuentra su propia negación, ¿no avanza así el espíritu?, ¿y no llega a condición de que avance?, semejante oposición de refractarios constituye el motor de la civilización, ¿el fuego no se alimenta de combustible y a la vez lo quema?: una sana voluntad extiende vínculos de mundos con mundos. A diferencia de la Naturaleza, reunimos los dones de interioridad, de conciencia, de reflexión y de iniciativa que proveen de sentido a un alrededor, ¿sin nuestra presencia, la Naturaleza entera no figuraría bajo el epígrafe de desierto vacío?; ¿y qué papel desempeña el placer?, facilita las cosas, ¿lo bello no emerge de la relación de lo contemplado y un personal sentimiento de gozo?, en el Orbe advertimos aquel designio deliberado que eleva a cimas geniales un concierto seductor, ¿frente a una obra nuestra no respondemos de modo contrario?, apreciamos verdaderamente el trabajo en cuanto que lo entendemos producción espontánea... de amalgamar intencionalidad y espontaneidad, la Naturaleza parecería arte y el arte Naturaleza.

¿De qué sirve salvar la gracia del satélite Luna argumentando que los picos y valles descubiertos por Galileo permanecían cubiertos por una sustancia transparente y esférica?, sólo para detener el desarrollo de teorías mejores; no, no basta con mirar, usemos ojos que quieran ver y que crean con sinceridad en lo que ven —la belleza juega a que adivinemos sus distintos rostros. El continuo choque con la realidad padece de una aflicción insatisfecha, ¿los reiterados afanes de perfección no provocan una inestabilidad emocional que termina irremisiblemente en una situación de excesiva impresionabilidad?, por anhelos de una emancipación distorsionada aspiramos a merecer una idealidad que escapa como el delirio de la flor azul de Novalis, ¿por causa de una infinita sed de infinito no sufriremos esa disensión íntima que apodan reconcomio? Desde luego, pretender que la fuerza de la razón despierte definitivamente en los feudos del espíritu implica invertir la razón de la fuerza que rige el largo sueño de la Naturaleza; ¿no escuchamos de Goethe que quien desee escalar alturas que imite a los griegos en levantar la naturaleza al nivel del espíritu?, cumplamos con las recomendaciones de Dante y renovemos el comprender en las aguas del Leteo y Eunoé, ¿no señaló Maquiavelo que en cualquier doctrina hallaríamos parcelas de virtud en las que reponer energías primitivas?