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del Vivir No, no corramos ebrios de éxito ni sucumbamos al desaliento de los fracasos, ¿acaso el sol y la luna no brillan de nuevo tras el eclipse?, si estudiáramos los altibajos de la vida como los geólogos escrutan el mineral, descubriríamos que las pruebas de alegría y sufrimiento guardan un notable paralelismo con los ensayos de filtrado, depuración y combustión —sacan fuera bastantes características ocultas. ¿El ritmo de la vida?, un compás de dos tiempos, binario, un intercambio entre lo impar y lo par: la vida se aferra a la vida y el fantasma de la muerte juega a una suerte de ruleta; ¿antes del verano las plantas no estallan en hojas y flores?, los otoños traen la caída en derredor, luego... la benevolencia del humus nutrirá la savia que hinchará los brotes en la próxima primavera. También el hombre pasa de disparar la flecha a aflojar el arco y meterlo en su carcaj, cumple con la regla de emerger para perecer y dejar sitio a su relevo, "siendo aquel, éste no es"... supondría un crimen de rebelión no rendir el corazón en la hora extrema, ¿encarnamos mucho más que una serie de episodios psicológicos efímeros donde el dolor mantiene su condición dominante? Por más que morir convierta cualquier posibilidad en imposible, la última posibilidad no ejerce poder sobre quien remonta los afluentes de su vivir, ¿el nirvana no abre la oportunidad de burlar el giro infinito en la rueda de los instantes? A pesar de que las olas no disfrutan de más realidad que el mar, ¿no adquieren por momentos una forma de individualidad?, ¿no desafían a la fugacidad disipándose? Sin renunciar al dulce honor del olvido, preferiría que grabaran en mi tumba la leída frase de Kant, "el cielo estrellado por encima de mí y la ley moral que hay en mí"; sugiero un estado de imparcialidad y serenidad, porque durante los raros ratos en que nada agitara las aguas, cada uno vería en el estanque reflejos de su permanencia en la impermanencia. Habitamos el mundo... pero, ¿de qué manera y por qué? Por emprender el trajín enteramente desnudos desde que nacemos, creemos necesitar una mínima vestimenta, ¿convendría repetir la fórmula de Berkeley de que "ser es hacerse percibir"?, ¿y percibimos algo más que atributos palpables?, ¿buscamos una prisión?; andan los años y comprendemos que el trato con la existencia aspira a desproveer del más elemental ornamento a nuestra personalidad. En absoluto representamos un medio, Merleau-Ponty apunta que el espíritu cobra anchura gracias al cuerpo, ¡ay, por los inseparables cuerpo y espíritu!, cuando uno desaparece, el otro se desvanece, ¿con la mella del cuchillo no perdemos la eventualidad de cortar?, a semejanza de una vela que no conserva la llama después de acabar su parte de sebo, los pensamientos cesan apenas el organismo arruina su componente esencial —el fuego no ondula jamás sobre brasas apagadas. Mientras luz y oscuridad no desfallezcan en la difusa claridad del sumo misterio, ¿qué importa de dónde venimos o hacia dónde vamos?, sintámoslo en la intimidad más íntima, ¿hablamos de férrea soberanía o de laxa complejidad?, ya que libertad e intensidad caminan juntas, ¿redimiríamos al resto de los humanos del heraclitiano "rayo que lo gobierna todo" arrojando el Universo en brazos de lo fortuito?, ¿no reduciríamos la frágil criatura racional a un nebuloso revoltijo de átomos?, ¿salvaría del caos la interpretación averroísta de un intelecto único e inmortal común a sus hijos?, ¿y en qué rincón teórico quedaría la inmortalidad del renombrado "Horizonte de la Naturaleza"? Apostar por uno de los polos sin despejar la angustia de que en el opuesto more la respuesta resultaría menos caro que el perezoso marchar de los contemplativos; nos ocurriría igual que al mochuelo de Minerva —llega tarde por romper a volar cerca del crepúsculo. Encontremos cómo gastar y gozar, disolver y agotar el yo, elijamos los aledaños del Pórtico a los adentros del Jardín —ni cuentan con cancela que cerrar, ni conectan con ningún mundo imaginario al margen del mundo. De siempre, la sed de belleza y bondad emplea persuasiones, argumentos probables que ni logran excluir dudas ni vencer congojas... lo propio de quienes no poseen pero anhelan poseer, de quienes dan con una salida que escapa segundo a segundo y de quienes vuelven a intentar lo que una vez más pierden, ¡terrible pesadilla que aguanta hasta el espasmo terminal!, ¿no oímos de Calderón que "la vida es sueño"? ¡Por Dios!, despertemos del dormitar hipnótico que inducen los ilusionistas de palabras en las cosas más inseguras, ¿qué conseguiríamos doblegando el ánimo frente a los aspectos negativos?, ¿no experimentaríamos la máxima negación muriendo?, ¿y morir no constituye el acto final de un provechoso vivir? Revaloricemos la espiral platónica llena de movilidad que enlaza un problema con el siguiente, ¿la meta del solitario?, alcanzar las verdades especulativas; sequemos de tantas sofisterías y fullerías los pechos que amamantan confusiones incapaces de silenciar contradicciones. De comulgar con Espeusipo en que parecemos tender a evolucionar de lo imperfecto a lo perfecto, el bien surgiría en las postrimerías del suceder cósmico, ¡mira que no aceptar el papel de principio en un devenir!; extraigamos pronto los códigos del comportamiento ético y los preceptos del obrar moral —la primera lleva el sello de la genialidad del de Vinci: "Es mejor una pequeña certeza que una gran mentira". Efectivamente, poco tiene de objetiva la indagación filosófica que me interesa, excavo en el significado auténtico de mi interior y entrego a los demás la transparencia de mí y de mi destino, que gané de minero del alma; decir lo que debería decir sin soltar una imprecación redunda en proceder al modo socrático, ¿y por qué no seguir a tamaño samurai de la sabiduría con el grito de un sí a la vida? |