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más del Vivir ¡Qué tremenda paradoja que la vida permita interpretar el origen de la inteligencia y que la inteligencia no logre desentrañar el sentido de la vida!: toma instantánea a instantánea y trata de proyectar el devenir, ¿en la anarquía del claroscuro llega a su cumplimiento algo más que la negación?; de la sucesión homogénea y uniforme de ocasiones iguales captada en los fotogramas, escapa la ininterrumpida duración, ¿preferiremos existir como inviabilidad en vez de asumir la viabilidad del existir?, delataría que no aceptamos la sorpresa de existir. En el continuo de la trágica autenticidad, jugamos a poner y a rebasar topes, ¿por ese ingenuo mecanismo, la vida no supone más vida?; andamos en círculos por pretender zanjar la imperfección diaria en la perfección ideal, revisitamos sus momentos enriquecidos con el contenido cosechado en las vueltas anteriores, jamás repetimos: vivir significa vivir hasta el fondo, expuesto a los peores jaques —su incógnita quedará despejada apenas marchemos de aquí. ¿Mediremos inteligencia sin trazas de instinto?, no, ni instinto sin aura de inteligencia, ¿de conciencia a inconciencia no damos con suficientes y eficientes vinculaciones?; inteligencia e instinto protagonizan dos soluciones divergentes de idéntico problema. La inteligencia reflexiona sobre las relaciones entre las cosas, el instinto examina las cosas mismas; a pesar de su habilidad en buscar y buscar, la inteligencia no hallará nunca, el instinto hallaría, aunque no buscaría nunca, ¡que fantástica manifestación de producción libre e imprevisible! De "la vida es sueño" de Calderón, Schopenhauer dice que se distingue del sueño por su menor número de paradas y por su mayor conexión, y si cuenta el que sueña y no lo soñado, ¿por qué amedrentan los sueños?: olvidemos la muerte —"frontera en sí y para sí"— en el saco de dormir y recordemos su positiva afirmación de la vida. Charron sostiene que la vida perfila una incesante prueba que practicamos con nosotros y con los otros —no prohibamos a una semilla el nombre de la planta en ciernes. ¿Qué dignificaría más, ceder al arrastre o arrostrar la conclusión fatal?, en el suicidio notamos un enérgico testimonio de ganas de permanecer, no de un rechazo; el muerto por voluntad quiere la vida, su descontento depende del infortunio que sufre. Repudiemos cualquier doctrina que exhorte a dejarse llevar por la corriente, ¿no implica dejarse gobernar por la suerte ?; la suerte arbitra la mitad de las acciones y en la mitad restante timoneamos tú y yo de forma decisiva cuando obramos con propósitos rectos —no, seguro que no conseguiríamos eliminar por completo el riesgo, ¿y reducirlo a un accidente del éxito? ¿A qué achacar la consistencia con que el poder interviene en los espaciosos siglos?, Fromm y Horkheimer explican el dominio con su interiorización a través de las instituciones de una manera "tan familiar y obvia que también la tierra y el universo, e incluso el más allá, sólo puedan ser experimentados bajo este aspecto"; procedemos en virtud de una veneración por la autoridad que erigimos en nuestros adentros, ¿tamaña actitud no abarca una parte importante del entente común con los demás?, la subsistencia del organismo precisa de la indispensable disposición a obedecer; una subordinación no siempre funciona por represión, a la larga costaría demasiado, los tiempos de hoy no soportarían mañana la intolerable debilidad e inquietud social al descubierto. Kojève etiqueta la muerte con "finitud radical del ser y de la realidad", ¿no emplea el vocablo de historicidad por tal limitud?, Heidegger la define como "imposibilidad absolutamente propia, incondicionada e insuperable del hombre" y Anaximandro opina que encarna el castigo por la culpa de haber nacido. El silencio cómplice que mantenemos extraña a Nietszche, ¿no revela incapacidad frente a la certeza?, sabemos que tenemos que acabar y no pensamos en ello porque llenaríamos aldeas, pueblos y ciudades de incuria y torpeza, no porque concibamos lejana su amenaza cercana. ¿Perecemos por pertenecer al reino de los entes concretos?, Hegel diagnostica que por solidificar en costumbres la actividad privada, la pluralización de cada uno resulta inalcanzable, ¿la victoria del género y la derrota del individuo de Marx?, ¿una refutación de su unidad? Schelling intuye que "lo que está muerto en la naturaleza no está muerto en sí, sino que es sólo vida apagada". Por cuanto la vida emerge por encima de su vertiente temporal pesa más que vida, y por cuanto la muerte señala el tránsito de cuerpo a espíritu no deberíamos hablar de un hecho: constituye el cómo del mundo y sus caracterizaciones. ¿En la orilla extrema qué nos acogería y consolaría?, ¿venceríamos el inseparable martirio que fluye de la renuncia máxima?, ¿acaso no le concierne a quien está totalmente a expensas de su destino?, ¿vale pedir confianza ciega a un alma ciega?, Jasper apunta que la trascendencia sitúa su presencia a la sombra del manto en que nos encontramos de abordar su inabordabilidad. Condenemos los intentos titánicos de traspasar el último peldaño, la comprensión humana cae de este lado, de aquel lo incomprensible; la religión tampoco cruza el temido rellano, pero descubre a uno por uno su pecado y nulidad, ¿no los prepara para la crisis que los salvará? La estridente disonancia del triunfo de los malvados y de las congojas del justo fuerza a considerar que no todo caduca ahora, que la desaparición resuelve semejante contradicción en un orden —necesitamos de la inmaterialidad. Reconozcamos en el orden y en el cambio la determinación de una razón que excede a su determinabilidad espontánea y creadoramente, y a las puertas de la suma evidencia, saltemos de lo confuso a lo infuso. |