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de la Conciencia "Del yo siento y del yo que siente algo", distinguimos la homogeneidad del "yo" y la heterogeneidad del "fuera de mí": Taine considera la conciencia traducción del prístino texto de la Naturaleza y Galluppi "una verdad primitiva experimental" por alojar al yo cognoscente. Vale llamarla caudal de interiorizaciones —hechos medidos en datos— que preceden y condicionan expresiones de la apercepción permanentemente renovadas —teorías sometidas a error—; Hamelin la define "esencialmente pensamiento", "existencia por sí" y Collard "sentimiento que el yo tiene de sí mismo", ¿no rebasa la simple advertencia de sus operaciones?, ¿llegaremos con los escépticos a situar esto, eso y aquello en ella?, aunque los estoicos no la niegan, apenas saborean una libertad neutra. ¿Y como relación de nosotros con Dios?, Butler habla de "voz de Dios dentro de nosotros", Boutroux de hábitat de una religión sin supersticiones y Mine de Biran la juzga una especie de manifestación íntima de revelación divina, una forma de revelación, y más aún, la revelación original de Dios; ¿su figura más elevada?, imagen o apariencia de Dios. ¿La vida no salió a flote del marasmo fisicoquímico?, la filosofía recibe el encargo de documentar los desafíos que arrancan pálpitos a la materia inerte, luego avisa del hombre e incluso de más allá, ¿y qué opinar de la conciencia?, ¿uno de los puntos focales donde las correcciones de los usos emergentes impactaron con mayor intensidad durante la mudanza cósmica?, decisiva fase en el lento proceso de adaptación de los organismos animales al ambiente por acumulación de innumerables variaciones funcionales que responden mejor a los requisitos del entorno. Vayamos del evolucionismo biologista a un evolucionismo espiritualista y equiparemos los cursos constantes, incesantes y progresivos con el devenir temporal de la conciencia; en tal oleaje cada estado disuelve a los previos en una continuidad fluida, no avanza por sustitución, sólo por abstracción conseguiríamos contar los eslabones de la conexión, ¿funda la conciencia al ser o contamos con un ser que funda la conciencia?, presupongamos una sustancia incorpórea, sede de un hálito eterno —respiramos fe gracias a tantos testimonios. ¿Goza de historia la conciencia?, por viejos desengaños vaga errabunda por sendas inciertas inmersa en cuestiones oscuras, bajo encuentros desconcertantes sufre las desviaciones del Fausto y va a la búsqueda del placer, ¿extraña que la contemplemos como fuente de imprevisibilidad y constitución?; a merced de rodeos, contrastes y escisiones abandona el dolor y desdicha de su individualidad y gana en generalidad. Porque conciencia sugiere cambio y no fuerza ni sustrato que produce cambio, calculemos el tiempo por la corriente del cambio, no por una sucesión regular de instantes gemelos, ¿un orbe estable no apagaría para siempre el llamear vacilante de la conciencia? Desarrolla un conjunto de leyes y una objetividad bastante particular en su largo caminar hacia adelante, del presente al futuro; desde el principio adquiere una consistencia muy especial fruto de su repliegue y vuelta al pasado: tamaño vértice cierra la marcha creciente del genio humano y pone fin a la construcción del universo, ¿no lo reconoceremos por la luz que irradia?, ¿y mientras, no construye su historia? Carecería de sentido el aparato planetario si no tendiera a suscitar múltiples complexiones conscientes, ¿la igualdad parcial de los contenidos compondrá la atmósfera común circundante?; ¿y a qué huésped secreto ando atado más que a mí?, Ravaisson afirma el predominio de la práctica de la conciencia sobre la práctica externa, ¿en los más recónditos fuelles de mi identidad no agita su radicalidad agustiniana?, por entender el alma de las cosas, gobierna los comportamientos de quienquiera. ¿De qué guardamos conciencia?, de la causa —mucho más de lo que logramos exponer—, de la infinitud de nuestra idiosincrasia en y a través y no de nuestros episodios mentales; ¿el peligro de un revés?, que los reflejos de enconos escondidos tomaran yerro por autenticidad y que esgrimieran una supremacía. ¿A dónde ir con "el yo no es señor de su propia casa, el inconsciente tiene también la palabra" de Freud?, confiemos en la memoria personal y en el tirón impersonal que trasciende por su carácter anónimo y global —quizá impidan que giremos con los locos a la hora del recreo. En las escenas de amo y esclavo del mundo antiguo ¿los actores no alcanzaban la plena conciencia afrontando el conflicto?, acatar la vinculación fatal resolvía el envite, no así la lucha a muerte de los contendientes; el vencedor blandía la capacidad de iniciativa, el perdedor soportaba los trabajos hasta que asumía dignidad e independencia, ¿Bergson no propuso que "madurar significa crearse a sí mismo"? Destaquemos que frente a la posibilidad única que implica necesidad —postulado de ciencia— surge la unidad de posibilidad de toda posibilidad —postulado de conciencia—, pero ya que los límites del intelecto coinciden con los de la realidad y realidad y conciencia coinciden en grados, etapas y aventuras, ¿cabrían chifladuras especulativas que ignoraran cuándo pecan de alucinaciones?, con Lequier atengámonos y dobleguemos por completo su dictado, ¿acaso sus alardes de autonomía no quedan limitados en extensión por los alrededores y determinados en dirección por el deber?, digamos con Schopenhauer que en la conciencia hallamos el montante de los conocimientos inmediatos y que nadie puede escapar de la cárcel de su epidermis y confundirse abiertamente con lo diferente de él. ¿Masci no observó en las luces del derecho los perfeccionamientos de la conciencia? |