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del Conocimiento En cuanto abro los párpados a pleno día, ciego la libertad de elegir entre ver y no ver, ¿no ocurre lo mismo con la capacidad auditiva?; y si el mar de ideas que entra por ojos, oídos, nariz y tacto no obedece por entero a la propia voluntad, ¿no convendría preguntarnos por la validez de que lo externo oriente las adquisiciones del pensamiento? ¡Ay, por las cosas simples!, lo dijo Antístenes: las concebimos por percepción y las describimos por analogías —no nos incumbe definirlas—; por su impasibilidad ante el resto, Pirrón deambulaba por ahí sin mirar ni esquivar obstáculos, chocaba con carros y perros que hallaba a su paso. Ya que las sensaciones corresponden a "ocasiones" que sirven de asidero para captar captables más allá de lo evidente, remontemos el cauce hasta que los sentidos no condicionen; ¿que no?, echemos un vistazo a su constitución, funcionamiento e interés, ¿no los nombra Epicuro "mensajeros de la verdad"?, ¿no ponen en marcha los engranajes del recuerdo?, ¿lo inteligible a través de lo sensible?, ¿y los recuerdos no dan pie a la experiencia?; ¿y cuando las falsas apariencias logran timar a la razón?, el engaño vuelve por sus fueros en dirección opuesta, y la razón venga el fraude con pasiones que producen impresiones turbadoras y embusteras; ¿tamaño ir y venir no confirma un puente de lo latente a lo patente?, ¿qué queda más que apurar una esencia común?; no, no olvidemos que aunque las sensaciones proporcionan material al conocimiento, no son conocimiento, a excepción de que figuren enmarcadas en una sólida estructura lógica. Comparemos el espíritu con una lámpara: la claridad representa al conocimiento que aprehende la interioridad de los alrededores, y el calor simboliza el amor que entregamos a nuestros semejantes; de ningún modo encarnan imperios distintos, manifiestan expresiones complementarias que aprovechan su mutua asistencia —el conocimiento hace de guía y el amor empuja a reparar ruinas y a levantar edificios. Un estoico de la talla de Erilo coloca el fin de la vida en el conocer, y Maimónides sitúa tal iniciativa en el hombre, ¿acaso no percibirá en mayor o menor medida la intervención del Entendimiento con arreglo a su preparación?, ¿no conseguirá más o menos perfección?, destaquemos el esfuerzo primero por salir de dudas en los años primeros del saber; Peirce insiste en que investigar consiste en establecer reglas de acción que obliguen a sus protagonistas a cumplir con ciertos comportamientos mientras afrontan oportunidades concretas, ¿qué proceso mental referiría con más fidelidad la imagen del mundo? Ni conocemos con certeza ni desconocemos de manera absoluta, avanzamos bajo el fuego graneado de demasiadas ignorancias, ganamos altura y alcanzamos los arquetipos que desde muy atrás en el tiempo habitan las elevadas regiones: en época de Demócrito, el atomismo pertenecía al ámbito de la metafísica, y en el siglo de Fermi, todos la calificaron de totalmente científica; consideremos la noción del movimiento de la Tierra, el elemento último —padre de los demás—, la teoría corpuscular de la luz, el fluido eléctrico; conocemos en la embestida demoledora de recientes y crecidos conoceres frente a tempranos y disminuidos conoceres; ¿que por qué cuesta lo suyo suponer que destruir ayuda a construir?, el peso de muchos prejuicios escondidos frena lo que deberíamos aprender, ¿aquello que ensoberbece no entorpece incluso durante una distracción dominical?, ¿quién querría rejuvenecer el corazón con revoluciones que lleven a sospechar de su pasado? Buscamos gimiendo igual que monstruos intraducibles, mezcla de ángel y bestia, de nobleza y miseria y del misterio sólo descubrimos lo que falta por revelar, ¿de arrimar velas a objetos, sus llamas arrebatarían a las sombras más de lo que encierra el objeto? Con la indiferencia de un cuadro a permanecer o no colgado de una pared, los peores discípulos —músicos sin genio musical— juran sobre la palabra del maestro; los mejores tornan por el viejo camino e interrogan con la probada metodología. Conocer implica abstraer, recuperar lo universal de lo particular, de los individuos sacar la especie; para Hartmann significa penetrar en lo que existe previamente a cualquier conocimiento e independientemente de él. Cada vez en más grande número, el puñado de siempre apuesta por conocer lo que resulta factible conocer en sintonía con Hugo de San Víctor en lo de que "algunas cosas se derivan de la razón, otras están conformes con la razón, otras están por encima de la razón y otras contra la razón"; si lo que acontece según una necesidad dominara tanto que la estéril sofisticación llegara a tomar el poder, ¿no alzaría su voz un nuevo invierno de argumentos?, acabaría la posibilidad de acudir a lo que acaece y a la fantasía, y tendríamos que recomenzar lo andado. Por trato del cognoscente con lo conocido surgen determinados aspectos de la verdad; de coincidir conocimiento y verdad no mediaría distancia que vencer y nada tiraría de unos corredores hacia la meta; con creer lo probable no despegaríamos del conocer, y de aspirar a lo inasequible puliríamos el conocer, ¿extraña que importe más lo que trasciende, sin negar?; así como donde cabe conocer no cabe creer, lo que repugna al conocer lo rechaza el creer, ¿la imposibilidad no ejerce con ejemplar constancia su papel?; ¿dónde beber apenas los manantiales del alma agotaran sus nacientes?, ¿cómo nutrir inspiraciones después que se pudrieran sus raíces?, ¿en la utopía que florece del brazo de la poesía? Apoyemos a Gadamer en que "quien desee comprender tiene que estar dispuesto a dejar que ese algo le diga algo", ¿no obramos en concordancia con lo que conocemos y conocemos en concordancia con lo que obramos?, ¡qué excelente nexo entre doctrina y práctica! |