|
de la Voluntad Herbart casa voluntad con derroteros particulares del querer, con una querencia plausible que acontece con independencia de las restricciones accidentales que asedian al individuo, Schelling la identifica con el fundamento de la naturaleza, con el precepto espiritual inconsciente de las manifestaciones del espíritu. ¿Asemejaríamos la música con revelación pronta de una voluntad?, ¿tan directa como el mundo?, ¿qué abarcan?, ni una ni otra caen bajo la exhaustiva rigurosidad demostrativa. Nietzsche escribe que denominamos voluntad a una pluralidad de instintos en lucha constante por la hegemonía y Foucault saca de los fondos de Nietzsche que bullen enormes ansias de convicción y que nadie logró jamás su posesión; ¿aceptaríamos ver en la vida el caso más llamativo y peculiar de la llamada "voluntad de poder"?, Schopenhauer percibe que en suprimir la intención de existir radica el auténtico episodio de emancipación. Enrique de Gante apunta que la libertad levanta su edificio encima de la voluntad y que la voluntad lo hace encima del entendimiento, ¿acaso la voluntad sigue a pie juntillas una línea discursiva?, no, anda por andanzas resolutivas. Duns Escoto señala que el convencimiento prima metodológica y metafísicamente y no por prescripción psicológica, ¿no echa mano del discernimiento igual que de un instrumento y lo somete a las compulsiones del proyecto? De la lectura de Buridán ¿no deduciríamos que elegimos de un modo prefijado?, ¿apenas en el sentido de suspender o impedir el juicio?, ¿desde siempre y hasta siempre?, no, Leibniz insiste en una ausencia de necesidad y arbitrariedad, ¿no lo establece nuestra condición?, alienta recuperar de Escoto que "la voluntad, en cuanto acto primero, es libre para actos opuestos; es libre también de tender, mediante tales actos opuestos, a objetos opuestos, y, además, es libre de producir efectos opuestos" ¿Y si la libertad consistiera en captar la fatal causalidad?, Anselmo de Aosta salva el escalofriante abismo mientras declara alto y claro que "nada es más libre que la voluntad", ¿no radica en la aquiescencia manumisa el suelo firme de la apreciación ética?, de lo que sucede constituye el principio en estado puro, la anuencia no cuenta con más origen que sí misma y su supremacía confiere a la conducta moral un carácter de impredictibilidad irreparable. Rompamos "la omnipotencia de la posibilidad" de Kierkegaard a despecho de la "impotencia de la naturaleza" de Hegel, a pesar de que Juan de Salisbury enseñara que "como académico, en todas las cosas que pueden ser objeto de duda para el filósofo, no juro ciertamente que es verdad lo que digo, pero, sea verdadero o falso, me contento con la sola probabilidad"; por jugar con eventualidades ¿no decidimos incluso antes de cosechar evidencias? Domar el quizá y la fortuna implica acabar con los inacabables tiras y aflojas, con esos desasosiegos de la mente provocados por aspiraciones diversas y contrarias, por ilusiones y temores, por suponer favorables y desfavorables demasiadas empresas; amainemos por un momento la marejada de sospechas que resurgirán después, ¿disfrutaremos en el futuro de una definitiva tranquilidad? —¿La inclinación de la voluntad? —Hacia el amor. —¿Y la del pensamiento? —Hacia la sabiduría. —¿Y entonces...? —El amor supera a la sabiduría. —¿Sufre la voluntad? —Cuando no sufre, sueña Los que conocen cómo sus deseos ocasionan el complejo movimiento de sus cuerpos, ¿no pecarán de ocasionalismo?, ¿espectadores o intérpretes?; de conformidad con la aseveración de Ockham que canaliza el interés y gradúa las ganas ¿no concluiríamos con Schleiermacher en "llegar a ser más de lo que soy: ésta es mi voluntad"? No, no hablemos de azar frente a algo que amalgama de manera indisoluble el destino personal con el destino de los hombres. Schopenhauer asegura que trabajamos por motivos y que el yerro acompaña con frecuencia a los considerandos que guían a cada cual, ¿donde el talante abusa del talento no tropieza Descartes con la raíz de los equívocos?, Lessing localiza la valía humana en el entusiasmo por aprehender la realidad y no en coronar su cúspide. Aunque procedamos por esperanza, el dominio de la argumentación sobre la esperanza sugiere el dominio sobre las pasiones. De las páginas de Fichte destilamos que la infinitud de un interior ligado al Cosmos por propensiones demanda exteriores que resistan los inagotables oleajes que acuerdan y crean orillas, ¿no ayudan a consolidar el imperio de la razón?, en el concepto del esfuerzo viaja comprendida la infinitud. Convenimos con Schleiermacher que "la única imposibilidad de la que tengo consciencia es la de trascender los límites que yo puse a mi naturaleza con el primer acto de mi libertad"; por prescindir de los obstáculos ¿no entramos en contacto con la autodeterminación de la inteligencia?, ¿qué mejor molde de reflexión? A la voluntad le compete el papel de un organismo articulado capaz de desplazarse y de emplearse en función de la voluntad: Como exigencia de exigencias inapelables que no dejan opción, destaca la dignidad. Como confrontación de diferentes grados de intensidad, extensión y concentración, la perfección indica el lienzo que debiéramos pintar y no conseguimos montar aún, desencadena tensiones y desavenencias, suma y resta amigos y enemigos —la tragedia vomita los más íntimos encontronazos. Como duración, ningún arrebato genera una satisfacción que derribe lo efímero, ¿no recuerda la limosna que alivia hoy la escasez del mendigo y que mañana atiza de nuevo la angustia? Como solución del conflicto de apetencias, nace el derecho. Como armonización entre lo propio y extraño, expresa benevolencia. Como elevación de miras y de bienestar, el fin absoluto de la voluntad coincide con el bien. |