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más de la Historia ¿Seguiríamos a Maquiavelo en que el mal y el bien mantienen un precario equilibrio?, guardaríamos la misma posición estratégica desde y hasta siempre, ¿o yaceríamos en un sepulcro? En el yelmo de la historia no cabe el hado de los estoicos, ni el azar de los epicúreos, tampoco la fatalidad cósmica, y menos una mera accidentalidad. ¿Dentro del marco de las restricciones del momento, no resultó aproximadamente lo que se quería?; no obstante, suena a esfuerzo incompleto; de sus errores y llantos, ¿deberíamos culpar a tamaña sensación de fracaso? Recobremos el oído y escuchemos la palabra de los actos: lejos de implicar un defecto, la gramática a medio terminar concierta su significado con el alfabeto de los acontecimientos: una serie de intervenciones que la perfección habilita para levantar el vuelo —mejor explicar determinados sucesos con influencias latentes que creerlas principios incondicionales. Tratemos de entender cómo una verdad irreflexiva se convierte en reflexiva, y de no huir tanto al pasado a por migajas de verdad, ¿acaso una razón oculta no guía y estructura el falso caos de los fenómenos humanos?; nada de misterios insondables: no reparamos en lo que parece escondido porque permanece a la vista, ¿que por qué?, porque interesa bastante, ¿la intuición que tenemos del mundo no define quiénes somos? ¡Ay historia!, de proteger tu recia encuadernación en viejos anaqueles de bibliotecas te cargarías de polvo, y enmohecida, te agrietarías; te ocurriría lo que a la leche: hoy fresca y mañana corrompida. No te conformas con una simple transmisión, precisas que nueva savia te piense y repiense a fondo a partir de enfoques distintos; colmas la más vasta encuesta de nuestras conductas, ¿tus instituciones, comercios, guerras, costumbres y mitos no convienen a un reino cuyo protagonismo indiscutible lo ostenta el hombre? En semejante muestra auscultamos la voz de mucha persona importante inmersa en un largo coloquio ininterrumpido del que nunca pretendieron sacar a flote certezas impersonales —apenas comprenderíamos si olvidáramos a los individuos de carne y hueso que formularon y cometieron su ración de tinos y desatinos en la época que les tocó en suerte y bajo una herencia concreta. En el manifiesto despliegue de la obra genial, de encarar los casos con las oportunidades de provecho que referencian y no con los quanta de fortuna que contengan, nadie argumentaría que los siglos maduraron en contra de la criatura inteligente, ¿no propician que sus carencias secretas salgan de intramuros y atraigan su atención?, el alma ensancha por esa vía unos límites muy parciales y acaba por suscitar objetivos más amplios. Advierto: con la historia, ni probemos un desquite, ni reverenciemos su interpretación, ¿alguna vez jugó a amo severo u ofició de juez universal?, ¿justiciera o justificadora?, no va de justiciera, sí que justifica. ¿Existe un proyecto abstracto que el devenir esclarece día a día?, a pesar de que Durkheim dice "no" a enumerar con leyes generales los avances de la humanidad, sabemos que cumple con un papel de toma de conciencia, que encumbra lo oscuro a la luz, ¡oh esplendor que surges de tu noche esencial!, ¿por tu intercesión no saltamos de anotar hechos en bruto a comparar sus hechuras?, de no haber estudiado los griegos las secciones cónicas, ¿Kepler habría reemplazado a Ptolomeo? Lo fugaz corre a reunir y adecuar su impaciencia con el sosiego de lo inalterable en un proceso que quizá jamás consumirá su cáliz; ¿por qué no considerarnos ensayos frustrados de encarnar lo absoluto? ¿La historia figura a nuestro alcance por vivir en la historia?, ¿o quedamos fuera por no ser fruto de ella?, su independencia permite que acerquemos o distanciemos nuestra curiosidad, pero no que dispongamos de su discurso, ¿de qué manera señalaríamos el punto que corresponde a hoy en una recta de extremos desconocidos? Cualquiera que alce los ojos al cielo percibe la providencia que rige el sistema planetario, ¿dudamos de a quién incumba?, ¡Dios mío!, ¿qué sugiere esta especie de teología civil?, el vano intento de tender un puente entre eternidad y duración con aquello de Humboldt de que "el fin de la historia sólo puede consistir en la realización de la idea que representa la humanidad y en todas las formas". ¿La historia escenifica el orden necesario de la revelación?, con el propósito de encontrar relaciones que posibiliten exposiciones y prevenciones probables, luchamos por implantar reglas relativamente constantes en dominios donde abundan prontos casuales ¿Su valor?, ¿valdrá el descubrimiento infinito de los románticos?, entonces el concepto de incesante enriquecimiento interior coincide con lo que sostuvo a pie firme la tradición; a despecho de corifeos y pesos muertos, ¿no hablamos de la "educación progresiva" de Lessing?, Laas dirige una mirada al futuro y asegura que "la edad de oro no está detrás, sino delante de nosotros". El gran movimiento encierra incalculables movimientos que bregan en pertinaz dialéctica por rozar lo ejemplar, ¿la apuesta creciente que destacan Schiller, Herder y Humbolt?: primero la adánica unidad original, luego no pocos milenios de unidad furtiva y virtual en los ejercicios de libertad, y después del tiempo la unidad moral; ¿y cuándo alboreará el séptimo ciclo de la mayor aventura terrenal?, según Boehme, cuando "cada cordero coma de su propio pasto" y según Campanella, cuando "los corderos no teman a los lobos, ni los rebaños al león". Aunque cuento con el sentido trágico de que ninguno de los nuestros conquistará la anhelada meta, insisto en el esperanzado optimismo que emerge lentamente de una irreductible convicción en el triunfo último de unos y otros... entiendo que la historia asume la victoria total del espíritu sobre la naturaleza. |