de la Política

¡Qué desgracia la de padecer una timocracia!, el fastidioso gabinete que surge mientras los más avispados roban heredades y almas, aman el mando y recelan de la seriedad de los más estudiosos: prefieren a sofistas de la debilidad cerebral del Cornificio de Salisbury que tomaba a chirigota el auténtico conocimiento y distraía sus días en ejercicios refutatorios y en las idiotas discusiones de ¿qué mantiene fijos a los cerdos en el mercado, la cuerda o el vendedor? ¡Ay, por la más importante incomprensión que suele representar el más insignificante caudillaje!, los politicastros vulgares que confunden y se confunden encuentran pasto en la ignorancia, en la peor de las ignorancias, la de los que ignoran su ignorancia; multiplican fuerzas en las agrupaciones de turno, ¿dentro ven algo más que instrumentos?; profesan con Stirner que "nadie es para mí una persona que tenga derecho a mi respeto, sino que todo individuo es, como cualquier otro ser, un objeto por el cual siento o no siento simpatía, un objeto interesante o no interesante, un objeto del que puedo o no me puedo servir", ¿no aprendieron de Platón que nada conseguiría una cuadrilla de bandidos proclive a violar el orden acatado por sus miembros?, ¡qué tremenda la hinchazón que agranda cabezas propias y llena de aire cráneos ajenos! En un drama donde los figurantes desempeñan papeles según sus característicos entenderes, lo que ocurre, ocurre progresivamente, ¿por obra de una actividad inconsciente?, Schelling habla de un plan general organizado sobre el juego de voluntades privadas con pinta de desorganizado, ¿quizá el poeta acabe por imprimir unidad a tamaña trama?, ¿o asentiremos con De Maistre que "todo lo que es necesario existe"?

Aunque Montesquieu insistiera en que la independencia de criterios corresponde a los gestores públicos que tropiezan con barreras a la hora de prevaricar, en que no importara el tipo de régimen, en que ni siquiera uno democrático la arraigara, muchos coinciden con Hegel en que el aparato ejecutivo obedece a exigencias distintas y superiores a la ética y que el repertorio de medidas que impone no le supone impedimento apreciable, ¿la acción por la acción de Aristóteles?, ¿terminarán por responsabilizar a los pobres de sus sueños rotos?, ¿a qué soñar con anhelos y esperanzas?, ¿sus impracticables ideales no constan en los preceptos universales? De prender el arbitrio de la multitud, los excesos con menoscabo de normas ¿no precipitan con frecuencia la tiranía?, los dictadores defienden el cuello de la enemiga súbdita nutriendo los círculos más próximos con gentes de mala calaña que codicien y peleen por sombras de autoridad, ¿extraña que Epicuro aconsejara al prudente vivir escondido a pesar de que advirtiera las ventajas que conlleva el trabajo político? No cabe duda de que la suerte canaliza sus caprichos hacia diques que no resisten, ni de que los abusos vienen con el mangoneo de los que poseen muy poco o de los que poseen demasiado, ¡qué pérfida la observación de Hobbes!, ¿pretende duplicar en los asuntos comunales las imparcialidades e imperiosidades que ondean en los problemas geométricos? Temamos una insurrección de quien intente abolir esa o aquella constitución, olvidemos esa y aquella revolución, ¿no tienden a sustituir una constitución por la siguiente?

En medio de las orillas de bondad y dominio fluye una corriente que concilia a ambas, la Sabiduría, ¿induciría tal vía a Platón en su apuesta de que "basta que los gobernantes sean sabios para que todo el Estado sea sabio"? Escojamos andar con la palmada de un Kierkegaard que coloca a mis semejantes por encima del género que con la patada de un Hegel que los estima por debajo, a la altura del animal; los cimientos de la abogacía soportan los escritos de Herbart, ¿concebiríamos en sus afueras una relación humana en sintonía con la inteligencia?, ante administraciones que constriñan a sus habitantes con el fardo de sus estructuras, los pueblos obligarán a sus ministros con la opinión —¡qué manifiesto el de Fries! Comte piensa en "los fenómenos políticos como sujetos realmente, tanto en su coexistencia como en su sucesión, a ciertas leyes invariables, cuyo uso racional puede permitir, en diversos aspectos, determinar los unos con ayuda de los otros"; desde luego, el correcto proceder teje la impetuosidad de los atrevidos con el sosiego de los precavidos de manera que equilibren prontitud de empresa y moderación de discernimiento. Queramos con Leibniz alentar y fundar un territorio de soberanas conductas armónicas que ventilen sus límites en pacífica consonancia; Kant percibía la suprema salvaguardia en "el respeto por parte de los gobernantes a las máximas de los filósofos" al tiempo que consideraba "el acuerdo entre política y moral realizado con honestidad la mejor de todas las políticas".

Al sumando de Spinoza de que "el fin del Estado no es el de transformar a los hombres de seres racionales en bestias o en máquinas, sino, al contrario, el de garantizar que la mente y el cuerpo de los mismos cumplan con seguridad su misión, que ellos se sirvan de la razón libre y no combatan con odio, ira o engaño, ni se enfrenten injustamente", añadamos el suplemento de Fries de que "consiste en garantizar la mayor uniformidad del bienestar, compatible con la mayor libertad posible y en hacer valer la máxima ‘trata a los hombres de modo que no ofendas en ninguno la ley de la igualdad de la dignidad personal’ ", ¿del resultado no diríamos que asume la estabilidad interna y externa del inventario de Humboldt?, ¿y omitiríamos que excluye las iniciativas encaminadas a impulsar el confort y la espiritualidad de los ciudadanos? Si desaparecieran de improviso los cargos políticos, burocráticos y clericales más relevantes ¿qué pasaría?, Saint-Simon afirma que apenas sufriríamos daño —con extraordinaria rapidez aflorarían aquí y allá aspirantes a vacantes—, pero si faltaran de pronto idéntico número de científicos expertos y hábiles artistas y artesanos caeríamos en una situación en extremo lamentable hasta reparar el quebranto. Con la mirada en el horizonte de un amanecer confiado, Maine de Biran vaticina que "las instituciones políticas de todos los lugares, de todos los tiempos, se irán acercando cada vez más a lo absoluto, a una moral y a una religión enteramente divina; y el destino de las sociedades, como el de los individuos, sólo se cumplirá perfectamente cuando estas leyes de lo absoluto, difundiéndose por todo el mundo político, le señalen todas las direcciones, regulen todos sus movimientos y determinen la forma constante y, en adelante, invariable de su órbita".