de la Razón

—¿La lógica?

—Instrumento de demostración.

—¿La razón?

—Útil de penetración que el individuo emplea en sí mismo con total independencia.

—¿El entendimiento?

—Guarda parentesco con la causa original.

—Si el entendimiento labra lo sensible y la razón lo inteligible, ¿qué surge en medio de ambos talladores?

—La facultad de juzgar.

—¿Y el recuerdo?

—Cópula agotada de viejas decisiones con osadías anteriores —hoy, mera sensación en conserva.

La razón detiene el automatismo de los reflejos adquiridos, ¿no anda a la caza de razones inmortales?, el alma las alcanza y prepara el paso a la sabiduría que saborea lo procurado y recogido, ¿no representa el esfuerzo infalible que asegura la armonía de uno consigo mismo?; el que lo que mande invite al deber y lo que prohíba evite el engaño encarna la única ley inmutable en todo tiempo y espacio. ¿Cortaría un cuchillo lejos del brazo que lo blandiera?, a los racionalistas tendríamos que indicarles que la precisión matemática no satisface, y a los irracionalistas, que su borrachera de vitalismo resulta incoherente. ¡Qué magna paradoja la de asimilar o capitanear avances en física, química, astronomía... y no descubrir quién se es!; ya que los enemigos de la objetividad fabrican flechas con cualquier madera, apenas suframos peligro de tangencia con el cinismo, pongamos mayor empeño en poner de acuerdo cabeza y realidad. Situemos en la historia el punto de arranque de las innumerables espirales especulativas que van de los ojos, nariz, boca, orejas y piel a la masa encefálica, de los grilletes de la fatalidad al vuelo de la redención, del detalle a su trascendencia.

¿La razón?, un dinamismo que dota de sístole y diástole, levedad y gravedad a la experiencia por trabajar en sus adentros, ¿no abre el orbe a su protagonista humano..? en la criatura del sexto día compiten dos tendencias contrarias: una insensata —orientada a preservar su permanencia en el planeta— y otra sensata —encaminada a despegar sus pies del suelo y elevarlos al cielo—, ¿a su piel no la calienta el astro rey y a su cordura no la alimenta el Absoluto?, ¿un anfibio? Obliguémosla a que continúe ocupada en transformar lo confuso en nítido, e impidamos que desista por temor a la autoridad del símbolo —sierva de la fe y a la vez manumisa. ¿Y qué postura adoptar frente al tozudo desafío de la libertad?, porque una entereza desprovista de ecuanimidad no merece el nombre de valor, quien afronta un riesgo inviste su mérito de valor y orilla lo imposible, dirige su interior hacia la certeza incognoscible de un Parménides; no tratemos de escalar una posición superior, basta con una prudente asunción de cada hecho mientras los tribunales no acaben con el insumiso azar y sus partidarios. Estremece la trayectoria de alguien que en sótanos y desvanes de su propia alma pretende contestar a los interrogantes, ¿en plena aventura mental no sigue el movimiento de un espíritu metido de lleno en una búsqueda que prueba a probar caso por caso?, respondamos en nuestro diario a la definitiva pregunta de Jacobi: ¿posee el hombre a la razón o la razón posee al hombre?

Las teorías del contrato desembarcaron con la moda de jubilar los fórceps de la religión, ¿el acontecer secular no encalla después en un romanticismo que colma los altares con instinto y emoción?, no, las opiniones verdaderas no tocan el cenit por falta de una garantía de verdad, ¿no las compara el empíreo Platón con las estatuas de Dédalo?, a un tris de escapar, vuelven en cuanto encadenan deducciones y consolidan conductas escurridizas en forma de ciencia, ¡cuidado con la excesiva argumentación!, lograría separarnos de la línea argumentativa a semejanza del río impetuoso que rompiera diques y desbordara cauces. ¿Y entonces?, ¿identificamos razón con desierto devastador que cerca a la persona?, falla abandonada a su suerte, percibe lo incuestionable, aunque no llega a aprehender su efectividad: siempre brota un condenado fracaso cuando intenta ahondar el fondo de las cosas —su función de enlazar hipótesis con síntesis aprovecharía más en diferente lugar. De Juan de Salisbury leímos que la dialéctica dejada a solas "yace exangüe y estéril", y de San Buenaventura aprendimos que escrutar exclusivamente con el pensamiento los más grandes misterios supondría "ver el sol con candelas" —apliquemos la luz del Eterno. Que quede claro, lo explicable no agota la existencia, ¿acaso los opuestos polares de estar y fluir, ideal y actual singularidad y pluralidad, no juegan a un juego imprescindible?

A pesar de que lo racional no aparezca al principio de las disposiciones morales, vierte en nosotros cómo cumplir con ellas, y persuade, pero no empuja a intervenir; ¿su primer compromiso?, por querer comprender, el amor. En un Universo en constante expansión, hablemos de la Razón como amante, del amor de Dios y de la Naturaleza como amable, ¿qué importa que nuestros débiles sentidos y cerebro no reparen en esas distinciones?; ¿y los locos sueños de bucear en el Abismo sin subir previamente a las cumbres del Pléroma?, la mano inefable conservará la cohesión y duración del Cosmos. Con Avicena nos acercamos a los estoicos en su concepto del mundo, ¿potestad de un poder cartesiano que guía su destino con irrebatible necesidad?, producto de la voluntad divina y no una etapa del desarrollo divino; apreciar tamaña obra permite retomar la Creación desde ahora hasta sus albores, ¿el pináculo de tal proceso?, la muda contemplación del Uno. ¿No oímos que los amputados notan el miembro perdido?, ¿o quizá no contemos con un cuerpo?, el buen uso de la justicia suspende el juicio en ausencia de evidencia... y de nuevo la filosofía en el papel de fe en la razón.