más de la Razón

Definámosla con Bouillé "como aquella fuerza por la que la madre naturaleza vuelve a sí, por la que el ciclo de toda la naturaleza se cumple y la naturaleza es devuelta a sí misma" o desde el planteamiento de Hobbes "como la capacidad de prever y proveer mediante un cálculo prudente las exigencias del hombre", ¿no parece un paralelo con lo ineludible de Spinoza y con lo opcional de Leibniz? ¿El razonamiento?, una sospechosa álgebra del pensamiento, ¿resultado de la imperfección del lenguaje?, sufre ahogo por falta de argumentos, por lo somero del concurso de ideas, por equívocos principios, ¿cómo imaginar que los errores no permanecieran vinculados a su funcionamiento con tamañas restricciones? Ortega centra el objeto de la razón en dominar y reabsorber las circunstancias que obtiene de su visión, ¿burbujearía en sus adentros el lockiano "nuestro último juez y nuestra guía en todo"? Que Bayle la halle más apta para charlotear de tinieblas y de inutilidades que para despejar perplejidades y más apta para destruir que para edificar ¿implica un nuevo intento de derrocamiento?, ¿un ataque más?; de bastante atrás, los amagos de descomponer la razón con la razón demostraron que sólo cabe confiar en la razón. Coincidimos con Shaftesbury en que la aprenderemos a usar con el franco ejercicio de la crítica, en que no aprehenderemos el orden y disciplina de este mundo con tratados ni soflamas.

Malebranche dejó constancia de que "los que estudian física no razonan nunca contra la experiencia ni tampoco concluyen jamás a partir de la experiencia contra la razón. Dudan cuando no perciben el modo de pasar de una a otra; dudan, no sobre la certeza de la experiencia ni sobre la evidencia de la razón, sino sobre la manera de poner de acuerdo una con otra", ¿contaríamos con un disparate mayor que el de disparar a lo que acontece con un discurso hostil?, postula una rectitud que hasta el Creador seguiría por incuestionable, por inmutable, por incorruptible, por tan dueña de su significado, ¿los rodeos no terminan en cuanto el entendimiento reconoce que se busca en lo que tiene delante? De perder Hegel en que "aquello que es racional es real, y aquello que es real es racional" frente al embate de "la racionalidad de lo real acaba siendo desmentida por la realidad" de Adorno, lucharíamos por templar desatinos en pro de que lo atinado impere más y más o sus aceros quedarán inservibles por el orín, ¿no ayuda que a la vez que lo especulativo poetiza la observación, lo observado estimule la especulación? Con tal de abrir de par en par el misterio —nadie oyó que lo cerrara—, la razón puede y debe procurar el progreso de la razón.

Lorenzo Valla calificaba de "hombres supersticiosos e insensatos y que desmerecen de sí mismos porque se defraudan de la facultad de investigar la verdad" a los aristotélicos que inducían a sus discípulos a no discutir a Aristóteles; ¡que la inteligencia persuada al gobernante!, ¿no nació de su vientre?, ¿su crecida dignidad no proviene de que asomara su rostro al comienzo de los tiempos?: identifiquemos tradición con instrumento de educación, no con herencia pasiva. Que la razón trabaja de señora y no de esclava lo expresó con lucidez Juan Escoto al asegurar que "la autoridad necesita que la razón apruebe, mientras que la razón no necesita que ninguna autoridad la apruebe", y lo subrayó Saint Pourcain "el modo de hablar y de escribir en todo lo que no concierne a la fe, es que nos fundemos en la razón más que en la autoridad de cualquier doctor, por más célebre y solemne que sea, y se haga poco caso a la autoridad humana cuando la verdad resplandezca contra ella por obra de la razón", ¿a quién le correspondió descargarla del grueso de las connotaciones teológicas?, Grocio lo consiguió con su escandalosa frase "las normas de la razón serían válidas aunque Dios no existiese".

Apostar con Rousseau a que exclusivamente la razón explicará lo que instinto y emotividad testifican con proceder confuso, tropieza con la creencia en su infalibilidad, ¿no advirtió Lamennais que sus consecuencias de herejía, de deísmo, de ateísmos y de indiferencia traerían el suicidio interior?, ¡ay, por los sueños de muchas plumas soñadoras de que las despierten manos despiertas!, ¿y qué llegamos a captar con sumo talento?, apenas un puñado de accidentes de lo insondable. Schiller y Goethe admiten que la razón opera incluso en el esclarecimiento y comprensión de lo que no pertenece a la razón: presencia de ánimo, arte, ¿acaso Fichte no enuncia que "el fin de la vida de la humanidad en la tierra es el de conformarse libremente con la razón en todas sus relaciones"?, pero ¿y los puntos inabarcables por irreductibles?, ¿y la incompatibilidad de los aspectos abstractivos y afectivos?

Ya que en la lógica no encontramos trazas de ética, ¿cada uno lograría construir a capricho su propia sintaxis?, Aliotta encara el talante condescendiente de la razón —colaboradora y conciliadora— con el proyecto absoluto de la práctica moral. A pesar de que Kant estableciera que la razón determina los límites de la razón y que quien pretenda traspasar sus fronteras en pos de algo superior entraría en la órbita de lo arbitrario y quimérico, pontificó: "no disputéis a la razón lo que hace de ella el bien más alto de la tierra: el privilegio de constituir la última piedra de toque de la verdad", ¿acaso negar su papel no conlleva pecar de fanatismo?, ¿y el fanatismo no niega la independencia? Más allá del horizonte de las actividades sensibles y mentales, señalamos con el nombre de Racionalidad la chispa que enciende el fuego divino en la ciudadela del alma, ¿por dónde si no ascenderemos a la contemplación, a los desérticos reposos de concordia?, también en Barth la revelación mide el hondo de la razón, nada dice de perspectivas refractarias.