de la Intuición

¿No asombró a Hume que un cuerpo humano llevara en sus adentros la representación de otro cuerpo?, recuerda a los "cuadros pintados en nuestros cerebros" de Locke. ¿Las concepciones mantienen con sus encarnaciones un trato del tipo paradigma-copia o de origen-destino?, Spinoza echa mano de órdenes paralelos, ¿y por qué no de raíces de plantas que esperan la conveniencia de salir a flote?: las ideas significan posibilidades del espíritu, y el espíritu supone la concreción de tales posibilidades —coincidimos con Berkeley en que cuando percibimos ideas ejercemos el entendimiento, y cuando las generamos o trabajamos practicamos con una voluntad. ¿El cálamo entre Dios y hombre media como la pluma entre escritor y papel?, debemos aprehender lo inefable e insondable de las grandes líneas y no tropezar con el marasmo de las subdivisiones inacabables, ¿en tamaña ciénaga de detalles, una inteligencia no terminaría en suicidio?, ¿y cargaríamos de nuevo con su cadáver de Babilonia a Sión?, procuremos cumplir con los cánones del arte de las bellas proporciones, tan apreciadas por los escultores de columnas. Seguro que la inteligencia no enciende el valor, pero sin sus relámpagos ni conoceríamos ni habría modo de que valoráramos, ¿los alrededores prenderían en la mirada sin que el sol brillara?; lo que una rama de la evolución consiguió con el instinto —la colmena y el hormiguero—, con la inteligencia lo cuaja gracias a la costumbre, ¡cuidado con el hábito de contraer hábito!, tiene la intensidad y regularidad del instinto.

De hermanar saber enciclopédico con positivismo, pericia de técnico con pragmatismo, erudición histórica con historicismo, ¿con qué compararíamos al intelectual?, con un persuasor constante, con un desinteresado buscador de la verdad, con un magisterio que ambiciona superar su competencia en el íntimo reducto de una soledad. Alguien que no repara en utilidad alguna, capaz de abandonar sus creaciones por descubrir aspectos ocultos, observa cada cosa como entes siempre distintos y cada hecho desde el mayor número de ángulos, ¿seguidor de Copérnico por soltar desafortunados amarres del Cosmos?, ¿seguidor de Pitágoras por guardar afortunados secretos de conciencia?, ¿cómo vencerá la fascinación de los momentos cumbres similares a ese en el que destaca la geometría no euclidiana del regazo de la euclidiana?, ¡tremendo espectáculo el de los axiomas que cambian de principios a primeros pasos!, emociona, y mucho, la vibrante quiebra de una vieja solidez y el brote tembloroso de un renacer, ¡qué hueca suena semejante crisis wagneriana si el amor no dirige la batuta de un protagonismo así! Nicolás de Cusa y Pico de la Mirandola definían el intelecto como "horizonte entre dos universos", ¿acaso fundamenta la vida?, a lo sumo construye o perfecciona las ayudas dispuestas por el sistema; Adorno resolvió que "la razón se vuelve impotente para aferrar lo real no por su propia impotencia, sino porque lo real no es razón". A pesar de intentar la infinitud, el proceder discursivo no se posee más que a sí mismo, no entra, y pena su dolor condenado a la intemperie, ¿por qué vía llegaremos a nuestra esencia?

Mientras permanezcan escondidos los argumentos confiemos en la autoridad, pero apenas demos con el camino de la mente corramos tras sus huellas, ¿los juicios no respiran el ambiente transitorio de las culturas por habitar sus más recónditos interiores? Ya decía Spinoza que con el uso exclusivo de la opinión nadie pondría de manifiesto los vínculos de las incontables peculiaridades que cita, que requerimos ideas comunes a cualquiera de querer coronar una comprensión, ¿el "esto" y "aquello" no experimentan una relación parecida a la de dientes y labios?, ¡claro que unos no rinden servidumbre a otros!, ¿y entonces por qué en cuanto enseñamos los colmillos sufren de frío? ¿Una acción ocurrirá por ella y no en pos de un resultado?, ¿causa y efecto, una simple consecución?; ¿y la inferencia?, ¿un instrumento de previsión de lo que resta por acontecer?; ¿y la intuición?, ¿un útil de invención que capta asociaciones indispensables y guía inferencias?, ¿sólo inferimos la presencia invisible del aire por la impresión táctil del viento?, ¿no colmamos el vacío de la ausencia al sostener que la chimenea está apagada después de notar que el fuego consumió la leña?, con eso de que revela lo que no pertenece al dominio de lo inalcanzable debería acallar la sospecha de los incrédulos en torno al escaso peso de unas consideraciones. Permítasenos divagar, ¿no soñó despierto Leonardo da Vinci el plano inclinado por la necesidad de explicar el vuelo de los pájaros?, más allá de antítesis y negaciones, el pensamiento se extingue como pensamiento —por faltar la luz, faltarán sus sombras. Hablemos de la intuición: decimos que va del todo a las partes de un golpe, y no del sentir titubeante de los sentidos ni del testimonio engañoso de la imaginación, que enferma mataría los mejores conocimientos; transportados por la dueña de objetivos, mecanismos y condiciones hasta un lugar inaccesible a fuerzas individuales, ¿qué impide defender el reino heredado?, insistamos en el destello de la evidencia —rapto cardinal del espíritu. De domar el esquema intuitivo con los rigores del álgebra, aliviaríamos los males del intuicionismo irracional y encauzaríamos los intelectualismos desbordados; delante de ciertas ideas de difícil conexión que el método demostrativo logra unir con oportunos nexos intuitivos, ¿la bifocalidad razón-intuición no recuerda el gráfico kepleriano de la elipse orbital que integra una pareja de centros focales, ambos con carismas muy suyos?