de la Verdad

Reparamos en que el conocimiento ocupa menos espacio que lo entregado a la creencia, y en que en la diferencia concurren lo no conocido y lo creído, y en tan enorme lugar, ¿por qué no pronunciamos de una vez un "desconocemos" y también un "desconoceremos"? Frente al sentido aislado, frágil y breve que provoca lo simplemente verdadero, la verdad comienza planteando criterios para dictaminar los asuntos y acaba produciendo una inteligencia total, inquebrantable y tenaz: norma de razón, no razón, ¿el juez juzga la ley o juzga según ella? ¡La verdad, caro fruto del tiempo!, aunque emprenda el largo trayecto a modo de herejía que brújula enloquecida, y termine en superstición que esclerosa los pensamientos, el progreso no constituye una ofensa, ni demanda veneración, exige respeto, ¿las cosas que ahora pasan desapercibidas a los maestros, mañana no sonarán familiares a muchos estudiantes? Laberthonnière advierte que no merecemos una verdad más que con el esfuerzo de restablecerla en nosotros, ¿sin los esfuerzos de ayer por desarrollar y enmendar el bagaje heredado, festejaríamos las conquistas de hoy?; el iluso supone que empieza cuando empieza a notarla, ¿ignora que goza de más edad que cualquier remota opinión? Mazzini escribía que empleamos dos instrumentos, conciencia y tradición: de ejercitar el pulso sincopado de la conciencia individual, declinaríamos en anarquía, y de seguir al suma y sigue de la tradición, degeneraríamos en despotismo e inmovilidad; ¿de qué manera corregir los defectos de esos extremos?, ¿dejando que el fuego consuma leña, y se destruya?, ¿y quién garantiza que conciencia y tradición, fuego y leña compartan naturaleza por más que ardan por parejas?; instemos a que la conciencia renovadora levante el pesado fardo de la anquilosadora tradición —nunca, nunca más que el "esto ha sido" sostenga al "esto será".

¡Cuidado con el lastre de la autoridad que suele suscitar ingenuidad más que mentalidad!, ¿por qué no tratamos con la verdad sin fijar los ojos en entes superiores?, ¿no distinguimos los colores sin necesidad de dirigir la vista al sol?, limitemos a su marco temporal la importancia y función de los patriarcas, y construyamos nuestra unidad gracias al insaciable preguntar y responder de las diversas legitimidades históricas. De la imperfecta luz creada a la resplandeciente luz increada, usemos el entendimiento como vehículo hacia la verdad; ¿y quien mira con excesivo atrevimiento no corre el peligro de perder equilibrio y caer de bruces?, después de contemplar a Diana desnuda, ¿Acteón no fue convertido en ciervo?, de cazador a caza. Decía Giambattista Vico que los que no logran coronar la verdad procuran atenerse a lo cierto, ¿acaso la voluntad no recupera aliento en los rellanos de la mente?; ¿el que apuesta a lo grande no debería apostar en las mesas más confiables?, por no disponer de principios aceptaría unas convicciones satisfactorias, ¿y falto de precisión absoluta podría precisar grados de probabilidad?, ¿aquel que juega con la posibilidad no está obligado a decidir bajo presiones oscuras?, ¿llegaría a considerar lo probable con independencia de la verdad? A un esclavo de la evidencia lo imagino obra de un raro reflejo, no obra suya, sombra de una sombra que especula en plena orfandad, ¿Durand de Saint Pourçain no igualó verdad con avenencia entre ser real y ser aprehendido? En el empeño por descubrir las causas por las que no resulta viable descubrir la causas, presenciamos cómo determinadas pruebas quedan reafirmadas en el momento de negarlas, ¿relámpagos fugaces sobre una descabellada marea de alternativas hostigada por vorágines profundas?, recordemos que el naufragio de una verdad nada argumenta contra ella, quizá haga pie en la eternidad.

De celebrar mi verdad tendría que celebrar la verdad de otros, ¿y de poner juntas suficientes verdades equivalentes no constataríamos que crecen juntas?, ¿y por observar desde fuera no pecaríamos de relativismo y escepticismo?, de imponer la verdad única desplegaríamos dogmatismo y fanatismo. ¿Extraña que sólo a una cabeza encinta le quepa parir la verdad?, revela sus cuadernas a los hombres que van a su encuentro a través de la experiencia exterior e interior; sus devotos avanzan por un camino de sobra intrincado, privados de amparos y apoyos. Y ya que la verdad consiste en que cada uno indague por él y en él, la fórmula platónica de un "diálogo del alma con ella misma" aclara de qué forma las tesis debaten en pro de un devenir fatigoso que abre opciones originales en medio de demasiados inconvenientes e incompatibilidades. De intentar lo que permanece a nuestro alcance, nos acercaremos indefinidamente, pero la presa escapará siempre a los mayores arrojos por la desproporción dada entre finito e infinito; multiplicando el número de lados, los polígonos inscritos y circunscritos aproximan sus figuras, ¿identificarán sus perímetros con el de la circunferencia? ¿Qué ganaríamos de oponer concepciones distantes, de perseguir el mínimo destello que surja, de no ceder a los abatimientos de una búsqueda difícil?, la seguridad de que jamás penetraríamos en misterio alguno, porque el odioso ocultamiento no deriva de los objetos sino del humo que ciega nuestras facultades, ¿el mundo clásico de Filón de Larisa no rehusó tal virtualidad?; ¿y sin saber conseguiríamos vivir en la verdad?, sí, sin saberlo: no olvidemos que el problema de la filosofía coincide con el problema de una autenticidad existencial particular comunicable a las demás partes del Universo. ¡Qué indisoluble reciprocidad hermana verdad con bondad!, ¿dónde situar a la belleza mejor que en constante giro alrededor de lo más genuino de las esfinges de doble rostro?