más de la Verdad

Presumamos que a partir de la definición de "adecuación del entendimiento y la cosa" de Santo Tomás, Anselmo de Aosta destilara su "conformidad del conocimiento con la cosa en cuanto se conoce la cosa tal cual es", pero ¿cómo abordaremos la verdad de la voluntad?, obviamente asociando el querer hacer con hacer lo que se ha de hacer, el bien. Por no comprometer su singularidad, la intrínseca multiplicidad de los sistemas filosóficos desemboca en una cita única gracias a una insondable entropía civilizadora; por advertir equivalencias en el desarrollo evolutivo, adoptaremos la verdad como coherencia si la proposición mantiene coherencia con los enunciados previamente admitidos, la ahijaremos como correspondencia si la proposición se corresponde con lo que acontece, y la acogeremos como utilidad si la proposición revela su utilidad privada o pública, ¿Antíoco de Ascalona no empleaba como prueba la milagrosa convergencia?, ¿cuando sometemos a rigurosos análisis los deseos más osados de escalar su cima no afianzamos una dignidad personal?, repitamos con Demócrito "se debe conocer al hombre con este criterio: que la verdad está lejos de él", ¡qué fuerte la ingestión y qué frágiles los estómagos!

De Pareyson leímos que "no se puede poseer la verdad si no es en forma de deberla buscar aún" y de Jenófanes arrancamos que ni gozamos de un principio suficiente, ni de un saber incuestionable, y no obstante, capaces de investigar seguimos investigando, y escrutando tropezaremos con lo mejor, ¿no damos con el fundamento de la verdad en la verdad de su fundamento?, merodea en ruinas donde no solemos escarbar, ¿por qué morará en un lugar sin-lugar destinado a perdurar así? De Socrátes a Nicolás de Cusa, de Erasmo a Montaigne y de Pierce a Popper escuchamos que combatimos del lado de los criados y no del de los señores, ¿infelices Sísifos felices en la incesante lucha con sus problemas?, San Agustín asegura que aletea en el interior de cada uno y en lo trascendente; Lacan apuesta por un estilo de concebir que entabla alianzas con la verdad, a bastante distancia de sus provincias últimas ¿no permanece constantemente extranjera? En no pocas discusiones, los acalorados ahondamientos y afloramientos explican la noble sinceridad del individuo límpida de envidia, la solidaridad con los demás, el abandono de imaginarse en medio de la evidencia incondicional —ausencia de idea positiva, no de titubeos—, ¿no sirven a la causa de una clara convicción que satisface?

Aunque una especie de doble perspectiva orwelliana facilite determinada combinación de influencia y tolerancia, en la virtud capital no caben pactos entre el todo verdadero de Protágoras y el todo falso de Gorgias, entre un todo escondido y un todo al desnudo, ¿acaso en esas situaciones extremas no disimularían la realidad?, ¿quién lograría contemplar su cara sobre un espejo enmohecido? La verdad supone el fruto de una autopresentación extra metódica y no el resultado de una conquista metódica mensurable y demostrable objetivamente, ¿no coloca Timpler sus chascos en los defectos de procedimiento y en las ingenuidades?, ¿a qué infligir al mundo regularidades con oropeles de palabras?, ¿qué mereceríamos por encontrar en sus adentros similitudes vacías?, ¿y por interpretarlo en clave de leyes inventadas por amigos y enemigos? ¿Preferimos hincar la rodilla por temor a dejarnos engañar con esperanzas?, ¿o quizá precisemos emigrar de un mirar platónico con extremada exactitud a una suerte de error nietzcheano?, ¿habitamos el epicentro de la insensatez porque permite hablar con sensatez de asuntos de los que no creemos factible prescindir?, no olvidemos que la vela que los fracasos apagan coincide con la que el éxito enciende.

La verdad implica acopio, ampliación y enmienda de lo adquirido, ¿no vemos que emerge por superar ahogos? James y Bergson escribieron que las más esenciales "fueron sentidas, vividas antes de ser pensadas", ¿afirmarían con Paracelso que "es la verdad la que me obliga a viajar, de ningún modo un humor vagabundo"?; con Heidegger apreciamos que comporta pertenecer a algo que perfora su misterio con una serie ininterrumpida de mensajes y voces, jamás un aferrarse a ese algo, ¿una costumbre inclinada a perpetuarse por un tiempo? Según Moltmann cierta promesa inquietante nos llama a levantar las tiendas, a ponernos en camino hacia el enigmático país de detrás de los horizontes, a no hallar reposo más que en nuevas creaciones, ¿y mientras?, la verdad continúa pareciéndose al mapa de África de las grandes exploraciones, una tierra de la que dibujamos los contornos marinos, las gigantescas elevaciones, los cursos de agua, y de la que casi siempre ignorábamos sus peculiaridades, salvo en regiones muy delimitadas. Y de repente una chispa prende de improviso, ¿la luz de un relámpago no exhibe los colores que en la oscuridad existen?, ¿el acto de comprensión no se compenetra con lo auténtico en tanto el espíritu comprende?

Inteligencia y verdad funcionan a la manera de polígono y círculo: aumentemos los ángulos del perímetro inscrito y crecerán los lados hasta el infinito; por conseguir una mayor semejanza ¿negaríamos que ambas figuras nunca medirán idénticas a menos que ganen la identidad? A pesar de que momento a momento insinúe su inminencia, no intentemos atribuir el rango de instrumento a la historia, sólo constituye un agente educador, ¿por qué no decir que los cronistas conservan y fomentan cultura?, ¿queda patente que incluso las tareas humanas más simples ofrecen a los interesados muchas posibilidades de coronar sus íntimos convencimientos? Aceptemos de una vez que la expresión "llegamos al final" apunta a conectar con el significado, no a que tengamos que detener la marcha, en Pierce conlleva "alcanzar un estado de creencia que la duda no puede asaltar"; Clemente y Justino pronostican que ni bajo los rayos del Logos los más especulativos entrarán, apenas vuelven sus pasos en el vestíbulo, descubren una porción, no la verdad entera; Rifflet-Lamaire califica de quimérico el afán de rendirla, ¿no triunfa frente a los más atrevidos giros del lenguaje?, los siglos de ciencia y filosofía procuraron inútilmente trazar una elipse kepleriana que no acaba de cerrar.