más de la Perplejidad

Si desde pelajes estrictamente formales no acertamos a distinguir la imperfección del odio de la perfección del amor ¿por qué preferimos amar a odiar?, una legión de valores que suman la totalidad de los valores responde a la cuestión y no el simple cara o cruz de querido o de querer, de acatar o de mandar, de instrumento ejecutor o de vencedor de resistencias, de caída o de ascensión, de subordinación o de imposición, de vileza o de enmienda, ¿localizaremos con Blondel tamañas presiones en el círculo de la aquiescencia y no en el centro de la inteligencia? Importa aventurar perspectivas rivales respecto de un determinado tema, ¿no decía Nietszche que al bueno lo representa un bondadoso complacido y un combativo con ansias de victoria?, reflexionemos sobre prudencia vulgar e infame, noble y orgullosa, sobre pasivos agotamientos y activos pesimismos, sobre soliviantamientos impulsados por gregarios descontentos y por huérfanas fuerzas desbordantes, sobre encalmar por perpetuar sufrimientos y calamidades y por generosidad y felicidad; ¿qué sucedería después de que funda el hielo de las discrepancias?, el investigador quedaría privado de palabra y escritura, penaría abandonado y mudo dentro de una cruel fatalidad. De Schelling aprendimos que en los productos a la mano batallan primitivas tensiones físicas —gravitación— y también químicas —afinidad—, y que contamos con el equilibrio estable en los cuerpos inorgánicos, con el de fractura y recuperación en los fenómenos físico-químicos y con el de la lucha ininterrumpida de la vida: oscuridad y luz, ruido y silencio, azar y regla, movimiento y reposo, enfermedad y curación, caos y cosmos, infierno y cielo, laico y sacerdotal, destierro y asilo, relativo y absoluto; uno frente a otro ¿en el juego antagónico de los polos no advertimos separación en su unión y unión en su separación?

¿Acaso llegaríamos a juntar las alternativas viables en el continuo fluir de una disputa socrática?, Kierkegaard lo desmiente. De la observación de que recobramos libertad y vastedad por comulgar con los demás, Feuerbach extrajo que "la verdadera dialéctica no es un monólogo del pensador solitario consigo mismo, sino un diálogo entre el yo y el tú", Schleiermacher señaló que conjuga los elementos fragmentarios y construye el saber en su más entera congruencia, Hegel destacó que trata de transportar la desconcertante realidad a un concierto superador de diferencias y divisiones, insistió en su papel de pacificadora de conflictos, de pretendedora del detalle, de reductora al orden y plenitud máxima, ¿no asimiló de Fichte el concepto de "síntesis de opuestos"? Levantemos los cimientos con tesis y antítesis, con proximidad y distancia a la profundidad que invita Gabriel Marcel, ¿asombra que Hölderlin encontrara semejante conciliación en el sentimiento de la belleza inmortal? No obstante, Herbart asegura que cuando el choque no impacta lo suficiente ocasiona repulsión en lugar de atracción, ¿no aliviaría proponer la correlación de Hamelin apenas los contrarios colaboraran?, Marx obliga a comprender el ocaso necesario de las estructuras, la necesidad del paso de una fase a su negación, ¿y Bosanquet no designaba por negación una contradicción resuelta y por contradicción una negación no lograda? Aunque Hamann y Bruno acamparan la coincidencia de desavenencias en los pináculos más elevados del discernimiento, accedieron a que gracias a la revelación ganarían una explicación, nunca a través de los frágiles recursos discursivos.

¿Estamos sometidos irremediablemente a los tira y afloja de la lógica?, de remontar hasta el bulbo de la ilusión que hunde su origen en el carácter humano, los delicados brotes contribuirían a la cosecha empírica, ¿el entendimiento no desnuda los incompatibles, el límite, los pilares y la condición de los incompatibles?, ¿y en qué trabaja la eficaz cordura?, en conexiones y soluciones. Los cambios esconden constantes, las evoluciones invariantes, convierten lo invisible en el esqueleto de lo visible, ¿dimensiones y niveles no permanecen inalcanzables a nuestro alcance?; quienes sostienen que el tiempo no existe no dejan de tomarse el tiempo de la temeraria formulación, ¡por favor, no permitamos que el pícaro alegue ignorancia!, ¿qué nombre aplicaríamos a los que venden redentores en lata con la impudicia de los falsos devotos?, el de bárbaros, ¿Lévi-Strauss no apodaba así a los que creen en la barbarie? En la inquietud que suscitan, los heroísmos de la razón rompen los fiascos del racionalismo más satisfecho, ¿los fracasos del argumento no suelen oler a los argumentos del fracaso?; por miedo a la perplejidad más radical que provoca una posibilidad ¿reinventaríamos con los pitagóricos la antitierra con tal de completar el número sagrado de diez?, no, la fe basta, halla refugio en la consistencia del principio de las contingencias y canjea renuncias por afirmación confiada. Echemos de una vez el freno al silogismo que Galiani atribuye a los ateos: "si un Dios hubiera hecho el mundo, éste sería sin duda el mejor de todos; pero no lo es, ni siquiera de lejos; por consiguiente no hay Dios", ¿no sobraría siempre la terrible conclusión que urdimos en los casos desesperados y que calificamos de genialidad sartriana?

De la lectura de Passmore "poned la metafísica en el fuego y la ciencia irá a reunirse con ella en las llamas, preservad a la ciencia de las llamas y veréis que la metafísica vuelve subrepticiamente" no deduzcamos que la capacidad de asir algo proviene de lo que escapa, ¿por más rápido que gire la rueda cubre más trayecto que su eje?, Fichte compara los intentos de aprehender más allá del aprehender factible con filosofar fuera de la filosofía. Atrevámonos a casar "el conocimiento depende de la voluntad, la voluntad no depende del conocimiento" de Schelling con el "pienso donde no soy, por lo tanto soy donde no pienso" de Lacan. Emociona la sinceridad de Voltaire de "sería extraño que toda la naturaleza, todos los astros, obedecieran leyes eternas, y que hubiera un pequeño animal, de cinco pies de alto, que a despecho de estas leyes pudiese obrar como le pluguiera sólo según su capricho"; ¿no sacó la Creación a planetas y estrellas de la nada?, ¿qué esperar de los hijos del grandísimo padre Omnisciente y de la indigente madre Nada?, quizá Ockham salve el enojo de la situación al enunciar que "el todo mayor que la parte" sirve para colecciones finitas, no para infinitas. Ante un Cristo que es el que es y padece y perece con los hombres, júzguese cada cual cómo es y no cómo parece o no saldremos sanos de la desgarradora pregunta de Montaigne: "¿qué se puede imaginar más ridículo que esta criatura miserable y mezquina, que ni siquiera es dueña de sí misma, expuesta a los ataque de todas las cosas, y que dice ser dueña de sí misma y señora del universo, pero que, sin embargo, no tiene siquiera la facultad de conocer la mínima parte del mismo y mucho menos de dominarla?", escojamos asentir con Wittgenstein en "hay que callar aquello de lo que no se puede hablar".