|
de la Moral Consiste en la urgente búsqueda de los códigos cardinales, en sus pruebas caso por caso, en deducir la totalidad de sus efectos y ver de aceptarlos: Renouvier sitúa su fundamento en que "el hombre está dotado de razón y se cree libre". ¿Acaso importa poco que Aliotta oponga a la relatividad de los pensamientos discursivos el temple absoluto de la factura moral?, sincronicemos su batuta con aquella cordura posible que tomamos o no tomamos por guía de conducta; supone el encuentro de las causalidades distantes de independencia y mecanicismo, ¿una mínima certeza que obtuviéramos de allá arriba no liquidaría de cuajo aquí abajo nuestra frágil identidad? Lector, de sopesar el temperamento que soportamos, decimos que decidimos localizar los estímulos lejos de la sensibilidad y resolver hasta los asuntos más espinosos con arreglo a la ley, insistimos en que confundir linterna con luz hace por entero intransitables los caminos más trillados, ¿igualaríamos masa cerebral con entendimiento?, los que hermanan a la ligera modelo con ejemplar ¿no tornan variable cualquier criterio?, ¿no envanecería y divinizaría a cualquier mentecato?, en su eternidad y necesidad ¿verdad coincide con instrumento? Aunque la moral implique la redención del individuo, no depende de fenómeno religioso alguno, tampoco del precepto de lo útil y de la felicidad a que pretendía reducirla el empirismo, ni pertenece al estrecho dominio de las emociones que preconizaban los neoempiristas, ¿no aseveraba Wittgenstein que "la ética es inexpresable"? El progreso estriba en sustituir proceso cósmico por proceso moral, en que triunfen los mejores de intención sobre los que sacan provecho del ambiente, ¿no tendríamos que volver a explicar la adaptación desde una perspectiva de más calado?, representa en la evolución el salto colosal ganado por una iniciativa y no por fuerzas ciegas, ¿no transparenta lo que significa el mundo?; ninguna cabeza bien pertrechada concluiría que el más desarrollado moralmente avasallara al menos desarrollado. No olvidemos que juntos convinimos en plantar una colonia en plena naturaleza salvaje y que rompimos las cadenas del determinismo por disciplina espiritual, ¿imprescindible por desacuerdo entre propósito y prudencia? Nacimos a la moral apenas abandonamos los muchos deseos, pospusimos las demasiadas inclinaciones, pulverizamos los malditos cercos del egoísmo, descubrimos la bendita condición de amigos, de ciudadanos e introducimos el mandato de la reciprocidad por su papel de regla de ecuanimidad y raíz del amor, ¿consecuencia ineludible de instaurar la sociedad?, ¿no estipula lo que me incumbe de mis semejantes?, suena a D’Alembert. ¿El objetivo último de la Creación?, el sujeto moral, ¡qué extraño, una misión inacabable confiada a un planeta con fecha de caducidad! A través de experiencias repetidas que dañan interiores, interiorizamos y fijamos paulatinamente el imperativo de la conciencia y su intrínseca trascendencia y responsabilidad ante los conceptos más elementales de justicia, ¿las sentencias morales no ocurren por reacción según Ardigó?; gracias a una elaboración íntima nos compete establecer el orden de valores elección a elección, ¿cabe nombrar obligatorios a los más altos?, inmunes a cambios, las normas ¿cumplen con una pauta general a seguir?, no, piden acatamiento espontáneo y tienden a ideales que exceden de meras reivindicaciones, ¿de otro modo no hablaríamos de una lamentable limitación? La hermosa fórmula kantiana de "obra de manera que la máxima de tu voluntad pueda servir siempre como principio de una legislación universal" prescribe actuar por motivación y renunciar a los impulsos; en cuanto cada miembro despliega la autonomía más completa —simultanea los caracteres de súbdito y soberano— con "obra de manera que la voluntad pueda considerarse a sí misma, mediante su máxima, como legisladora universal", exclama un "¡yo quiero!" y jamás un "¡yo sé!", ¿equiparamos deóntica con la "ciencia del querer puro" de Cohen?; el reconocimiento de la dignidad del "procede de manera que trates a la humanidad, tanto en tu persona como en los demás, siempre como fin, nunca como simples medios" casa con el de Strauss "reconocer y estimar prácticamente en todos los demás la especie humana es nuestro deber para con los demás", ¿ambos eruditos no indican que constituimos un "reino de los fines"? Pomponazzi deja constancia de una doble vertiente en el premio y en la pena: esencial y accidental. El incentivo capital de la virtud reside en la virtud, ¿no permite que nos sintamos seguros y exentos de turbación?, el correctivo del vicio va con el vicio, ¿hallamos cosa más miserable y más desdichada?; la falta de distinción y sanción periféricas resulta una ventaja más una desventaja, ¿la bondad recompensada con superficialidad no enmascara una cruel imperfección?, ¿el escarmiento no disminuye la culpa?, mayor condena recibe el que en apariencia no recibe condena. De Fourier aprendimos que "el único pecado original fue el sojuzgamiento del primer esclavo, porque éste se perpetúa: los hijos de los esclavos fueron esclavos a su vez"; y mientras emitimos fallos éticos de tamaño calibre ¿no abrimos puertas a las pasiones?, ¿no estudiamos cómo suscitar en partidarios y contrarios comportamientos concretos?, lograremos avistar el territorio de lo extraordinario cuando satisfagamos el respeto desinteresado que exige sin prometer evidencias ni blandir amenazas. ¿Con qué argumentos infligiremos sufrimientos a quienes acarrearon sufrimientos?, ¿no aumentaríamos la cantidad de dolor?, sólo lo excusaría la prevención de un tormento más grande que el castigo —¡ojo con dar merecidos por mortificar!, no reproduzcamos crímenes. ¿Qué reporta a los héroes de la vida superior el sacrificio padecido por lanzar delante de ellos líneas novedosas de inteligencia y autenticidad?, la afirmación suprema, el culmen de la realización propia y de la armonía con el resto, levanta el magnífico edificio moral. |