de la Actitud

¿El alma?, un fuego que supera los límites físicos, que remonta los picos cumbres de la Tierra y agita alas por el firmamento entero; aquel "soplo que participa de la llama y del aire" que diría Bacon —no parece la pintura muda de un cuadro.

¿Dónde reside semejante concentrado de fugacidad y eternidad tan tenue y sutil que escapa a los ojos de la mente?, Feuerbach asegura que permanece donde ama más que donde mora, ¿barruntaría Plotino tal habitación cuando apuntaba que "el alma no está en el mundo, sino que el mundo está en el alma"?

Que tampoco extrañe el aserto de Proclo: si dirige la mirada hacia el exterior no tropieza más que con imágenes espectrales, y si la vuelve hacia el interior distingue lo inenarrable, a Ese. De More aprendimos la penetrabilidad del espíritu y la impenetrabilidad de los cuerpos, de Leibniz la "fuerza orgánica" —término que informa de lo inmaterial y de la materia— que vivifica como el sol enciende la atmósfera con su presencia; y porque capte lo universal a través de singularidades, ¿necesita la envoltura de piel?, elijamos los grabados de solista y cítara y descartemos la mala foto de diosecillo y estercolero, ¿y entonces?, entremos en el encarnamiento de un hálito, intercesor de la palabra de adentro —intención— y la palabra de afuera —expresión.

¿Un intelecto hermoso?, el que por concertar razón e inclinación procede armónicamente por instinto: una especie de montaje estricto, denso en pozos resonantes sin desgarrones ni hiatos.

Para construir el futuro —ámbito de lo preferible— a partir de cómo andan las cosas —ámbito de lo real— precisamos separar de los porqués tangibles las consideraciones de lo intangible.

¿Qué papel desempeña la moral?, una resistencia que tonifica pasos vacilantes, eleva propósitos y educa batacazos con levantamientos, ¿aquel que aumenta en conocimientos, no sube el calvario que siguen?, las sombras acompañan a los candelabros; ¿de lo más hondo de nuestra conducta no emerge una voluntad de bien que culmina en la idea del bien?, revela un resultado de la libertad, no su factor determinante; ¿quién restaría importancia a los pesares de conciencia como manumisores de animalidad?, nos compromete con la redención.

Los trabajos que dejamos de lado por carecer de sentido ponen en marcha mecanismos de ruptura, la aflicción, ¿no opinaríamos con Berstein que gozamos de una potencia capaz de función creadora?

Nicolás de Cusa recoge en sus reflexiones la luz que alumbra los argumentos humanos y enseña la ley del amor, ¿y de qué manera crece en intensidad el impulso de amar?, dado que la apuesta principal hiere, ata, languidece y desfallece, ¿provocar que converjan ética y felicidad no rebasa en mucho los denuedos del hombre?, urge Dios.

—¿El valor?

—Justo medio entre cobardía y temeridad de quien prefiere escoger influencias que padecer secuelas.

—¿La templanza?

—Intemperancia e insensibilidad en iguales proporciones; sufrimos con el sufrimiento de los capitanes que presagian la pronta tempestad y no logran evitar los embates de la ciega violencia.

—¿La magnanimidad?

—Fiel de balanza en vertical mientras pesamos vanidad contra humildad, odisea de una madurez que madura en la trágica ambigüedad de cada uno.

—¿La mansedumbre?

—Mitad irascibilidad y mitad indolencia, ¿negaríamos al dolor su cometido de piloto en la nave?, he ahí el carácter complementario de acción y pasión que interviene en los momentos de gran aventura personal.

Aunque prescindir de toda lucha acusa una falta de adaptación que la selección natural deberá extirpar, redescubramos el atractivo de lo que Ernest Bloch califica de "utopía militante" por sus consecuencias —móvil de fondo— y no por cosechar consecuencias —móvil de acción—, ¿cualquier empresa no encierra un aliciente independiente del efecto que produce?, el arquero consigue siempre su fin, ¿y la meta?, el centro de la diana que acierta o falla según circunstancias variables.

Que los soldados del pensamiento venzan a la guerra y no gracias a ella, ¿en los campos de batalla no tiembla el miedo y retumba la venganza?, ¿el victorioso no acaba más agotado que los derrotados? ¿por qué no buscan antes el seno de Minerva que la corte de Marte?

Que nadie protagonice el mínimo acontecimiento en los remotos y exasperantes aislamientos náufragos; en suelos inhóspitos, infinitos e impasibles a las preguntas, ¿acaso queda al alcance de la angustia fecundar entendederas con mensajes que lanza al mar en botellas y a merced del tiempo y la deriva?

Frente a los oportunistas con cara de querer lo que pueden en tanto no tienen lo que quieren, admitamos no querer unos cuantos estos y esos queridos y querer otros no queridos.

Renunciemos de una vez a localizar paraíso e infierno, ¿cuándo asumiremos que bienaventuranza y condenación designan situaciones y no sitios?

Verdaderamente, la corriente trascendental del planeta va de Este a Oeste como los favores diarios del amanecer. De Cicerón recordamos "tranquilidad en la dignidad" y de Marco Aurelio "acostúmbrate en lugar de desesperar"; Pirrón concebía que la indiferencia hacia lo cercano del que aspira a las alturas lo llevaría a disfrutar de una serenidad muy especial, a la ataraxia: mezcla de pesimismo y de aceptación, ¿pesimismo impregnado de sosiego?, no demasiado amargo; Plotino insiste en que "la acción es un debilitamiento de la contemplación".

Hablemos de la contemplación: el yo íntimo se dilata, asciende y se coloca a salvo de sí; al desnudo y delante de la Sabiduría sucede el éxtasis, la metamorfosis y la apoteosis bajo el triple silencio de la boca, del temperamento y de las neuronas; ¿quizá por piedad cósmica identificamos destino con providencia?, ¿el optimismo de creer en la administración divina del conjunto no calma una vieja confusión?

Definidas las articulaciones, únicamente aguardan a quien sirva de osamenta: el escritor facilita pruebas por exigencia y consejo de la prudencia; no aportará solución alguna, recae en el lector la responsabilidad de encontrar respuestas a sus propios interrogantes.