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del Bien —¿Qué representa el bien moral? —Un deleite estético. —¿Y la belleza? —Un bien moral. El bien corresponde a la inteligencia como el círculo al centro, una irradiación similar al halo que aureola el sol; ¿su condición?, según Moore, una cualidad simple y evidente que la spinoziana intuición de causas de cosas y de cadenas de causas captaría en plena acción, ¿no nutre sus raíces en los hondos nacientes de la existencia? Un espíritu enamorado del bien imprime unidad, ¿no vemos alegres a quienes lo practican por la alegría que los otros advierten en ellos?; nada, nada importa comparado con el imperceptible aleteo de la caridad, ¿lo demás no deserta con las estrellas al amanecer? Reinscribamos cada día el bien en la carne del alma, así no lo imaginaremos dotado de función motora en razón de que mueva las almas, ni perpetuaremos remansos faustos de una pretérita edad de oro que aún está por llegar, ¡majestuosa visión luminosa que no precisa de ningún desarrollo demostrativo! —¿La bondad? —Un efecto del comprender. —¿Y la fuerza? —Un fruto de la Naturaleza. La palabra exterior descubre la palabra interior en el hombre y la magnificencia del mundo creado revela la potencia y cordura de Dios, ¿su alianza?, con las necesidades del hombre, ¿y su finalismo?, en la bondad general; ¿lo acabado no depende de la oportuna selección de medios?, una luz adecuada lleva a dictaminar con rectitud. Insistamos con pintores y escultores en que abandonen la rueda que el destino dice manejar, ¿no preferiríamos la licencia del viento que hincha velas de naves con un marinero al timón?; el que trabajemos por la propia satisfacción no impide que experimentemos sentimientos sanos, tampoco la salud de esto o aquello obliga al asentimiento: la voluntad escoge con entera libertad el privilegio mayor, ¿tamaños modos no confieren a la ética un carácter de irreparable arbitrariedad? Aunque no resuelvan, el valor intrínseco, la riqueza, el poder y la hermosura facilitan el despliegue de una abnegación, ¿sus carencias no reducen rendimientos? ¿El mal, accidente inexplicable?, ¿una colosal colisión de incompatibles en los dominios de la materia?, el agustiniano Alcuino, ¿no lo definía por una ausencia?; sugiere defección, deficiencia, renuncia, no elección, no decisión, no ser y muerte. ¿Cómo entender la funesta disonancia que acrecienta el goce por las placenteras consonancias?, ¿requisito de una extraña armonía?, secuela inevitable de un crecimiento torcido, ¿imperfección de lo limitado?, no la observo en el Cosmos. Recuerden a Rousseau en lo de "no busques al autor del mal: tú mismo eres el autor", ¿procede sólo por aquiescencia?, ¿un producto no deseado de nuestra respuesta a los retos de afuera donde unos cuantos cruzamientos de leyes provocan vastos desórdenes y monstruosidades? A semejanza de los piratas del Tirreno que ataban un cadáver a sus prisioneros vivos, ¿esposaron los demonios el mal al bien, su sombra?, ¿obra de la mejor manera y mejora el conjunto?, ¡ay, por el caos, por la tuerta suerte de frustrar posiciones en los imperios del Odio!, ¿tendremos que retroceder hasta Juan Escoto Erígena para aclarar que el infierno arde en la intimidad de los que sufren por remordimientos? ¿A qué aspirar tras el fracaso de trascender la cárcel del yo aislado?, una gota de agua que cae en tinajas de vino, ¿no adquiere el sabor y color de la bebida dionisíaca?, ¿con mucho calor, el hierro no pierde su apariencia y gana la del fuego?, entonces, ¿a qué viene descargar sobre nosotros la onerosa carga del mal?, ¿en qué cabeza cabe que temamos la resolución del Gran Juez por un hipotético margen de autonomía?, ¿acaso tratamos con un hacedor cruel? No dudemos de que la perversidad saca provecho del truco de las voces engañosas y que el escaso bien no contrarresta la atracción del mal: urge encontrar en los juegos de las simpatías y antipatías una manera de levantar barreras de defensa, ¿Moisés no superó su desventura de niño expósito?, ¿el agravio, un desafío? —¿Qué anotó Proclo acerca de la virtud? —Incluso las piedras contienen a su manera una virtud purificadora. —¿Qué declaró Séneca? —Ni virtud sin ejercicio, ni ejercicio de la virtud sin virtud. Llamamos fortuna a algo con lo que sintonizamos por sumisión refleja, ¿el herético indiferentismo de Aristón no conduce paso a paso al irónico desprecio de una humanidad con aspecto de carnaval?, de implicar una reacción espontánea, convertiríamos ese impasibilismo en manifestación de un conocimiento verdadero. La virtud exige los excesos del vicio, ¿si prescindimos de los extremos no descartamos el punto equidistante?, en cambio, entre la virtud y el vicio no hallamos tal situación de equilibrio; los que a duras penas rocen con la virtud comparten miseria con los que pacten con el vicio, ¿podríamos respirar de permanecer apenas por debajo de la superficie?, ¿y de aguantar en corrientes profundas? Hablemos del comburente que anima los carbones del alma, de una sonda que despierta almas hostigándolas y conminándolas a la meditación, ¿una especie de inspiración divina?, echemos una mirada a los profetas y poetas; quizá resulte imposible que la gracia forme pareja con el deber, ¿no amilana la demasiada dignidad?; con el único arte capaz de alcanzar la sabiduría jamás ocurriría, ¿no supone una de sus felices consecuencias?, ciertamente, una belleza en marcha bailará más cómodamente del brazo de la intención por cumplir. |