de la Felicidad

A diferencia del resto de animales, disponemos de facultades ilimitadas que evolucionan, no de instintos fijos. Vivimos atormentados por apetitos insatisfechos e incontrolados y manifestamos espontaneidad creativa en medio del tumultuoso juego de afectos y desafectos, ¿y cómo atajaremos los desaforados arrebatos?, sometiéndonos al tributo que exige la carga emocional de unos ritos. Enterados de los deseos e ignorantes de sus causas, ¿metemos la pata por prestar atención al libre albedrío mientras abonamos con nuestras dualidades constituyentes las unidades que jamás acabarán por brotar?

Aunque tuvo el valor de luchar en solitario, la religión no pudo con el penoso asunto de la esclavitud, porque los inconvenientes necesarios nunca miden menos que el tirón de la pasión; por esquivar el negro callejón, remitió la comunión general del más acá al más allá, ¿de nuevo la argucia de los recorridos con trampa?, el filósofo clásico ya paladeaba la calma perfecta del lado de acá y no gustaba de las indemostrables promesas del más allá. En las metáforas, en el globo, en los ideales, en la historia y en los mapas, ¿no contamos con más viajes que los circulares?, recomenzamos la búsqueda, pero el rodeo —laberinto e hilo— nos prepara y dispara a por la conquista final.

En calidad de elementos particulares tendemos a la dicha como el fuego a subir, la piedra a caer, y el agua a la horizontal, ¿los porteadores de alegrías no comban igual que los cuerpos el espacio y comunican con el porvenir?, quizá prevén los acontecimientos que acaso provocan.

Con el sambenito de factores complejos, por culpa del engranaje interno, vamos hacia la angustia como los reinos de sombras marchan a fornicar con la nada, y en el borde de la nada escuchamos los imperecederos ecos sonoros que emergen del centro de todo, ¿sin creernos prósperos, no nos sentimos echados en brazos de una prosperidad que esgrime credibilidad? Tal imagen persuasiva alcanzará un más alto grado de probabilidad en cuanto otras no la contradigan, ¿los médicos no diagnostican una enfermedad por varios síntomas concordantes?, ¿escuece?, recordemos con Nicolás de Autrecourt que "cuando un amigo de la verdad se levanta y hace sonar su trompeta para sacar a los durmientes de su sueño, sufre el enfado de los que despiertan", ¿no mejorarían si apreciaran más su andar alerta?

De Demócrito aprendimos que "la felicidad no reside en los bienes externos, el alma es la morada de nuestro destino", el orden y la avenencia conciertan el alumbramiento —pronta por llegar de adentro—; Epicuro la sitúa en el placer estático —"no sufrir y no agitarse"— de la privación del dolor —torpe por recalar de afuera—, frente al deleite en movimiento —gozo y júbilo—, ¿no significa apostar por la prudencia —germen de virtudes—?, ¿encontraríamos lejos de ella a Dulzura, Belleza y Justicia?, ¿quien arriesga no descubre que lo esencial de la conciencia elude los modos inmediatos de existir?, Comte señaló que las funciones básicas del individuo aprovechan a la especie y no a sus funciones orgánicas; tampoco debe extrañar el aserto de John Stuart Mill de que sólo hallan la felicidad, a lo largo del camino, los que entregan por entero su ocupación a los demás y que no la disfrutan los que la persiguen de forma egoísta.

Entendida su propiedad de uso, no de posesión, de hacer, no de ser, da entrada a una conexión de conjunto que ni el interés ni la inteligencia establecerían, nos eleva sobre las fuerzas regresivas, ¿no lamentamos el desgarrador resultado de las peleas por premios ridículos?, ¿qué locos divierten su corazón con heridas y venenos?; aquellos que cortan piernas a generosas conductas ejercen de vencedores faltos de honradez, ¿por qué no reclaman la inmortalidad imposible?

A semejanza de los tebanos remontamos por entronque materno hasta Armonía y por el paterno hasta Dragón: Armonía nace de los quereres ilegítimos entre Afrodita y Ares, y a la jauría del Dragón la alienta un irrefrenable impulso a matarse entre sí. A pesar de las incertidumbres que estimulan los ídolos de la tribu —señalan prejuicios que impulsan a confiar en impresiones y a fundamentar la comprensión en anhelos—, de los ídolos del cerebro —provienen de las apariencias o parecidos que sustentan unos accidentes—, de los ídolos de la caverna —radican en cada persona—, de los ídolos del teatro —salen de procesión en las épocas de vocaciones platónicas o aristotélicas—, de los ídolos del foro —representan las prácticas viciadas con el lenguaje—, ofrezcamos la ética estoica y optimista que adopte el aspecto de una dialéctica. ¿El estoicismo, una vanidad?, ¿la postrera fachada de dignidad que mostramos a los que prueban a probar nuestra resistencia?, aún le cabría una medalla más: la de haber permitido a muchas cabezas sedientas de profundidad atravesar ilesas los innumerables desiertos de violencia y astucia —Saint-Simon habla de que habitamos un mundo invertido "donde hombres incapaces son encargados de dirigir a gentes capacitadas".

En caso de que el infortunio oscureciera y apagara de momento los fecundos efectos de la fortuna, no huyamos a lo irracional —¡condenada "hez de Rómulo"!—, ni repleguemos la emprendedora voluntad a posturas pragmáticas, levemos sin miedo el ancla de los mordiscos y contagios recientes —últimas hojas del pasado—, abandonemos de una vez el velo opaco de la letra escrita, exploremos continentes esperanzadores —primera página del futuro— y ensanchemos las venturanzas a nuestro alrededor con el mayor éxito; saltemos de la servidumbre del conocimiento —período de azotes en atmósfera de temor— a la servitud filial del sabio —ocasiones de acción embebida de fe—, asumamos la completa independencia del espíritu, trashumanicémonos, venzamos los impedimentos humanos y abrámonos a la vida —pálpito del Universo.

En tiempos de contemplación y de autenticidad, las chispas de lo más hondo de cualquiera propenden a volver a su hondura oculta, a un fondo secreto en el que brilla la lealtad, ¿qué importa que nadie cifrara el salario de la decencia en contento?, ¿los giros cósmicos no giran gracias a una eterna aspiración de amor siempre por contentar?