más de la Felicidad

¿Por qué resultará difícil definirla?, porque sus repercusiones sobrevuelan el lenguaje con un ala más allá de sus horizontes, donde anidan los paralelos de las analogías, el ardid de las metáforas, el misterio de las paradojas. Implica sumergir el yo en una corriente de armonía, y la armonía o fidelidad más amplia requiere admitir en uno la armonía global. Su significado profano de fuera del templo no contribuye a repudiar a quien nos confía concluir su obra de Creación.

¿Conviene no ahondar en el asunto de la infelicidad?, ¿por renunciar al derecho de molestar al Autor con preguntas impías?; por la asimetría lógica de saber mejor qué depara el infortunio que la fortuna ¿podemos aspirar a poco más que a una paulatina mitigación del infortunio? ¿Qué mide la calamidad?, el apetito que excede a las disponibilidades, ¿su déficit no inclina a vegetar?, Platón lo dejó escrito, "no es el demonio quien escogerá vuestra suerte, sino que sois vosotros los que escogeréis vuestro demonio".

Leibniz piensa que la felicidad exige conciencia y no califica de feliz más que a un individuo consciente, Bloch insiste en que estamos "materialmente" hambrientos de comida y de mucho más, ¿a quién incumbe la servidumbre?, "cada uno es responsable de su destino, la divinidad no es responsable", según Platón. Stuart Mill indica que la encontraremos en una dedicación capaz de concentrar sus energías, jamás si la tomamos por meta; Marcuse, que la doctrina hedonística de uno por separado no resuelve el problema objetivo, "permanece como algo exclusivamente subjetivo; el interés particular de cada uno, tal como es, se afirma como el verdadero interés, y se legitima contra toda universalidad", ¿de qué habla?, ¿de reciprocidades esqueléticas?, ¿de la lucha diaria que uno entabla para sí desde su adentros, ajeno a los alrededores?; acompañemos a Feuerbach en que no cabe restringir la dicha a uno por uno, ya que nadie vive aislado, o quizá a Hume en que la oportunidad personal marcha estrechamente junto a la oportunidad colectiva. ¿El propio rumbo?, una consecuencia de la conducta.

Por sus activas proclividades terrestres, los humanistas intentan aquí y ahora la prosperidad humanamente asequible, ¿con qué trabajaremos esa propensión?, con el uso de la razón: que valga el talante tranquilo respecto a las causas mayores y que no valga ninguna clase de queja del mundo. Wolf alinea felicidad con punto de mira de la filosofía y mantiene que daríamos en la diana con un disparo de "conocimiento claro y distinto". Proudhon equipara su primera y última sanción con justicia, Marcuse la coloca a nivel de consumación y estimación de la madurez mental, Feuerbach identifica su impulso con voluntad, ¿no desmentiría una libertad?, no, el alma la procura por su libre albedrío. Recurramos a Descartes con que el único modo de alcanzarla estriba en contar con los límites de uno y conformar ansias y sueños a estos límites.

En trazo de unidad simple, concibamos un complejo orgánico jerarquizado que se manifiesta en una multiplicidad de determinaciones alienadas y que después re-conquista dialécticamente los momentos del principio interno, hablamos de un desmembramiento que prepara su reconstrucción mientras rebate las discrepancias que plantea, ¿argumentaciones similares llevaron a Pico de la Mirandola a aceptar que la felicidad descansa en el retorno a uno, en los orígenes de su historia? Según Spencer la evolución decreta una consonancia creciente de nuestra constitución espiritual con las circunstancias de vida en aras de merecer la suprema perfección, ¡cómo sentimos el peso de Aristóteles en cuanto situó la perfección en el extremo y no al comienzo!; también Adorno cultiva en la realidad presente su inviabilidad, ¿el arte no atestigua la necesidad de un Cosmos inédito?, y Fichte basa el sosiego más grande en la fusión con Dios: abrazamos su imagen, pero no entra en nosotros.

Apenas mendigamos felicidad en el dominio de lo cotidiano, asoma el dualismo de lo que es y de lo que debe ser . Hundidos, aturdidos y náufragos en tamaño oleaje ahogante ponemos la salvación en percibir con lucidez por dónde pasa nuestra sincera posición frente a las cosas; no olvidemos que tienen función de medio, que participan de un orden cuyo propósito consiste en satisfacer las tendencias. No, no vendamos felicidad en lata, indaguemos a más profundidad, releamos de Hobbes que "el bien máximo de todos los bienes es avanzar sin impedimento hacia fines siempre nuevos". La decisión de no andar nunca más perdidos en el hiriente caos de lo accesorio insta a coincidir en paz consigo mismo, ¿no brota del más recóndito confusorio la radical autenticidad que llamamos felicidad?

De Demócrito aprendimos que ganamos felicidad con ecuanimidad e inteligencia, y no con los cuerpos ni con la riqueza, no tiene nada que ver con el goce habitual, ni con el que Telesio descubría cuando verificaba las acciones imprescindibles a su conservación, ¿ni siquiera con el de sumo grado de Hartley saneado por el dolor? Persigamos unas pasiones a costa de otras que engendran fatalidad y desequilibrio y lograremos la pura alegría definitiva del místico por detrás de los deleites y de la angustia, ¿no orienta que Stendhal hermanara belleza con "promesa de felicidad"?

La virtud ¿una gracia íntegra y magnífica?, el factor de lo deseable no basta, necesitamos de la felicidad. Filelfo opinaba que "es no tan sólo absurdo, sino completamente fatuo y loco quien pretenda negar que el hombre virtuoso goza del placer más elevado y es feliz y bienaventurado"; en cambio, los epicúreos creyeron que la búsqueda de la felicidad suponía la virtud, los estoicos que frecuentar la virtud acarrearía felicidad, ¡cuánto error en semejante relación!, esfuerzos diferentes en empresas diferentes. La condición que hace posible la virtud —respeto a la ley moral— no influye en la felicidad; ni la condición que hace posible la felicidad —acatar las leyes y el mecanismo natural— influye en la virtud, ¿compondrán una antinomia?, aunque pareciera que la virtud vindicara la esperanza de coronar la felicidad, no ocurre porque demanda un infinito pulido ético.