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más de la Prudencia Según la concepción aristotélica consiste en el saber moral; representa algo más que una neutral tolerancia, propugna reconocer y responder a la atractiva incitación del enjambre de ideales comprometedores que vienen a nuestro encuentro. —¿Más prácticamente? —Una inteligencia que gana crédito en las acciones, un recato racional dirigido a la totalidad de los ámbitos del obrar. —¿El resultado deseado? —Acierto en los actos y éxito en el control de sus consecuencias. —¿De dónde proviene la tensión fundamental? —Del objetivo privado de conquistar cimas en el fragor de los avatares personales y sociales. —¿Por qué tildamos a determinados jóvenes de brillantes y no de prudentes? —Por brotar su saber de la experiencia de cosas concretas, no tienen aún el tiempo de su lado. —A los que aprenden a ver y echan valor ¿no les sobran caminos? —En la fragua del día a día, los aspirantes crecen en la plasticidad de "lo que puede hacerse" y de "lo que puede hacerse de otra manera". —¿Qué exige la prudencia? —Capacidad de investigar lo nuevo y de defender la tradición —ni robots, ni faquires. —¿Siempre acabamos confesando una inconfesable fragilidad? —Aunque amplía la dimensión de cada cual por tender a la perfección de sus inclinaciones, mientras larga y recoge velas en mar abierto, naufraga por falta de criterios precisos que orienten. —¿Con qué contamos? —Con las circunstancias del atraque y suelta de amarres que dominamos —nada de salvar los torrentes del Cosmos con recopilaciones de máximas. —¿Cuándo surge la angustia kierkegaardiana? —Tras los innumerables cálculos, antes, durante y después de la partida. —¿Qué nombre ponemos al piloto de la nave? —Eticidad, ¿acaso no vigila la conexión del deber con la conducta? —¿Hacia qué puerto bogamos ayer, hoy y mañana? —A uno en la felicidad. Epicuro "enseña que no es posible vivir feliz sin vivir sensata, honesta y justamente ni vivir sensata, honesta y justamente sin vivir feliz", y Kant suma el corazón alegre y luminoso de los mesurados epicúreos con el fervor de los neocristianos por la dignidad de uno y del prójimo; en Aristóteles leímos que "parece propio del hombre prudente el poder discurrir sobre lo que es bueno y conveniente para él mismo, no en sentido parcial, por ejemplo, para la salud o la fuerza, sino para vivir bien en toda su plenitud": lo esencial radica en existir y en coexistir mejor, no en conocer más. Realicemos el goce más excelente de erradicar la obligación de sufrir: agradezcamos a Lutero por desplazar la atención de "el contenido de lo que se espera" a "la estructura del esperar mismo", a la esperanza desnuda, pero ¿importaría mucho remar por remar a espaldas de una meta? Recordemos de Aristóteles que "en cuanto a la prudencia podemos entenderla bien considerando a qué hombres llamamos prudentes": —Aquel que convierte su trabajo en ventaja. —Aquel que repite y avanza porque corrige. —Aquel que procede en sus relaciones con entera significación, facultades y energías. —Aquel individuo modesto, moderado, verdadero, leal, cordial y pronto a perdonar. —Aquel que sirve a unos imperativos pragmáticos con la especial habilidad del diálogo y rechaza la necia confrontación. —Aquel que respecto de sí consolida el patrimonio de su voluntad y respecto de los demás restringe su cuidada libertad. —Aquel que guarda oculto el decidido proyecto de su búsqueda: desligarse de su dicha por respeto a su yo y al resto. —Aquel que favorece la satisfacción ajena por benevolencia, ¿no lleva consigo beneficiencia? —Aquel que por confiar en el destino de sus semejantes ayuda con rectitud, soberanía y pureza, ni por temor ni por placer. —Aquel que sintoniza con los más desafortunados, ¿no califica de simple la distinción entre quien causa el mal y quien lo padece? —Aquel que irradia el entusiasmo típico de un carácter sensible, en Diderot y Voltaire no despejan la niebla los faros de autonomía y caridad. —Aquel que en la mesa de juego de los anhelos humanos señala lo más elevado: aconseja y desaconseja conforme a un fin necesario. —Aquel que enfrenta el ánimo firme hasta vencer las limitaciones del mundo, ¿no enfrenta a la oscuridad del déspota la claridad del pensar?: demanda pocas urgencias y no depende de las ponderaciones y comparaciones de los que mandan. —Aquel que procura restablecer el equilibrio apenas oye en el extremo de la tierra una voz oprimida por tropelías. —Aquel que llega a la tercera edad armónica desde la primera edad inocente y desde la segunda edad positiva. Prudencia implica el ejercicio de la virtud como tal, la virtuosidad, sustrato de virtudes, la virtud de las virtudes, no una virtud más. No, no hablemos de auténtica virtud y prudencia por separado, ¿cómo hallaríamos la gobernabilidad de lo apetitivo por medio de la razón si no la garantizara la deliberación y determinación?, no, no basta con implantar una técnica de logros —Hobbes advierte en el ateísmo un pecado de imprudencia. |