de la Amistad

Por encima de los lazos de sangre, del hogar, de la tribu, despunta una mirada diferente, un curioso entendimiento que rebasa el corto alcance de los intereses inminentes, y que lleva a profundizar de una nueva manera en la aceptación y querencia mutua. A modo de síntesis de cercanía y lejanía, Kant propone que "la amistad es la unión de dos personas a través del mismo amor y respeto recíproco"; no, en absoluto cabe aplicarla a lo inanimado por ausencia de biunivocidad: un artesano y su herramienta apenas cuentan con los frutos del uso. ¿Kant y Hume no asumen que constituye una relación privada?, evidencian la estupidez de que discurriera por los cauces peculiares del discurso público; y más tarde John Stuart Mill deja por escrito que los sentimientos suponen "una fuente de alegría interior, de placer comunicable e imaginativo que podía ser compartido con todos los seres humanos y que no tenía conexión ni con la lucha ni con imperfecciones de ningún tipo, sino que se enriquecía mediante cualquier mejora física o ambiental de la naturaleza humana".

La entrañable fraternidad colma los poemas homéricos, la lírica, el teatro, los diálogos; la condescendencia en el Jardín de Epicuro gestó fama en el orbe clásico por su exquisita nobleza, "de todo cuanto la prudencia nos ofrece para la felicidad de la vida, lo mayor es, con mucho, el logro de la amistad", ¿no danza y danza en torno al planeta a la usanza de un heraldo?, ¿no anuncia a los oídos atentos que despertamos del limbo a la dicha? Desde que aprendimos que los afectos radican en la voluntad y que circulan según la gracia creadora o según la gracia reparadora, emprendimos la andanza de concertar encuentros por los siglos de los siglos; y aunque en los órdenes entran en juego amistad y justicia, donde reinó la amistad ¿quién demonios echó en falta la justicia?, y donde mandó la justicia ¿cuántos no clamaron por la amistad?, no en vano en "amistad" "de igual cantidad" figura en primera acepción y "acorde con el mérito" en segunda, mientras que en "justicia" consta al revés: en primera brinda "acorde con el mérito" y en segunda "de igual cantidad".

Durante la blanda infancia, las pasiones dulces brotan del tráfico de ternuras con los pacientes cuidadores, luego se extienden año tras año a las distintas relaciones que establezcamos con los demás. El rápido anhelo de familiaridad ¿no contrasta con el tiempo preciso para confiar y aparecer como objeto de confianza?, "no es posible conocerse uno a otro antes de consumir juntos la cantidad señalada de sal"; satisfaga lo que satisfaga y duela lo que duela, cooperamos en la aprobación o censura que desembota poco a poco el proceso, ¿tensas cuerdas trenzadas?: oscilamos entre labrar complementariedades definitivas y ahondar en el angustioso miedo kantiano de esconder las armas a los incondicionales de hoy por el acaso de que mañana surjan enconos. Al meditar en la edad madura miramos a las vidrieras catedralicias, y admiramos cómo ayudan los gigantes a subir a hombros a los pequeños, ¿no vemos más lejos que sus horizontes?, ¿no enseñan a caminar con los pies de uno?, la camaradería prende con abundante luz, nunca en áreas oscuras.

¿Qué inclina a perseguir compañías?, salvamos la suficiencia de un exceso de valoración con el descubrimiento de perspectivas que rompen la estrechez habitual, el pensamiento que se piensa conquista inéditos perfiles de reflexión con la práctica del pensamiento solidario, ¿no observamos con más facilidad al prójimo que a nosotros y a sus acciones más que a las nuestras?, por marchar juntos crecemos en capacidad de actuar, ¿no implica admitir una afinidad o lo opuesto?, los que promueven la afirmación del yo por la repetición en el tú —cuervo con cuervo— y los que representan la alteridad por compensación de lo que por el momento no abarcan —la tierra corteja la lluvia—, ¿no dijo Empédocles que lo semejante insta a lo semejante?, ¿no convienen los alfareros rivales de la Ilíada?, Heráclito pronostica que la armonía superior resulta de los contrarios: pobre con opulento, ignorante con sabio.

Francamente, ¿necesitamos de la amistad?, contemplamos el bien en singular y pretendemos hacerlo fluir en un espacio plural, ¿no conseguiremos recanalizarlo sin que tienda en exclusiva a las apetencias más egoístas?, con los sucesivos intentos por reducir en el trato libre bastantes amarguras ajenas, disminuimos una ancha porción de la más grave enfermedad universal. Tamaña excelencia ¿no rellena, fecundiza y redime el vacío esencial con origen en la carencia de tantas y tantas consonancias sinceras?, ¿aspiraría alguien a poseer demasiadas cosas a cambio de una terrible soledad?, cada uno nace vinculado a la coexistencia, su medida coincide con la medida de su disposición a experimentar, ¿no calibra con sus inseparables el propio calibre?, nada de mero rebaño animal que pasta en el llano. Resta preguntarse con Kant "si se puede ser amigo de cualquier hombre".

¿Qué motivos bullen en el corazón que impulsa a procurar la ventura de unos?, los puramente sociales de atracción o indulgencia o los semisociales de la amistad o reputación; a pesar de su intrínseca deseabilidad, la amistad emana de lo que ganamos, "amamos a uno por sus cualidades y virtud, a otro porque es útil y nos sirve, a otro porque es agradable y nos causa placer", "no es verdadero amigo el que busca en todo la utilidad, pero tampoco el que jamás la une a la amistad", "un hombre llega a ser amigo cuando, siendo amado, ama a su vez, y esta correspondencia no escapa a ninguno de los dos": uno considera en sus íntimos, lo saludable para uno, ¿qué exigir de una lealtad y con qué derecho exige una lealtad? La escasa y deficiente educación emotiva cava cimientos muy frágiles, ¿soportarían entusiasmarse con un programa de saneamiento global y abstracto?