más del Consuelo

Zenón escribía: "uva verde, uva madura, uva pasada; todo se transforma, no para pasar a lo que no es, sino para pasar a lo que ahora no es"; pronto el olvido de las cosas, ¿y pronto el olvido de amigos y enemigos? Por el latido de ayer palpitamos hoy, ¿no tienta en las horas bajas el machadiano "nadie es más que nadie"?, con orgullo auténtico y honroso intervenimos en el proceso de la epopeya del hombre, ¿llamamos a tal intervención usar de la voluntad?, fecundamos y condicionamos sus consecuencias, no sólo recibimos. Séneca señaló que "el destino conduce a quien consiente y arrastra a quien no consiente", ¿y por qué lloramos?, ¿porque concluyó nuestro papel?, dejemos sitio sin rechistar a las jóvenes generaciones. Confiemos en que vamos a algún punto o la angustia kierkegaardiana del fortuito futuro nos paralizaría; mezclemos las manos con el cristal de infinitas fuentes y recordemos cuando pisábamos con pie ligero unas hierbas tiernas; bañemos la palabra en el frescor de los torrentes, ¿no conseguía Antifonte llevar al paciente a una ataraxia preepicúrea?; retocemos con el viento sublime de esos parajes desiertos y escuchemos los silencios de su soledad. En el momento de regresar a la aurora de la que aceptamos el primer préstamo, deberíamos devolver el alma más elevada de lo que la recogimos, nada de enseñar espaldas ni de ocultar nada; tengamos presente que la insignificancia no mengua dignidad: "te mantuviste en el mundo como parte. Serás absorbido por lo que te engendró, o mejor, recibido mediante una transformación en el logos que te produjo".

Escojamos: o resistir a los mordiscos adversarios o ignorar más de la mitad de lo que ignoramos, ¿desventurados por no apechugar con oportunas desventuras?, ¿quién nació impunemente?, ¿de qué manera conoceríamos la fuerza con que aguantaríamos los reveses? La fortuna teme a los intrépidos y acosa a los pusilánimes, entonces ¿a qué vienen las quejas por un puñado de dificultades y peligros una pizca más candentes?, socorre una cierta esperanza teológica en los fines y en la fidelidad a los valores de humildad y calma. ¿Y qué intentar frente a la indiscutible intuición del siniestro cóctel de calvario, amargura y hastío abominable de la existencia? Por detrás de su apariencia de negatividad hermanemos limitación con emancipación, digamos no al pesimismo hobbesiano de una humanidad que tiende a la autodestrucción apocalíptica; en ágapes indigestos cumplamos con el cometido de gustoso comensal y fundemos las instancias más dislocadas; ¿optaríamos por una salud completa a cambio de no experimentar dolor?, equivocar búsqueda con agrado próximo constituye un fallo teórico demasiado escandaloso: no coloquemos el summum bonum encima de un soporte así. En épocas de ofuscación y somnolencia, no suframos de culpabilidad por no echar el freno: de no provocar los ambiciosos la decadencia, los pérfidos desencadenarían el desastre, ¿a qué entrar en nombres?, una cascada siempre igual aunque nunca rueden las mismas aguas; ¿de dónde brota lo que alienta a un coraje exhausto?, ¿y esa voz que urge al que reivindica "yo también lucho contra la asfixia general"?

¿Superaremos el exceso de perplejidades morales que relatan las crónicas?, abandonemos el astuto rincón de lo abstracto y ganaremos en paz, basta con basar en la honesta conciencia lo que hacemos. De San Agustín aprendimos "¿qué más tuyo que tú..? ¿Y qué menos tuyo que tú, si eres de otro lo que eres?", y de Spinoza, "en la pasión soy dominado, pero libre si me determino según razón"; ¿que te tildan de salvaje rousseauniano de las ciudades?, ¿no saboreas la máxima independencia respecto a las normas sociales establecidas? El que quiera salvar su identidad en detrimento de su propia importancia correría con la desgracia de acabar con sus huesos en un gueto y el que quiera salvar su importancia en detrimento de su identidad correría con la desgracia de quedar engullido en la vorágine, ¿por qué vía defenderíamos simultáneamente identidad e importancia?, ¿con más desvergüenzas de crucifixiones en las agonías de más Gólgotas?; no prescindamos de una cumbre más, ¿no favorecen los pioneros que las escalan a sus semejantes?, el que padece parece vencedor, no vencido, jamás vencimos la gloria del vencido, ¿por qué una casta de tan pocos trabaja tanto por llegar en vez de divulgar las alturas conquistadas?, no imitemos a los indios de Luisiana, que en cuanto pretendían un fruto, arrancaban el árbol. La muerte no goza de consuelo, caduca el reino de la posibilidad de levantar un edificio que trascienda, ¿no votaría Aquiles por servir en casa de un pobre en lugar de mandar en el reducto de los cadáveres?

La filosofía prefiere certezas terminales a los progresos del sabio, ¡qué estulta por presumir de los desplantes de Lucifer!, ¿dónde ubicar la noticia pía de una verdad creíble?, acompañemos a Montesquieu en que "los que afirmaron que todos los efectos que vemos en el mundo son producto de una fatalidad ciega, han sostenido un gran absurdo, ya que ¿cabría mayor absurdo que pensar que los seres inteligentes fuesen producto de una ciega fatalidad?". El entregarse de modo desbordado ¿no deriva de un misterio que tira desde más allá del prójimo?, lejos de distanciamientos ascéticos, midamos la tensión entre el egocentrismo y la apertura de unos enfermos capaces de inspirar consuelo a los demás. La respuesta adecuada impulsa a sobrevolar lo eventual de las pequeñeces inestables, de los numerosos granitos de arena —caen antes o después— e invita a admitir a Dios en el sermo literario para no desembocar en un callejón a oscuras, en un tormento y en un sentimiento de frustración falto de plenitud por no integrar los derroteros dispersos de una personalidad. La "ley escondida" de la historia que descubriera Rousseau, ¿absolvería a Dios de crear una criatura malvada y sembradora del mal?, comienza a convivir y escapan a su alcance los pecados de violencia, abuso, vanidad, desprecio, venganza y envidia, ¿tamaños fermentos no ahitaron con compuestos funestos a la inocencia?; tampoco imaginemos a Dios indiferente a la justicia e injusticia, a los colores, ¿daltónico?, el Nuevo Testamento eligió el trato con los oprimidos y retó a los opresores: miremos adelante con la Biblia, no atrás de la Biblia.