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de la Fe Los anhelos de paz, de justicia y de amistad nacen de la inquietud, del dolor y de la necesidad, de destellos contemporáneos del fuego que salen de la llama, del torrente que no consigue separarse de la fuente, ¿acaso el sol pierde los rayos que produce?, ¿y el rayo?, ¿logra romper con su cuna de sol?; el buen querer no basta, Dios mueve la buena voluntad del hombre consecuencia de su esfuerzo, ¿igualaríamos punto con línea?, ni un poco, apenas su principio incoativo —digamos "no" a las apariencias empíricas, piquemos espuelas y ganemos altura. Porque lo que pretendemos figura más allá y constituye su estructura inevitable, no detengamos el andar con dudas, ¿nadaríamos a orillas del Sí o naufragaríamos en los rápidos del No?, ni frenemos ante la sospecha, ¿no subiríamos la sombría escalera de un faro con ayuda de una linterna?; intoxicar con tamañas manías determinadas cosas denuncia un talante enfermo, erróneo o criminal. Aquel que abraza con valentía los eternos interrogantes, ¿no goza de una garantía providencial que guía su peregrinar desde lo alto?; podemos y debemos buscar, ¿esta búsqueda ascensional no acaba por tropezar con una evidencia fundamental que acaba con toda irresolución? ¿Y de qué manera recorreríamos el proceso de elevación?, ¿a lomos de conclusiones capaces de enmendar premisas?, a pie resulta imposible y vana una contemplación que suelte amarras, ¿y de qué modo continuar en él?, gracias a la esperanza; los griegos asignaban a la esperanza un lugar destacado, Heráclito afirmaba que "quien no espera lo inesperado, no lo encontrará". Realmente, el camino arranca de la apatía, experimenta el fenómeno de la iluminación, acontece el premio de la revelación y empata con órdenes superiores que nombran "éxtasis": el sentido prende de improviso como la luz que brota de una chispa y crece después por ella misma, Proclo aseguraba que los últimos grados del avance moral y mental coincidían con autenticidad, amor y presunción. No, no repetiría la ironía de Juan de Jandun, de "alégrese quien sepa demostrarlo", prefiero mantener encendida la hoguera a pesar de que no quede leña por quemar. Los profetas y poetas confiesan no alcanzar la profundidad de sus palabras, bajo una influencia sobrenatural creen lo que por verdad entienden y entienden por verdad lo que creen, ¿no creemos más que lo que entendemos?, ¿entender para creer o creer para entender?, ¿no cita pseudo Dionisio a la "docta ignorancia" y Kant que "tuve que suprimir el saber y sustituirlo por la creencia"?, ¿no leímos de Porfirio que el sabio honra a la divinidad en sus silencios?, sólo él sabe rezar durante los oscuros arrebatos en las noches estrelladas. ¿Cuándo abandonaremos los méritos y preceptos establecidos?, ¿qué falso orgullo resta tras descubrir que la sacrosanta libertad de los pensamientos —homo sapiens— y de la denostada inercia de los instintos —homo credulus— ruedan por idéntica cuesta? Ir del significado literal al significado hermenéutico en las Sagradas Escrituras implica transitar del dogmatismo al conocimiento, ¿por exigencia interna, la persuasión no exige grandes cuidados?, un conocimiento inarticulado e indistinto impele el análisis generador de conocimientos articulados y distintos, ¿y a la vez que da con explicaciones, no abre paso al conocimiento?; ¿qué conduce a la persuasión?, ¿una fatalidad geométrica?, el límite que hallamos en captar lo trascendente señala el considerando más importante en pro de la imprescindible revelación. ¿Tratamos con convicciones descabelladas o con causas extravagantes por no fraguar con convicciones?, la estrechez de miras de un desbocado racionalismo impide que intimemos con actos plenos de razón que llenan el alma y los acusa de desatender a la razón, ¿no repara en que nunca llegó a probar siquiera un primer axioma?, ¿por qué no vuela el vuelo de la facultad intuitiva y no niega el beneficio de la apodíctica?, ¿habrá cumplido su ciclo la filosofía? La fe cuenta con una certeza de adhesión —intuición bergsoniana— mayor que la ciencia, y la ciencia con una certeza de especulación —razón cartesiana— mayor que la fe, ¿con argumentar lo que depende de la fe, no reduciríamos su esencia a ciencia?, ¿qué idiota acortaría por los atajos del sentimiento los largos meandros del método?, ¿no convendría defender cada campo sin adulterar uno ni otro? Hablamos de entrega frente a simple incontestabilidad teórica, los devotos arriesgan la vida por sus votos, ¿imaginamos a un matemático que los imitara por una hipótesis?; ya que en las pasiones también juegan elementos ilógicos, ¿qué frena el que nos sirvamos de algo más que de la lógica y apacigüemos tales agitaciones?, por ejemplo: el favor suavizante de la música que afina el espíritu. De San Agustín aprendimos que la religión enseña cómo se va al cielo en compañía de ideario y obra, mientras que la comprensión capta con leyes cómo va el cielo , ¿comparamos incomparables?; aunque la religión disfrute de precedencia, los que no recurran día a día a la comprensión empolvan su dignidad por no airear sus adentros con el reflejo de lo inefable. La salvación demanda el fatigoso denuedo de una toma de conciencia, reivindica "investigación sistemática más progresión dialéctica", pero la sed obstruye cualquier síntesis hasta que saciemos el yo con la savia nutricia de "revelación más aceptación", ¡pues claro que el mensaje de redención deja intacta la autonomía del estudioso!, ¿compatibles porque sostienen sus propios hechos?, cuando la física no renueva enseres permite que revolvamos el equipaje de la metafísica, ¡qué arte el de guardar equilibrio entre cartesianismo y teología!: el talento a solas no tira de riendas que salven. |