|
más de la Fe De acordar con Guicciardini que la "fe no es más que creer con firme opinión y casi certidumbre las cosas que no son razonables; o, si son razonables, creerlas con más seguridad de lo que permiten las razones", ¿qué faltaría en aras de idearla con Bohme justificación total, retorno del hombre a la luz y vida de Dios?, ¿acaso nacimiento de Dios en el hombre?, no, no callemos por más tiempo la propuesta de Fuchs de que "puesto que es una confesión, tiene la tendencia a expresarse lingüísticamente". A aquello que denominamos mera credulidad en filosofía, en teología ¿no lo nombramos examen del pensamiento más penetrante?, Radoberto habla de tres creíbles: los que merecen ser de inmediato creídos —las entidades perceptibles—, los que recaban ser creídos y comprendidos a la vez —los axiomas y las realidades plausibles— y los que deben ser creídos con el corazón antes de ser comprendidos; ¿no escribió Abelardo que "una fe prestada con ligereza no tiene ninguna estabilidad y es incauta y carente de discernimiento"?, ¿no aseveraríamos con Anselmo de Aosta que "es negligencia no intentar comprender lo que se cree, después de que hemos sido confirmados por la fe"?, Hume dejó claro que conforma nuestra constitución indagar y defender lo que creemos, ¿lo más honesto?, el lema de Juan Escoto: "creer lo que se dice con verdad y entender lo que con verdad se cree". ¿La razón enseña lo mismo que la revelación?, entonces ¿por qué precisamos su asistencia momento a momento?, por ausencia de conexión matemática, no conseguimos encontrar el fin al que orientar la existencia, ni reparar en los medios para cumplir con el destino; en espera de que descubramos de manera autónoma, comunica lo que no logramos captar aún, ¿solos no tardaríamos demasiado en alcanzar lo que medimos con la medida de lo inalcanzable?, ¿a quién extraña que en el mundo continúe trabajando la Creación?, ¿y que en la religión admiremos el discurso ininterrumpido de la palabra eterna? ¡No y no!, ni basta con empequeñecer creencia hasta obediencia —paralizaría sus conflictos con el obrar sensato—, ni alegar devociones intuitivas —gravitarían sobre predicciones no controlables—, ¿no sufren de crisis y nos encadenan a sus crisis durante los dilemas?, entraríamos en un nivel de entrenamiento moral, y no en el más alto. Aunque la fe vaya delante de la razón en el campo teológico, ¿no conocemos en cuanto creemos?, va detrás en el solar filosófico, ¿no creemos en cuanto conocemos?: de San Agustín aprendimos que figura al término y no en los comienzos de la exploración, el de Eriúgena la señaló punto de llegada más que de partida —guía más que tope u obstáculo. Por encauzar a la inteligencia ¿identificaríamos fe con un bien?, la inteligencia sin fe no corona algunas cumbres y la fe sin inteligencia no alumbra el ascenso; y en lo tocante a dobles lazos, no admitimos la trascendencia porque no buscamos y no buscamos porque la trascendencia no suele llamar, ¿y tras romper el nudo?, la investigación del creyente incluiría condición, dirección y proceder obligado y la creencia ganaría en consolidación, enriquecimiento y satisfacción con la investigación, ¿y cómo?, que la fe confiera primero autoridad a la razón y luego que la razón brinde su asentimiento a la fe. La razón manifiesta confianza en los horizontes de la persona, acota el imperio de las verdades deducidas, implica denuedo; la fe significa aceptación de otras iniciativas, delimita el entorno de las verdades anunciadas, supone renuncia, ¿resulta raro que funcione con una metodología diferente?, mientras Adam Wodham lo rubrica, Pannenberg preserva los principios de la lógica. En "así como sucedió con Abraham, la fe vence, mata y sacrifica la razón, que es la más rabiosa y pestilente enemiga de Dios", Lutero saca a colación la vieja oposición, ¿no juega con conclusiones falsas o quizá no necesarias?, ¿no parecería más fácil apostar por los demonios que descansar en Dios?, mantengamos con Habermas que "el descrédito de la religión conduce a una escisión entre fe y saber que el Iluminismo no puede superar con sus propias fuerzas", ¿y por qué en lugar de enfrentar a ambas perspectivas, no procuramos construir un equilibrio armónico al estilo de Hugo de San Víctor?, contemos con que la gracia completa no destruye, ¿no propugnó Pascal que una convicción hace tolerable el riesgo pero no lo elimina?, ni evidencia imbatible, ni posesión inexpugnable, ni acometible con argumentos ni con experimentos. Santo Tomás considera nocivo pretender una demostración, ¿Duns Escoto no lo expone con suficiente transparencia?, "la fe no es un hábito especulativo, ni el creer es un acto especulativo, ni la visión que sigue al creer es una visión especulativa, sino práctica", ¿y dónde situar lo práctico mejor que en el espacio de la libertad?, de ahí deriva la inabordabilidad de cualquier prueba, ¿y lo teorético?, pertenece al dominio de las rigideces silogísticas; ¿a quién importaría una fe que recibiera el apoyo pleno de la razón?, Alano de Lille animó a unos y a otros con que concebiríamos en el cielo lo que por ahora apenas contemplamos en un espejo. ¿No inquieta la rotunda sentencia del Aquino, "lo que la fe revela no es imposible"?, coincidamos con Boecio de Dacia cuando insiste en que no califiquemos de absolutamente imposible lo terrenamente imposible, ¿no tratamos con un imposible donde pasan por decisivos los fundamentos y motivaciones naturales?, en las afueras de tan estrechas coordenadas cabrían causas mayores que saltaran barreras y comportamientos corrientes; en aceptar los ámbitos paralelos e irreductibles de posibilidad e imposibilidad ¿no residiría la única concordia factible de los planos humanos y divinos? |