más de Dios

Cálamo supremo, Polo de los polos, anthropos que surge en el Pléroma celeste antes de que Cronos empezara a contar, ¿escenificamos refulgencias espontáneas, imágenes espectrales de espejos combados, sutiles entidades precósmicas?

Después emprendió una sorprendente retirada y permitió que un puñado de inteligencias autónomas gobernara y desvelara misterios en su ausencia, ¿por qué cargar tan frágiles hombros con las doce constelaciones zodiacales?, ¿lo que adeudamos no abulta ya demasiado?

En la vertiginosa grieta del caos forjamos a duras penas expresiones que pujan por abanderar la verdad, ¿y no indicó Bernardo de Chartres que "la verdad es heredera del tiempo"?, ¿y un Rogerio Bacon no afirmó que Dios reveló los más elevados pensamientos a nuestros Patriarcas, a Salomón, a Tales, a Aristóteles y luego a Avicena?, ¿lo someteremos a un destino cuando decimos que moldeó el Universo con miras a un bien? En un escrito de Pseudo-hermético compuesto en el XII leemos "esfera secreta cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna", ¿lo eterno?, un enigma de visita en la existencia.

¿Supondrá la tradición el doble curso que trazara la santa pluma de Máximo El Confesor?, la encarnación del Redentor y la exaltación del hombre, ¿no oímos una compleja melodía medida desde lo alto en la que unos acontecimientos siguen a otros en pos de una conclusión general?

Incapaces de demostrar los efectos a partir de sus causas, ¿conseguiríamos llegar a las causas por los efectos?, ¿cuanto más aprendamos de las cosas más aprenderemos del mayor escrutador y guía de corazones?, apenas lograríamos una oscura emoción nocturna, sólo por una experiencia cara a cara ganaríamos la percepción diurna de una claridad que ciega los ojos como el sol ofusca a los pájaros nocturnos.

¿Quién demonios procede sin arriesgar?, del espinoso debate entre las inclinaciones innovadoras —por un ideal— y conservadoras —por un ideario— despunta el progreso, ¿lo que entendemos no tendríamos también que creerlo?; ejerzamos de árbitros en constante movimiento según "Dios es en mí el fuego, yo en él la llama" de Frank de Word, nunca juguemos a coleccionistas de sensaciones que disfrazan de conocimiento las decisiones para rebajar lo más posible la polémica.

¡Condenados astutos complacientes vestidos de magistrados y pitonisas!, ¿acaso el médico provoca la enfermedad que diagnostica?, ¿a qué emitir sentencias, formular profecías o interpretar la presciencia inefable que prevé y nada determina?, ¿no asemeja a la vista de lo que pasa por delante de nuestras retinas?

De la libre disposición que mantengan los criminales frente a sus crímenes, dependerá el juicio que merezcan —la caídas y recuperaciones que ocurran, ocurrirán de acuerdo con el capital personal... compases de una gran aventura.

El monarca de la república más perfecta que acomete filosofía con cerebros de filósofos y el mejor ingeniero que construye carreteras con manos rudas, ¿no despiertan infinitos valores adormecidos en pliegues inacabables? Metidos en nuestro papel de vestigios no accidentales, retornamos a la substancia originaria: el escarpado camino va de totalidad a totalidad, de la producción del Hacedor a su aprehensión por suma de realidades concretas, de la multiplicidad a la unidad última que cierra el círculo.

A pesar de que trabajemos de colones metafísicos en los abismos del alma y descubramos continentes donde las observaciones dan pie a recogimientos, una problematicidad permanece vigente a través de nosotros y por nosotros, ¿cabe esperar que no alcancemos el objetivo que entonces señala la proa?, ¡no!, lo importante inicia su andadura dentro de cada uno en forma de confusa advertencia —sabiduría poética— y más tarde avanza irrefrenablemente de manera razonada —sabiduría refleja—, ¿completar tamaño mensaje con un lenguaje así, no delata su dimensión religiosa?; lejos de pasividades quietistas, creceremos en cuerpo incorpóreo hasta la definitiva transfiguración si confiamos en el abandono que abre puertas a la fe —atmósfera divina interiorizada. Por primer nacimiento nos llamamos hijos de Adán, e hijos de Dios por resurrección de quienes en su amor gratuito renuncian a cualquier recompensa —mientras Tomás Moro trata a la prueba de gracioso don que el Señor reserva a sus elegidos, Rosmini sumerge al individuo en lo incondicional con tal de garantizar la apuesta ética.

Clarebaldo de Arras fija en la cima a Alguien —necesario acto absoluto— y abajo la materia —potencia ilimitada—, Carus evidencia que "Dios y mundo diferentes, sí, pero no separados", ¿Dios no emplea de vicaria a la Naturaleza, reina del mundo?, ¿y en medio?, los incidentes relativos de las criaturas, ¿horizontes de una mente?, sobre los fondos de idéntico magma primordial, la metáfora del sello de cobre sustituye a la del espíritu-espejo.

Afectados por su presencia, gozamos del milagro de una increada Luz de Luces; de la marcha de los siglos, Hamann destacó un incesante quehacer providencial que tiende a salvaguardar la especie humana, distinguió en los detalles más notas de signo similar. Por más que los dos Gregorios de Capadocia manifestaran que no reparamos en el Escondido más que "por detrás", en sus obras, impongamos el rótulo de hierohistoria a una historia que exceda de la tangibilidad del registro, ¿de la crítica de los casos, no obtendremos una perspectiva suprasensible?, hablan de modo cifrado un habla trascendente y adquieren un cariz que trasciende, suceden en lo oculto del suceso que escapa al olfato desentrenado de un profano.

¿Inventamos la Gloria impulsados por nuestras carencias?, ¿comerciamos con incomprensibles magias en virtud de un rito sentimental?, Dios no debería desaparecer jamás, ¿no recuerda una voz que inunda salas?, ¿en ella no escuchamos entera su teología?