Creo en el Dios lluvia.
Creo en la acción de infinito poder
que ejerce en mí cuando llega la tarde.
Llegué a la misma casa sin forma
al mismo cuarto sin luz
y también creo en ello.
Me amó aquél místico cerdo voluminoso
el de frágil mente y cuerpo abigarrado.
Forzó mi sexo una y otra vez
con más fuerza todavía.
Derramó su sangre a mis pies
se fundió con la mía,
y en un laberinto de argumentos
rasgó sus entrañas
y me enseñó sus vísceras.
Nuevamente la lluvia acudió a mi frente.
Imploré su clemencia.
Las gotas de mi Dios
resbalaron delicadamente por mi cuerpo
acariciaron mis senos
rodaron entre mis brazos y piernas
me entregué a él
sin conflictos sin inhibiciones.
Fui de su entidad
como la luz lo es siempre del Sol.
Amé con locura
-aún lo hago-
la resolución conque baña mis dudas
a medida que su energía recorre mi cuerpo.
Me envolvió su deidad
y ya soy adicta a la frialdad de sus manos.
Me convirtió en inmoral
y sólo deseo que vuelva a mi rostro
me abrace fuertemente y mi lance de nuevo a ese laberinto
que ayer me hizo buscarle entre penumbras.
Deseo pertenecerle de nuevo
evoco esas gotas recorriendo lentamente la extensión de mi cuerpo.
Invoco a mi Dios lluvia,
a la fuerza que imprime a mis días
al abismo al que me lanza luego de acariciarme.