Lanzado al vacío
el silente colibrí
ve aproximársele el muro del piso
violentamente al rostro.
Envuelto en una neblina boreal
el tránsito de su entidad al infinito
le sorprendió
al estornudar el gigante sin rostro
que le encarcelaba.
Absortos
mis gritos de ayuda
ven aproximar a sus sílabas
la cara de la tierra
—de forma más veloz cada vez—
como aquel ave
que descubrió su torpeza para volar
al caer del balcón.