Cuando se seducen los sentidos,
el llanto de la noche
precede en alborotada procesión
a la vorágine del amanecer.
Este trozo de mercurio
que pico y replico con honda perturbación
—planeta de mis sueños,
Hg de mis sentidos,
metal de miles de sonidos—
abandona mi canción,
desde la lejanía de su aformidad.
No pretendo ser más que un orden
no más que un cuerpo celeste,
no más que vidrio,
no más que caja de resonancia,
no más que fuerte traslúcido
en el que él, diminuto, pueda subsistir
y proyectarse hacia esta naturaleza
en la que nadamos
con ondas amplificadas.