=========================================================================== Editorial Letralia * http://www.letralia.com/ed_let =========================================================================== 2000: el futuro presente Varios autores === Prólogo =============================================================== La llegada del año 2000 es, no puede dudarse, un hito cultural. En el aspecto literario, es la ciencia ficción el género que mayor importancia le ha dado a esta fecha en este siglo, imaginando que a partir de este año redondo ùtres ceros se alinean sólo cada mil añosù la humanidad alcanzaría un éxtasis tecnológico o su total destrucción. O estados intermedios. La revista literaria digital Letralia, Tierra de Letras, confronta el especial año con este libro colectivo, en el que dieciséis autores hispanoamericanos dan cuenta de la forma particular como en nuestro idioma se escribe la ciencia ficción. Todos a menos de un año de convertirse en "autores del siglo pasado" ùetiqueta que hemos leído hasta el hartazgo en las enciclopedias, cuando se habla de quienes escribieron en el siglo XIXù, los escritores que aquí presentan sus textos también vieron al año 2000 como una promesa de futuro. Hoy el futuro se ha hecho presente y para celebrarlo ofrecemos este pequeño tributo. 2000: el futuro presente está compuesto por tres secciones cuyos nombres evocarán imágenes conocidas a los aficionados al género. La sección de narrativa, Crónicas marcianas, es, como lo suponíamos cuando lanzamos la convocatoria a través de los cuatro vientos de Internet, la más nutrida. Incluye textos de Eduardo Busacca, Édgar Allan García, Jorge Gómez Jiménez, Ricardo Iribarren, Eduardo Márceles Daconte, Fernando Morales, Mario Palou, Fabián Piñeyro, Lourdes Rensoli Laliga, Adrián Rodríguez Solórzano y Mauricio Ventanas. Ovejas electrónicas es el nombre de la sección de poesía, en la que aparecen dos trabajos de María Ester Fernández y Ketty Alejandrina Lis. Finalmente, hemos publicado textos de Benedicto González Vargas, Dixon Moya y Paula Ruggeri en Los mnemónicos, la sección de ensayo. En la confianza de que este libro satisfará las expectativas que se han creado los asiduos visitantes de Letralia y de la Editorial Letralia, los dejamos en manos de estos autores, y de sus peculiares visiones de la ciencia ficción. Jorge Gómez Jiménez, jgomez@digicron.com Editor =========================================================================== Crónicas marcianas (narrativa) =========================================================================== === El 2000 no, el 2001 =================================================== Eduardo Busacca (edub@superbus.com.ar) "Cada dificultad que tienen nuestros clientes es la posibilidad para nosotros de brindarles una solución. El bug del año 2000 es, sin lugar a dudas, la oportunidad del milenio". Gilbert K. Dame, vicepresidente ejecutivo de Dame Sistems, cuarta firma en facturación de servicios de informática en el estado de Obregón. Todo lo que pasó antes Alguien con mucho poder mandó preguntar a la vidente si había que temer al efecto año 2000. Ella contestó: "al 2000 no, al 2001". Pocas revistas lo informaron, pero el chip Pentium III (de la firma Intel, la más importante fábrica de microprocesadores), traía un código de identificación único. Cualquier computadora que se comunicara con otras era irrefutablemente reconocida. Muchas asociaciones defensoras de la privacidad y los derechos individuales interpretaron esto como un abuso total. Se ironizó con el lema de la empresa, "Intel Inside": pasó a ser "Big Brother Inside". Se acababa el anonimato en la red. John Grinne trabajó durante veinte años en una de las empresas de diseño de chips. Grinne era un tipo callado, tímido, de apariencia pusilánime, pero una enciclopedia viviente en lo que se refiere a la arquitectura de computadoras. Desde el año noventa y cinco en adelante, los servicios de seguridad de los distintos países fueron obsesionándose cada vez más con la posibilidad de una ciberguerra. De hecho, las violaciones a los sistemas informáticos más secretos y seguros de los distintos estados fueron poniéndose a la orden del día. De los que supieron la respuesta de la vidente, nadie dedujo nada (a no ser que la vieja ya estaría un poco arterioesclerótica) y suspiraron aliviados cuando el año nuevo del 2000 amaneció con los teléfonos celulares, los cajeros automáticos e Internet funcionando. El mundo era Y2K. Hasta ese momento los virus informáticos sólo se instalaban en archivos ejecutables, en macros y recientemente se habían logrado algunos que aprovechaban debilidades de otros programas y se ocultaban en archivos .hta o .rtf. Hasta ese momento, nadie había ido más lejos. "Hay más gente que está contra el sistema de lo que parece a simple vista". Charlton Bothiry, del FBI. El New York Times, en su edición dominical sacó un suplemento sobre una nueva realidad: sin darnos cuenta, todos vivíamos en un mundo de computadoras: cuando encendíamos el microondas, descolgábamos el telefóno, pagábamos el colectivo, las computadoras estaban en todos lados. En 2001, odisea en el espacio: ¿la computadora se llamaba Daisy? Cuando enloqueció, ¿no se puso a cantar "Mary has a little lamb"? ¿Alguien me lo recuerda? El año 2000 transcurrió apacible. Los mercados crecieron, hubo una crisis financiera en algún emergente. En algún lugar de Sudamérica, la Virgen le habló a una mujer devota diciéndole que se terminaba el mundo en fecha próxima a publicarse y aparecieron montones de productos con el texto 2000 añadido a su marca. Lo del Pentium III no le gustó a ningún hacker, como tampoco una serie de recomendaciones hechas en otoño de 1999 por el Parlamento Europeo, denominadas Enfopol: en aras de la seguridad de los estados y la propiedad privada de sus miembros, se permitía a la policía allanar, pinchar teléfonos, revisar mails, solicitar información a los proveedores de Internet, todo, sin autorización judicial. John Grinne estaba enamorado de Mary Marcelle. Tenía fotos de ella en todas las paredes de su casa. Una colección de videos de la época en que trabajaba como actriz porno y muchas cintas de su actual profesión de modelo. Lo que sucedió "No pensemos que no podemos estar peor. Siempre podemos estar peor". Abdulla Laber. El primer día de enero del 2001, exactamente cuando dieron las 0 hs. en el meridiano de Grinnewich, todas las computadoras del mundo, en un coro inconcebible, cantaron "Mary has a little lamb". Bueno, no fueron todas, pero sí muchísimas. John Grinne vació una botella de cerveza mientras miraba su video favorito de la Marcelle. Siete millones de muertos por hora fue el resultado del corderito pequeño de Mary. Accidentes de todo tipo, embotellamientos, fallas de energía, suicidios. Los del FBI, Interpol y toda la chusma vigilatoria encarcelaron a cerca de veinte mil hackers en la razzia más impresionante de la historia. Ninguno de los veinte mil pudo estar sentado frente a una computadora para tratar de averiguar lo que pasaba. Alguien recordó lo de 2001, Odisea en el espacio. Se hizo merchandising del desastre. A las doce horas, el caos cesó pero los daños y las muertes superaron las peores catástrofes. Ni el nazismo había sido tan exterminador. John Grinne, como tantos otros del gremio, trabajó en las brigadas de emergencia para restituir a los sistemas vitales su operabilidad. Ciberights denunció los encarcelamientos abusivos, el violentamiento de los derechos civiles y que, además de hackers se había aprovechado para detener activistas de derechos civiles, secesionistas de diversos grupos, musulmanes y personas de color. El presidente declaró el estado de excepción y solicitó lo mismo para todos los estados miembros de la ONU. El hombre poderoso recordó la profecía de la vidente y mandó preguntar cómo seguía: "Volverá a suceder", contestó la vieja. Y habló por primera vez del Hombre Verde. Grupos secesionistas denunciaron que todo era una maniobra de Washington para acumular poder en contra de los distintos estados de la Unión. Coincidieron en esto con el análisis de muchos grupos maoístas y troskistas. El FBI negoció con grupos de hackers su libertad y muchos dólares a cambio del descubrimiento del virus. En un diario de Oklahoma apareció la primera misiva del Hombre Verde. Decía que próximamente iba a suceder de nuevo pero esta vez sólo duraría 2 minutos. Mary Marcelle era una mujer valiente: no había temido la brutalidad de los hombres cuando comenzó a recorrer las calles a los catorce años, ni se asustó ante los reclamos de los productores de películas porno, ni temía al sida, ni a su pasado. Era una de esas norteamericanas que creen en las virtudes de América, excepto en lo que se refiere al puritanismo, y tenía la conciencia clara de pertenecer a un país en el cualquier persona podía realizar su sueño. Las brigadas de hackers montaron guardias para cuando sucediera Aquello: querían capturar al virus en ese momento. La artillería que se montó para la aparición fue la más fascinante que cualquier amante de las computadoras pudiera haber visto jamás. El hombre poderoso mandó preguntar qué había que hacer: la anciana contestó: "Esperar. El hombre verde tiene el sol a sus espaldas". La nota sobre el Hombre Verde, que apareció en el diario de Oklahoma y fue copiada por todos los del país y el mundo, costó la vida de unos cien mil desesperados más. El Hombre Verde (Green Man) fue tapa de todos los medios y no hubo hombre público que no hiciera sus especulaciones. Hasta los Simpson hablaron de él. El 23 de enero tuvo lugar el segundo ataque. Duró dos minutos, pero nadie pudo detectar cómo sucedía. Esta vez las muertes no superaron las seis cifras. El Hombre Verde pasó a ser ídolo de los muchachos Dark. Comenzaron a verse remeras con su horrible rostro verde, el que había realizado un dibujante del Washington Post. Y a continuación, en un oscuro periódico de Kansas, apareció la segunda misiva. En ella se pedía que, en uno de los principales hoteles de Kansas City, en la misma habitación fueran entregados Mary Marcelle y John Grinne. Así Grinne pasó a ser famoso y se hicieron muchos chistes sobre lo que haría en esa habitación de hotel con Mary y con el Hombre Verde. Se montaron todos los operativos de seguridad, se pusieron todos los sistemas de escuchas, el país entero giró alrededor de esa habitación en la que entraron John y Mary. Estuvieron un rato mirándose, sin hablarse y Mary rompió el silencio diciendo: "¿Vendrá el demente este o no?". Un periodista que cubría el evento fue el primero en especular sobre el apellido Grinne y su parecido con Green (Verde). Y fue el primero que tiró al aire la hipótesis de que el mismo Grinne fuera el hombrecito verde. El señor poderoso mandó consultar a la vidente pero ésta lo mandó al carajo. Las brigadas de hackers estaban atentas a cualquier cambio que pudiera establecerse en los sistemas del mundo. Los compañeros de trabajo de Grinne, sus conocidos, sus vecinos fueron reporteados. Cuando allanaron el departamento vieron las fotos de Mary y eso se filtró a los medios. Grinne escribió en un papel que le pasó a Mary: "Yo soy el hombre Verde. Quiero que te desnudes para mí, que hagamos el amor y luego te daré las claves para desactivar el virus". Mary, que no era muy quisquillosa en materia sexual como cualqueira puede imaginar, sintió un poco de escrúpulo en acostarse con ese hombre que era más asesino que Hitler. Pero era una chica inteligente y una buena norteamericana, amaba a su país y a la gente y no quería más muertes, así que se desnudó y se acostó con él. Los sistemas de video láser captaron y filmaron toda la escena. Más de doscientos efectivos presenciaron la escena con sus armas listas para atacar. Alguien vendió fotos láser del video y se publicaron en todos los medios. Las Ligas de Moralidad protestaron por esas imágenes obscenas y, en general, por la cobertura que se estaba dando a un hecho tan indecente. A esta altura nadie dudaba de que Grinne era el Verde y sus fotos y datos personales ocuparon páginas, llenaron los noticieros de los televisores y las radios. Alguien empezó a escribir la biografía del Satánico Dr. Verde. Sus conocidos no salían de su asombro. Todos coincidían el que Grinne era Mr. Pusilánime. Luego del acto sexual, John escribió: "ya está anulado el virus. simplemente revisen la arquitectura de la segunda versión de los Pentium III". Luego tomó una pastilla del paquete de pastillas que la seguridad le había permitido ingresar a la habitación cuando aún nadie sabía que era el Verde. Inmediatamente John Grinne, el asesino más grande de la historia, al lado del cual Gengis Khan, Atila y Hitler eran simples asesinos de barrio, murió. Y Mary, pese a todo, no pudo evitar derramar unas lágrimas. Luego salió y dijo: "Ya está. Se acabó". El análisis del Pentium III descubrió una parte de su código en donde estaba el virus que se activaba y reproducía a otras máquinas, el virus más asesino de la historia de la humanidad, mucho más que la viruela negra o el sida. El mundo volvió a respirar. Los hackers se dividieron en apocalípticos e integrados y la guerra de las computadoras prosiguió entre dos bandos irreconciliables: los que habían transado y los que nunca iban a transar. Los grupos secesionistas y parte de las agrupaciones revolucionarias sostuvieron que todo era una mentira del tío Sam. La historia dio de comer a todos los que alimentan las teorías conspirativas de la historia. Y Mary firmó un contrato millonario para firmar Grinne, Green y Mary, una historia erótica con un gordito simplón y un extraterreste, que fue éxito total de taquilla y donde las hermosas tetas de la modelo, su magnífico culo, en fin, toda ella se lucía como lo merecía. === Las Olimpiadas del Diadón ============================================= Ángel Campos Martín-Mora (acampo5@almez.pntic.mec.es) La sede de la nueva edición de los Juegos del Diadón había recaído en esta ocasión no en un gran mundo habitado de entre los millones existentes en el gran brazo de la espiral, sino en un remoto cuerpo rocoso lejos de las grandes civilizaciones. El Consejo Organizador lo decidió así para evitar la gran afluencia de asistentes y simplificar al máximo las tareas de seguridad. Tan sólo fueron convocados los participantes, las delegaciones de los diferentes mundos y el Jurado de la Federación. Allí se darían cita una vez más los atletas de la inteligencia, los más dotados, aquellos capaces de desvelar en algún sentido la esencia del Diadón. En el instante preciso, y como venía ocurriendo en pasadas ediciones, se mostraría de alguna forma el Primer Motor Inmóvil frente a los más aventajados teólogos de las estrellas, los sabios dotados con los más finos sensores diseñados hasta entonces. Nunca se había hecho esperar la aparición anunciada y, en cada una de ellas, siempre había mostrado un aspecto, por infinitesimal que fuere, de su estructura. Hasta entonces ninguno de los atletas había conseguido inmortalizar ningún rasgo de su esencia y, por consiguiente, todos habían sido destruidos. En más de una ocasión, dichas apariciones habían alcanzado tal virulencia que una parte de la flota olímpica desapareció junto a los participantes, a pesar de las medidas de seguridad cada vez más estrictas. Desde distintas trayectorias, todas las naves fueron llegando a los aledaños del pequeño mundo identificado por un número en el gran atlas y una breve reseña sin interés: ninguna actividad volcánica, ausencia total de atmósfera, 0'8 g en los polos... En suma, un lugar donde habría que descender con los trajes de cualquier misión rutinaria de exploración. Los transportes fueron ocupando la órbita que la Federación de los Juegos estimó más oportuna: mil kilómetros más allá de la órbita geoestacionaria. Una vez más, la seguridad imponía tal gasto de energía en mantener una órbita tan inestable. El perfil de estos campeones olímpicos era un compendio de saberes empíricos y espirituales, implementados con poderes psíquicos propios de cada especie: la telequinesia de los artrópodos de Flortan, la clarividencia de los teólogos de Cetus, la perspicacia de los gayanos... La actual edición de los Juegos del Diadón presentaba tres campeones, vencedores en las innumerables eliminatorias que tuvieron lugar en las fases planetarias y supraplanetarias: • Bésel, el mago de Flortan, entre cuyas hazañas se cuenta la inversión del sentido de rotación de un planetoide, obrador de otros prodigios que no fueron enteramente probados. Derrotó a su último adversario modificando su código genético cuando éste ya le creía vencido. • Canopus, el gran teólogo de Cetus que hubo de medirse para su nominación con el más prestigioso científico de la teoría de unificación de campos. El sabio demostró cómo los argumentos del científico se sustentaban en nociones epistemológicas contradictorias. Fue realmente cruel cuando antes de acabar con él le dijo lo que nadie se había atrevido a decirle: "tu saber no es otra cosa que una burda teodicea, descansad en paz tú y tu estúpida teoría de unificación de campos". Tal comentario le valió una amonestación del Comité de Disciplina de los Juegos. • Land, el gayano, era uno de aquellos raros casos por los que nadie apostaría. Obtuvo su clasificación haciendo gala de la perspicacia como único don. Con una técnica gris supo doblegar a adversarios espectaculares que venían precedidos de gran fama. Muchos pensaban que era un mediocre entre brillantes, pero los menos creían que había vencido a tan ilustres oponentes utilizando una mínima parte de su capacidad, y fueron éstos quienes propagaron un sinfín de leyendas de sus poderes ocultos. En definitiva, estos tres campeones eran las inteligencias más brillantes; Bésel, Canopus y Land no competirían entre sí, sino que aunarían sus fuerzas allí abajo, sobre la superficie rocosa del planetoide, donde el Diadón se mostraría en un juego en el que a cada uno les iba la vida. Era pues fundamental que cada uno confiara en los demás. Iban a ser lanzados a distintos puntos de aquel pequeño mundo y tendrían que estar en constante comunicación. Formaban un equipo y como tal tendrían que actuar. El primero que contactara con una manifestación del Diadón, comunicaría a los demás el avistamiento. Cualquier pista o información podría dar al equipo cierta ventaja en este juego tan desigual. La retransmisión de la nueva partida del Diadón contra sus criaturas se llevaría a cabo mediante tres satélites que cubrirían la totalidad de la superficie. Lo que allí ocurriese sería visionado por los mundos inteligentes cien o cien mil años después, y era posible que más de una civilización hubiera desaparecido cuando las imágenes de lo sucedido llegaran a esos lejanos mundos. Aunque los atletas culminasen con éxito su misión, no todas las especies podrían compartirlo; sin embargo, otras nuevas nacidas en los próximos cien mil años crecerían sin merecerlo con un conocimiento esencial del Diadón; darían un salto de gigante hacia la madurez evitando los desastres que todas las civilizaciones padecen en los primeros estadios de su evolución. La nave del Comité abrió lentamente sus fauces para lanzar tres diminutas cápsulas que brillaron fugazmente ante las atentas miradas del Jurado. Los transportes de Bésel y Canopus emprendieron la aproximación tomando una órbita polar, mientras el monoplaza del gayano optaba por una ecuatorial. Cada uno llevaba consigo una caja donde se había hecho un vacío absoluto, un campo energético estanco ni siquiera permeable para los neutrinos, el mejor receptáculo ideado hasta entonces para el Diadón. —Allí abajo se abre una extensa planicie, voy a descender —dijo Bésel a sus compañeros. —¡No te fíes!, puede ser una trampa —advirtió Canopus—; compruébalo con tu aurómetro. —Tranquilo, ya lo he hecho. El monoplaza de Land sobrevolaba una región torturada por innumerables impactos de meteoritos, algunos debieron ser tan grandes que sus cráteres presentaban estrías radiales que podían medirse por kilómetros. En vuelo a baja cota, su transporte rozaba las paredes de los circos cuyas sombras apuntaban en la misma dirección de su marcha. Hacía tiempo que había dejado a su espalda la roja estrella que alumbraba aquel apartado sistema, compuesto por una escasa docena de mundos deshabitados. Como en todos los planetas sin atmósfera, la oscuridad sobrevino bruscamente, muy diferente de los maravillosos crepúsculos de Gaya y sus noches iluminadas por los abigarrados racimos estelares del brazo interno de la galaxia. Una sacudida brusca de su asiento truncó su fugaz melancolía. Bésel siempre encontraba un modo original de presentarse. —¡Atento, gayano! Estoy descendiendo. Todo parece normal, mi aurómetro está en blanco. —¿Y tu lector magnético? —preguntó Land. —Registra una ligera oscilación, nada importante. —¡Verifícalo!, ¿me oyes? ¡Verifícalo! —Ya lo he hecho. Es debido a la concentración de níquel. Esa llanura es más compacta de lo que parece —dijo el mago de Flortan. —¿Hay fallas en sus bordes? —No —aseguró Bésel. —¡Sal de ahí inmediatamente!, ¡huye, es un pasillo del Diadón! —le gritó Land. —No, olvídalo, si es lo que tú piensas, yo seré el primero en captar su naturaleza, y cuando abra mi caja el misterio será revelado. —¡Maldito artrópodo! —gritó Canopus, que había permanecido en silencio a la escucha—. ¡Escucha al gayano, aléjate, vuelve a mi posición! —No necesito vuestra ayuda, es una manifestación menor y puedo atraparla solo. Bésel activó su caja segundos antes de descender del monoplaza. El mago experimentó la naturaleza mística de la planicie en cuanto se posó sobre ella. Miró a sus bordes y observó sorprendido cómo aquellos farallones ganaban rápidamente en altura con respecto a la planicie. No tardó en descubrir la verdad: la llanura se comportaba como un inmenso montacargas que se hundía en las entrañas del planetoide. Bésel se aferró a su caja mientras descendía ya velozmente al encuentro de su destino. Las paredes del gigantesco circo se llenaron de imágenes fascinantes: una sencilla lección de cómo el Diadón creó el Universo. Sin perder un segundo, el mago abrió su caja y comenzó a declamar todos los conjuros que su refinado arte le permitía con la esperanza de atrapar todas aquellas imágenes en su caja negra. Bésel dejó de emitir. Land y Canopus sobrevolaban la planicie mientras sus instrumentos de medida se habían vuelto locos; sin embargo, todo parecía normal a simple vista. Un objeto reposaba inerte sobre aquella llanura extremadamente perfecta. —Es la caja de Bésel —advirtió Canopus—. Voy a subirla. —¡No, no lo hagas! Es preferible sacarla primero de aquí y examinarla en lugar seguro. ¿Alguna objeción? —Ninguna. Los monoplazas se posaron a escasos metros de la caja que aún permanecía activada. Los indicadores "poltergeist" anunciaban la presencia de algo en su interior. La débil lectura los animó a abrirla sin las debidas precauciones. La sustancia ectoplasmática que segregó fue componiendo una borrosa figura que paulatinamente apuntaba sus perfiles. Ambos retrocedieron instintivamente. Bésel se recompuso como un genio liberado de su lámpara para gritar por última vez: —¡Lo sé, lo sé, lo he visto, por fin lo he visto! Ha valido la pena, ¡ya lo creo que ha valido! El Diadón es Narc. Instantes después, el espectro del insensato artrópodo era ya sólo un recuerdo en las confusas mentes de Canopus y Land. —¿Qué te parece gayano? ¿Narc?, ¿qué demonios significa esto? —Consultemos el diccionario Flortan. En los últimos momentos, nadie se expresa en una lengua extraña. Es muy posible que se trate de un término vernáculo; o, mejor, llamemos al Comité, ellos cuentan con un buen equipo de lingüistas y habrán visto lo que ha sucedido. No fue necesario hacerlo, un portavoz de la nave olímpica se dirigió con cierto nerviosismo a los astroatletas: —¡Atención a una nueva aparición!, la llanura ha perdido su actividad "poltergeist". —¡Maldita sea! —exclamó Canopus—. Dos preguntas: ¿qué es Narc?, ¿Tenéis imágenes de lo sucedido? —No existe el vocablo Narc en Flortan y lo único que nuestras cámaras captaron fue el gigantesco agujero que engulló a Bésel. Todo ocurrió demasiado rápido, nuestros equipos sufrieron interferencias, y cuando la imagen se restableció, allí estaba de nuevo esa llanura y la caja de Bésel. Tenéis poco tiempo para completar el trabajo, la flota entera está siendo arrastrada hacia el planeta, sólo tenemos energía para aguantar una hora, es cuanto os podemos esperar. —¡Vaya! Las buenas noticias siempre llegan juntas. Estamos a punto de atrapar el aliento del Creador y sólo se os ocurre marcharos —dijo el gayano con aparente enojo. —¡Eso es, esa es la pregunta! ¿qué es lo que alienta al Creador?, ¿por qué se nos manifiesta? ¿qué sentido tienen estos juegos para él? Land clavó su mirada en los ojos del teólogo y éste se estremeció, nadie lo había mirado de aquella forma hasta entonces. Sintió miedo y fascinación ante la revelación que le había ofrecido en bandeja el gayano. —Narc... Narci... Narcisismo. El Creador se contempla a sí mismo, se alimenta de la imperfección de sus obras, acrecienta su ego midiéndose con criaturas inferiores; sus criaturas. Pero y tú, ¿quién eres?, ¿por qué tiemblo ante tu mirada? —¡Bravo, Canopus!, no esperaba menos de ti. Yo soy Él. Ese en quien estás pensando. Activa tu caja, eres el elegido, entraré en ella y podrás exhibirme. Los siglos te recordarán como al único y verdadero profeta. Estos juegos se han acabado, ya pensaremos en otros más excitantes. Canopus, el teólogo más brillante de la estirpe de Cetus obedeció humildemente, activó su caja y la manifestación del Ser se introdujo en ella. Maquinalmente la subió al monoplaza y despegó. Pensó en su vida pasada, sus infatigables trabajos, cómo había envejecido en la búsqueda del Eterno, y ahora que estaba a su lado le pareció que su caja contenía una caricatura grotesca de sus sueños y anhelos. Miró a través de la ventanilla y sus ojos se clavaron en la llanura que el Diadón segregó, y que ahora ofrecía el aspecto de una costra reseca y cuarteada. Asaltado por una furia incontenible arrojó aquella lámpara con su ridículo genio al vacío. Allí yació la divinidad en un panteón apropiado a su catadura moral. En instantes, había reemplazado su fe en el Diadón por la de sus criaturas imperfectas pero entrañables. De sus labios emergió una oración que los siglos recordarían: Y correremos al compás que dicten los tiempos abandonando tesoros otrora deseados, y en nuestro caminar se abrirá un cielo sin estrellas hondo, pelado y mudo, un espejo en el que nos miraremos cada amanecer, al que golpearemos con dureza y entonces, sólo entonces, levantaremos nuevas catedrales a dioses que nos comprendan. === La expedición ========================================================= Édgar Allan García (garsol@ecuanex.net.ec) puedo vivir como sanguijuela por años. Charles Bukowski. La sonda caía, floja al principio, como una víbora plateada ondulando en la oscuridad, pero luego se tensaba y empezaba a temblar y a rugir como si la jalaran con fuerza desde abajo. En esos momentos sólo atinábamos a mirarnos unos a otros con miedo, en silencio. Una lucecilla proveniente del casco de Schlieman, el guía, nos permitía tener una idea aproximada de lo que pasaba a nuestro alrededor. Las paredes negras y brillosas que nos rodeaban eran lamidas por tenues chorros de agua verdosa con un fuerte olor a azufre. Respirábamos con dificultad. Martel, uno de los expedicionarios que se nos había unido a último momento, intentó encender un trikka pero éste no se prendió. Es la humedad, murmuró Clarice, pero todos pensábamos en el aire cada vez más escaso. De nuestros cuerpos se desprendía un vaho denso, pegajoso, infecto. Bajábamos lentamente, mediante un engranaje de sogas y poleas ideado por Schlieman y, según él, probado con éxito en otras expediciones. De trecho en trecho nos deteníamos y esperábamos ansiosos a que la sonda pionera nos anunciara con un bip bip el final del descenso. Nada, ni un sonido de las profundidades, apenas si nos escuchábamos a nosotros mismos, respirando con más y más dificultad cada vez, colgando en la penumbra como un racimo de animales ensartados por un gigantesco arpón. De alguna manera sabíamos que, llegado el momento, nos sacaríamos los ojos por tomar una de las mascarillas, aunque hubiéramos acordado preservar los tanques de oxígeno sólo para momentos de extrema necesidad. Luego de horas de lento, desesperante descenso, no quedábamos más que siete. Ruzzo, el ayudante del guía, se había acobardado unos quinientos metros más arriba. Vayan nomás con Schleiman, él es un suicida, yo no. ¡Yo no!, volvió a decir unos minutos más tarde y su voz se reprodujo en por lo menos cinco o seis ecos antes de extinguirse. Debemos estar a unos dos mil metros de la superficie, gimió Clarice. Pronto no habrá más cuerda, auguró Martel, con una voz tenue y pifiante que no parecía la suya. Empezábamos a asfixiarnos. Bergier se acercó al audímetro para tratar de captar alguna señal de la sonda pionera. Le pregunté si se escuchaba algo. Nada nada nada, susurró consternado. De pronto, un Schlieman aullante nos ordenó desde más abajo que nos calláramos. Hubo un ruido sordo al principio, algo como una roca golpeando contra una pared, de inmediato un chasquido siseante, largo y tenebroso, seguido de un rugido trepidante quebrándose en sucesivos, espantosos ecos. Nadie supo cómo, en medio de la súbita oscuridad, se nos vino la "cosa" encima. Sentí una sustancia viscosa, gélida rozándome la mano derecha y el rostro. De inmediato todo se volvió un remolino de gritos y gemidos horrendos. Una ráfaga eléctrica me subió por el espinazo, clavé ambas botas sobre la pared más cercana, tensé las cuerdas con una fuerza descomunal, sin pensar en nada, di un enorme salto hacia arriba. Desde entonces no hice más que jalar y escalar por esa garganta babosa, como una alimaña de las tinieblas. Cuando salí por fin a la superficie, la luz me cegó y no supe más de mí hasta que desperté en este hospital. Debo haber tardado mucho tiempo en recuperarme; al principio, sentía que iba emergiendo de una bruma densa, que mis manos torpes acariciaban una superficie rala, algodonosa, al tiempo que una enorme tenaza aprisionaba mi cerebro y lo hundía en un cubo de agua helada. Recuerdo haber gritado, pero con un ronquido extraño, parecía un gruñido de oso retumbando en un gigantesco espacio blanco y vacío. Pedazos de espejos rotos me lastimaban continuamente los ojos, pero yo no sentía dolor alguno; era como si mis percepciones externas hubieran muerto y mi conciencia profunda mirara con indiferencia lo que sucedía en la superficie. Sé que algo como un bisturí hendió alguna vez mi nuca y también que algo como un túnel de viento me succionó hacia la noche con una fuerza demoledora. Luego, no podría decir cuándo, fueron emergiendo voces, y con ellas vino el sobresalto de los pinchazos y ese olor a medicamentos, a aceites amargos, a fermentos desconocidos. Todavía recuerdo los primeros rostros que logré distinguir en medio de una luz tenue, blanquecina: la doctora Feldman y el doctor Rubianes estaban sobre mí, auscultándome. No sé si lo soñé o si en verdad alcancé a mascullar varias veces algo parecido a "la bestia de las profundidades está en camino", pero estoy seguro de que casi de inmediato se cirnieron sobre mí las tinieblas. De alguna manera, en ese tiempo ¿largo?, ¿corto?, llegué a intuir que, si bien había alcanzado la superficie, no estaba a salvo. Cuando por fin desperté, mi situación cambió mucho. Desde el principio no me creyeron lo que ya les he contado en repetidas ocasiones. Me dicen que no saben de ninguna expedición, ni de ninguna cueva o cráter profundo en los alrededores de este lugar y que jamás han oído hablar de un tal Schlieman. La mayor parte del tiempo paso solo, en un pequeño limbo de luces blancas; un puñado de tareas mínimas se adaptan con facilidad a los requerimientos de mi cuerpo y de mi mente, hasta cuando la tristeza y la nostalgia me engullen; entonces paso los días como muerto, sin probar bocado, sin hablar con nadie. Durante esas noches, cuando el aire crispado se arremolina presagiando gigantescas tormentas eléctricas, escucho con estremecedora nitidez las súplicas de Clarice subiendo por las paredes verdosas, siento las desesperadas garras de Clarice tratando de asirse a mis botas, el rugido del monstruo de las profundidades devorando a mis compañeros de expedición y, sin poder soportarlo, me revuelvo en la cama lleno de furia, de terror, de asco por esta piltrafa medrosa en que se ha ido convirtiendo mi vida, aplastada por eso que Schlieman alguna vez calificó, no sin cierta burla, de "estrategia de supervivencia". Confieso que a veces me entran unos deseos irrefrenables de aullar, de patear y cabecear hasta derrumbar las paredes que me cercan, pero me contengo, sí, me ovillo sobre mí mismo al tiempo que muerdo como un perro rabioso las correas. Comprendo que estoy indefenso y oscuramente intuyo lo que pueden estar tramando a mis espaldas. Sé que esta soledad, que este abandono es, hasta cierto punto, otra forma de sobrevivir, la garantía de que en algún momento podré escapar de este sumidero de seres lejanos y torvos. Por ahora, mi consuelo, mi único consuelo es la enfermera más joven; ella no es como los demás, no se ríe de mí ni me calma con palmaditas agresivas en el hombro ni me amenaza con la consabida terapia de shock o con enviarme a la cápsula mullida. Ella nada más me escucha, sí, se queda justo ahí, casi levitando, escuchando una y otra y otra vez la misma historia. Nunca me pregunta nada, sólo abre desmesuradamente sus hermosos ojos opalinos y luego, con una ternura que siempre me estremece, levanta su mano llena de escamas de los más variados colores, me seca el sudor del rostro, y se aleja. === El eco de Frankenstein ================================================ Jorge Gómez Jiménez (jgomez@digicron.com) Y desperté sobresaltado. Toda la noche estuve teniendo pesadillas; unas pesadillas horribles en las que me perdía en mares de circuitos integrados y passwords incorrectas. A mi alrededor, sólo disimuladas por puertas y ventanas inexistentes, etéreas pero absurdamente visibles, una multitud de computadoras me señalaban como un intruso en su compleja red de inteligencia artificial. Un eco binario llegó a mí desde el recuerdo de mi sueño: "Las computadoras dan para todo". Había una sensación como de melancolía y desesperación, a la vez, en ese murmullo. Seguramente esa frase había salido de alguna SoundBlaster escondida tras la marejada de cables; quizás, en la noche de insomnio de algún programador estrella de NeXt, esa frase había servido de apoyo y regocijo ante la aparente insolubilidad de un problema, generado por un error humano, y por la irrefrenable voltereta perenne de la data esa frase se había aposentado en el cerebro de Rogelio, insignificante programador caraqueño especialista en programas matemáticos e ingenieriles. "Las computadoras dan para todo". Siempre creí que eso era una falacia hasta esa mañana en que el murmullo empezó a seguirme a todas partes. Como un error indetectado en mi cerebro, esa frase aparecía (más correctamente, "surgía") incontenible cada cierto tiempo, a veces con regularidad de reloj y otras veces en una aleatoria y desesperante disfunción temporal total. Todo a partir de esa mañana en que desperté sobresaltado, luego de una noche absurda de pesadillas. Esa frase fue llenando el vacío que habían dejado en mí seis años de programación estructurada. El vacío de no compartir nada con la raza humana, salvo la ventana física que inundaba de luz mi cuarto durante el día y la otra ventana, más placentera en ocasiones, pero más compleja, la que representaba para mí la sola presencia de Jeannette en su corpórea verdad, en su existencia real que siempre intentaba alejarme del .28 para introducirme en su melosa malla. A Jeannette la conocí en el mercado. De eso hacía casi un año, pero su existencia era tan densa que cada día, cada minuto, cada segundo que pasaba a su lado se multiplicaba por tres o por cuatro. El final de un día de campo con ella habría sido insostenible para mi débil humanidad. No existía en ella nada electrónico, nada compatible, ella era absoluta e irrevocablemente un completo elemento de humanware. A pesar de eso, día tras día ella aceptaba soportar mi locura y venía a hacerme compañía unos minutos, y en ocasiones hasta unas horas. Alguna que otra vez, un fin de semana en que mis dedos se debatían entre seguir tecleando sentencias case y subrutinas en "C pu-pu" —como ella socarronamente definía al lenguaje—, y alcanzar su cuerpo y pasearse por las hondonadas que hacía su anatomía bajo los senos, en el anverso de las rodillas, entre su cuello y sus orejas. Si no hubiera sido por las pesadillas de aquella noche fatídica, Jeannette habría sido la mujer de mi vida. "Las computadoras dan para todo", decía el eco dentro de mi cabeza, a veces inclusive mientras le hacía el amor en algún receso que ella lograba robarle a mi trabajo en la computadora. —¿Qué pasa, Roge? —preguntaba ella entonces, e invariablemente se quedaba sin la respuesta que esperaba. Era sencillo: no podía responderle. Si le respondía, me moría. Habría sido como admitir que las computadoras me habían absorbido completamente, y no estaba dispuesto a perder los pocos minutos de placer humano que me dispensaba Jeannette. Pasaron unas tres semanas desde la noche de la pesadilla cuando pude, al fin, comprar una SoundBlaster de 16 bits. Trataba entonces en vano de interesar a Jeannette en que al menos se sentara a jugar una sesión de DooM, que escuchara los gritos de los pocos humanos que aparecían de pronto en pantalla y que se extasiara con los aullidos de los monstruos rosados. Pero Jeannette, como dije, era completamente real y humana. La realidad no era para ella lo mismo que para las demás personas. Yo era para ella Roge, aunque para la oficina fuera Rogelio-Cardozo-programador-en-ceplusplus-ingeniero-egresado-de-la-ucevé-cursos-en-el-exterior. Sé que es absurdo, y aún no comprendo cómo pudo ocurrir, pero el programador en C++ no pudo enamorarse de otra persona que de la estudiante de Letras, casi licenciada, Jeannette Morín, simplemente Jeannette, que confundía el término 486 DX4/100 con las especificaciones del motor de algún velero que pudiera llevarla hasta las Cícladas, a conocer los ídolos que vio Cortázar y que muchos siglos antes pudo haber visto con sus manos el ciego Homero. La presencia de los monstruos de DooM en el monitor, más bien le asqueaban, y sus gritos, lejos de interesarle, la alejaban de la computadora con el pretexto irreprochable de que iba a hacer café o un dulce, una de esas delicias reales que despedían tan buen aroma, exquisitez aún no simulada por el artefacto que "da para todo". Jeannette era feliz conmigo sólo cuando lograba arrancar mis manos del teclado y hacerlas posarse sobre su cintura. Tenía 22 años, una abundante cabellera rubia y los labios delgaditos, bordeando una boca pequeña como la de una niña. Le gustaba hacer para mí periquitos con esa boquita, en un intento por echarme en cara toda su humanidad, toda su presencia absoluta y real ahí, a mi lado. El resto del tiempo lo ocupaba estudiando el último año de Letras (¡oh humano oficio de escribir ficciones!) y atendiendo a un hermano que estudiaba aún el bachillerato, y al que nunca conocí. Una de las cosas que más le molestaban a Jeannette era el ruido del módem. Por eso, eliminaba la salida de sonido de la corneta cuando ella estaba en el apartamento, para no inquietar su existencia tan real y corpórea. Justamente algo que me transmitieron por el módem desde la oficina, me hizo entrar en la espiral. Una espiral perenne, cada vez más profunda, en que todo programador siente que se introduce una vez en su vida, y de la que sólo saldrá el día que el estallido atómico borre cualquier forma de energía electrónica existente sobre el planeta. Durante un descuido del gerente, uno de los empleados, a quien conocía sólo como un puñado de caracteres que aparecían de repente en la pantalla durante las transmisiones, me hizo activar un download para transmitirme un programa que había comprado donde un pirata. Ya yo había hecho el upload de los códigos que me habían encargado para un programa de ingeniería, y no pude contener la avaricia por esos escasos y aparentemente inofensivos doscientos cincuenta kilobytes que me ofrecía el colega desde la oficina, al otro lado de la conexión. Terminada la transferencia, me despedí del colega, dejé saludos para el gerente y corté la comunicación. Salí al DOS, unzipeé el archivo en mi directorio de pruebas y le pasé el F-Prot por pura precaución, pues nunca había tenido problemas con los ejecutables que me enviaban desde la oficina. El gerente era uno de esos computistas (qué palabra tan detestable) autodidactas, que habían empezado sentándose frente a una computadora desde muy jóvenes por la pura curiosidad de conducir una básica motocicleta de Accolade, y que eventualmente terminarían aprendiendo algunos comandos esenciales en Clipper para incrementar la curva de aprendizaje y convertirse en uno de los mejores programadores del país. Ese comportamiento le había obsequiado la valiosa renta de un sentido inquebrantable de la precaución ante los virus, después de varios ataques mortales que, siendo aún joven, le hicieron sacarle bastante dinero a sus padres, en costos de mantenimiento con técnicos poco confiables, de esos mineros que escarban en la ignorancia del usuario promedio. El ejecutable tenía un nombre poco menos que críptico: SXFX.EXE. Había igualmente seis archivos con extensión .XFX, y ningún READ.ME ni nada parecido. Tecleé SXFX y los caracteres de la pantalla fueron desapareciendo en un breve y torpe difuminado que terminó en una pantalla rosa en la que en breves instantes apareció el logo del programa, unas letras ampulosas, como hechas con chicle, que decían: "Sex FX". Era un visualizador de fragmentos de video, y por supuesto éstos eran simples escenas porno. Una risa estalló a mis espaldas. Jeannette, con una bandeja sobre la que había tazas y platillos, se reía de la orgía electrónica que estaba apareciendo repetitivamente en pantalla. Cerré el programa, algo molesto, y borré el contenido del directorio. Jeannette y yo nos sentamos frente a la tele, y pasamos canal por canal hasta que llegamos al Discovery, donde nos quedamos mientras comíamos los panques y libábamos el aromático café que ella tan gentilmente me había preparado. Todo tan humanware. "Descubra su mundo. Visite el interior de una computadora y recorra con nosotros el camino de los datos...". Jeannette agarró el control y se lanzó cuatro canales más adelante, hasta el Cartoon Network. Llegó el fin de mes y con él algo de dinero con el que compré un nuevo disco duro de 1.2 Gb. Tenía que transferir la data desde el disquito de 240 Mb, así que me ocupé de hacer el respaldo de mis programas durante todo un fin de semana, preparando el terreno para el inevitable desenlace del pequeño disco. Borrando aquí y desplazando más allá llegué al directorio de downloads del Procomm. Perenne, casi imperceptible en sus 253,478 bytes, esperaba agazapado al Deltree el pequeño SXFX. Casi podía sentir su respiración, mientras el comando DELTREE /Y esperaba por el nombre del archivo a eliminar. Una, dos, tres, once veces presioné la tecla Backspace y, en vez de eliminarlo, lo mandé a un disquete de 5¼"DD de los que aún me quedaban escondidos en alguna parte, y allí pretendí olvidarme del programa hasta que se me ocurriera mandárselo a algún aberrado en cualquier lugar de Internet. Pero no. No podía olvidar el programa. Semana tras semana, cuando llegaba el domingo y Jeannette pasaba el plumero sobre las máquinas, siempre llegaba hasta las cajas de disquetes y yo la observaba mientras limpiaba esa cajota roja de Basf donde yo sabía que estaba el programa, sobreviviendo dentro del disquete, recostado con otros de su ya casi extinta raza de 5¼"DD. Observando a Jeannette mientras limpiaba justamente esas cajas de disquetes, más de una vez aparecía de nuevo el persistente eco: "Las computadoras dan para todo". Jeannette se iba temprano los domingos para preparar el material de la tesis. Ese era el único contacto que tenía con la computadora, pues sólo para eso estaba instalado el Word 6 en el gigante de un giga. Ella llegaba a veces cuando yo estaba haciendo alguna diligencia en el mundo real, y se sentaba y adelantaba algo, o esperaba que yo durmiera un poco, después del sexo, para entonces instalarse con sus anteojos de estudiante de Letras y teclear sus metáforas y sus análisis hasta que yo volviera en mí, o regresara de la calle. Entonces, prudente y tratando de ser imperceptible, ella almacenaba, salía del Word y de Windows y me dejaba la C:\> limpia y gris, como siempre. Yo trataba de que ella entendiera que no me molestaba que ella siguiera trabajando en su tesis, en su instrumento para obtener el tan ansiado título de licenciada en Literatura Clásica, pero ella insistía en que prefería dedicarse a vulnerar mi talón, que en analizar el significado metalingüístico del talón de Aquiles y demás artilugios homéricos. "Las computadoras dan para todo". Un día se me salió la frase, casi de manera inconsciente, mientras almorzaba con Jeannette. Ella me miró con una expresión inmensa de reproche, como si hubiera dicho una sarta de malas palabras en público con un megáfono en la mano. "Te estás volviendo loco, amor", me dijo entonces con esa increíble capacidad suya de entenderme, de comprender el significado de mis subrutinas sinápticas. La muchacha me sonrió, al momento que me preguntaba si era periodista. "No... Soy ingeniero. Estoy preparando un programa y necesito grabar unos sonidos". Pareció no entender nada, así que le pagué y me fui. Siempre, tontamente, esperando que la raza humana me entendiera, como si fuera poco haber descubierto ya que sólo en un BBS, en Internet o en la oficina había gente con los mismos intereses que yo. El mundo estaba caminando de espaldas a mi computadora y yo suponía que era al contrario, que estaba contribuyendo, con mis códigos, a crear un mundo feliz. Esa noche escondí la grabadora detrás de la cama, amarrada a una de las patas, donde pudiera alcanzar los botones. Cuando llegó el momento del sexo con Jeannette, inicié la grabación. Quizás porque estaba consciente de que tenía una grabadora a pocos centímetros de mi cabeza, me parecía escuchar el paso de la cinta bajo el cabezal aún más cerca que los gemidos de Jeannette, sentada sobre mi cuerpo en franca posesión. Al principio fue algo engorroso. El saber que tenía una grabadora registrando todos los sonidos, inclusive el roce de nuestros cuerpos con las sábanas al término de cada encuentro sexual, me inhibía y muchas veces me obligaba a interrumpirlo todo. Jeannette me miraba entonces con angustia. Así tuviera que trabajar cansonamente el juego sexual, ella tenía que continuar en acción, pues esas interrupciones la dejaban irritable el resto del día y ni siquiera un satisfactorio coito posterior podía calmarla. Así que poco a poco aprendí a mantener mi fogosidad en nuestros encuentros sin que la presencia de la grabadora me cohibiera. Al cabo de algunos días había grabado suficientes cintas en las que los gemidos de Jeannette contenían el elemento de mayor interés para mi experimento. Sin saberlo, Jeannette me había proporcionado el primer eslabón de la cadena de caballos de troya que estaba a punto de construir a partir del absurdo eco que resonaba en mi cabeza: "Las computadoras dan para todo". No me fue difícil conseguir con un amigo que hacía jingles para comerciales de TV con su computadora, un decodificador para convertir el sonido de los casetes en impulsos electrónicos almacenados en archivos .WAV comunes. Mis primeras experiencias fructíferas con la SoundBlaster se tradujeron en tener a Jeannette, en sus gemidos, dentro de mi computadora. Mientras Jeannette sólo contaba con las células de su cerebro para concatenar durante los momentos de ocio en la universidad el recuerdo de nuestros momentos íntimos, yo contaba con una herramienta más sofisticada que la simple grabadora. Es justo decir que nunca escuché sus gemidos desde el medio original, la grabadora, con otra finalidad que compararlos con la increíble fidelidad que conseguí a través de la SoundBlaster. La grabadora, los gemidos de Jeannette contenidos en las cintas, eran para mí únicamente un elemento más de trabajo. Algunos de mis programas esperaron mientras edificaba un pequeño TSR que me dejara escuchar una y otra vez los gemidos de Jeannette. Fueron tres o cuatro días de programación intensiva, tras los cuales pasó algún tiempo durante el que sólo recordaba el programa para añadirle alguna característica o experimentar mezclando varios archivos .WAV con el fin de lograr experiencias que nunca habían ocurrido, como escuchar varios orgasmos de Jeannette como si hubiera sido una ola incontenible. Sin que ella lo sospechara, había creado con mis herramientas una Jeannette fónica y binaria, que era capaz de tener cincuenticinco orgasmos, uno detrás de otro, mientras yo inocentemente adelantaba el trabajo de la oficina. Extrañamente, mi trabajo fue más veloz durante esos días. De mis dedos emanaban líneas y líneas de código y en la oficina era muy comentado, como me lo dijo el gerente durante una transmisión con el módem, que ese año de seguro obtendría el botón como Contratado del Año por la cantidad de trabajo que estaba desarrollando. Los orgasmos de Jeannette, al contrario de lo que había pensado antes, estaban convirtiéndome en un trabajador modelo, en un componente más de la máquina, como si ésta generara por sí sola los códigos necesarios para edificar las cada vez más exigentes aplicaciones de la empresa. "Las computadoras dan para todo". Jeannette no es ninguna tonta. Es cierto que ella sabía encender la máquina, teclear WIN y abrir la ventana Word, donde se encontraba el inefable icono esperando por ella. Con el mouse, ella era una estrella. Fácilmente, a pesar de que a raíz de la redacción de su tesis esa era la primera vez que ella tocaba una computadora, aprendió a manipular al Word para generar las citas y las notas de pie de página, y se volvió muy rápida en la generación de cuadros históricos para su trabajo. Al cabo de unos meses, era constante en ella devolverse hacia los primeros capítulos y aplicar en el diseño de su tesis los conocimientos que poco a poco iba adquiriendo en las múltiples herramientas provistas por el procesador de palabras. Así que sólo fue cuestión de tiempo para que ella empezara a sentir curiosidad por la naturaleza de un archivo ejecutable. Su curiosidad la llevó con toda naturalidad a preguntarse cómo la computadora ejecutaba aparentemente por sí sola las tareas que ella le encomendaba, y así descubrió en los pocos momentos que se iba al DOS la presencia de archivos .BAT, .COM y .EXE que al tocarlos eran capaces de mostrar informes de columnas de concreto, pasearse por todos los archivos del disco duro o decirle al usuario que su computadora tiene una extraña forma de gripe y que se podría eliminar el virus o renombrar los archivos infectados. O mostrarle los gemidos de un orgasmo múltiple demasiado largo. Fue como una tormenta. Alguna que otra vez me pregunté qué pasaría si Jeannette llegaba a descubrir el programa con el sonido de sus orgasmos. No sería demasiado difícil que ella activara el programa desde el Administrador de Archivos, y que al ver el mensaje de precaución, envuelto en esa caja azul y gris —los colores que su Roge siempre le pone a sus programas—, indicándole que ese programa no podía correr bajo entorno Windows y agradeciendo al usuario se saliera al DOS para reintentar la ejecución, ella siguiera las instrucciones y finalmente descubriera la razón de que aquella vez Roge se hubiera mostrado algo frío en la cama. Cuando llegué a casa la encontré con los ojos acuosos, sentada frente a la computadora. Había encontrado la grabadora y dos de las cintas, y aunque no encontraba relación entre lo que estaba allí grabado y lo que escuchaba por la SoundBlaster, debido a los múltiples cambios y mezclas que hice, reconocía sus gemidos y aquel apodo que sólo ella se atrevía a ponerme. Roge... Roge..., dejaba escuchar de vez en cuando la SoundBlaster. Jeannette se sentía invadida. Empezó a mirar el monitor con rabia. Y no era para menos. Pensaba que de seguir por ese camino, un buen día habría sido desplazada por esa gran caja blanca en la que Roge, su Roge, osó meter sus orgasmos y, no contento con eso, modificarlos a su gusto, como si no fuera suficiente que ella existiera, que ella tuviera cuerpo y cabello y boquita de niñita que hace periquitos y sexo real. Estuvo varios días como ausente, además de sus ausencias reales en que iba a la universidad o ayudaba al hermano llevándolo al sitio exacto de la biblioteca donde conseguiría lo que necesitaba para tal o cual informe. Un buen día, de repente, noté que al llegar ella había recobrado su gracia y su natural forma de ser, su sonrisa transparente, y supuse que se había acabado la lluvia. Fue por esos días cuando descubrí que hacían falta dos disquetes azules de baja densidad. Sólo curioseaba en mi disco duro el día en que me di cuenta de que no había por ninguna parte archivos .DOC, y recordé que habían pasado ya dos días después de su última visita. Dos días. Nunca había dejado pasar más de un día sin venir a mis brazos. Fue ese día cuando me di cuenta, sin esperar mucho, que Jeannette me había abandonado, y que había preferido dejarme su sonrisa y llevarse su tesis. Ya conseguiría una computadora donde terminarla. Un sentimiento de soledad increíble se apoderó de mí. Al parecer Jeannette había aprendido a utilizar la computadora más allá de lo que yo pensaba, pues resultaba evidente que no había simplemente eliminado los archivos de su tesis, sino que además había defragmentado el disco duro para así no dejar en él ningún rastro binario creado por ella. Su Roge se quedaría únicamente con los gemidos, que a pesar de haber emanado de ella, se sentía sin derecho a borrar, comprendiendo que más allá del hecho básico de existir allí una grabación de su voz en pleno orgasmo, había un programa, líneas de código de mi propiedad, aunque las considerara líneas de código sucias, creadas a su entender para molestarla, para invadirla, para robarle y manipular a mi gusto sus orgasmos, para tener una Jeannette paralela enteramente contenida en instrucciones que rebotaban en un chip de silicio y eran de nuevo arrojadas al espacio de mi apartamento en forma de gemidos electrónicos. Una mañana, sin razón aparente, desperté, al fin, con la conciencia de mi propia y absoluta soledad. Me afeité —llevaba más de una semana sin hacerlo— y encendí la máquina. Como durante los días previos al desastre con Jeannette, activé el TSR y me puse a trabajar entre los gemidos. Y así volví al ritmo al que me había habituado antes de conocer a Jeannette. Cierto día una vecina me ofreció un cachorro que le había quedado de la última camada de su perra, una digna representante de la raza callejera. No soy muy amante de los animales, pero supongo que la costumbre de no estar solo me había arropado ya, y decidí adoptar el perrito, al que llamé Tetris. Nuevamente mi productividad fue en ascenso y alcancé el nivel al que había llegado justo después de terminar el programa, y del cual había caído estrepitosamente cuando Jeannette me abandonó. Al término de algunos días consideré que el programa había llegado a su nivel máximo de perfectibilidad posible respecto a las herramientas que tenía, e hice el upload para que lo revisaran algunos colegas de la oficina. Lo hice casi sin pensar; si me hubiera detenido a reflexionar el asunto quizás no lo hubiera enviado, pues era como enviarles una cinta de video conmigo haciendo el amor con mi mujer. "Las computadoras dan para todo", resonaba en mi cabeza mientras el marcador del upload en el Procomm se acercaba rápidamente al 100%. Pasaron algunos días y recibí noticias de mi programa. Quienes disponían de tarjeta de sonido en las computadoras de sus casas fueron los primeros en enviarme mensajes, describiéndome los efectos del programa. Invariablemente todos lo usaron en un primer momento como una distracción, hasta que se dieron cuenta de lo bien que trabajaban cuando lo usaban como TSR mientras programaban. No pasó mucho tiempo antes de que empezaran a lloverme archivos .WAV con las relaciones sexuales de cada uno, para que los procesara de la misma manera como lo había hecho con las mías. Llegó el momento en que tuve que compartir mi tiempo entre el trabajo de la oficina, las mezclas de archivos .WAV y la alimentación del cada vez más robusto Tetris, perro casero por excelencia, que nunca me molestaba para que lo sacara a pasear y que en poco tiempo aprendió a orinar en el albañal del baño. Eventualmente registré el programa con la ayuda de un amigo abogado, y empezaron a lloverme vía Internet solicitudes desde varios puntos del planeta. Poco a poco, Jeannette y su medio centenar de orgasmos estaba haciendo crecer mi cuenta corriente. "Las computadoras dan para todo". Cada vez que el eco resonaba en mi cabeza, una nueva adición era anotada para hacerla más tarde en lo que sería una versión posterior de mi programa, que a la sazón se llamó Real Sex Sounds 69.0. Desde varios lugares del planeta, mis espontáneos seguidores ofrecían variantes del programa para todos los gustos sexuales. Versiones sadomasoquistas contenían los gritos de un sacerdote que se dejaba golpear salvajemente por una prostituta lesbiana. Había quienes grababan el jadeo de una pareja de perros para calmar las ansias de los zoófilos. Una versión como ésta casi enloquece a Tetris una noche. Y yo, sentado frente a mi computadora, empezaba a establecer contacto con algunos ingenieros electrónicos para la nueva versión del programa, que incluiría una adición de hardware. Un mensaje, dirigido a todos los puntos del planeta que conocía donde podría existir algún ingeniero electrónico que pudiera ayudarme, dio la vuelta al mundo y en una semana tenía en mi buzón más de trescientos mensajes de aspirantes a colaborar con el hombre que se había vuelto tan famoso últimamente en el ciberespacio gracias al TSR que dejaba escuchar un orgasmo de cincuenticinco partes. Envié mis disculpas a todos porque suponía iba a demorar en revisar todas las solicitudes, y mientras más solicitudes revisaba más iban llegando, copando mi buzón y obligándome en poco tiempo a hablar con mi proveedor Internet para que cancelara mi cuenta y abriera una nueva con otra dirección. Cuando mi proveedor atendió mi petición, tenía en mi poder casi setecientas solicitudes para trabajar conmigo en mi nuevo proyecto. No me quedó más remedio que procesar las solicitudes con un ayudante. Me busqué en la universidad un muchacho de los primeros semestres y lo senté en la 286 a llenar una base de datos que yo mismo construí una tarde. Le di instrucciones para que obviara "ingenieros" demasiado jóvenes que podrían ser sólo muchachos oportunistas que querían averiguar qué podían conseguir; y a los demasiado viejos porque tenía la sospecha de que si un ingeniero de más de cuarenta años de edad estaba buscando aventurarse en un proyecto como este seguramente no debía ser realmente competente. Conociendo los riesgos implícitos en este método de trabajo, pero convencido de que de todas formas entre las solicitudes que sí entraran en mis condiciones debía estar el genio que estaba buscando, el estudiante empezó a trabajar y en una semana tenía completa la base de datos. Le pagué y le prometí que sería el primero en probar el producto de mi trabajo. Después de mucho buscar, decidí asociarme con Heny Umbra, un joven ingeniero electrónico de Massachusets que decía haber construido varios dispositivos sensoriales para medianas corporaciones que al final dejaban sus proyectos en la fase experimental por considerarlos poco factibles económicamente. Entre mis ahorros y lo que había producido la venta de Real Sex Sounds 69.0, pude pagarle el viaje en primera clase. Lo recibí en el aeropuerto de Maiquetía la noche del 23 de diciembre y de inmediato nos encerramos en el apartamento, le mostré el código del programa y le planteé mi idea a grandes rasgos mientras Tetris probaba los chocolates gringos que Heny había traído en su mochila. Nos fuimos a dormir cuando ya el sol empezaba a vislumbrarse por el este. Cuando desperté, Heny no se encontraba. Casi a las 2 de la tarde regresó con unas cajas. Me explicó en su español chapuceado que había hecho unos contactos con unos amigos de Caracas que había conocido en Internet, y que éstos lo habían llevado a los sitios donde podía conseguir lo que estaba buscando para iniciar el proyecto. Le insistí en que el proyecto debía mantenerse en secreto hasta que tuviera forma casi definitiva, y me dijo que no me preocupara por ese aspecto. Mientras Heny ocupaba el día en hacer cálculos y diagramar planos en una computadora equipada con un procesador Pentium que habilité para tal fin, yo iba saliendo como podía del trabajo de la oficina y pedía disculpas a un montón de nuevas solicitudes que empezaron nuevamente a llover cuando todo Internet descubrió que había cambiado mi dirección. Tetris, perro educado, se encargaba de llevar pantuflas y comer chocolates gringos que semanalmente le llegaban a Heny a través de la valija de un banco, donde un empleado, amigo electrónico del ingeniero, los recibía y se los traía al apartamento. Al final de cada día, yo evaluaba los avances de Heny y corregía algunos errores de concepción. Pasaron varios meses a este ritmo. Cuando tuvimos el producto lo suficientemente adelantado como para decir que habíamos obtenido un pre-prototipo, empezamos a pensar cómo probarlo. Se trataba de un dispositivo que, conectado a la computadora y dirigido por un programa —el cual igualmente se encontraba en su fase preparatoria—, era capaz de enviar señales electrónicas a las células sensitivas del organismo. Por supuesto, la intención era perfeccionar al Real Sex Sounds hasta el punto de convertirlo en Real & Hard Sex 69.0. El dispositivo que construimos semejaba una gasa de cuero con esponjas, como el tentáculo de un pulpo pero a la inversa, y se conectaría al pene para simular una relación sexual completa. "Las computadoras dan para todo". No nos atrevíamos a probarlo con nosotros mismos. Heny fue el primero en mirar con suspicacia a Tetris, quien no sospechaba que iba a ser un perro de indias y, además, presentaba una ventaja relativa: Tetris aún era virgen. Contábamos con su instinto, que había demostrado bastante acentuado cuando escuchó los jadeos caninos de la versión que comenté más arriba. Nos ocupamos durante dos semanas de estimular ese instinto con algunas perras callejeras que traíamos de la calle, y jugando a Pavlov empezamos a inventar la manera de que Tetris reconociera en el dispositivo —aún sin nombre— a una apetitosa vagina canina. Finalmente tuvimos que impregnar la gasa de cuero con las secreciones de algunas de las perras que obtuvieron mejor respuesta de Tetris, y así llegó el gran día. Tetris casi se nos muere. Nos fue difícil controlar la situación debido al agresivo instinto de su raza. Al contrario de los humanos, los perros no pueden quedarse quietos mientras su compañera se ocupa de conducir la relación sexual. Ellos están impelidos a moverse por su instinto, y el aparato estaba diseñado para satisfacer y explotar a la vez la capacidad del macho humano de hacer el amor de forma pasiva. Por supuesto, Heny y yo estábamos convencidos de que esto sería sólo el comienzo de un macroproyecto de sexo virtual. Lo que ocasionó problemas con Tetris, quizás, fue la eyaculación del can, que casi genera un cortocircuito. El susto dejó a Tetris tan afectado que durante una semana no quiso probar los chocolates y mucho menos saber de las perras. Sin embargo, seguíamos estimulando su instinto y éste fue más fuerte que Tetris, al cabo de varios días, cuando por fin decidió montar a una de las compañeras de turno que le trajimos. Pasado el susto, nos sentamos a evaluar los resultados del experimento. Concluimos en que la eyaculación de Tetris era el marcador para indicar que el proyecto iba por buen camino, y empezamos a crear una malla protectora que impidiera el paso de grandes voltajes hacia el organismo receptor. Un par de pruebas nada traumáticas para Tetris nos hicieron probarlo en nosotros mismos al cabo de una semana, y el resultado fue realmente un fracaso. Heny admitió no sentir ni siquiera cosquillas, y aunque no servía para mucho como alivio, yo sí recibí cierto cosquilleo hacia ciertas partes del pene, pero a intensidad variable y sin uniformidad alguna. Por supuesto, pensamos que en esto tenía algo que ver cierta diferencia entre el sexo del can y el sexo humano, así que construimos un nuevo dispositivo, más grande y con más contactos, que al cabo de varias docenas de pruebas dio, al fin, a Heny, una eyaculación casi tan satisfactoria como la que hubiera conseguido con una compañera humana. Mientras tanto, Tetris empezó a fastidiar para que lo dejaran salir a la calle. Al cabo de algún tiempo, Tetris se convirtió en un galán de primera y llegaba en las noches rasguñando la puerta del apartamento, hediondo a sexo, moviendo desenfrenadamente el rabo y con una expresión que parecía una sonrisa de satisfacción. Así, Heny, Tetris y yo, cada quien en su campo, acabábamos de entrar a una nueva y más atractiva fase de nuestras vidas. La presentación oficial de la versión definitiva de Real & Hard Sex 69.0 fue casi un evento clandestino. Se había anunciado a través de mensajes privados en el BBS, y algunos amigos acudieron a llevarse los primeros prototipos. A todos se les recomendó que usaran preservativos o probaran los impulsos en partes menos sensibles, como las manos, pues siendo un proceso artesanal, y no industrial, era factible que alguna de las Virtual Vaginas —nombre que definitivamente adquirió la "gasa de cuero"— hubiera quedado con desperfectos. Afortunadamente, ninguno de esos primeros valientes —la historia les debe su riesgo— reportó efectos perjudiciales y todos se convirtieron en fanáticos del RHS69. Como es de suponer, apenas se conoció de lo que fue llamado "la última locura de Rogelio Cardozo", Internet se transformó en un campo de batalla por obtener información sobre cómo hacerse con un RHS69. El producto estaba compuesto por una Virtual Vagina conectada a la computadora por medio de un cable como el del módem, y manipulado por un programa que era capaz de enviar los impulsos electrónicos requeridos para simular una felación, un coito normal o inclusive un coito anal. Un buen día viajé a Estados Unidos, donde me reencontré con Heny, quien había partido a su tierra natal semanas antes para promocionar el producto y gestionar el registro de la patente, que me concedía a mí derechos sobre el software y sobre la idea, y a Heny los correspondientes al desarrollo del hardware. Al transcurrir el tiempo, Heny se convertiría en un ingeniero cubierto por la fama y desarrollaría otros importantes inventos en nada relacionados con el sexo virtual, aunque antes de desligarse del trabajo original fue casi obligado, por las miles de mujeres que querían probar el sexo virtual, a crear un pene virtual con el mismo sistema. Prácticamente, lo que hizo fue "voltear" la Virtual Vagina. Sex Factory Inc. —la empresa que creamos para la ocasión del registro del RHS69— se convirtió en el objeto de todas las miradas. Cada vez que anunciábamos una nueva adición al programa, temblaban los otros fabricantes de dispositivos sensoriales. En realidad, en cuanto al hardware, no teníamos planteado crear algo demasiado más allá de lo que ya habíamos hecho, pero las adiciones de software se convirtieron en una fuente espectacular de ingresos. Le compré su propio harem de perritas finas a Tetris, quien con eso se sentía absolutamente recompensado por su intervención en el desarrollo del sistema. El día que Geraldo me entrevistó en Los Angeles frente a un público risueño, satisfecho por los resultados del producto, recibí por el celular una llamada de uno de mis abogados, anunciándome que tenía que hacer frente a una demanda millonaria que había interpuesto en un tribunal de Caracas la ciudadana Jeannette Morín por haber hecho públicas sus relaciones sexuales. En uno de los módulos del programa, en efecto, se escuchaba lejana, entremezclada con miles de orgasmos que habían servido para el sonido del sistema, la vocecilla anhelante que gemía, con evidente pasión, Roge... Roge... Supongo que pasará mucho tiempo antes de que se calmen las aguas. La demanda de Jeannette terminó en que Sex Factory Inc. tuvo que eliminar el fragmento y redistribuir los archivos .WAV entre los miles de usuarios en todo el planeta, además de cancelar a la afectada una sustanciosa cantidad de dinero. Eventualmente, Jeannette contrajo al cabo de unos años matrimonio con un escritor de segunda de Caracas, quien se encargó de escribir la autobiografía de mi ex, con lo que ésta terminó de sentirse satisfecha y no volvió a aparecer nunca más en mi vida. Sospecho que, en el futuro, Sex Factory Inc. se encargará de construir dispositivos más completos y más sofisticados, que cubran todo el cuerpo y satisfagan las necesidades de los sadomasoquistas y otros gustos extraños, como en el principio lo hice yo con los sonidos del Real Sex Sounds 69.0, programita pionero de mi actual fortuna. Supongo que por haber concluido el trabajo, ya no he vuelto a escuchar más aquel eco, "Las computadoras dan para todo", pero indudablemente los pasos están dados y la tecnología sensorial ha dado un gran salto para la humanidad. Más temprano que tarde, el "sexo opuesto" será un concepto más de la informática. Por mi parte, al igual que por parte de Heny, lo único que nos liga a la empresa es el reporte mensual de ganancias. 1995 Últimos hombres Ricardo Iribarren (iribcita@favanet.com.ar) (De: al-Azif: Canto de insectos nocturnos) Avanzada la noche, Abdul dirigió la pequeña nave con forma de mezquita hacia el descampado del planeta aún sin nombre. No necesitó la fórmula alfanumérica con la que se identificaba en las planillas de navegación: estaba prohibido usarla fuera de lo absolutamente necesario; según el Korán y el al-Azif, debía evitarse la muerte que producía la cifra. La nave se deslizó con facilidad, ya que el suelo del planeta era de tierra mezclada con partículas de metal muy finas. Fuera de la metrópolis, se formaban pistas de aterrizaje naturales, firmes y lisas. Abdul maniobró y dirigió el visor hacia la ciudad. A aquella hora, sólo quedaban encendidos los faros ambarinos de los edificios más altos, irradiando hacia el cielo azul de la noche reflejos mortecinos, sin brillo. El propio sol del planeta emitía en sordina su brillo y su calor, como si en él toda luz perdiera su potencia. La ciudad ocupaba las tres cuartas partes del planeta: alta tecnología, edificios colectivos, paredes plateadas, vacías, tanto dentro como fuera de las viviendas. Los habitantes, vestidos con prendas plateadas, ajustadas, se movían lentamente como hundidos en un extraño sopor y todos sin excepción mantenían la misma sonrisa pacífica, ausente. Por lo demás, el planeta era similar a la Tierra: una atmósfera respirable, con una cantidad muy elevada de metaloides, lo que daba al aire un leve olor a óxido. Pasaron las horas; Abdul recorrió con la computadora de la nave los suburbios, el centro de la ciudad, el cordón industrial; algunos depósitos cerraban; los obreros, como autómatas dentro de sus uniformes plateados, iban de un lado al otro. Abdul siguió mirando las calles solitarias; su misión era encontrar algo diferente a aquella uniformidad. Recordó al antropólogo virtual, confinado a las pantallas del sistema central de computadoras. Siempre vestido con el sayo negro y blanco, con su rostro tapado. Aquella mañana había volcado el informe pronunciándolo con su voz neutra: los habitantes del planeta disponían de una técnica importante que no era mantenida ni acrecentada; no había niños, poca población joven con escasos nacimientos. No se detectaban sistemas de creencias, o algo parecido a una religión. Pocas veces el antropólogo era tan escueto y daba un informe basado en cosas negativas acerca de la población de un planeta. Cuando terminó, Abdul y los otros tripulantes se volvieron al anciano Shar'iah, arrodillado y sumergido en el rezo del Dhikr y del Shikr, pasando las cuentas de su rosario; volvió hacia ellos su rostro suave. Como siempre que debía pronunciarse sobre algo importante, se tomó tiempo antes de hablar. —Según dicen los informes técnicos, la ciudad del planeta está asentada en una plancha de acero y cemento. Esto hace que las plantas de sus habitantes nunca tomen contacto con la tierra; ella no puede trasmitirle sus secretos. En cuanto a su lenguaje es muy complejo y recién estamos manejando sus principios básicos. Tienen un nombre, cuya traducción latina sería algo así como "Finisterre". Taqlid había mirado con sus ojos brillantes la figura del antropólogo, mientras acariciaba el alfanje-láser. —Si no tienen religión, maestro, podremos exhortarlos a que abracen el Islam y si se niegan, hacerles la Guerra Santa... —¿Qué Guerra Santa, hermano? —La Jihad, a la que se refiere el profeta cuando habla de aniquilar a los infieles —los ojos de Taqlid miraban con su brillo típico, apasionado y frío. —En una Sura del Korán, el profeta llega a la puerta de Medina con sus tropas luego de haber salido triunfante de una larga batalla. Entonces arenga a sus soldados diciendo que acaban de llegar de la pequeña Guerra Santa y que ahora deberán enfrentarse a la Gran Guerra Santa, que es la decisiva, la que ocurre en cada uno de nosotros. Te pregunto entonces: ¿a qué Guerra Santa te refieres? Taqlid hizo silencio y no contestó; apretó sus labios, de por sí muy finos, hasta casi hacerlos desaparecer: nunca se convencía cuando lo contradecían y custodiaba dentro de sí su pasión, llena de guerras sagradas y muertes de infieles. Ahora jugó nerviosamente con su alfanje-láser enfundado en su estuche trasparente: la hoja plateada era como la de un alfanje común de acero bruñido, pero interrumpida de tanto en tanto por vibraciones azules que lo recorrían con un suave zumbido. —Volviendo al planeta —siguió el anciano— los hombres que lo habitan se encuentran en un profundo estado de vejez. Allah parece haberlos abandonado, retirando su enorme mano que los sostenía. Es un pueblo que está muriendo y no lo saben o no les importa. —¿Qué haremos?, anciano —preguntó Abdul; el viejo suspiró antes de contestar. —No lo tengo claro. Si los dejamos librados a su suerte estaremos obrando mal; debemos tener una idea más precisa de lo que ocurre entre ellos. Debemos saber si son los últimos hombres de los que habla el Nuevo Korán, aquellos que han dejado por completo la verdad fundamental de la vida, aquellos que viven en un delgado sueño que tiende a desvanecerse... El hombre lo miró y le alcanzó la Caja de al-Hazred; Abdul la tomó, e hizo una reverencia. —Tú irás. Ahora cumple con el ritual en el oratorio. Antes debes saber que mi cuenta del Dkhir se ha interrumpido en al-Hallaj... conoces la historia. Abdul volvió a hacer una reverencia con la caja en las manos. —Conozco la historia, pero quisiera que me la relates otra vez: la inspiración de los grandes maestros desde el fondo de la historia siempre nos sirve... —En el año 70 de la Hégira, al-Hallaj y sus discípulos recorrieron una mañana las calles de Omán. El maestro estaba sumergido en el éxtasis y de pronto su voz retumbó en el silencio de la siesta: "¡Soy Allah!", exclamó jubiloso. En ese momento, los cielos profirieron relámpagos y la tierra tembló. "¡Soy Allah!", repitió al-Hallaj, y las aguas saltaron mezclándose con el fuego y reptando poderosas por el planeta. "¡Soy Allah!", volvió a repetir, y los hombres escucharon el eco de sus palabras; en toda la tierra saltaron, brincaron, se sacudieron como si fueran víctimas de un gran terremoto humano. Los guerreros que custodiaban el Libro, también lo escucharon. Quien los dirigía se acercó desenfundando su alfanje. Al-Hallaj no lo vio, sumergido como estaba en su visión del mundo desprovista de toda rigidez, con sus pies apoyados en el vacío sustancial que nos sostiene. Todo fue muy rápido: el Emir que llevaba el alfanje mayor, lo descargó sobre su cuello, y su cabeza se separó de su tronco. Aún hoy ella grita por las profundidades de la tierra y noche tras noche une con el cielo lo hondo del planeta... —Sé que los discípulos de al-Hallaj estuvieron de acuerdo con su muerte por blasfemo, a pesar de seguir sus enseñanzas... —interrumpió Taqlid. A partir de allí los otros miembros de la tripulación intervinieron y se desató una feroz discusión doctrinal. Abdul se apartó de ellos y fue hasta el oratorio Mesdjid el-Haram, réplica exacta del recinto del templo de la Kaaba. Allí se levantaba la réplica de la piedra negra y cúbica. Abdul revisó debajo de ella y sacó una pequeña caja roja. La abrió. Estaba llena de papiros escritos, algunos de ellos antiquísimos; los apartó y en el fondo, arrodillado y con la cabeza en el piso había una réplica del anciano Shar'iah de tres centímetros de altura. La tomó con dos dedos y la puso a la altura de sus ojos: el homúnculo tenía los ojos cerrados, murmuraba oraciones y temblaba suavemente. Abdul lo puso en su boca y sintió que agitaba sus brazos y sus piernas antes de tragarlo y bajar por su estómago. El tripulante consultó al astrolabio: un instrumento con la forma tradicional que conectado a la nave principal disponía de un complicado sistema de computación. Ahora estableció la dirección en que quedaba la Meca, se quitó las sandalias, y se agachó tocando con su frente el suelo. Recitó la primera sura del Nuevo Korán. —"En el nombre de Allah, el clemente, el misericordioso, Soberano en el día de la retribución Él toma tu cabeza con ambas manos, te mira a los ojos y dice: "La noche se abre en la orilla del abismo. Las puertas del infierno están cerradas. Es tu riesgo atreverte a ellas. Aquí están las llaves ellas entran en la cerradura y serás satisfecho Mi hijo al-Hazred entró por vez primera y ahora lo rodean las brumas de la locura. En el nombre de Allah, el clemente, el misericordioso. A ti es a quien adoramos, de ti es de quien imploramos socorro A través de los zumbidos de los insectos nocturnos, dirígenos por el camino recto...". Abdul repitió por tres veces la sura y se incorporó. Cada vez que la pronunciaba, recordaba "el espíritu de la pesadez", ese profundo cansancio y desaliento que solían invadirlo de vez en cuando. Sus fuerzas escapaban de él y a veces las veía en sueños o visiones como una larga cortina brillante que iba quedando sobre sus huellas y que lo vaciaba, como si perdiera la sangre. También el universo parecía drenado de colores y formas, y aun las cosas que consideraba más sagradas dejaban de tener sentido. Se vistió como los habitantes del planeta: un mono ajustado, plateado y brillante; plegó el astrolabio y se dispuso a salir de la nave. Podría haber establecido la distancia a la que se encontraban los hombres, pero prefirió no hacerlo: y aguardar la sorpresa. De pronto se tropezó con una figura; llevaba el buzo plateado, ajustado a su cuerpo, pero estaba sucio; despedía un fuerte olor a transpiración mezclado con sangre. Su rostro implorante miró a Abdul. Dijo algo en el idioma del planeta. El navegante desplegó el astrolabio y puso en sus oídos un par de auriculares. —...por favor, si no moriré de hambre... El tripulante contestó a través del micrófono, para que al hombre le llegaran sus palabras medianamente traducidas. —Estás sufriendo, hermano... —Tengo hambre; mucha hambre. Necesito que me ayudes con comida o con dinero para comprarla... Los ojos del hombre estaban a punto de saltar por el sufrimiento; Abdul recordó los apuntes sobre la economía del planeta: un socialismo rudimentario donde los bienes de producción estaban repartidos en pequeñas comunidades; los distribuía un gobierno central. Abdul y el mendigo se miraron fijamente durante varios minutos. —Tú no tienes hambre física —dijo finalmente Abdul—; tu hambre es de una naturaleza más profunda... —Es posible, pero ahora el ansia del alimento me domina y habla a través de mi boca... El hombre miró con ojos brillantes cómo Abdul sacaba de su bolsa varias monedas de circulación oficial en el planeta, se las alcanzó y el mendigo le dio la espalda con un gruñido de satisfacción, perdiéndose entre los arbustos que flanqueaban el sendero. Abdul siguió caminando, pensando en el personaje que acababa de encontrar. De acuerdo con las informaciones de la computadora, nadie en el planeta parecía tener pasiones intensas; cumplían extraños rituales diarios, muchos de ellos complicados, pero no sabían qué significaban ni por qué lo hacían. Alrededor de Abdul, a ambos lados del sendero, crecían arbustos de mediano tamaño. Se detuvo a ver sus hojas: tenían forma de mezquita, como las naves; pensó que aun en ese rincón perdido del universo, la propia naturaleza rendía culto a Allah a través de los símbolos del Islam. Era otoño en el planeta y muchas de las hojas de los árboles estaban amarillas y caían copiosamente a ambos lados del camino. Recordó una poesía de las que había aprendido en Bagdad, laboriosamente reconstruida en la nueva edificación de la ciudad. y conservada en una mezquita en Omán. La repitió en el idioma del profeta, como si las palabras fueran sanando una parte de su alma: —Del cielo caen las hojas del árbol caen los frutos redondos, brillantes como soles, mostrando cada uno la faz del Bienaventurado. Abdul no tuvo que caminar mucho para llegar a las primeras calles de la ciudad: en la entrada norte se levantaban monumentos gigantescos, algunos en forma de pirámide, y otros emulando extraños polígonos. Generaciones enteras habrían grabado aquellas leyendas en lenguaje desconocido, que iba desde signos ideográficos hasta una caligrafía apretada, engorrosa. Eran las primeras horas de la noche; dos hombres y una mujer, rubios, delgados, de pieles muy blancas, caminaban en dirección opuesta a la suya por el sendero. Se detuvieron a una seña de Abdul. Tomando sus auriculares, el astrolabio y ayudándose con gestos y señas, se hizo entender: —¿Cuál es el significado de estos monumentos? —preguntó. Los habitantes del planeta contestaron modulando sus voces en un idioma extraño. La voz surgió del astrolabio. —Alguien recibió en herencia estos monumentos, y alguien deberá cuidarlos. No sabemos para qué. No sabemos quién firmó el legado ni a quién lo hizo, pero debemos levantarnos diariamente y llegar aquí para lustrar estos mosaicos. Abdul asintió con la cabeza, y saludó con un par de inclinaciones del cuerpo. Siguió caminando y reflexionó sobre las respuestas de la pareja: tenían la noción de trasmisión pero ignoraban de quién hacia quién. Sabían que los mosaicos debían limpiarse diariamente pero desconocían el significado profundo de sus gestos, de sus actos. De igual modo, el resto de sus vidas eran una ceremonia sin rito; un conjunto de gestos vacíos. Llegó a los suburbios, donde se levantaba la zona industrial: aire con fuerte olor a hollín y metales; actividad que aumentaba por momentos. Abdul se juntó a un camión donde varios obreros se disponían a cargar y descargar; también ellos llevaban vestimentas plateadas, y se distinguían por usar calzado rojo y cuellos verdes. Miró con atención las figuras: cuando no clavaba en ellos la mirada, tenía la impresión de que había cierta deformidad, pero al indagarlos mejor, advertía que no era así, que sus cuerpos eran proporcionados, que todos se movían lentamente, y sonreían con la misma expresión ausente; sin embargo, un aire, un halo, algo indefinido que no podía registrar con los sentidos le producía un fuerte sentimiento de repugnancia. Luego de andar un buen trecho, Abdul llegó hasta las primeras casas de la ciudad que se levantaban a ambos lados de una calle ancha, en cuyo centro se tendía un cantero con pérgolas y enredaderas. Las plantas estaban secas. Un edificio alto se levantaba en medio de las casas bajas. Junto a él habían estacionado un vehículo rojo, con tres extremos que sostenían una lona. Abdul se acercó: al final de siete pisos vio una figura parada sobre una cornisa, pegada a la pared blanca con los brazos y las piernas abiertas, como a punto de saltar. Miró a los dos hombres que manejaban el sistema —una gran lona circular sostenida por soportes— a fin de amortiguar la posible caída del hombre. Uno de ellos llevaba algo parecido a un megáfono, que aumentaba la potencia de su voz. Abdul dirigió el astrolabio hacia él. —Ahora puede saltar... hágalo... El tripulante miró a su alrededor: por aquel lugar iban y venían personas que ni siquiera se detenían a curiosear lo que ocurría. —¡Salte! ¡Es una orden..! —¡Estoy desesperado..! —la voz del suicida apenas llegaba a ellos. —¡Salte..! Uno de los guardias lo apuntó con una pistola: Abdul dirigió rápidamente el astrolabio hacia ella: la computadora informó que no se trataba de un arma mortal; estaba cargada con proyectiles inofensivos; el único efecto al impactar era que el blanco perdiera estabilidad. Dispararon; el suicida se tambaleó hacia un lado, hacia otro, y cayó. Lo hizo lentamente: la gravedad en el planeta era igual que en la Tierra, pero la cantidad de partículas de metal flotando en el aire disminuía la fuerza de caída de los cuerpos. Su cuerpo golpeó y rebotó en la lona que habían preparado; lo bajaron hasta el piso: jadeaba y su rostro transpirado se deformaba por el sufrimiento. Abdul volvió a utilizar el astrolabio como traductor. —Ella no me ama... no me ama y sólo me queda la muerte. Ustedes me han salvado, pero volveré a hacerlo. Los guardias lo ataron; el hombre tembló e intentó seguir hablando, pero sus dientes se apretaron con fuerza y no salieron las palabras. Lo cargaron en el camión y arrancaron con rapidez. Abdul estaba desconcertado: en el informe no se habían registrado cifras de suicidios; decidió consultar otra vez al antropólogo virtual y activó la combinación de teclas que debían mostrarlo, pero la pantalla devolvió tan sólo estática visual. Lo intentó por tres veces, pero el resultado fue el mismo. Se sentó en un muro al borde de un terraplén y pulsó la tecla roja que habilitaba su comunicación con la nave; la pantalla se encendió mostrando el rostro de Habib. —Alabado sea Allah, el clemente, el misericordioso —dijo la voz desde la pantalla. —Alabado sea, hermano. La función del antropólogo no está conectada. Necesito algunos datos adicionales. ¿Me pueden habilitar desde ahí? —No es posible, teniente Abdul. Aquí la función del antropólogo también está desconectada. Hay técnicos trabajando para localizar la falla... En la pantalla, el llamado Habib se detuvo un momento y se volvió escuchando el comentario que le hacían. —Pregunta el anciano si ha descubierto algo. —Hasta ahora no. Los habitantes del planeta parecen tener el corazón helado... pero hay algunos detalles que requieren explicación... Se interrumpió: en la pantalla, detrás del rostro de Habib, vio el brillo azul de los alfanjes-láser. Algunas figuras se movieron hasta ubicarse en un semicírculo marcial. —Estamos a la espera de solucionar el problema... —Hermano, detrás tuyo... Habib se volvió en el momento en que una de aquellas figuras se acercaba a él blandiendo una de sus armas. La imagen se deformó de pronto, la pantalla se llenó de líneas oblicuas y se apagó. Abdul intentó volver a conectarse. Activó las pruebas del sistema: todo parecía funcionar correctamente, pero la comunicación con la nave estaba cortada. Antes de plegar el astrolabio descubrió que transpiraba y temblaba: quizá se tratara de frecuencias especiales que estuvieran en la atmósfera o en el aire del planeta y que no habían sido detectadas por los sensores; pero inventaba ese argumento para convencerse. Las figuras armadas detrás de Habib eran reales; debía admitir que algo siniestro había ocurrido en la nave. Sea como fuere, de no restablecerse la comunicación, debía acelerar el tiempo de su misión. Entró a la ciudad y caminó por las calles rectas, cuidadosamente trazadas. Grupos cargando y descargando camiones; sombras de personas trabajando dentro de los establecimientos que llenaban los suburbios; ancianos trayendo y llevando muñecos de paño. Todos se movían lentamente, en silencio. Apenas hablaban entre ellos y lo hacían sin mirarse a los ojos, como si tuvieran vergüenza unos de otros. Abdul advirtió que en muchos casos las actividades no tenían un sentido evidente, como los obreros que cargaban un camión con bolsas y al terminar, las bajaban, las apilaban en la vereda y volvían a subirlas. Al mediodía, Abdul había atravesado la ciudad, llegando a los límites opuestos al lugar por donde había entrado. Allí las viviendas eran más modestas: calculó que podría encontrar más rasgos de vida en ese sitio, y se detuvo frente a las casas bajas, con ladrillo a la vista. Mujeres barriendo minuciosamente las veredas; niños realizando juegos incomprensibles; ancianos sentados frente a las puertas de sus casas, bebiendo sustancias extrañas; todos con la misma sonrisa sin sentido. Se detuvo y volvió a intentar el contacto con la nave: el astrolabio tenía ciertos atajos por los cuales podría acceder a centros que no estaban habilitados. Bastaba con introducir las claves adecuadas. Los puentes laterales, el casco, las cabinas de los oficiales. Eran diez claves privadas que había memorizado. Al probar con el ala lateral, surgió un cartel fijo previsto para posibles comunicaciones. Sobre un alfanje cruzado por un rayo azul, se leía en letras rojas, Allah es Allah; Mohamed y al-Hazred, sus profetas. Aquello era una señal clara de que en la nave se había producido una asonada. Era la segunda desde su despegue de la Tierra; la anterior había sido protagonizada por Taqlid, y estaba seguro de su participación en ésta. La primera rebelión arrojó dos muertos, pero Taqlid no fue procesado: según la ley impuesta por el Nuevo Korán, estaba en uso de sus fueros espaciales; no era posible levantarle cargos, y mucho menos juzgarlo, hasta que no llegara a la Tierra. Preocupado, Abdul levantó la vista: de espaldas a él una figura diferente a los habitantes del planeta cruzó la calle y se perdió en un sendero lateral: era una mujer que no llevaba el mono plateado, sino que vestía un largo sayo, y su cabeza estaba cubierta como en el Islam. El hombre corrió hacia ella y cruzó la calle en dos zancadas: en aquel lugar, el barrio humilde se bifurcaba y se perdía en medio de calles circulares, donde casillas abigarradas crecían sin orden, sin continuidad. Caminó entre ellas: los habitantes que surgían frente a él mostraban invariablemente sus buzos plateados. Algunos de ellos deshilachados, sucios, pero nadie llevaba una prenda diferente. Intentó hablar con algunos; ajustó el astrolabio, y lo dirigió a tres mujeres que hablaban entre ellas. —¿Han visto a una mujer vestida diferente? Hablaron entre ellas. Se miraron, y a su vez lo interrogaron. Preguntaban qué quería decir con eso de que "vestida diferente". De esta pregunta y de lo que conversaban entre ellas, Abdul concluyó que el concepto no entraba en sus registros. —Una mujer desconocida, alguien que no sea de aquí. En términos aproximados el astrolabio tradujo al oído de Abdul lo que decía la mujer de ojos claros. —Una mujer desconocida no. Un hombre desconocido, sí. —¿Y dónde está ese hombre? —Es usted. Abdul asintió, agradeció y saludó a la manera islámica, mientras las mujeres seguían mirándolo en silencio sin mostrar señales de asombro. Al alejarse, Abdul sintió que allí estaba la clave: aquel pueblo era incapaz de sentir asombro, de emocionarse por algo. Siguió buscando inútilmente rastros de la mujer que acababa de ver. El barrio humilde se tendía a lo largo de un arroyo flanqueado de sauces cuyas ramas caían sin fuerzas sobre las aguas estancadas. En esa zona las casas eran cada vez más raras y sólo de vez en cuando Abdul cruzaba a algún habitante del planeta. Cerca del mediodía advirtió que estaba perdido y recurrió al mapa que llevaba en la máquina: las sucesivas pantallas mostraron partes de la ciudad, hasta descubrirse a sí mismo como un cursor brillante: estaba a pocos pasos de una base militar. Desde la nave habían descubierto que el lugar carecía casi de ejército; tenían gran cantidad de armas, pero obsoletas y fuera de servicio. El robot de la nave recorrió largas barracas y su cámara mostró lo que fueran armas poderosas ahora oxidándose lentamente. Abdul decidió entrar; el centinela en la puerta le preguntó si tenía autorización; él asintió y el soldado le flanqueó el paso con una reverencia. Adentro caminó por las instalaciones casi desiertas. Un grupo de hombres dirigidos por quien parecía ser un oficial —charreteras verdes sobre su mono plateado— corrían unos metros y volvían sobre sus pasos, una y otra vez; todos siempre con la sonrisa perpetua y la mirada ausente, sin advertir su presencia. Abdul estaba por salir cuando sintió en sus huesos una explosión en sordina que llegó del norte de la ciudad. Los edificios militares se sacudieron y vibraron; la tierra debajo de sus pies se agitó como quejándose; el sonido pareció provenir de abajo, pero Abdul sabía que llegaba desde el cielo: conocía los llamados "explosivos sagrados intimidatorios": su onda expansiva sacudía todo, edificios, vehículos, sin destruir nada. Era una advertencia. Escuchó el sonido de una bengala, y segundos después varias luces se desplegaron en el cielo del mediodía. Lentamente se formaron las palabras y la frase Allah es Allah; Mohamed y al-Hazred sus profetas. Debajo vio las letras cuneiformes, que mostraban lo que sería la traducción al idioma del planeta. Abdul miró a su alrededor: dos centinelas apenas habían levantado la cabeza sin moverse de sus puestos; un hombre se había detenido a pocos pasos de él: como todos los militares su cuello era blanco y negro para distinguirlo y su calzado gris. Desde donde estaba, Abdul pudo ver las transformaciones de su rostro: se borró la sonrisa beatífica; sus labios se engrosaron y su cara se deformó en una mueca. Tenía la nariz recta, como casi todos, pero el miedo la aplastó contra su rostro, dándole una expresión que a Abdul le pareció familiar. Cuando el hombre gritó supo a quién le recordaba. —¡Nos atacan! ¡Nos atacan..! —su expresión aterrorizada era igual a la del mendigo que lo había abordado horas atrás y a la del suicida que acababa de ver. Era la tercera vez que veía a alguien del planeta sometido a una pasión: el hambre, el miedo, la desesperación y sus rostros cambiaban; se deformaban, se afeaban, pero al menos dejaban esas expresiones neutras, indiferentes, muertas. —¡Vamos a morir! ¡Vamos a morir..! Abdul se sintió tentado de intervenir, de hablarle, pero se contuvo: un artículo de la ley interestelar establecía que no debían intervenir salvo que fuera estrictamente necesario. Más allá, el hombre había caído, poseído por el miedo, y se retorcía arrojando espuma por la boca. De vez en cuando interrumpía sus gritos inarticulados. —¡Nos van a matar! ¡...A matar! Miraba a su alrededor sin ver, con los ojos perdidos, hasta que cuatro soldados sonrientes, con paso marcial, llegaron desde adentro del cuartel, lo tomaron de los brazos y lo llevaron con ellos. Abdul miró un instante más las letras que cambiaban lentamente del rojo al verde y al amarillo, y volvían nuevamente al rojo. Aquello quería decir que la conducción de la nave central había tomado medidas independientemente de su decisión. La explosión había sido de advertencia; se trataba de cargas que alertaban de un futuro ataque. La leyenda, en árabe y en el idioma del país era un llamado a la conversión del planeta al Islamismo. De no producirse, se libraría la Jihad, con la destrucción completa de aquel lugar. Al tomar nuevamente el astrolabio, Abdul advirtió que sus dedos temblaban; intentó desesperadamente conectarse a los circuitos de la nave, pero sólo respondió la estática y la descarga visual. Salió con rapidez de aquel lugar: debía volver a la nave central. Caminó con rapidez, volvió a atravesar los suburbios y al salir al campo sintió hambre y cansancio, pero no se detuvo. Al llegar a la zona de los templos se desorientó; se detuvo y volvió a encender el astrolabio orientándolo hacia los puntos cardinales. el aparato mostró las pantallas de los mapas y se interrumpió casi enseguida con un parpadeo: una leyenda advirtió que al no recibir ni señales ni energía de la nave central, no podía cumplir con sus funciones orientadoras. Desalentado, Abdul se sentó en una piedra: estaba a punto de ser vencido por el cansancio, por esa fuga súbita de fuerzas que le quitaba todo interés por las cosas. Estaba rodeado de pequeñas mastabas —quizá monumentos funerarios— que apenas se levantaban de la tierra, y que formaban un extraño laberinto que interrumpía el espacio verde. Pensó en Taqlid: no sabía hasta dónde podía llegar su locura. De seguir la legislación sobre la Jihad, debían elegirse primero objetivos militares, luego barrios enteros de civiles. A su vez los mensajes llamando a la conversión debían ser cada vez más claros y contundentes, y si no se acataban, la respuesta debía ser la destrucción total. Abdul se sentó en una de aquellas mastabas: estaba cansado, hambriento, transpirado. Se levantó a los pocos minutos y tomó por un camino lateral; de pronto salió del laberinto: caminaba por un sendero donde las edificaciones se espaciaban y la vegetación era más espesa. Después de varios minutos de marcha llegó a una enorme laguna rodeada por árboles. Salió a la orilla, y a pocos metros vio la figura femenina, con sus vestimentas árabes: tenía los pies hundidos en el agua y miraba frente a sí con expresión perdida. Levantó la cabeza cuando Abdul estuvo junto a ella. Lo miró fijamente, con sus ojos oscuros, grandes, maquillados con Khol en todo su contorno; dejó caer el velo, mostrando una boca de labios gruesos. A su lado estaban apiladas varias piezas de algo que parecía pan blanco. Abdul vio un aire familiar en su rostro. En medio de su cansancio y su hambre, la miró fijamente. —¿Quién eres? —Mi nombre es Tariqah, pero me conocen como el antropólogo virtual. —¿Quiere decir que..? —Que salí de la computadora con mi propio cuerpo. Es decir, las fuerzas que me constituyen pueden unirse, impedir el paso de la luz y formar un cuerpo sólido y opaco. La mujer se levantó: era joven y vestía un largo sayo, negro y blanco. Estaba descalza y en los dedos de sus pies tenía anillos; uno de ellos de oro, con brillantes. Abdul se sintió pequeño ante la ella. Se acercó a él y acarició la cara: su mano era tibia, suave.. —Hace tiempo que te observo; que veo tus ojos mansos y buenos a través de la pantalla. No soy un robot o un fantasma. Quienes me crearon lo hicieron completamente; tengo vagina, útero y puedo quedar embarazada como toda mujer... Antes de seguir hablando, miró fijamente los ojos de Abdul. —Tengo mucho que hablarte sobre el planeta, sobre lo que ocurre en la nave... pero estás desfalleciendo de hambre. Primero debes comer. —No hay tiempo. Habrás visto recién el anuncio en el cielo... —ella asintió con la cabeza. —Es muy cierto: "Allah es Allah; Mohamed y al-Hazred sus profetas". No diría que sus únicos profetas, sino el primero y el último de todos. Él ha brindado su tradición a su yerno Alí, quien fue el primer Imam, hasta llegar al duodécimo... —El que permanece oculto. La chica tomó una de las piezas de pan, se arrodilló junto a Abdul y se la ofreció. —Come: son frutos del planeta, muy nutritivos. Ellos repondrán tus fuerzas. Abdul obedeció; tomó una de aquellas piezas, y la probó: tenía un delicioso sabor agridulce; desde el primer bocado sintió que la fuerza volvía a sus miembros, y una confianza súbita reemplazó su desaliento. Mientras comía, la mujer siguió mirándolo con sus grandes ojos negros, pendiente de sus gestos. —Tu nombre es Abdul —dijo. —Así es. Mis padres me lo pusieron por Abdul al-Hazred, el nuevo profeta que rehízo las escrituras en el 2003. Tariqah asintió con su cabeza. —Hay quienes dicen que él es el duodécimo imán... —No es posible saberlo... los imanes mueren siempre envenenados o de forma violenta, y que yo sepa al-Hazred está aún vivo en alguna parte del planeta. La mujer se incorporó; descubrió su cabeza y sus largos cabellos negros cayeron sobre sus hombros. Abdul dejó de comer por un momento: aquello era impropio en una mujer, pero ella era el antropólogo virtual, una función de la computadora; no podía exigirle lo mismo que a una mujer de carne y hueso. Además estaban en un planeta desconocido esperando un ataque en cualquier momento, y aquello quitaba importancia a las costumbres habituales. Ella esperó que Abdul comiera la tercer fruta de aquel árbol y se aflojó las ropas. Sus ojos negros tenían una extraña fascinación y el hombre se sentía pendiente de ellos. La mujer, con rápidos gestos, se quitó los sayos que la cubrían, pero no quedó desnuda: la primera impresión del hombre fue que llevaba un vestido brillante, pero la luz, que destellaba bajo el sol, surgía de su cuerpo. —Las mujeres islámicas estamos cubiertas de velos desde que nacemos, porque nuestra desnudez es sagrada y no puede ser vista por cualquiera; los velos ocultan el misterio, y al ocultarlo lo expresan... Tariqah se movía alrededor de la orilla; de vez en cuando sus pies desnudos entraban en el agua y volvían a salir: al contacto con ellos, el líquido parecía llenarse de volutas también brillantes que se esparcían por el pasto que rodeaba la laguna. Los movimientos tenían sentido, formando una extraña danza. A veces el velo se adelgazaba hasta ser una tenue túnica; por momentos se diluía en chispas y cuando estaba por mostrar su desnudez, surgían de su vientre y sus pechos tentáculos luminosos que volvían a ocultarla. Lo único que quedaba libre eran sus manos y pies desnudos, agitándose a un lado y al otro. Finalmente se detuvo y volvió a mirar a Abdul con sus enormes ojos. —"Ni tú ni yo resolveremos el misterio de mi cuerpo; ni tú ni yo leeremos la escritura secreta trazada en mi piel; ambos nos amaremos sin saber qué oculta el velo, pero cuando el velo caiga ya no seremos tú y yo". La tarde avanzaba; pájaros extraños de los colores más variados, volaron sobre la laguna. Abdul miró a su alrededor: los árboles otoñales crecían firmes, con troncos enhiestos, la hierba en el camino era verde, lustrosa. A pesar de su inquietud, de su preocupación por lo que estaría ocurriendo en la nave, Abdul sintió una extraña paz junto a la muchacha, que empezó a bailar. Por un lado pensó en tomar una segunda esposa; por el otro sabía que no podía ser: aquello que se presentaba como una mujer deseable, era un robot, el juego virtual de una computadora. —En el planeta es otoño, la época en que la vida se vuelve y corre por adentro, mientras lo exterior parece morir. En el planeta hay arroyos que bajan por las montañas y se dirigen al fondo de la tierra. Desde allí un sol verde ilumina a los habitantes, los impregna, los protege. Hay quienes trabajan en las minas extrayendo metales preciosos que nadie va a usar. Hay quienes elaboran un vino delicioso que nadie bebe. Hay en el planeta mujeres muy bellas a las que nadie goza y cuyos vientres permanecen vacíos... Para completar mi trabajo de antropólogo tuve que salir de la computadora y venir aquí, a vivir la vida del planeta. Fátima, la hija del profeta y la esposa de Alí, de quien tengo la memoria y el conocimiento, enseña que todo lo que vive es muslim y mumin; que todo lo que vive rinde culto a Allah. Los hombres del planeta están perdiendo su vida, están perdiendo el sentido de las cosas. Son los últimos hombres, pero los últimos hombres no mueren; llegan a rozar la muerte y cuando parece que se van a hundir en ella vuelven una y otra vez. Hubo silencio. La chica dejó de bailar y se sentó junto a él. A lo lejos, Abdul vio una fila de hombres y mujeres que llevaban en sus cabezas recipientes parecidos a canastas. —Recién citaste a Khayyâm; hay un velo que te está cubriendo, en caso de caer dejaríamos de ser tú y yo. Ella asintió con la cabeza. Sus labios estaban entreabiertos mientras lo miraba fijamente. —¿Y cómo puedo hacer para que caiga tu velo? —Debes decidirlo. Debes perder tus miedos, tus vacilaciones. Soy una hurí preparada para ti. —¿Una hurí? ¿Es que he muerto y fui al paraíso? —De algún modo, sí. Estás en un planeta distinto, lejos de tu hogar sujeto a cosas nuevas. Has muerto y yo soy tu paraíso. Soy virgen para ti, y cuando termines conmigo recuperaré mi virginidad. —Bien, decido que te quites el velo. Ella volvió a incorporarse. Apenas sacudió su cuerpo y la luz tomó consistencia líquida escurriéndose por su piel, hasta mostrarla desnuda por completo. Abdul lanzó una exclamación: era muy hermosa; dejó de pensar que se trataba de un robot o algo así, y se acercó a ella. Al rato se abrazaron sobre el césped junto a la laguna. Tariqah sabía trucos amatorios y gozaba entre sus brazos. Posturas, caricias en zonas inesperadas, palabras apenas murmuradas, gemidos cantarinos: sabía cómo hacer sentir poderoso a Abdul, y a pesar de su experiencia, era virgen. Se unieron desesperadamente. Abdul sentía que la cercanía de la destrucción, la lejanía de su hogar de las cosas cotidianas y sagradas, aumentaba su deseo, su necesidad de ser amado. Finalmente quedaron acostados, adormilados, uno junto al otro. Abdul estaba a punto de dormirse cuando lo despertó otra explosión: esta vez llegaba desde el sur, y en el cielo violeta del atardecer vio otra vez la bengala y las letras: Allah es Allah; Mohamed y al-Hazred sus profetas. Miró a la joven. Estaba desnuda, boca arriba, profundamente dormida a pesar del ruido. Su piel parecía trasparente y Abdul no resistió la tentación de tocar su vientre. Apenas lo hizo, su carne vibró desde un poco más arriba del ombligo hasta cerca del pubis: su piel cayó mostrando en esa zona una pantalla de cristal líquido. Murmuró algo sin despertar. La pantalla se encendió de pronto y Abdul la miró con atención: figuras borrosas se delinearon y poco a poco fueron cobrando nitidez. Vio al anciano, sentado en una silla curul; según el árabe loco al-Hazred, aquello era una señal de degradación para quien detentara un cargo de importancia. Desde el vientre de la chica llegó un suave murmullo que se transformó en sonidos modulados. Reconoció la voz de Taqlid. —...hay una sola forma de entender la Guerra Santa: hacerla a todos aquellos que no quieran someterse al Sagrado Islam; deberán sufrir la ordalía de las armas. Nuestros guerreros que mueran irán de inmediato al paraíso islámico; a nuestros enemigos sólo les esperan los braseros del infierno... Taqlid hablaba a la tripulación, y esas palabras eran una suerte de oración. —Estos hombres son débiles porque nunca conocieron el Islam. Nosotros se lo hemos enviado en forma de claras señales en el cielo. Les hemos dicho en su idioma y en la sagrada lengua de los profetas, la verdad que fundamenta nuestra civilización. Ahora de ellos dependerá elegir. Ya pueden hacerlo, tienen aparatos de radio por los que trasmiten música decadente y palabras vacías, tomadas de sus doctrinas sin sustancia. Saben de dónde ha llegado la explosión sorda, y pueden contestar a lo que les decimos pero hasta ahora no lo han hecho. Eso indica que están despreciando el mensaje que les enviamos... —Taqlid, queremos saber qué ocurre con Abdul —preguntó alguien. —Según nuestros informes, el hermano Abdul se ha unido a ellos. Pertenece a ese mundo y se niega a que la sagrada doctrina del Korán se inmortalice entre esos hombres... Una estática interrumpió la transmisión. Tariqah había despertado y se sentaba mientras lo miraba sonriendo. —Era lo que me temía —dijo Abdul—. Taqlid y sus hombres tomaron el control de la nave. Me declararon traidor y supongo que no tardarán en destruir el planeta. La mujer lo miró sonriendo mientras negaba con la cabeza. —Lo planean para la próxima madrugada, pero no podrán hacerlo aunque quieran: el planeta tiene vida, no está muriendo. Sus habitantes también, aunque no todos. Siempre ocurre que la vida de la tierra se trasmite a unos pocos. Cuando recién llegaste con tu nave, viste a un mendigo que te suplicó; luego a alguien desesperado por amor, y en el centro militar a alguien que tuvo un ataque de pánico. Abdul asintió. —¿Y eso qué tiene que ver? —Esos hombres están mucho más vivos que los otros. Ellos tienen pasiones y las pasiones salvan de la muerte... Tariqah se arrodilló junto a él y pasó sus brazos por su cuello. Despedía aroma a nardos; Abdul se estremeció al sentir el roce de sus pechos. —Tengo un plan para salvar al planeta. Sólo podremos hacerlo si despertamos a sus líderes, a los hombres que en realidad se encuentran vivos. —¿Despertarlos? —Sí, con las mujeres y con el vino. Yo puedo generar hasta tres imágenes mías, diferentes todas, y con ellas organizar una orgía. Las mujeres del planeta deberán por su parte ejercitar artes amatorias que acabo de enseñarles. Beberán el vino para despertar las cabalgaduras de sus cuerpos... —El Nuevo Korán prohíbe la vida licenciosa y el consumo de vino. Ambas cosas sólo podrán hacerse en el paraíso. —Ambas cosas pueden hacerlas los santos. —¿Qué quieres decir? —Tú eres un santo. Te lo digo con mi sabiduría de Fátima, la hija del profeta. Tú eres el santo y podrás no sólo beber vino y tener las concubinas que quieras, sino decidir quiénes de los que te rodean pueden participar de ello. Ambos callaron. La tarde avanzaba en el planeta, y Abdul pensó en Taqlid y sus hombres, en la posibilidad de la muerte. Las manos de Tariqah acariciaron su cuello; cerró los ojos y sintió una extraña e intensa ternura por primera vez en su vida. —Estás en un mundo desconocido, con la muerte que puede llegar en cualquier momento como una gota de rocío desde el cielo; eso lleva a unir los cuerpos y las almas, a nutrirse de vida para adorar a Allah... Ella siguió hablando y Abdul sintió sus palabras como un chorro caliente derramándose por sus vísceras; supo que ella tenía razón, que en aquel planeta la redención pasaba por la orgía sagrada y por beber el vino surgido de esa tierra. —"...juro por la noche cuando extiende su velo...", dice el profeta... la noche debe ser el momento; la noche de la Égida, la noche sin principio ni fin, la noche que vela todo. En la madrugada, la tripulación de la nave recibirá una señal por la cual este pueblo es muslim y mummid, es decir, practicará lo impuesto por el Islam con una fe interior profunda y sincera... —Ellos nunca conocieron al profeta. Sería necesario una campaña de difusión del Islam... —De eso ya se encargó Taqlid; él difundió la verdad básica del Islam en el cielo del planeta. Ella se levantó, cubriéndose nuevamente con el sayo. Abdul sintió celos anticipados al pensar que se acostaría con gente del planeta. —No debes preocuparte, amado. Soy una flor y nací para adornarte y perfumarte sólo a ti. —¿Sabías lo que estaba pensando? —Soy como un vino muy fino, que penetra por tu sangre y adivina tus pensamientos... Vamos a buscar a los líderes del planeta. Abdul la siguió; ella caminó con facilidad, pisando el pedregullo metalizado del planeta. Abdul lanzó una exclamación de alivio al ver la nave detenida en un descampado. Subió con rapidez, seguido por la mujer. —La computadora de la nave está funcionando. Si hay algún problema yo puedo filtrarme en sus circuitos y repararlo. Es necesario que veas a través de ella a los líderes. No conviene que por el momento te comuniques con la nave central... Abdul estaba lleno de dudas, aunque quería creer en lo que decía la muchacha. Encendió la computadora y activó los controles. Al rato, en la pantalla se dibujó un paisaje del planeta: un bosque de coníferas azules; el lente de la cámara remota avanzó entre los árboles hasta llegar a una figura con el mono plateado sucio y roto. —Es el mendigo que crucé cuando bajé de la nave. Tariqah asintió con la cabeza y marcó el lugar donde se encontraba el hombre. A continuación siguió buscando. Abdul reconoció la planta militar donde había estado, vio la cámara recorriendo los pasillos, hasta llegar a una barraca oscura. Allí dormía un soldado. —Es el hombre que gritó de miedo esta tarde. Tariqah volvió a marcar el lugar. Con el monitor, llegaron a un hospital: lo reconoció por las camas ordenadas y los enfermos inmóviles. Se detuvieron en uno de ellos. —Es el suicida enamorado... —Correcto. Son tres personas que viven más intensamente que los otros. Cualquier cambio en ellos afectará a todos los demás habitantes del planeta. Tariqah ajustó la consola de sonidos hasta lograr una melodía tocada por instrumentos de cuerda. Ella tomó un micrófono y cantó con voz aguda, modulada. Al terminar, volvió a pasar la película donde estaban los hombres acostados. Los tres se habían levantado; un primer plano de sus caras mostró en sus ojos un brillo extraño; miraban a su alrededor como buscando algo. —Escucharon mi voz —explicó Tariqah—. El lugar de encuentro es en la viña, detrás de una cantera abandonada. Debemos ir allí. Ahora, te invito a hacer la Kebla conmigo... Ambos se inclinaron dirección a la Meca, hasta tocar el piso con sus frentes. —"En el nombre de Allah, el clemente, el misericordioso...". Al terminar, mientras Tariqah murmuraba Dikhr, Abdul fue a lavarse y cambiarse de traje: un robot echó jabón seco sobre su cuerpo y lo cepilló. Una mano mecánica lavó y peinó cuidadosamente sus cabellos. Luego vistió un sayo blanco y unas sandalias negras. Al salir, Tariqah había terminado sus oraciones y miraba frente a sí con la mirada perdida. Abdul se acercó a ella y acarició sus cabellos. —¿No hay noticias de la nave? —preguntó. Ella negó con la cabeza—. Si Taqlid está al mando, habrá activado el robot censor y podrán registrar cualquier pecado, entre ellos el consumo de vino y la unión sexual... Tariqah sonrió. —No te preocupes. Soy una experta con los velos. La noche nos protegerá. La noche oscura es saludada por el profeta; la noche oculta y a la vez revela a quienes sepamos leer su mensaje de negrura. Además, tu nave tiene toda la energía... —Sí. —Bien, la vamos a necesitar. El mensaje de que el pueblo ha iniciado el camino del muslim debe estar en la tierra, en el aire, en el sol. El sol de este planeta ha sido plegado como un turbante, y el cielo está contenido, de modo que deberemos abrir una brecha para que estalle la luz, y a la vez, desplegar el sol... —¿Desplegar el sol? —Sí, en la sura ochenta y uno se menciona el sol plegado como señal del fin de los tiempos y del mundo; nosotros desplegaremos el sol como signo de un nuevo comienzo. La luz deberá caer sobre el planeta e inundarlo todo. Tariqah se levantó y se acercó al astrolabio. Se quitó sus ropas y otra vez el velo de luz recorrió el contorno de su cuerpo. Apoyó su mano en la pantalla del aparato y un rumor de energía se trasmitió desde ella hacia la pantalla. Volvieron a aparecer los tres hombres: el mendigo, el suicida y el soldado. —Están en distintos puntos del planeta; no tendrán tiempo de llegar por sí mismos. Es necesario usar una parte de la energía de la nave en traerlos... —¿Teleportación? Es una nave pequeña, el manual no dice nada de todo esto... Ella sonrió y acarició su cara. —Yo soy un personaje virtual: vivo entre los circuitos del sistema, de modo que puedes confiar en lo que te digo... Tariqah abrió con sus manos un armario que permanecía cerrado y sacó de él varios dispositivos. Ajustó rápidamente la pantalla, introdujo ciertos parámetros y dos linternas lanzaron al centro de la habitación chorros de luz blanca. Introdujo los datos individuales de cada una de las personas que quería traer. Pasaron varios minutos, hasta que en el centro de la pieza se formó el mendigo, con sus cabellos canosos, enrulados, hirsutos. Miró a todas partes, asustado y sorprendido. Casi enseguida llegaron junto a él el militar temeroso y el suicida. Tariqah se acercó y les habló a través del astrolabio. —El miedo es bueno, hermanos, el miedo anticipa los grandes cambios; pero ahora los exhorto a que dejéis de temer. Proyectaré tres imágenes mías para brindarles caricias... Si nunca tuvieron una orgía sagrada, es tiempo de que la vivan. Donde se produjeran las teleportaciones, apareció primero una imagen femenina, vestida con gasas y tules; se podía advertir con claridad su cuerpo sugerente. Despedía un intenso perfume a pachulí. Bailó alrededor de los tres hombres, abrazando a uno y a otro. Llegaron rápidamente una segunda y una tercera. Abdul advirtió que no eran parecidas a Tariqah, quien le sonrió cómplice. —Eso es para que veas que te pertenezco exclusivamente... Ahora cortaré el vínculo entre sus conciencias y la mía. Ellas serán responsables de sus actos, de su privacidad, responsables por completo. Tariqah encendió la computadora de la nave y dividió en dos la pantalla del monitor: una mitad mostraba los lugares donde debían ir y en la otra los mapas. —Aquí hay un espacio natural entre dos montañas. La bodega está detrás; estas plantas pertenecen a la viña. Ellos beberán toda la noche de este vino, muy fresco, que además de embriagar eleva el espíritu. En tanto nosotros nos ocuparemos del despliegue del sol y de la hendidura del cielo. Serán señales más que suficientes para la nave central. Debemos apurarnos. —¿Señales suficientes?: Taqlid es un fanático y se empecinó en destruir el planeta. A pesar de brindarle señales, él las puede interpretar en el sentido opuesto que tienen. Tariqah no dejaba de sonreír. —Eso ocurriría de no haber avisado yo al comando central en la tierra y al Gobierno Mundial Panislámico. En este momento deben estar recibiendo mi mensaje que contiene una filmación sobre todo lo que ocurrió en la nave. Taqlid no podrá negarse a una orden llegada de sus jefes... Abdul la miró asombrado. Más allá, cada una de las mujeres hablaba fluidamente con los hombres. Estaban cerca unos de otros; las bocas se unían casi recogiendo el aliento. Los hombres estaban emocionados y sus rostros reían al encontrarse quizá por primera vez en su vida frente a mujeres tan hermosas. —Me hablaste de hendir el cielo y desplegar el sol... ¿Cómo podremos hacerlo? —Eso es fácil; se trata de aplicar principios físicos. Lo difícil es lograr esto que ves: generar la pasión en este pueblo, tan falto de vida. Piensa que el Islam se encuentra en cualquier forma de vida que crece, que se desarrolla y ellos están empezando a vivir —señaló a los hombres que reían y besaban a las mujeres—. El planeta no lo sabe, pero son sus líderes; si ellos viven, el resto vivirá... Abdul acarició el rostro de Tariqah y ella devolvió la caricia... —Te amo... debemos unirnos, unirnos íntimamente. Abdul la besó en los labios y sus manos buscaron sus pechos; ella lo apartó con suavidad. —Sí, quiero ser tuya. Estoy programada para ser madre, para darte hijos, pero antes quiero ser tuya de otro modo... Tariqah miró a las mujeres y a los hombres: estaban bastante más allá hablando íntimamente unos con otros. Se quitó el sayo y descubrió sus pechos. —Pasa tus manos por ellos y apriétalos fuerte, desde la raíz hasta el pezón, como si recogieras algo... Abdul obedeció. La mujer cerró los ojos, y mientras la acariciaba ella pasó los dedos por sus cabellos. En la tercer caricia, al llegar al pecho derecho, Abdul sintió en esa mano algo que se movía; la abrió: era una réplica de la chica, totalmente desnuda y arrodillada con la cabeza en el suelo. —Soy yo misma haciendo la Kebla. —Deberé tragarla... —...como es la práctica impuesta por al-Hazred. Abdul obedeció y metió en su boca la pequeña figura. La paseó por su lengua: el cuerpo diminuto despedía un fuerte olor a albahaca. Lo tragó y sintió por su esófago una enorme sensación de suavidad. Al relajarse, advirtió cuán ansioso y tenso lo tenía todo aquello; la reproducción de la joven dentro suyo lo invitaba a abandonarse en un absoluto que emergía de su garganta, llenándolo de un sabor blando y dulce. —Vamos —la voz de Tariqah lo guiaba—, debemos llevar las parejas hasta la viña. Deberás hablarles. Necesitan la voz de un hombre. Abdul se acercó a ellos y miró a la chica sin saber qué decir. Ella lo animó con la mirada. —Hermanos en la fe: hoy vuestras venas se llenarán del buen vino que las colmará de vida. Volverán a hacerlo la noche en que lleguen al paraíso a contemplar la faz de Allah. Hoy conocerán las dulzuras femeninas; junto con el vino beberán de estos labios hechos para ser besados y cuando el sol desplegado vuelva a brillar en vuestro planeta, estarán embriagados de placeres, mientras la hendedura del cielo arroje chorros de luz... Abdul dejó a las parejas en la parte central de la nave, y acompañado de Tariqah se sentó en la consola de mando; marcó el rumbo en dirección a la bodega, ubicada al este. El vehículo despegó lenta y perezosamente; en pocos segundos se movió con rapidez. —Bajemos lo necesario para que las parejas desciendan —dijo Tariqah—; a continuación necesitaremos toda la energía de la nave para hendir el cielo y plegar el sol... Abdul sintió un calor intenso en su vientre; subió lentamente por sus venas; y pareció que a su alrededor todo se deslizaba con facilidad y rapidez, como si acabara de beber vino. —El cielo en la parte sur del planeta está formado por cúmulos gruesos de nubes. El láser de la nave puede perforarlas trazando en ellas un enorme canal. El cielo que se hiende: señal del fin de los tiempos y también del principio de una era... La nave con forma de mezquita se alzó, y pudieron ver debajo suyo las luces titilantes. Abdul sintió que la ciudad era un enorme animal desplazándose lentamente, acechando, dispuesto a saltar y hacer el amor con una hembra de su especie. Sintió los brazos de Tariqah, abrazada a su hombro mientras él manejaba los controles. La muchacha olía a hierbas. —Estamos sobre la bodega —dijo de pronto—, dirige el rayo de teleportación. Abdul obedeció, mientras la chica ordenaba a las parejas para que se pusieran en posición de ser trasladadas. La pantalla del visor trasmitió a Abdul la imagen del lugar: un jardín con canteros donde crecían flores extrañas, rodeado de árboles, con un arroyo y un lago cristalinos. En pocos minutos los tres habitantes del planeta y las tres réplicas de Tariqah llegaron al lugar. Siempre a través de la pantalla los vieron inclinarse sobre un tonel hundido en la tierra y beber vino con sus labios. Lo fueron haciendo de a uno, hasta que de pronto los llenó la alegría y empezaron a bailar. —Ahora hay que subir hasta encontrar la silueta del sol. Abdul remontó vuelo. El sol de aquel lado del planeta tenía un brillo azulado. —Al estar plegado como un turbante, su luz disminuye día a día. Además toda luz que se encienda en el planeta ajusta su intensidad con la de este sol. Si logramos que brille en todo su esplendor, la vida en este mundo recibirá el enorme impulso que necesita. Tariqah explicó que la nave disponía de un par de brazos mecánicos y extensibles para actuar en la superficie solar. —Estrictamente hablando no es necesario que tomen al sol de los bordes y lo desplieguen; este proceso puede lograrse si cambiamos la composición molecular del centro del astro. La cantidad de calor que emita será la misma, lo que cambiará será su grado de luz... La chica conocía la forma de activar el robot: Abdul no estaba al tanto de esa parte de la máquina, reservada tan solo a los ingenieros. Desencriptó varios programas comprimidos, que pondrían en marcha los brazos mecánicos. Una aleación de amianto y metales duros recogidos de la luna terrestre, había formado las largas manos que llegaron al sol. El proceso fue rápido: las explosiones se registraron por los baremos de las computadoras, y en pocos minutos, la silueta del sol pareció crecer, extenderse y su luz se hizo enceguecedora. —Debemos ir a la zona sur del planeta, donde están las nubes negras de amoníaco. Abdul dirigió la nave hacia allí, mientras detrás de ellos, el sol estallaba en haces de luz tornasoles que recorrían todos los colores del espectro. Llegaron a la zona más baja de la atmósfera, y la nave voló cerca de las nubes. Se extendían con un espesor de más de tres kilómetros, dando la vuelta al planeta, formando una urdimbre y una trama que evitaba la difusión de la luz. —Ahora, el láser... Tariqah buscó en las computadoras el rayo más potente, lo activó y la línea blanca, brillante con doble filo, vertical y horizontal, como un alfanje, perforó la línea de nubes. En pocos segundos, la nave recorrió miles de kilómetros. Abdul vio en el visor digital los avances del láser: al parecer, el canal se iba cerrando a medida que avanzaban. —No te preocupes —dijo la ella al terminar la primera línea—. Es necesario que lo perforemos siete veces antes de que la hendidura se consolide y el cielo quede abierto... Lo hicieron y al pasar con el láser la séptima vez, el sol cayó a chorros, inundando la nave. Aquello adelantó varias horas la llegada del amanecer en todo el planeta. A continuación volvieron hasta el lugar donde se celebraba la orgía sagrada: en una saliente, los hombres y las mujeres habían quedado dormidos. Ellas yacían desnudas, en distintas posiciones, mostrando la hermosura de sus cuerpos; Tariqah dirigió hacia una de ellas su mano, con la que hizo un extraño gesto: la hurí pareció vibrar y rodearse de un extraño halo hasta disolverse en el aire con chispas de luz líquida, que llegaron a Tariqah y la recorrieron. La chica hizo lo mismo con las otras dos. —Ahora puedes encender el astrolabio. Abdul se apuró a hacerlo: apretó los botones para comunicarse con la nave, y una imagen conocida surgió en la pantalla. —Las comunicaciones están intervenidas —era un hombre calvo, integrante del Gran Comité Panislámico—. ¿Eres Abdul Arabih? —El mismo, señor. —Abdul Arabih, en el nombre de Allah, el Clemente y Misericordioso, te exhorto a que cuentes lo ocurrido desde que llegaste al planeta. Abdul lo contó obviando la aparición de Tariqah, explicando que había descubierto en el planeta rastros de un resurgimiento espiritual y que las señales serían en principio la presencia de individuos movilizadores de la gente y la gran hendidura del cielo en la parte sur del planeta. —No me puedo comunicar con la nave desde ayer. —¿Y a qué atribuyes tu falta de comunicación? —Sé que Taqlid, con su pensamiento rígido, había hecho algún planteo al anciano comandante. Antes que yo bajara, se había entablado una discusión acerca de nuestra actitud con el planeta, si había que eliminarlo a través de la Jihad, o correspondía investigar. —Así es, Abdul. Taqlid cometió otro