=========================================================================== Editorial Letralia * http://www.letralia.com/ed_let =========================================================================== LIBRO DE HACEDORES La Tierra de Letras celebra a Borges Varios autores === Prólogo =============================================================== A, como, sobre Jorge Luis Borges Han pasado muchos años desde que Jorge Luis Borges alucinó: "Yo he procurado rescatar del olvido un horror subalterno: la vasta Biblioteca contradictoria, cuyos desiertos verticales de libros corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira". Ahora el autor que habló de siglos tiene uno completo para sí. En el centenario de Borges, el 24 de agosto de 1999, la revista Letralia abrió sus puertas, mediante una convocatoria lanzada a los cuatro vientos, a un grupo de escritores que concordó con nosotros en escribir este libro colectivo, que aparece, como cosa de maravilla, en la gran biblioteca de silicio, de arena, cuyos libros todo lo afirman, lo niegan y lo confunden cual divinidad delirante. Libro de hacedores está dividido en tres secciones, cada una de las cuales ostenta petulante el título de una obra de Borges: seis cuentos componen la sección Ficciones; otros seis poemas componen El hacedor y una decena de artículos completan el conjunto con Discusión. Todos textos que han sido escritos en homenaje a Borges, en imitación o bajo clara influencia de su estilo (o de sus estilos), o con la intención de dilucidar variados aspectos de su obra. Jorge Gómez Jiménez Editor jgomez@letralia.com ================================ FICCIONES ================================ === Lugones y el vaso de alabastro ======================================== Max Dasso (mcd2@is2.nyu.edu) a Carla Suárez, que lo leyó una mañana fría en París Era una tarde de calor agobiante en el eterno verano egipcio de principios de siglo. Su Majestad estaba por terminar un sueño de 3.500 años, desde la decimoctava Dinastía y continuando con el reinado de Tuthmosis III. El silencio perfecto y la oscuridad absoluta la habían acompañado durante todo ese tiempo, y fueron testigos del repiqueteo irregular de los cinceles y martillos, que avanzaban poco a poco por entre los gruesos muros. A pocos kilómetros de la ciudad de Deir el-Bahri, cerca de Luxor, en el Valle de los Reyes, tres arqueólogos ingleses estaban a punto de entrar en el sepulcro de la reina Hatshepsut. Sus únicas guías habían sido unos papiros (que habían tratado de interpretar sin demasiado éxito) y fragmentos de la tradición oral de los últimos descendientes de los hyksos, en los alrededores de Deir el-Bahri. Luego de haber rastreado la región durante varios meses, habían llegado finalmente a un túnel secreto y, pasando por dos cámaras ficticias, a la pared que los separaba del sepulcro. Cuando abrieron el primer boquete, el aire milenario de los tiempos de Hatshepsut, mohoso y denso, casi corpóreo, avanzó como una ráfaga viviente. Corrió por las antecámaras y el túnel secreto y llegó a la superficie, al desierto, al cielo anaranjado de Deir el-Bahri, donde en ese preciso instante brilló la primera estrella vespertina. Los arqueólogos acercaron sus lámparas de petróleo: contemplaban extasiados el sarcófago de oro; las estatuillas de marfil, ónix y lapislázuli; el gran sillón que había servido de trono a la reina; su cetro y sus objetos personales y las paredes recubiertas de pinturas. En mayo de 1923 se encontraba en Buenos Aires Mr. Richard Neale, quien haría una presentación privada, en un salón del Plaza Hotel, de varios objetos encontrados en las expediciones arqueológicas al Valle de los Reyes. El escritor Leopoldo Lugones había sido invitado, ya que era conocido su interés en el arte del Antiguo Egipto. Cuando Lugones llegó al Plaza, lo recibió Mr. Neale, y comenzó a darle una breve introducción sobre los objetos hallados en las distintas excavaciones, y las dinastías faraónicas a las cuales pertenecían. Como llamado por una voz hipnótica, Lugones notó un vaso de alabastro que había pertenecido a la reina Hatshepsut. Mr. Neale se dio cuenta de esto y le comentó que, hasta la fecha, los estudiosos no habían podido descifrar el significado de los cinco jeroglíficos grabados en el vaso. El escritor parecía sumido en un trance. Una hermosa mujer de la alta sociedad porteña se acercó a Mr. Neale, y mientras hablaban, Lugones tomó, con reflejos torpes, una libretita que siempre llevaba consigo en el bolsillo interno de su saco, y copió lo más fielmente posible los cinco jeroglíficos. Luego de su estadía en Buenos Aires, Mr. Neale volvió a Londres y retomó sus actividades en el British Museum. Lugones continuó con su carrera literaria y política. Sin embargo, el significado del vaso de alabastro lo obsesionaba cada vez más. Consultó los textos arqueológicos y mantuvo correspondencia con los mejores estudiosos de jeroglíficos de Europa, Egipto y Norteamérica. Mandó a traerse incluso una réplica de la piedra de Rosetta, descubierta por Champollion. Pero todo era inútil; no conseguía avanzar en su investigación, y sus amigos y colegas lo veían caer en frecuentes pozos depresivos. Ya adentrada la madrugada, a fines de 1937, una copia del libro "Las instrucciones para el Rey Merikare" cayó de la mano de Lugones, cuando el escritor concilió el sueño. Entre murmullos arcanos y sonidos de lenguas ya extintas, Lugones fue llevado a una habitación amplia y airosa, con dos grandes portones arqueados de donde pendían enormes cortinas de lino blanco. El sol tajante del desierto se filtraba por entre las cortinas, permeando con su luz toda la habitación. Las cortinas se ondulaban con el viento cálido y seco. Lugones se acercó lentamente a un portón, y pudo contemplar el Nilo, rebosante de fuerza y de vida. Las hojas de las palmeras y los arrozales en las riberas parecían amacarse a la par de las cortinas, y en una procesión de barcas que navegaba el río, notó, cerca de una proa, una inscripción difusa que fue haciéndose cada vez más grande y más nítida, hasta que pudo distinguir claramente los cinco jeroglíficos del vaso de Hatshepsut. El tiempo pareció detenerse y frente a Lugones pendía una esfera formada por infinitos prismas, y en su interior apareció un ibis que se posaba junto a la base de la Gran Esfinge en Giza, y en su plumaje sedoso estaban la ciudad de Tebas y las costas del Mar Jónico; la fortaleza de Thai-gin construida por el rey Dor y el jardín de la Alhambra; el rostro del Hykso, enemigo de la reina, y la Tierra de Punt en Somalía; las últimas palabras de Antinoo a Adriano antes de ahogarse; la mano en Altamira que pintaba con trazos negros y rápidos los dos últimos jeroglíficos. Lugones supo entonces que estos dos eran fatídicos: en honor a Hatshepsut, única dueña real del Gran Secreto, era preciso inmolarse por haber tenido acceso al conocimiento del Principio y del Fin; a la diosa Heka, la fuerza creadora; al tiempo y al cometa... Lugones despertó sobresaltado, con la angustiosa certeza de que su destino ya había sido trazado 3.500 años atrás, en la superficie pálida de un vaso de alabastro. Abandonó sus estudios y trató de olvidarse de todo. Intentó reunir fuerzas para retomar la producción de dos libros que tenía pendientes y continuar con su militancia nacionalista. Pero a partir de esa noche sentía que una especie de ardor viscoso se expandía en sus entrañas, como el magma en un volcán a punto de estallar. Desesperado, se hospedó en febrero de 1938 en un recreo de una isla del Tigre con la intención de calmar sus nervios. Fue en vano: el día 18, sin motivo aparente, se había suicidado. No se sabe si antes de morir dejó algún documento sobre los tres primeros jeroglíficos de Hatshepsut. Sin embargo, escribió un cuento titulado "El vaso de alabastro", dedicado a Alberto Gerchunoff. Publicado en Letralia 48 (1/6/98) === El laberinto de Aldana ================================================ Ricardo Iribarren (iribcita@favanet.com.ar) Aldana vivía en el segundo piso de un edificio antiguo en la zona oeste de la ciudad. Gruesas puertas de madera labrada, herrajes de bronce, y al entrar un pasillo de paredes muy blancas con copiosos bajorrelieves cerca del techo. El ascensor era moderno, y una voz sin sexo anunciaba los pisos cuando la carga estaba completa o no habían cerrado adecuadamente la puerta. Al escucharlo, Aldana, profesora en Letras, recordaba a Lorca; lo imaginaba parado en la estatua de la libertad, recitando su amarga y metálica poesía sobre Nueva York. Llevaba cinco años de casada con otro profesor en letras, Lázaro, ahora sin trabajo. Mayor que ella, hacía dos años había tenido un infarto y esperaba su jubilación por invalidez. Muchas veces recordaba o soñaba con el día del infarto: dolor agudo, angustia; la internación en urgencia, la isquemia y luego el diagnóstico: "infarto producido por bloqueo arterial...". Su marido se negó a someter su destino a manos humanas y no se operó como aconsejaban los médicos. Pareció rodearse de una espesa burbuja dentro de la cual se concentró en lo que siempre había sido su pasión: la lectura de Jorge Luis Borges. —Nadie escribió un estudio sobre Borges, sobre su obra, nadie hizo una exégesis completa, nadie se ocupó de sus problemas, de la historia de sus inquietudes que es toda su obra. Los ingleses han escrito tomos sobre Shakespeare y nosotros ni una palabra sobre él —repetía mirándola con sus ojos que alguna vez fueron verdes, y que ahora con pequeñas manchas celestes, se ocultaban debajo de sus anteojos. Cuando mencionaba al escritor, era la única vez que Aldana los veía brillar. Al volver de su trabajo, las horas se extendían en el departamento: paredes forradas con papel estampado en flores, relojes cada tres metros, un cuadro de un discípulo de Rembrandt en el que aparecían sátiros corriendo ninfas entre los claroscuros... y su marido concentrado en Borges, mientras ella se sentaba frente a la pantalla del televisor y cambiaba de canal en canal, acumulando desazón. Después preparaba la cena, el plato de sopa, la carne asada, rutinariamente sin sal. Miraba a Lázaro mientras la comida se enfriaba. El cigarrillo ausente se adivinaba en el temblor de sus dedos teñidos de nicotina, en su tender la mano frente a sí al terminar de comer, y encontrar sólo el libro de Borges. Y repetía lo mismo: —Vos lo sabés, Aldana, "una aproximación teórica a Borges". Así se llamará mi ensayo. Ella hablaba con tono tranquilo, pero volcando su resentimiento que iba acumulando y aumentando día a día. —Si querés comprender a Borges, no debieras estudiarlo; ni siquiera leerlo. Tendrías que ser lo que él quiso y no pudo. Deberías hacerme prostituir y convertirte en cafiolo; deberías matar a un hombre a la luz de un farol o simplemente convertirte en un tigre con un mensaje extraño en sus rayas... Lázaro sonreía sin sospechar la ironía, el resentimiento, la erosión lenta de la relación que se centraba en el grueso libro de las Obras completas. Había quitado las tapas a los cuatro tomos, haciéndolos encuadernar en un solo volumen, formando un todo simbólico, un universo cerrado; desde la portada el escritor miraba sonriente, como guiñando un ojo. Las noches sin sexo; sólo dormir en la misma cama, él repasando algunos pasajes del libro, para conciliar el sueño. Las drogas sedantes y anticálcicas lo dejaban como desmayado sobre su costado derecho, con la boca abierta mostrando su paladar sin prótesis, su encía casi sin dientes. Una imagen divergente de lo que había sido. Apenas se acostaban ella repetía la misma frase, como completando lo que había dicho en la cena. —Este es tu sueño, tu pura diversión de tu voluntad; si tenés un ilimitado poder, dedicate a causar un tigre... Él nunca escuchaba la frase completa, ya que cuando llegaba a "voluntad", sus ronquidos rebotaban contra los bajorrelieves. Ella tardaba en dormirse; los visillos de la ventana mostraban retazos del mundo que parecía detenerse en el corazón del departamento; conjuraba la angustia por varios ejercicios, aunque reconocía que servían sólo para disimularla o demorarla. Pronunciaba el alfabeto de atrás para adelante y recordaba sus tiempos de estudiante, su militancia en el Peronismo de Base, donde Borges era el "monstruo gorila"... En el instante en que olvidaba su lenta petrificación entre aquellas paredes, el sueño la ganaba como un violador que hubiera estado acechando durante todo el día. Una de aquellas noches soñó con el troyano, amante de Helena; con su huida desesperada y sus cabellos rubios enredados en las ramas del ciprés; sus verdugos, más pequeños que él, pero con aspecto terrible. Escuchaba al soberbio, al vanidoso, clamar piedad, llamar a Helena como si pudiera ayudarlo. Su cobardía se exhibía sin pudor por encima de su belleza. Aldana era el amante de la mujer que había producido la larga guerra entre dorios y aqueos. Veía por sus ojos la muerte que se acercaba; muerte cruenta, pero que recibía con júbilo, ya que interrumpiría esa agonía de sátiros impotentes en claroscuro y bajorrelieves oprimentes. Despertó con el corazón latiendo fuertemente y permaneció un rato con los ojos abiertos fijos en el cielo raso. Se volvió e intentó dormirse otra vez. La persiana estaba rota: nunca la habían arreglado. A través de los visillos entraba la luz del farol de la esquina y daba sobre sus ojos; pero no era eso lo que le impedía conciliar el sueño. Trataba de imaginar un paisaje marino, en el que las gaviotas volaran a la altura de ella; un atardecer en la playa... y a su lado su marido, leyendo, devorando el libro de Borges, haciendo anotaciones en los márgenes... Se levantó despacio, aunque Lázaro dormía tan profundamente que ningún ruido podría despertarlo. Fue en busca de un relajante vaso de leche tibia y bebiéndolo lentamente volvió al dormitorio; encendió la tenue luz del lado de su esposo. Su torso estaba levemente encorvado, dejando un hueco sobre la sábana de abajo donde estaba el libro. Una de sus manos, delgada y huesuda sostenía el rostro de Borges. Aldana no contuvo las lágrimas, la rabia silenciosa, la pantomima del dolor: la escena le mostró la clave: había sido cambiada por aquel libro. ¿Qué era la obra de Borges? Apenas un largo puñado de palabras bien escritas, bien hilvanadas; pensamientos, juegos intelectuales, frías poesías, lejanos ensayos; separó la mano de su esposo, tomó el libro, lo miró y lo abrió. Tenía círculos hechos con lapicera, largas anotaciones en los márgenes, párrafos subrayados con diferentes colores y hojas escritas con la apretada letra de su esposo como señaladores. Lo abrió y cerró con algo en su mente. Lo apoyó en la cómoda, y se acercó a la puerta de entrada, abriendo la mirilla que daba al pasillo: solitario, ya que eran más de las tres de la mañana. No estaba segura de hacer lo que pensaba. Se volvió: el libro, sobre la cómoda, proyectaba sobre la pared contraria una sombra gigantesca producida por la suave luz del velador. Debía terminar con esa oscuridad siniestra costara lo que costase. Algo le decía que si su esposo se había aferrado a eso, no había que cortarlo de pronto, que era necesario esperar, pero ella no podía más: era una carga demasiado pesada. Tomó el libro despacio; tenía la boca seca. Abrió suavemente la puerta; a pesar de la intensidad del sueño de su esposo, abrió despacio. Antes de volver a cerrar constató que Lázaro siguiera durmiendo profundamente. Caminó descalza hacia la mitad del pasillo donde quedaba la entrada al compactador. Por allí arrojaban diariamente desde todos los pisos, bolsas con residuos que, prensados, formaban enormes paquetes, llevados luego por los camiones que transportaban la basura. Abrió la puerta y se asomó por ella: nunca lo había hecho y desde el fondo llegaba un rumor permanente y un aire caliente que le golpeaba la cara, trayendo olores de descomposición. Vaciló un instante; por un momento reflexionó; pensó que su odio no debía ser contra Borges: en tanto el libro estaba casi en el borde del agujero negro; no tenía por qué dejarlo caer: sabía que unas cuchillas lo rebanarían y luego lo mezclarían a restos de naranjas, yerba de mate usada, trozos de grasa, huesos, papeles de diario... se sobresaltó al escuchar el ruido del ascensor que bajaba y en ese momento soltó el libro. Se asomó, estiró la mano tratando de alcanzarlo; lo vio por un momento abrirse en el aire, como un pájaro espectral, y mezclarse con el aire tibio, con el rumor que llegaba desde el fondo, para luego perderse en la oscuridad. No escuchó el sonido que pudo haber hecho al caer. Se apartó del compactador, y se asombró al comprobar que estaba temblando; el ascensor volvió y se detuvo en el piso. Antes que la vieran volvió al departamento con rapidez como si acabara de cometer un crimen. El resto de la noche no durmió. Miró la luz del farol de la calle que entraba en el cuarto. En su mente rondó cantidad de pretextos poco convincentes. A eso de las cinco de la mañana dormitó un rato, cuando la despertaron ruidos en la cocina. Era su esposo. Estaba bebiendo un vaso de leche. —Querida, ¿viste el libro de Borges? —No, en absoluto —contestó molesta—, tendrías que fijarte si cayó debajo de la cama, porque siempre dormís con él... —Ya me fijé, pero no está... ¿vas a salir? Aldana había terminado de lavarse los dientes y se estaba vistiendo. —¿No viste la hora que es? Tengo clases de mañana. —Pero antes podrías ayudarme a buscarlo, no me puedo agachar ni hacer fuerza para bajar los bolsos que tenés arriba del ropero. —¿Y desde cuándo guardás ese libro en los bolsos que están arriba del ropero? Debe estar en algún cajón, en un lugar visible, evidente... Tomó café con rapidez, comió algo, se despidió rápidamente de los ojos azules de Lázaro, interrogantes, implorantes. Salió, bajó en el ascensor y al llegar a la planta baja se detuvo en el palier. Su corazón latía con fuerza: se sentía una asesina. Podía sonar ridículo, pero si ese libro, ese trabajo era la vida de su esposo ella se la estaba quitando. El resto del día estuvo distraída en su trabajo, se equivocó varias veces al dar la clase, y cerca del mediodía, al mirarse en el espejo del baño se asombró al ver sus ojeras. Se dijo que era lógico ya que no había dormido, y mientras se maquillaba, descubrió que no quería volver a su casa, que no quería encontrarse con la mirada culpable de su esposo. —No tengo otro lugar adónde ir —reflexionó en voz alta; pensó vagamente en aceptar la invitación que siempre le hacía para comer el profesor de gimnasia pero desechó la idea; fue hasta la parada deseando que el colectivo demorara, pero esta vez fue más puntual que nunca. Al llegar prestó atención a los enormes camiones que cargaban los bultos compactados. Tuvo la intención de detener a los obreros, pero no se animó. Subió hasta el piso, y entró al departamento. Su marido la esperaba sentado en la cama; se restregaba las manos y al entrar la miró. —No encuentro el libro —fue lo primero que dijo —¿Y qué querés que haga? —contestó con fastidio, casi gritando—. ¿Querés que me convierta en el libro de Borges? Quizá de esa forma me des un poco de pelota... Él no contestó. Siguió mirándola y restregándose las manos. —No entendés —dijo por fin—, lo necesito. Vos lo sabés... Aldana hizo como si no lo escuchara. Lázaro era intuitivo y sabía que ella tenía responsabilidad en la desaparición del libro; sus ojos le dolían, la llenaban de angustia; debía ser así: él no era capaz de reprocharle nada, sino de hacerla sentir culpable hasta lo insoportable. Sirvió trozos de pollo deshuesados, secos, con algunas papas hervidas. Comieron en silencio. Su marido lo hizo lentamente y dejó la mitad de la comida. —Está bien, fui yo —dijo ella por fin. —¿Qué fuiste vos? —A la madrugada arrojé el libro por el compactador. Hubo un largo silencio, en el que Lázaro dejó de mirarla. Aldana se sintió un poco más tranquila al no recibir sus ojos implorantes. —Fui yo; habías terminado queriendo más al libro que a mí. —Es que me faltaba poco —se sobresaltó; la voz de Lázaro no era la misma, parecía surgir del estómago, y apenas movía los labios. —¿Te faltaba poco para qué? —Nunca entendiste a Borges. Lo tuyo fue siempre análisis literario, y nunca me entendiste cuando te hablaba del análisis teórico... —Supongo que ahora tampoco te entiendo. —Desde niño sentí angustia; un sentimiento que iba y venía, y ahora se instaló definitivamente. Sé que mi cura, que la transformación de todo está en la obra de Borges. Es como en el cuento "El lenguaje del tigre", ¿te acordás? El indio está sentenciado a morir, pero puede liberarse si en la noche anterior a su ejecución interpreta el lenguaje que está en las rayas del tigre en la cárcel contigua. La obra de Borges tiene la forma de un laberinto, pero hay una forma de salir del laberinto y cuando uno lo hace, encuentra la fuente de todo... hasta de mi propia recuperación. Borges escribió con cierta lógica, con cierta coherencia dispersa en sus poesías, en sus cuentos, en sus ensayos. Yo estaba por encontrar su clave, la que me permitiría la verdadera lectura, llegar a la palabra clave con la que podría transformar el mundo y antes que nada transformarme a mí... Lázaro no siguió hablando. Aldana miró el reloj: llegaría atrasada a las horas de la tarde. —Nunca me dijiste eso, pero entendeme. Aunque lo hubiera sabido, igual me hubiera sentido desplazada por un libro. Así somos las mujeres... Ensayó una sonrisa, pero su marido tenía los ojos perdidos en algún lugar del cuarto. Por primera vez en su matrimonio, sentía que no estaba escuchando lo que decía, que no encontraba sentido a sus palabras. Lo besó en la boca y lo sorprendió la frialdad de sus labios. Aquel día en la escuela todo se complicó: la rectora la llamó para reprenderla por un desorden cometido en su clase, el profesor de educación física que quería invitarla a comer estuvo más pesado que nunca y debió poner amonestaciones a un alumno. A esto se juntaba que tenía dos turnos seguidos. Llamó dos veces a su casa, pero Lázaro no contestó. Esto era normal: concentrado en la obra de Borges, no quería que lo interrumpieran, y no prestaba atención a la campanilla. Pero ahora Borges no estaba. Aldana confiaba en que podría rearmar la obra con ejemplares sueltos de los publicados por Losada. Recordó que estaban El informe de Brodie, El libro de arena, Historia universal de la infamia... Antes de volver llamó otra vez desde la cabina, pero no contestaron. Si bien le quedaba poco dinero, ya que estaban a fin de mes, tomó un taxi para volver a su casa y cuando subió al departamento encontró a Lázaro en la misma posición en que lo había dejado después de desayunar: mirando frente a sí, fijamente. —¿Estuviste así todo el día? —preguntó mientras se quitaba el abrigo—. ¿No te bañaste, no intentaste hacer algo? Él negó con la cabeza. —Te dije que no entendías. Borges era un universo y yo estaba por descubrir su clave. Se acercó a él y acarició su cuello. —No te preocupes, tonto, cuando cobre te voy a comprar otra edición de las Obras completas... Ahora vení, vamos a bañarte. —Estoy muy cansado... Aldana miró con alarma sus brazos flojos, su mirada. Él nunca había sentido dolor durante el infarto, y el médico le había dicho que en su dolencia "el cansancio era el equivalente del dolor". Recordó rápidamente las indicaciones. Tomó un Digoxín, le abrió la boca y lo metió debajo de su lengua. Llamó a la ambulancia y al médico de cabecera, al que no encontró. Recurrieron a la guardia de la clínica, lo llevaron en ambulancia y tomaron un electrocardiograma. —Está descompensado —dijo el médico—; la isquemia se ha agrandado. Aparentemente no es nada grave y podemos sacarlo del cuadro... pero debe haber pasado algo, debe haber tenido un disgusto... Con dolor, entre sollozos, Aldana contó lo que llamó "el crimen", es decir su acto de la noche anterior por la cual el libro de las Obras completas de Borges estaría rodeado de salamines, cebollas, revistas de folletines, envoltorios de supermercados... en un mismo y enorme paquete dispuesto a ser reciclado en alguna parte. —Eso es algo que puede repararse —dijo el médico con tono comprensivo— cuando puede le compra otro ejemplar igual y listo. Era la única alternativa. Aquella noche, Aldana la pasó en el pasillo del hospital y respiró cuando a la mañana le dijeron que su esposo estaba fuera de peligro. Entró a verlo: su torso parecía haberse consumido. Sus pies asomaban por debajo de la sábana de la cama en la sala de terapia intensiva; todo él parecía haberse encogido alrededor de sus ojos que seguían fijos, azules, como descoloridos. Aldana se acercó y le acarició la cabeza —Volvemos a casa y todo será como antes... —Sí, sí... —dijo él mientras negaba con la cabeza. La vuelta a la casa requirió dos exámenes semanales en los que debían ver al médico, ajustar la medicación y la dieta. Aldana esperó con ansiedad el día de cobro, fue a la librería y ansiosa compró las obras de Borges: la última edición de los cuatro tomos, cuidadosamente envueltos para regalo. Lázaro acostumbraba a sentarse frente a la pared este del departamento. Como ella insistía en que lo hiciera frente a la ventana, cambiaba de posición cuando reconocía sus pasos en el pasillo. Aldana lo encontró moviendo su silla, cambiándola de lugar. —Te traje una sorpresa —dijo alcanzándole el paquete envuelto en papel rosa con un moño rojo—. Abrilo, abrilo... es lo que menos te esperás. Con desgano Lázaro rompió el papel y abrió el paquete. No dio muestras de emoción al mirar los libros; lo abrió, revisó sus páginas casi pegadas, y los dejó sobre la cama. —¿Qué pasa? ¿No es eso lo que querías? Lázaro negó un buen rato con la cabeza antes de responder. —Aldana, seguís sin entender. Cuando yo te hablaba de un trabajo teórico sobre Borges vos imaginabas un libro, pero yo me refería a los párrafos subrayados con diferentes colores, a las anotaciones al margen, a las referencias temáticas, a las derivaciones a otras páginas... fue en eso en que estuve ocupado todos estos meses. En el volumen que tiraste yo había trazado una guía para llegar a lo más profundo de Borges, y estaba por terminarlo. Ahora no tengo fuerzas para empezar todo otra vez. El llanto invadió a Aldana. Se arrodilló junto a Lázaro y apoyó su cabeza sollozante que él acarició. —¿Todas las cosas que echamos por la entrada del compactador van a dar a la máquina? —preguntó por tercera vez Aldana a don José, el portero español, quien se rascaba la cabeza sin entender exactamente la requisitoria. —Quiero decirle: algo grueso, duro, rectangular, pesado, es decir un libro más o menos grande, ¿puede caer afuera de la máquina que lo compacta? —¡Ah! ¡Usted quiere saber si puede caer afuera..! —Exacto. —Sí, vea, si es una cosa gorda y pesada como un libraco grueso y antiguo, puede trabar la máquina o caer fuera del paquete compactado. —Y la máquina, ¿se trabó estos días? —No, no; funciona como un reloj. —En caso de caer, ¿dónde pudo haber ido? —Mire, hay un cuartito al que resbalan las cosas que no entran en la máquina... —...que usted limpia de vez en cuando. —Todos los miércoles, señora, todos los miércoles. Para eso me paga el consorcio. —Es decir que hoy estamos a viernes y todavía no lo limpió. —Así es, no. Aldana se detuvo. Pensó pedirle al hombre que se fijara, o la acompañara al lugar que describía, pero sentía que buscar el libro era su responsabilidad exclusiva. —¿Puedo tener acceso a ese lugar? —Pos claro, señora, usted tiene la llave: está en el manojo que le dieron cuando compraron acá... No tiene cómo equivocarse: además de las de la puerta de entrada y de su departamento, usted tiene tres más que son de la baulera, de la cochera y de ese lugar por si se le ofrece algo alguna vez. Aldana agradeció al portero. Sabía dónde había guardado las llaves hacía siete años cuando habían comprado la propiedad, y subió rápidamente al departamento. Lázaro parecía una sombra, sentado mirando la pared, con la cabeza inclinada, un brazo sobre la mesa y el otro a su costado. Ella se detuvo un momento para besar el cuello donde se unía con el mentón; sintió un sacudón de angustia al recordar que ese gesto en otras épocas producía en él un estremecimiento, y a continuación su grueso brazo la tomaba de la cintura. —Todo esto va a terminar —dijo a su oído—. No pierdas las esperanzas, te lo pido... Salió con las llaves: era la hora de la siesta y caminó hacia donde le había dicho el portero: una de las entradas traseras del edificio: exactamente al costado del portón de dos hojas que se abría a las cocheras. Allí había una puerta de metal despintada. Tomó el manojo de llaves y las probó una por una. No funcionaron; la cerradura era nueva: podrían haberla cambiado en esos años. Miró su reloj: el encargado no empezaría a trabajar hasta después de las cinco y aún faltaban dos horas. Empujó la puerta: a pesar de estar gastada, oxidada y rota en algunas partes, ofrecía resistencia. Volvió lentamente al piso. De pronto tuvo una idea; fue hasta su departamento y se vistió con ropa liviana; calzó un par de zapatillas y recogió un par de lentes de teatro que colgó de su cuello. Lázaro ni advirtió que había entrado. Salió, volvió a los ascensores, subió a la terraza y abrió la puerta. Al comprar la casa le habían explicado que en el centro del techo del edificio había un agujero que daba al compactador; lo buscó hasta encontrarlo. Estaba cubierto por una reja de hierro oxidado sin sujetar; la quitó con cierta dificultad y se encontró con la caja donde caía la basura. Se sobresaltó al escuchar un golpe: un sistema de poleas la hizo llegar hasta uno de los pisos. Recibió una bolsa de basura y se plegó sobre sí misma; estuvo así varios segundos, lo suficiente como para que Aldana mirara con sus catalejos hacia abajo: allí estaba el libro; lo vio por un momento bajo una luz muy débil que llegaba desde un costado. Eso la estimuló y calculó los movimientos que debía hacer: colgarse de la cuerda, llegar hasta la caja, esperar a que de la planta baja alguien echara un bulto; el mecanismo se replegaría y entonces saltaría sobre el libro. La idea le daba miedo y un poco de vértigo. Respiró fuerte, cerró los ojos y recordó sus clases de gimnasia aeróbica: estaba lo suficientemente preparada como para aquello. No lo pensó más y se colgó de la soga de la polea: era gruesa como para sostenerla sin dificultad, y se deslizó hasta apoyarse sobre la caja. En el momento en que alguien echara un bulto debía replegarse hacia arriba, ya que corría el riesgo de que las chapas filosas le cortaran los pies. Los minutos parecieron extenderse; de pronto, con un golpe, la caja se movió; instintivamente, Aldana levantó las piernas. La polea bajó: tenía la esperanza de que se detuviera en la planta baja, pero no: las tenazas se cerraron durante los segundos necesarios para compactar el bulto que le habían echado y allí Aldana vio el libro más cerca: no se explicaba desde dónde surgía la luz que lo iluminaba desde arriba. Volvió a aguardar. Los minutos parecían detenidos. La caja subió al último piso, y vio al libro mucho más lejano. A aquella hora no era frecuente que los vecinos salieran a arrojar su basura; pasaron los minutos. Si bien tenía los pies apoyados sobre la caja, los brazos le dolían, y ya estaba por abandonar la empresa; por buscar nuevamente al portero y pedirle que abriera la puerta, cuando la polea volvió a bajar, primero despacio, después con una rapidez vertiginosa. Aldana sintió que el aire golpeaba su rostro y le hacía subir sus cabellos, hasta que la caja se detuvo en lo que calculaba era la planta baja. Su cuerpo se puso tenso; apenas las tenazas se cerraron, calculó que el libro, si bien estaba mucho más cerca, aún quedaba a la suficiente distancia como para tener que pensar en un buen salto. Aspiró con fuerza y se descolgó de la cuerda. Su cuerpo pasó junto a las tenazas que volvieron a abrirse. Esperaba sentir el vértigo de la caída; recordó vagamente un programa de televisión en que los paracaidistas explicaban cómo se debía caer para no romperse ningún hueso, cuando un viento intenso y caliente llegó desde abajo; extrañamente amortiguó la caída de su cuerpo; el libro, abierto en el piso abría y cerraba furiosamente sus páginas. Iba hacia él. Temió aplastarlo con el peso de su cuerpo, pero el volumen creció y creció hasta tomar el aspecto de una flor blanca en cuyo centro le pareció ver a la vez los pétalos y el fruto. El olor a humedad reconcentrado, la poca luz que llegaba desde ventanas altísimas, los techos enormes: Aldana no se encontraba en el sótano que quedaba detrás de las cocheras. O quizá sí: la textura despintada de las paredes le resultaba familiar, de igual modo una ochava que se abría a un largo pasillo. Era el sótano del edificio, pero tergiversado, como visto desde adentro de uno de esos espejos cóncavos o convexos que deforman la realidad en un parque de diversiones. Miró a su alrededor: el libro no estaba, y lentamente fue comprendiendo: ella estaba dentro del libro. La idea podía parecerle loca, pero esos claroscuros, esa atmósfera de laberinto era de Borges; era de la lectura secreta de Borges, la que Lázaro había estado exhumando durante aquellos meses. Se levantó despacio y con cuidado. Había tres pasillos: uno frente a ella, y otros dos a su izquierda y su derecha; el consorcio nunca se permitiría el lujo de pagar tres corredores de esas dimensiones. Tomó por el que estaba frente a sí; la luz llegaba desde las ventanas que estaban por lo menos tres metros encima de ella. Desde allí pudo apreciar las molduras rococó, doradas, y los vitrós con extraños motivos de faunos tratando de atrapar hermosas jóvenes. Aldana caminó bastante, hasta advertir que el pasillo tenía un amplio recodo que de pronto se pronunciaba y terminaba en un espejo. Encima de él se levantaba una ventana y su primera reacción fue pasarse las manos por los cabellos: se veía espantosa, y como era de esperarse, no había traído su cartera con maquillajes. Para peor, sin saber cómo, en su mejilla izquierda tenía una mancha negra quizá del tizne acumulado en el compactador. Tomó un pequeño pañuelo arrugado y trató de quitarse la mancha; en ese momento sintió una inquietud que fue creciendo por momentos; tardó un rato en advertir que en la pared frente a ella se levantaba otro espejo, de modo que se enfrentaban mutuamente, pero algo extraño ocurría con ellos: en situaciones normales, las líneas visuales debían curvarse y perderse en un punto de fuga, pero allí, por un extraño truco de refracción, su imagen se reflejaba hacia adelante y hacia atrás en línea recta, hasta un punto indefinido, hasta donde la poca luz que llegaba desde la alta ventana se lo permitía ver. Había algo más, que la hizo detenerse en la limpieza de su mancha (más que limpiarla la había diseminado por toda su cara) y fue una extraña certeza: cada una de esas imágenes tenía vida propia, la que estaba frente a ella la observaba fijamente con expresión de astucia y sospecha. Miró hacia atrás: la figura que le daba la espalda se encorvaba hasta el punto en que el cuello casi no se advertía. Y todos esos personajes disminuían en intensidad a medida que se alejaban. A pesar de esto, Aldana tenía mensajes de aquellas imágenes que estaban en el final de la línea visual; sabía que se remontaban a sus propios orígenes. Era un sentimiento de vértigo, como si las figuras la reclamaran dentro del espejo, como si ella mezclara partes de su ser, se fragmentara en aquellos pedazos de vidrio: aquello era simplemente la locura. Volvió sobre sus pasos y dio varias vueltas siempre iluminadas por las ventanas con vitrós, con motivos cada vez más extraños. Allí estaba el hombre que por un intenso amor había descendido hasta el Hades para rescatar a su amada, y había vuelto a la tierra, allí estaba aquél cuya fuerza hacía temblar la tierra y las piedras y se había destacado en sus trabajos; más allá, la figura del rey de Tebas con los ojos colgando de los párpados, guiado por su hija hacia Colona. Aldana se detuvo cuando advirtió que estaba huyendo de los espejos: había llegado frente a un portón de dos hojas, aparentemente de roble, cuidadosamente labrado. A lo largo del borde había ángeles pequeños y capullos de rosas; el centro estaba cubierto por signos extraños grabados con pintura fulgurante, que no llegaba a entender. La inquietud de Aldana había crecido hasta estar cerca del miedo. La puerta aquella tenía varios pestillos que movió lentamente; la abrió: la luz que llegaba desde la ventana sólo iluminaba una porción de piedra marmolada que formaba parte del piso. Se adelantó con cuidado, pero de pronto una mano la tomó de la cintura: estaba por caer al abismo que quedaba más allá de la puerta en el fondo del cual brillaban aisladas y silentes hogueras. El hombre que la había salvado la volvió hacia sí, y Aldana vio un rostro duro, ojos brillantes, y una cicatriz que empezaba en su párpado izquierdo y se extendía hasta su boca. La miraba fijamente, con su cara casi pegada a la suya y no la soltaba. —¿Quién es usted? —preguntó Aldana separando sus manos. —El malevo Vidalita. Supongo que querrá salir de aquí. —Desde ya que quiero salir de aquí; ¿usted puede ayudarme? —No, yo no puedo ayudarla. Solamente la voy a llevar hasta el lugar donde está el trompa. —¿Cuándo dice "el trompa" se refiere a Borges? El hombre se detuvo de pronto, se volvió hacia ella y apoyó su índice sobre los labios. —Es el laberinto: hay nombres que no se pronuncian. Siguieron caminando; Aldana estaba inquieta: dieron varias vueltas por pasillos oblongos que se bifurcaban; podía ver la espalda del hombre: el traje azul marino con rayas verticales finas y blancas. El "funji", los zapatos lustrosos que caminaban seguros. Pasillos, puentes que se tendían sobre los propios pasillos; escaleras invertidas: con parantes y aldabas en el más fino bronce, pero cuyos escalones estaban hacia abajo. Aldana recordó los espejos y calculó que debían ser una ilusión óptica. Sin embargo, al llegar a la segunda le pidió al malevo que se detuviera, se acercó y comprobó que era así; terminaba en una fina puerta labrada, construida en el piso. —¿Quién puede subir o bajar por una escalera como ésta? —preguntó—. ¿Es que aquí hay gente que camina con la cabeza y lleva los pies hacia arriba..? —No se olvide dónde está —respondió el malevo; ella notó que su cuello estaba brillante, y reflejaba la luz que seguía llegando desde la lejana ventana. Atravesaron varias cuevas con estalactitas de diversos tamaños: alguien había construido un puente entre ellas. Finalmente volvieron a los pasillos; los juegos de luces que llegaban desde las ventanas habían proyectado sobre una de las paredes la figura de una bestia con cuernos, que caminaba en sus dos patas traseras; fue un sólo momento, pero la estremeció y se acercó al hombre. —¿Qué fue eso? —¿No le dije que estábamos en el Laberinto? ¿Dónde vio un Laberinto sin un monstruo? —Pero, ¿se puede salir de aquí?, ¿voy a volver a mi lugar? —Y dale; todas las paicas son iguales, ¿no puede tener un poco de paciencia? Ya lo vamos a ver al trompa, y va a hablar con él... En ese momento desembocaron en una habitación normal: con cielo raso y paredes azules. Era enorme, pero estaba construida con mampostería; no la habían tallado en la roca. Lo destacable era la figura que estaba sentada sobre sus rodillas al fondo: un anciano oriental, con una leve barba, mirando hacia adelante con los ojos perdidos. —¿Toma mate? —preguntó el malevo. —Sí, amargo, por favor. —Acá no existe el mate dulce. Mientras llega el trompa, don Nichiren puede contarle una de sus historias. —¿Quien es él? —No sé bien; se vino con el trompa desde el Japón. En el lugar había una pequeña cocina y el malevo llenó una pava con agua; muy lentamente empezó los preparativos del mate. Aquella habitación despedía cierto aire de tranquilidad, quizá fuera el tono de las paredes o la certeza de que, de algún modo, estaba llegando a un lugar civilizado; se acercó hacia el hombre sentado. —Sé que... —se interrumpió recordando las palabras del malevo—, sé que Jorge Luis viajó a Japón en sus últimos años. ¿Lo trajo de allí? El hombre contestó en un español imperfecto pero entendible. —Así fue. Yo, monje Nichiren, que ahora asentado aquí. Sus palabras eran firmes y su mirada muy penetrante; era pequeño, envejecido, pero despedía una enorme fuerza vital. —Me dijo Vidalita que podía contarme historias mientras esperamos al... trompa. —Sí, mi mejor historia, de la que más me enorgullezco, la persecución de Tatsunokuchi; en realidad vivimos en la ilusión y a veces no sé si existió, pero tiene valor que sirve para todos los períodos. Antes de seguir hablando el anciano se levantó; Aldana lo miró asombrada; murmuró algunas palabras, pareció tomar fuerzas de alguna parte y de pronto su figura se hizo más elevada. Entonces empezó a hablar. —Me odiaban por muchas cosas. Yo fui el que dijo: "Ahora miramos la luna de agosto que se levanta por las montañas con aquellos que queremos. Con ellos escribimos poemas a esa luna redonda y amarilla, pero en algún lado ruge el tigre de lo efímero, y los que amamos desaparecerán. ¿En qué era renacerán? ¿Qué será de ellos? ¿Cuántas veces volveremos a contemplar la misma luna asomando detrás de las montañas y volveremos a escribir los mismos poemas..?". También dije: "una persona debe ser el amo, no el esclavo de su mente". También ataqué a las cinco escuelas heréticas, porque ellas se apartaban de la paz y servían a los señores de la guerra. Entonces me odiaban. Tenían motivos para odiarme. No recuerdo el año, ya le digo, esto pudo no haber pasado, haber sido un sueño o haber sido yo el sujeto del sueño de alguien; también este hecho se hundió en las aguas sin fondo de lo transitorio, de la ilusión. Estaba en mi cabaña, donde vivía pobremente, cuando vinieron a advertirme que sería detenido. Los hombres de Shae Mon me tomaron de los brazos. Descalzo, con la cabeza descubierta, me arrastraron hacia afuera. "Llegó tu fin, Nichiren", me dijeron. Supe que era cierto. Mi vida tenía la intensidad de los condenados a muerte y pude ver con claridad que el laberinto era mi vida: dos espirales contenidas mutuamente. En ellas yo luchaba hasta llegar a la misma pared, al mismo fin, así durante vidas, en diferentes eras. Dentro de unos minutos mi cabeza rodaría, pero ya había rodado mucho antes, miles de cabezas recogidas en canastas, la misma cabeza, la misma situación que se repetía cuando llegaba al punto del laberinto. Salimos. Mucha gente me abucheaba; el único que se quedó junto a mí, a quien habían despertado para darle la noticia, fue mi discípulo y médico Schiyo Kingo. Él lloraba y era apartado una y otra vez con brutalidad por los guardias de Shae Mon. —No te preocupes —dije—, ahora probaré si haber invocado estos años a la ley de causa y efecto de todas las cosas en el universo me ayuda a romper la ley del laberinto, me ayuda a salir. Me llevaron casi a los empujones a un lugar aislado llamado Tatsunokuchi. Allí levantado el patíbulo y el verdugo aguardaba con la capucha y el hacha en su mano. ¡Qué familiar me resultaba todo aquello! Era como quedar atrancado en uno de los puntos en que las dos espirales de mi vida se encontraban. En tanto la multitud se iba alineando en torno al patíbulo. Unos a otros se habían despertado a la madrugada para ver la sangre fascinante caer a la tierra. Escuché algunos gritos: "¡Muera Nichiren!". Presentía la presencia de mis discípulos entre las gentes, simulando que no me conocían, todos menos Shiyo Kingo, a quien no dejaban acercarse. Sabía que esto podía perjudicarlo y le pedí que se fuera, pero en medio de sus lágrimas negó con la cabeza. Advertí que los soldados de los tres lores que estaban enfrentados entre ellos, que desangraban a la gente reclutándola temporada tras temporada para sus guerras, se unían en torno a mi muerte. Mi presencia interrumpía su baile macabro. Mi prédica de paz era peligrosa. Cuando terminaran conmigo seguirían sus sangrientas disputas a través de sus vasallos guerreros, asesorados por falsos sacerdotes. Con un último empujón los guardias me condujeron a la escalerilla que daba hacia el patíbulo; no me pude contener y caí hacia adelante pero me levantaron y me obligaron a subir. Caminé dignamente hacia el lugar donde esperaba el verdugo con el hacha. Todo me seguía resultando familiar, pero había algo novedoso en aquella noche. Por encima del murmullo de las gentes, de las lágrimas de Shiyo Kingo, una extraña calma se tendía, como quien toma un cuero de cebú preparado para lanzar una piedra. De algún modo, la naturaleza que nos rodeaba en Tatsunokuchi intentaba darme algún mensaje. Los dioses de las estrellas y la luna habían iniciado una rebelión silenciosa, y no recordaba aquellos rumores de espadas casi inaudibles. Apoyé el cuello en el cepo que estaba preparado. El verdugo, por un gesto de piedad y quizá para compensar tantas muertes, se inclinó simulando probar su hacha y murmuró a mi oído "será mejor que apoyes el cuello con firmeza; de ese modo todo terminará más rápido. Si no lo haces deberé dar varios golpes y puede ser más doloroso para ti". Sí. Aquello debía ser el fin, el tope del laberinto hasta el que podría llegar. Si hubiera podido rebasarlo, todo cambiaría, pero aquella muerte era el final propiamente dicho, la prohibición de empezar desde el principio hasta una nueva manifestación de mi ser. Yo luchaba por la paz y debía morir en la violencia. Esto era común. En el pasado habría sido un rey déspota, asesino que se aprovechaba de sus súbditos. Entonces era normal que aquel fuera mi final. Nadie leyó mi sentencia. Mi captura estaba pedida desde hacía muchos años; habían matado a varios de mis discípulos, y lo que afectaba mi ejecución, es decir la posibilidad de un levantamiento, no asustaba a los lores. El hacha del verdugo se levantó a mi lado, y yo murmuré el título del "Sutra del Loto" con firmeza, una y otra vez. De pronto todo se iluminó como si fuera de día. Después supe que la bola de fuego había cruzado el cielo del sudeste al noroeste, en menos de un minuto, pero bastó para que los caballos se encabritaran, los soldados huyeran y el verdugo dejara a un lado el hacha. Muchos de los presentes se postrernaron y todo fue confusión en medio del terror que había producido el fenómeno. Nadie sabía entonces lo que era un cometa. Nadie había previsto su paso en el momento exacto de mi ejecución, pero allí, en ese detalle, estaba la ruptura de mi laberinto. No me dejaron libre. Los lores se reunieron y me enviaron a la isla de Sado, cerca del Polo Norte, donde sobreviví a duras penas ayudado por discípulos que me traían vestidos y alimentos. Allí seguí recorriendo el laberinto. Allí escribí mi obra principal, La apertura de los ojos; pude hacerlo porque mis ojos ya habían sido abiertos. Las palabras del monje atrajeron a Aldana, que no advirtió una tercera figura, sentada calladamente a un costado. Cuando el anciano terminó de hablar y volvió a su rincón, lo percibió. —¿Borges? El malevo Vidalita hizo un gesto de levantarse, pero Borges lo detuvo. —Está bien. Si llegó hasta aquí puede nombrar mi apellido. —Sé que esto es una especie de sueño... Se detuvo ante la sonrisa que adivinaba en el rostro redondo, escondido quizá deliberadamente en el sector donde no llegaba la luz. Aldana calló al referirse al sueño. Aquél era Borges; podría preguntarle muchas cosas. Su odio de juventud frente a la posición antiperonista y sus celos actuales habían pasado, sólo quedaba su admiración hacia él como escritor. —Sé que usted está muerto, pero ayer hubiera querido volver a matarlo, y lo hice al tirar su libro al compactador; ahora, no sé cómo, estoy presa en su laberinto. —Es halagador despertar tantas pasiones después de muerto. Siempre lo soñé para mi vida. En el silencio que siguió a sus palabras ambos miraron al monje Nichiren que estaba con los ojos perdidos en algún punto frente a sí. Llevaba algo entre sus manos. —Es un "yutsu" —explicó Borges—, una suerte de rosario budista pero a diferencia del cristiano representa un hombre, y sus cuentas son nuestras acciones, las causas y efectos que vamos acumulando. Mi viaje a Japón me ayudó mucho. Con él salí de Europa, seguí hacia el oriente y volví a estas costas. Me decía que estaba atrapada en mi laberinto. No se asuste. Siempre estamos atrapados en algún Laberinto. La diferencia es saberlo o no. —Así es. No podría salir sola de este lugar. —Ese es el error en casi todos los laberintos. La confusión es lo ilusorio. El laberinto se basa en el principio del espejo, y el deseo de salir del mismo es la clave, la única clave para hacerlo. Mi laberinto es el universo entero, pero el universo no es una cárcel. Pasaron algunos minutos y Aldana sintió de pronto un vacío dentro de sí. —Si usted llegó hasta aquí es porque necesita elaborar su propio laberinto. Necesita perderse en él, vencer el monstruo que lo habita; en una palabra: necesita resolverlo. Este es mi laberinto, a lo sumo el de su esposo. Usted necesita el suyo; debe evitar que su vida derive lenta y vacuamente como una rosa sin pétalos. A medida que Borges hablaba, Aldana sintió el deseo intenso de salir de allí; el monje, Borges y el malevo se fueron disolviendo. Un torbellino la arrastró sobre sus pasos, volvió a ver la sombra del monstruo, el toro que andaba en dos pies exhibiendo sus cuernos, hasta que el vórtice que la había llevado hacia allí se invirtió y se encontró en el sótano, debajo de la caja compactadora. Tomó el libro de Borges de su esposo que estaba en el piso; antes de cerrarlo, comprobó que a pesar de la humedad del lugar, la tinta de las anotaciones no estaba corrida. Más allá el viento golpeaba la puerta de salida como una señal, y se dirigió hacia ella. —Aldana, ¿no lo habías tirado al compactador? Lo daba por perdido... —Sí, pero lo recuperé. Lázaro estaba tan concentrado mirando el libro, abriéndolo y cerrándolo con manos temblorosas de emoción que no advirtió el cambio en la mirada de su esposa. De inmediato empezó a repasar sus anotaciones y a agregar otras, a trabajar sobre él como si nunca lo hubiera dejado. Era el mediodía. Aldana preparó una sopa y la sirvió. Mientras comían Lázaro siguió con el libro. —Lázaro, necesito mi propio laberinto. —Claro que sí, querida, todos lo necesitamos. Después de comer él se quedó en la mesa de la sala, con el libro abierto frente a sí y tampoco advirtió que Aldana preparaba dos grandes bolsos con ropa, libros y sus cosas. Tampoco la escuchó hacer los llamados telefónicos. —Mabel... mirá, me voy a separar un tiempo de tu hermano. Quisiera que vengas a hacerte cargo... no puede valerse por sí mismo. Necesita que le hagan las compras, que sus comidas sean sanas, sin sal, que le den los remedios a horario y especialmente que no fume... sí, en realidad no sé si será temporario. Colgó y llamó a su amiga. —Carolina, ¿aún tengo tu ofrecimiento para pasar una temporada con vos? ¿Es muy pronto si voy esta noche..? Sí, nos arreglamos con un par de pizzas, por lo demás ya veremos... Gracias, nos vemos a eso de las ocho. Lázaro levantó la cabeza del libro cuando a eso de las siete Aldana llamó a un taxi. —¿Vas a alguna parte? —Ya te lo dije, a buscar mi propio laberinto. —¿Es que no lo podés encontrar acá..? —No —ella se despidió con un rápido beso: el taxi acababa de llegar y no contestó cuando Lázaro le preguntó gritándole: —¿Vas a volver..? En el taxi dio la dirección de su amiga y suspiró aliviada. El automóvil se alejó del centro y tomó por barrios laterales, con menos luz artificial, donde se veían con más claridad las estrellas y la luna. El cielo ya parecía un enorme laberinto. === Maestro =============================================================== Daniel Ortiz (daortiz@ciudad.com.ar) Tengo un maestro. Es sabio y burlón. Inventa historias que nos cuenta como ciertas, aunque al descuido, como haciéndonos creer que es muy torpe, nos permite sospechar: ¿en qué biblioteca infinita existe ese libro que leyó y devela? Otras veces cuenta inventos, que todos creemos conocer de alguna lectura anterior. Permanentemente nos desconcierta. Es débil; apenas si se desliza al paso lento que con prodigalidad la vida todavía le obsequia. ¿Qué embuste es, entonces, ese recorrer suyo de laberintos y arrabales? ¿Quién será su Teseo o cuál su puñal artero que atraviese en dos esa vida de prosas y rimas? El maestro es humilde. O dice serlo. Como de todo lo que me enseña, dudo de eso también. Tal vez eso lo consagre como sabio: más me nutren mis dudas que sus respuestas, que siempre preceden a mis dudas. Se lamenta de no conocer con exactitud en cuál invasión a la Apulia en el siglo XII fue vencido Roger II de Sicilia. Pero aplaude con fervor los desprevenidos aciertos del discípulo que adjudica a Joyce la prosa que la pluma de Joyce escribió. Su talento no le pertenece. Se tiene, apenas, como prescindible amanuense de su Musa. En su dicción inaudible, apenas entendible, tartamudea palabras que su secretaria escribe. Porque el maestro es ciego, o dice serlo. No lee los libros que lee: los escucha. Dicta su literatura concéntrica y repetitiva. Camina con bastón, pero no con uno blanco. He dicho que dudo de su ceguera. Cierta vez, al aguardarlo para una clase magistral, pasó a nuestro lado y, como al descuido, se plantó largo tiempo frente a un mural de Quinquela y lo recorrió con impudicia con sus ojos muertos. Al continuar, alabó en el oído de su secretaria el rojo intenso de un mascarón de proa. Cuestionada su ceguera, el mantenimiento de su secretaria apenas se justifica. Afirmaría que es su manceba, de no saber de los hábitos castos del maestro. Aborrece todo lo que no sea literario, salvo algunos amigos, varios enigmas y cuatro o cinco ideas comunes. Los discípulos nos encontramos entre su universo de abominaciones. Quizá eso haya motivado que en su testamento, bello, como sus historias y farsas, haya dispuesto lejana sepultura para sus despojos que, como se sabe, son aborrecibles, porque no son literarios. 25/1/1995. === Más allá de las nubes ================================================= Gustavo Raimondo raimondo@movi.com.ar A Alberto Díaz (mi proveedor de "grageas" literarias), por su valiosa contribución en este relato. *** I Si un mes atrás Oliden hubiera previsto, o al menos sospechado las implicancias, hubiese pasado por alto las reveladoras páginas del libro que acaba de quemar. Contra toda sugerencia familiar, dejó trunca la carrera de medicina para dedicarse al estudio de fenómenos paranormales. Estuvo seis años buceando entre los vericuetos de las ciencias ocultas (que no son tan ocultas a partir de Oliden), practicando ejercicios de elevación espiritual, concentración sistemática programada, control mental de las funciones orgánicas vitales, asistiendo a simposios y congresos, escuchando a otros y hablando él para otros, valiéndose de los medios televisivos para que su imagen se multiplique en millones de hogares, convirtiéndose en pocos años en una celebridad internacional. Vagando por el mundo, buceando, explorando, indagando, levantando piedras para ver si debajo está lo que buscó desde el primer día en que decidió abandonar la tradicional carrera de medicina: aquella luz verdadera que le indique la única manera posible de despojar (en vida) el alma del cuerpo, el espíritu de la materia, lo etéreo de lo palpable, y una vez logrado ese salto a la dimensión divina, convertirse en piloto de sí mismo, surcando a su arbitrio el espacio, sin leyes físicas que graviten en el derrotero elegido ni leyes humanas que impidan el verdadero vuelo astral. Su teoría, como es de esperar en estos casos, fue desde un primer momento aceptada y fervorosamente elogiada por sus discípulos, aunque hasta ese momento no hubiera podido demostrarla en términos prácticos; pero para los seguidores de la corriente clásica, como también es de esperar, su teoría carece de todo fundamento científico, por lo que lo han atacado sistemáticamente en cuanto congreso o simposio se organice en cualquier punto del planeta. A estos últimos él los llama: "los trituradores de teorías", o en ocasiones: "inquisidores infames". Y más de una vez los ha desafiado a que le demuestren que el vuelo astral es imposible, que en verdad su teoría es un disparate . "¡A ver, demuéstrenmelo, mentes obtusas y conservadoras!", gritaba a sus detractores apuntándolos con un dedo amenazador, "¡Así les hicieron otros iguales a ustedes a Copérnico y Galileo, y hoy, en nombre de aquellos insensatos del pasado, tenemos que pedirles disculpas frente a sus tumbas!". Estas peleas públicas habían dividido dos corrientes de pensamiento bien marcadas, como si del agua y el aceite se tratara, igual que hace varios siglos atrás cuando aparecieron Copérnico y su sol estático como centro del sistema planetario y Galileo apoyándolo a riesgo de morir en la hoguera, Colón con su loca idea de la redondez de la Tierra, Darwin y su teoría evolutiva, Einstein relativizando lo que todos creían absoluto, Freud y la certeza de que todo trauma presente tiene su inicio en el pasado, etcétera. Oliden no podía distraer horas a su ocupado tiempo para discutir con quienes no querían escuchar, por lo que poco a poco fue cambiando su postura contestataria y se dedicó exclusivamente al desarrollo de su tesis. La hipótesis de trabajo que había ideado consistía en sondear cuanto escrito del pasado o presente anduviera olvidado y perdido en algún anaquel remoto de un no menos remoto país; y la única forma de llevar a cabo esa empresa era aprovechando las invitaciones a congresos para visitar bibliotecas, y librerías de usados allí donde él se encontrara. La revelación la tuvo en sus manos hace un mes en una oscura librería de usados en Lima, Perú. De no haber sido por el sugerente dibujo de un áurea blanquecino desprendiéndose de algo parecido a un mandala multicolor, lo habría pasado por alto. Pero allí estaba: sobre una desordenada pila de mamotretos gastados y polvorientos. Era un libro mediano de tapas doradas; sobre el dibujo, el título en letras negras anunciaba: "Alma viajera". Al pie figuraba el nombre del autor: "Swami Pranavanda". Ya con el libro en sus manos le quitó el polvo con un fuerte soplido e indagó entre sus páginas un poco más. Por lo que pudo apreciar, se trataba de un ensayo de origen hindú escrito tres siglos atrás y traducido al español un siglo más tarde por una editorial barcelonesa. Swami Pranavanda contaba que en las afueras de Katmandú había conocido a un viejo maestro que lo reclutó para enseñarle el arte de la máxima elevación espiritual. A Oliden el corazón le dio un salto, sintió una pelota de béisbol que subía y bajaba dentro de su garganta raspando y asfixiando, y un escalofrío le recorrió la médula con la velocidad de un rayo. "¡Mierda!", pensó, "esto es como ganar la lotería con todos los premios". —Lo llevo —le dijo al vendedor sin preguntarle el precio. Salió presuroso del lugar y se encaminó al hotel donde se alojaba, a unas pocas cuadras, cruzando la plaza de la república. Al llegar a su habitación se recostó en la cama y comenzó a leer. Estaba excitado y le costaba conseguir una lectura normal. Leía tan rápido que su mente no podía procesar semejante catarata de palabras. Respiró hondo y trató de contener el aire en los pulmones un buen rato hasta serenarse. Luego continuó leyendo con gran interés hasta pasada la media noche. "...Al quinto día de ayuno, cuando al fin logramos despojarnos de todo pensamiento impuro y nuestros cuerpos alcanzaron su funcionamiento armónico, mi maestro comprendió que había llegado el momento de ejecutar los ejercicios de elevación". En este punto del relato, Oliden hizo un alto. Miró su reloj y calculó que había estado leyendo por espacio de siete horas sin interrupción. Iba por la página 120 de un total de 300 y no lo había notado; ni siquiera estaba cansado. Repasó mentalmente lo que había leído hasta el momento y supo que estaba a punto de entrar en el último tramo del camino de esa búsqueda obsesiva que lo separó de sus afectos y lo convirtió casi en un asceta. Por un momento tuvo miedo de seguir; aunque sabía que allí estaba lo que buscaba, no podía prever de qué modo iba a reaccionar. Pensó en Galileo peleándose contra la Iglesia y en Copérnico en el instante previo a la confirmación de su teoría, frente a sus elementos de medición, a punto de asentar el último dato en su hoja de anotaciones que eliminaría para siempre la idea equivocada de que el sol giraba alrededor de la Tierra, que para colmo de males, no sólo se trasladaba sino que también giraba sobre su eje. "¡Si muove! ¡La Terra, si muove!", gritaba Galileo a un inmóvil tribunal inquisidor. Cuántos años de estudio y de lucha tratando de imponer esa teoría. Y cuántos años más tendrían que pasar para que aceptaran su descubrimiento. Respiró profundamente y cerró el libro. Al rato se durmió. Al día siguiente desayunó un té. Había comenzado un ayuno igual que el de los monjes. Esa jornada continuó leyendo. "...Llegado al estado alfa, en donde es posible ver la luz, desatamos la última ligadura: aquella que nos mantiene cautivos, prisioneros de nosotros mismos en nuestro cuerpo material...". La noche lo había sorprendido. Leía con tal avidez que no sentía el paso de las horas. Cenó un té y continuó con el ayuno. Así estuvo durante los días restantes, hasta llegar a la noche del cuarto día, en que cerró el libro con el señalador en la página 285 y comenzó a hacer las valijas. Ya no se justificaba su presencia en el Perú. Quería volver urgente a la soledad de su departamento en Buenos Aires, terminar la lectura del libro y repetir con exactitud cada uno de los pasos de iniciación seguidos por aquellos maestros del hinduismo. Cuando cerró la última valija, dejó abierto el bolso de mano; allí guardaría los elementos de aseo que utilizaría por la mañana al levantarse. Levantó el libro de la mesa de luz y lo depositó con cuidado en el fondo del bolso. Quería tenerlo cerca cuando se trasladara. Era demasiado valioso como para guardarlo en una de las valijas con el riesgo de que el equipaje tomara un rumbo distinto al suyo. Eso le había ocurrido un año atrás en Zurich: él llegó, pero su equipaje se perdió en tránsito vaya a saber uno hacia dónde. Nadie pudo darle una solución. Tuvo que contentarse con aceptar las disculpas de la aerolínea y un cheque por un monto irrisorio como compensación "por la lamentable pérdida y esperamos que siga volando con nuestra compañía". Llamó a conserjería y pidió que lo despertaran a las seis de la mañana siguiente, que tuvieran lista su cuenta de gastos y que le ordenaran un taxi para que lo pasara a buscar por el hall del hotel a las siete. También solicitó línea directa para comunicarse con la agencia de venta de pasajes aéreos y reservó un lugar en el vuelo 741 de Aeroperú que partía a las ocho y quince sin escalas hacia Buenos Aires. "Es increíble lo que se puede lograr a través de una línea telefónica", pensó satisfecho. Volvió a recostarse sobre la cama y al rato, sin mucho esfuerzo, se durmió. Al día siguiente, luego de darse una ducha tibia y afeitarse, bajó a la confitería del hotel y desayunó (sin variar) un té. Sus valijas serían bajadas en cualquier momento a la conserjería. El bolso de mano estaba con él, debido a su prolongado ayuno lo notó más pesado que el día anterior. Revisó por última vez que todos sus documentos estuvieran en orden y se marchó. Mientras firmaba el cupón de la tarjeta de crédito, el conserje lo miraba como para decirle algo. Esto lo notó Oliden y lo miró arqueando las cejas, un gesto típico para obligar al otro a hablar. —¿El señor ha disfrutado su estadía? —Plenamente —contestó Oliden comprendiendo la causa de la pregunta, porque se suponía que estaría alojado hasta fin de mes, y faltaban seis días para eso. —He disfrutado mucho en su país y su hotel tiene un servicio estupendo, además de ser ustedes unas personas sumamente agradables —aclaró—. El motivo de mi ida repentina se debe a asuntos urgentes que debo resolver en Buenos Aires. El conserje quedó satisfecho con el elogio y llamó al botones para que llevara su equipaje a la explanada en espera del taxi que no tardaría en llegar "y esperamos que nos visite pronto". Afuera, el sol limeño iluminaba la mañana con su hirviente manto. Oliden se preguntó si el taxi contaría con equipo de aire acondicionado. Se sentía débil y le dolía un poco la cabeza. —¡Uf, qué calor! —dijo el chofer mirándolo por el espejo. El auto avanzaba por la vía costera a gran velocidad. A pesar de tener las cuatro ventanillas abiertas y recibir la brisa del mar, la temperatura que reinaba dentro de la cabina era intolerable. —Sí, más que en Buenos Aires, se lo aseguro, mucho más —respondió Oliden secándose la frente sudada con un pañuelo descartable. Roto el hielo, el chofer siguió hablando del tiempo, el tránsito, la carestía de la vida en Perú, quejándose, lamentándose, gesticulando ampulosamente con las manos, y sólo recibía por respuesta un leve sonido que escapaba de los labios de Oliden parecido a un doble mugido corto, que podría tomarse como un gesto aprobatorio. Oliden lamentó hacer aquel comentario. Tenía su mente y todos los sentidos puestos a trabajar en el análisis de lo que había leído y el desarrollo de los pasos a seguir ni bien pisara suelo argentino. El parloteo del chofer le sonaba distante, ininteligible, y cuando se producía un silencio prolongado significaba que esperaba una respuesta, a lo que Oliden contestaba mecánicamente y con los labios cerrados: "Mm... mm", acompañado de un leve movimiento de cabeza de arriba hacia abajo. El chofer, satisfecho, arremetía con una nueva frase, y así consecutivamente. Al llegar al aeropuerto Oliden suspiró. La pesadilla había terminado. Entró al hall central y el aire frío de los acondicionadores de aire lo reanimó. Fue hasta el mostrador de Líneas Aéreas Peruanas y presentó su documentación. El reloj de pared, a espaldas de la empleada que lo atendía, indicaba las siete y treinta; tiempo suficiente como para hablar a Buenos Aires y reservar un remis para que lo esperara en el aeropuerto. Cuarenta y cinco minutos después, con una puntualidad poco común en el aeropuerto peruano, Oliden se elevaba por sobre la cordillera rumbo a Ezeiza. No era un vuelo más; el hecho de estar a un paso de lograr su vuelo astral lo inquietó. Cuando el avión se estabilizó y se apagaron las luces de "abrocharse los cinturones", miró por la ventanilla y sólo vio nubes que parecían formar un gran campo de algodón bajo sus pies. Por los parlantes se escuchó la voz del comandante dando la bienvenida y anunciando que volaban a treinta mil pies (algo más que diez mil metros) y que la temperatura fuera de la cabina era de cincuenta grados bajo cero. Al escuchar eso, Oliden se preguntó si él podría llegar tan alto como el avión, si sentiría frío o vértigo, y a qué velocidad lo haría. "Debo controlar la velocidad, eso es fundamental para poder reingresar a mi cuerpo sin provocar alteraciones funcionales. ¿Podré hacerlo?", pensó. Eran muchas preguntas y ninguna respuesta. Reclinó su asiento, cerró los ojos, controló el ritmo de su respiración hasta llegar a un estado de total relajación y se durmió. Cuando llegó a Ezeiza se movió con la celeridad que le otorgaba la experiencia de viajar seguido. En pocos minutos estaba viajando en remis hacia la capital. Le tocó en suerte un chofer callado, justo lo que necesitaba para ordenar sus ideas y desacelerarse. Al entrar en su departamento se encontró con la fría y penumbrosa soledad de cripta en que se convierte su hogar cuando él se ausenta por largos períodos. El olor a humedad y los finos rayos de luz que se filtraban por las hendiduras de la persiana baja hicieron que recordara los sótanos de la antigua biblioteca nacional donde él, alguna vez, tuvo que bajar en busca de un libro remoto. Bajo sus pies, alfombrando el piso de maderas gastadas, se amontonaba la correspondencia que a diario don Vicente (el encargado del edificio) pasaba por debajo de la puerta. Con la punta del pie derecho fue separando y clasificándolas según el grado de importancia: expensas y servicios, a un costado; invitaciones a congresos y charlas, a otro costado; folletines y publicaciones sobre parapsicología, allí, junto al paragüero... Cerró la puerta y fue directo a su habitación. Ya habría tiempo de darle un vistazo a la correspondencia y ponerse al día con el pago de los servicios; pero en ese día en particular sólo tenía un objetivo en mente, y le urgía ponerlo en práctica. Extrajo el libro de su bolso de mano y fue hasta el comedor. "Este es el lugar ideal", pensó mientras colocaba una silla en el medio de la sala. —Necesito espacio —dijo, y comenzó a correr los demás muebles y objetos contra las paredes. Sin subir la persiana, y con la pobre luz artificial de un velador de pie, se sentó y comenzó a leer lo que Swami Pranavanda había escrito algunos siglos atrás. "...Como lo enseñó mi maestro, la respiración debe asemejarse al suave vaivén ondulante de un océano en calma. Debemos idealizar una barca carente de remos y velamen, como un cascarón de juncos que nos contiene. Y con los cuerpos en reposo, comenzamos nuestro ingreso al estado alfa, que sólo es posible con la debida concentración aprendida a lo largo de necesarios ejercicios espirituales. Cuando la ondulación nos eleva, debemos aspirar profundamente el aire de la purificación en forma sostenida, hasta el instante en que coinciden los extremos de máxima amplitud de las dos acciones que se detallan: a) La de nuestros pulmones en total expansión. b) La de la ola alcanzando su elevación límite. En el preciso instante en que sentimos que nuestra barca comienza a descender, debemos exhalar el aire impuro hasta el momento exacto en que llegamos a la base. Logrado ese ciclo inicial, debemos repetirlo incontables veces hasta que sólo veamos el agua azul confundiéndose con el cielo, y nos hayamos convertido en una suave brisa marina que se eleva y gana altura a medida que transcurre cada ciclo hasta alcanzar las nubes. Si logramos penetrar y situarnos en ese manto blanco en que se han convertido las aguas evaporadas, descubriremos con sumo placer que ya no es necesario servirnos de las ondas marinas, y que nuestros cuerpos materiales también han sufrido una transformación: son cascarones vacíos que yacen como peso muerto en la superficie terrena, mientras nuestras almas son energía en libre movimiento. Podemos ver, pero no tocar; podemos pensar, pero no así hablar; viajamos impulsados por un inagotable torbellino llamado curiosidad. Henos aquí, en medio de la nada y dentro de un todo, siguiendo la luz guía que nos indica el camino de la máxima consagración. ¡Celebremos! Hemos logrado el vuelo astral". Aunque faltaban algunas páginas para terminar, cerró el libro con decisión; ya había leído todo lo que le interesaba. "Veamos qué hay de cierto en todo esto", pensó. Levantó la vista y vio su imagen reflejada en la pared que tenía enfrente (un gran espejo dividido en dos placas de dos cincuenta por tres metros cada una, la cubría en su totalidad, dando la sensación de profundidad como si se tratara de un gran salón comedor). "Muy bien, Oliden", se dijo sin quitar la vista de su imagen reflejada. "Si todo va bien vas a volar". Cerró sus ojos, se relajó y comenzó a eliminar todo pensamiento de su mente; luego contuvo la respiración unos segundos y exhaló con fuerza (operación que repitió varias veces). Lentamente fue notando la desaceleración de su ritmo cardíaco y el adormecimiento de piernas y brazos. Tenía tanta práctica en esa técnica que pronto llegó al estado de semiinconsciencia llamado alfa. De allí en más comenzó a idealizar el mar con sus suaves ondas y la frágil barca de juncos. Al principio todo se le aparecía fuera de foco, como si un gran velo se interpusiera entre la imagen y su vista; pero, poco a poco, esa ilusión se fue borrando para hacerse nítida y sorprendentemente real, al punto de tener la sensación de estar oliendo el aroma de las sales marinas saturando el aire. Como si estuviese montado sobre algodones, subía y bajaba al compás de las olas. Y en cada remontada notaba que subía más alto. Cada descenso le producía un vacío en el estómago similar al que se vive en una gigantesca montaña rusa, pero ese malestar duró poco y se fue desvaneciendo acompañado de una gran calma interior. Era tan intensa que le potenciaba el estado de gozo a un nivel que jamás había alcanzado. Tenía la sensación (y ya todo era sentimiento) de que sus poros se abrían y por ellos desbordaba a borbotones su alegría; lo hacía en forma de mariposas multicolores que rápidamente se desvanecían dejando una efímera estela de luz ámbar. Al llegar al techo de nubes comprendió que el ciclo se había completado. Ya no bajaba. Estaba suspendido entre la bruma blanca y vaporosa gozando de una total ingravidez. "¿Y ahora qué?", se preguntó mentalmente. *** II Esperó un largo rato inmóvil y nada sucedió. Comprendió que en adelante estaría sometido al arbitrio de sus decisiones. Pensó en avanzar unos metros, y eso bastó para que saliera disparado a gran velocidad hacia delante. Pensó en detenerse, y se detuvo en seco, desafiando todas las leyes de la física conocidas hasta el momento. No tenía noción del tiempo transcurrido; aún así, intentó situarse por debajo del techo de nubes para tratar de divisar algo que le permitiera confirmar que no estaba soñando. Pensó en bajar, y lo hizo rápido, a una velocidad inusitada y en línea recta. La caída le hizo recordar a las pruebas de vacío que realizaban en el laboratorio de física del colegio secundario, cuando dejaban caer una pluma y una moneda dentro de un tubo carente de aire para comprobar cómo, los dos objetos, de desplomaban a la misma velocidad sin importar su peso y constitución. Pronto divisó la ciudad a sus pies, cada vez más nítida. Pensó en detenerse para no estrellarse, y se detuvo al instante. No estaba soñando, estaba seguro de eso. Ahora era piloto de sí mismo; un Ícaro moderno pero con más suerte, porque no necesitaba emplumarse para volar con la libertad que gozan las aves. Y allí estaba, suspendido cabeza abajo a cien metros del suelo, un poco desorientado pero feliz, inmensamente feliz. Buscó puntos de referencia y los fue hallando con cierta dificultad debido a la falta de práctica. A juzgar por su posición estaba a la altura de la avenida Belgrano, en su cruce con 9 de Julio. Él vivía en Santa Fe y Coronel Díaz; aunque lo lógico era trazar una diagonal imaginaria hasta el punto deseado, prefirió viajar sobre 9 de Julio hasta Santa Fe, y de ahí, sobrevolar Santa Fe en sentido contrario al tránsito hasta Coronel Díaz. Bastó ese solo pensamiento para encontrarse, en un parpadeo, justo sobre la terraza de su edificio. Había olvidado pensar la palabra: lentamente. Se reprochó ese olvido; en adelante tendría que usarla sin excepción si no quería tener sorpresas desagradables. Pensó en bajar lentamente unos cincuenta metros. Lentamente fue descendiendo hasta la altura deseada. "Eso está mejor", pensó. Casi al instante, agregó: "Lentamente voy a bajar hasta entrar en mi cuerpo material". Y lentamente fue bajando y atravesando las lozas de hormigón que separaban los diferentes niveles de los pisos superiores. Traspasó varios comedores, algunos estaban vacíos. Cuando pasó por el departamento del noveno piso vio a una mujer que hacía poco se había mudado (recordó su encuentro en el interior del ascensor un día antes de partir al Perú; hubiera querido invitarla esa misma noche a su departamento, pero cuando se decidió, ella ya había bajado y desaparecido por el corredor). Tendría unos treinta años; vivía sola y era hermosa. Acababa de salir del baño con el pelo envuelto en una toalla floreada; su cuerpo estaba desnudo y caminaba como una modelo. Oliden, imbuido en una mezcla de sorpresa, confusión y excitación, pensó: "Quiero quedarme a admirarla". Y se detuvo al instante, en el medio del comedor, con su cabeza a escasos centímetros del suelo alfombrado y sus pies apuntando al techo. Le costó adaptarse a la visión invertida. Era como si ella fuera la que estuviera cabeza abajo y caminara por el cielo raso. De pronto, en una maniobra brusca e inesperada, cambió de dirección y fue directo hacia él, cómo si lo hubiera descubierto. El susto fue tan grande que olvidó todo lo que había aprendido en lo referente a la forma de lograr un vuelo seguro. Con el cuerpo de ella casi a punto de atravesarlo, pensó: "Tengo que huir rápido de aquí". Como si estuviera impulsado por potentes turbinas, salió disparado hacia abajo atravesando lozas, muebles, caños, mampostería, sótano, cimientos, suelo, tierra, rocas, hasta que, en medio de una total oscuridad, pensó: "¡Alto! ¡Quiero parar!"; y se detuvo al instante en el interior de la corteza terrestre, a miles de metros de la superficie. El esfuerzo mental lo había agotado; temía perder la concentración y no poder regresar más a su cuerpo. Con la última energía que le quedaba, pensó: "Lentamente, debo regresar a mi cuerpo". Estaba oscuro y no sentía nada, pero sabía que estaba ascendiendo a escasa velocidad. Cuando atravesó el sótano iluminado se tranquilizó. Al llegar a su departamento, estaba al límite del desmayo; todo le daba vueltas y la cabeza le dolía enormemente. Al dirigirse a su cuerpo inerte (sentado en la silla y con la mirada perdida), dudó. La visión se le nublaba y no podía distinguir si lo que tenía enfrente era él o la imagen que le devolvía la pared espejada. No había modo de saberlo y el tiempo se agotaba; se dejó ir y apareció en el departamento lindero; se había equivocado. Pensó en detenerse y, lentamente, volver sobre la marcha y entrar en el otro cuerpo, en el verdadero. Exhausto, al iniciar el ingreso se desvaneció. *** III Un teléfono sonaba en algún lado. Lo oía distante, apagado, pero de a poco se fue haciendo más nítido hasta que comprendió que era el suyo. Abrió los ojos y sintió que su cuerpo le pesaba. La imagen que le devolvía el espejo era la de alguien que había estado días sin afeitarse; a la distancia podía ver las grandes ojeras que deformaban su pálido rostro. Le dolía cada centímetro de su cuerpo como si hubiera sido arrollado por un camión. ¿Cuánto tiempo estuvo inconsciente sobre la silla? A juzgar por su estado diría que mucho. Y el timbre del teléfono insistiendo, perforando su cerebro a punto de estallar. —Diga. —¿Oliden? ¿Hablo con la casa de Oliden? —insistieron del otro lado. Las palabras le sonaban distantes. Si tuviera que ubicar su origen, diría que provenían de las entrañas mismas de la Tierra o de alguna caverna remota. Era una sensación extraña que le hizo dudar si se trataba de una comunicación real o estaba soñando. —Sí, soy Oliden, eso creo... ¿Quién habla? —¡Hola!... ¡Hola! ¿Me escucha? ¡Hola! —Sí, hombre, no grite. Lo escucho perfectamente. Antes de terminar la frase, el otro había cortado. "O el tipo es sordo o anda mal la línea", pensó. Antes de colgar, con el auricular aún apoyado en su oreja, Oliden vio su imagen reflejada en el espejo y quedó azorado. Como un flash le vinieron a la mente los personajes surrealistas de los cuadros de Dalí. Tenía el brazo derecho totalmente extendido, como si quisiera tocar el techo. Su mano sostenía el tubo del auricular apoyado en la oreja de una cabeza inexistente sobre un torso invisible. La debilidad que había adquirido por el ayuno excesivo le restaba claridad mental para comprender lo que sucedía. Lentamente, como queriendo alejarse de las cosas, retiró el auricular de su cara y lo miró. Estaba a la misma altura de sus ojos, pero al desviar la vista hacia el espejo, en la penumbra de la sala, la imagen reflejada era muy diferente: seguía con el brazo extendido hacia arriba sosteniendo el auricular. Aterrado, soltó el tubo sin importarle que se estrellara contra el piso y se levantó como un resorte con la intención de encender todas las luces de la casa. Algo inaudito sucedió: al levantarse se encontró en el piso de arriba, a la altura de los zócalos, como si lo hubieran decapitado y apoyado su cabeza en la alfombra en castigo por haber espiado a la muchacha desnuda. El terror se convirtió en pánico; sus piernas no pudieron sostenerlo más y cayó pesadamente sobre la silla. Al hacerlo, se encontró nuevamente en el interior de su departamento. "Dios, ¿qué pasa? Algo no está bien...", pensó. Se quedó un rato sentado con la vista clavada en el espejo, esperando alguna señal, o un indicio —por pequeño que fuera— que le sirviera para encontrar alguna respuesta. En ese lapso, sufrió dos desmayos. En el segundo se cayó al piso y quedó tendido boca abajo. Luego de dos horas despertó. Estaba empapado en sudor. Fue recuperando la conciencia de a poco y se levantó despacio, en dos etapas: la primera arrodillándose y esperando un poco para reanimarse; la segunda poniéndose de pie corriendo el riesgo de marearse y desplomarse de nuevo. Toda la operación le pareció una eternidad. Y fue en el momento en que su cuerpo quedó totalmente erguido cuando volvió a experimentar el traspaso del cielo raso hasta el punto de aparecer del otro lado de la loza, a la altura de los zócalos, teniendo por base la alfombra del piso de arriba. Abatido, se arrodilló. Y al hacerlo volvió al interior de su departamento. En ese instante comprendió lo ocurrido: su ingreso no fue completo. Una mitad de su alma había quedado afuera, y para comprobarlo comenzó a hacer chasquear los dedos de su mano derecha, levantándola hasta que el sonido quedara a la par de su oído. Cuando lo logró, se miró en el espejo y vio la mano en alto muy por encima de su cabeza. Él medía un metro ochenta. Hizo un rápido cálculo mental y llegó a la conclusión de que su cabeza inmaterial estaría a unos noventa centímetros de la material, lo que lo llevaba a creer que sumadas las dos medidas, daban una longitud total de dos metros setenta. Lo que le había ocurrido no lo había previsto, ni siquiera tenía claro las consecuencias que podría sufrir su cuerpo y su espíritu mientras se mantuvieran en esa semiintegración. Pensó que para enmendar el error no había otro camino que el de repetir el vuelo astral e intentar el reingreso a su cuerpo material con la mayor precisión posible. La debilidad lo consumía; se sentó en el suelo y levantó el libro que descansaba a un costado. Lo abrió donde estaba el señalador y siguió leyendo. "...No hay ser viviente sobre la Tierra que pueda soportar tal desgaste de energía sin consecuencias físicas devastadoras. La experiencia no puede volver a repetirse hasta que el cuerpo se restablezca por completo, y eso depende de la alimentación que pueda proveerse. Durante el período de recuperación se deberá comprobar que el alma espiritual se ha amalgamado correctamente con el cuerpo material. Basta para ello el examen visual de cualquier maestro hinduista. Él podrá ver el aura en toda su magnitud y nos dirá si es necesario hacer algunas correcciones". "No necesito un maestro zen o budista o hinduista para saberlo; lo que quiero es corregirlo", pensó. "...El período de regeneración energética recomendado es de dos meses, en cuyo transcurso se deberán efectuar ejercicios de purificación y concentración acompañados de largas jornadas de reposo. Se debe desestimar todo contacto con el mundo exterior, y sólo hay que escuchar y cumplir los preceptos que nos imparta nuestro maestro guía". Quiso seguir leyendo pero el cansancio pudo más. Se recostó en la alfombra y se durmió. *** IV Al despertar, una oscuridad total lo recibió. Le dolía tremendamente el cuerpo. Sentía las articulaciones rígidas, como si se las hubieran soldado mientras dormía. ¿Y cuánto había dormido? No supo precisarlo, tampoco le importó demasiado. Era de noche, de eso estaba seguro. Con miedo a levantarse y aparecer en el departamento de la mujer de arriba, gateó hasta el interruptor de luz. Al presionar la tecla quedó enceguecido. Ni las retinas se habían salvado del dolor generalizado. Miró hacia la pared espejada y, por primera vez, pudo verse con total nitidez. Le costó aceptar la fatal verdad de que aquella imagen era la suya. Estaba pálido, sus ojos se habían reducido a la mitad y parecían mirar desde la profundidad de las cuencas oculares; por debajo, como un grotesco marco violáceo, sobresalían dos grandes ojeras que le abarcaban gran parte de su rostro. Estaba muy delgado y la creciente barba no podía disimular sus pómulos filosos. Parecía un mendigo. Tuvo ganas de llorar —algo no habitual en él—, pero se contuvo; llorar no solucionaría su penosa situación. Sintió miedo de volver a desmayarse. Sabía que el tiempo jugaba en su contra; cada hora que pasara acentuaría su debilitamiento general, al punto de "no retorno". "Necesito líquido y comer algo", pensó. Gateando, con las rodillas ardiendo de dolor, llegó a la cocina. Como pudo se sirvió agua de la canilla de la pileta y, luego de varios intentos fallidos, logró llevar el vaso a su sedienta boca —sus sentidos le indicaban que la cabeza estaba casi un metro más arriba (que era por donde veía); eso le hizo pensar que su ombligo espiritual y metafísico estaría a la altura de su boca material, así que apoyó el vaso en los labios de su boca-ombligo y tomó el agua con la desesperación de un beduino. Satisfecho y a punto de estallar como un globo de agua, no se molestó en hurgar en los estantes de las alacenas o la inútil heladera (sus largas y periódicas ausencias conspiraban contra la conservación de los alimentos almacenados), que sólo servían para juntar polvo, gérmenes y bacterias. Gateando, fue hasta el teléfono del comedor y marcó el único número que lo salvaría de una muerte segura: el de la rosticería. Desde su boca-ombligo pidió que le enviaran un pollo entero a la parrilla y ensalada de espinaca con huevo y atún. —¡Rápido, por favor! —ordenó desfalleciendo. *** V Al abrirse la puerta y ver a Oliden arrodillado extendiendo un billete de veinte, el cadete dio un salto hacia atrás como si hubiera visto a una cascabel. El paquete casi se le cae de las manos. Lo que más lo asustó fue la mirada ausente de Oliden; aquellos ojos no tenían brillo y apuntaban directo a su cintura, donde tenía la riñonera con unos pesos para el cambio. Pensó que tal vez fuera ciego. Oliden, desde lo alto (con su vista metafísica), lo miraba con desesperación. —¿Y, me va a entregar el paquete o no? —protestó. Sus rodillas flaqueaban. El muchacho, sin decir palabra, le arrancó el billete de la mano y le entregó el paquete. Sacó unos pesos de su riñonera y le entregó el vuelto. Sin esperar propina, y mucho menos al ascensor, huyó por las escaleras. Igual que una persona que se repone de una hemiplejia, Oliden tuvo que situarse frente al espejo para poder llevar con éxito algo de comida a su boca. Era una tarea de precisión que le demandaba un esfuerzo descomunal. Sus manos temblorosas hacían más difícil la operación. En el segundo bocado derramado comprendió que todo esfuerzo sería inútil. Su muralla emocional se derrumbó y lloró como un niño. Desde lo alto veía cómo su imagen reflejada se sacudía espasmódicamente. Y así, llorando a mares como jamás lo había hecho, se sintió el ser más desprotegido del mundo. Ya sin posibilidad de volar y ser piloto de sí mismo, supo que no podría enmendar el fatal error de cálculo en el regreso. Y convertido en un espectro viviente, decidió quemar ese espantoso libro. Estaba sobre el sillón de pana, abierto en una página ya olvidada. A Oliden le costó manipular la caja de fósforos... Debió haber sufrido un pequeño desmayo, porque de pronto, se encontró con el libro en llamas, y con él, el sillón y el cortinado azul de la única ventana del comedor. Con el mínimo de fuerza que le quedaba, se puso de pie. En el piso de arriba (libre del humo y las llamas) vio a la mujer bailando al compás de los acordes de los Stones. Se contoneaba y le hacía gestos eróticos a un público —para ella— inexistente. Oliden la contempló serenamente, disfrutando de su anonimato y desestimando por completo el dolor de su cuerpo ardiendo en el piso de abajo. Ya no quiso volver; ya era tarde para volver... no había cuerpo al cual volver... De pronto, sintió que flotaba. "Lentamente, debo elevarme más allá de las nubes", pensó. === Estadista sentado en escalinatas ====================================== Liza Rosas Bustos (sup7@aol.com) Debí haber sabido que llegaría allí antes de tiempo. Debí haber sabido que la luna omnipotente desparramando luz se traía algo entre manos. Esa noche ingresé clandestino encaramado en un camión cuyo conductor me depositó en las entrañas de la ciudad. Tuve que buscarme mi propio hotel porque, desacostumbrado a los turistas como estaba, el conductor jamás me quiso hablar. O será que habrá leído que mis ojos hinchados de luz delataban impacientes mis ganas de verte. Fallé al calcular las horas y el día en que llegarías. No lo supe hasta que estaba en la médula de la miniurbe colonial. Esa noche dormí mal. La luz de los faros se colaba a través de las ventanas sin cortinas y a través del cuero de mis párpados, abriendo ranuras diminutas por donde se diluían mis sueños, lo que me mantuvo en vilo y al acecho de tu llegada. Taciturno aún por la violencia de una mañana que llegó demasiado luego, la luz tenue me desdibujó los ojos, pero nadie lo notó. Me abrí paso entre una complicada arquitectura que le otorgaba a las calles una mezquindad de antaño y por fin, entre los raquíticos pasillos, pudo abrirse paso el sol. La gente serpenteaba las calles mientras los ignoraba con la vista vuelta hacia tu recuerdo. Instintivo tragué las imágenes de sus caras y me abrí paso hacia una plaza que carecía de bancas. Quise darle una tregua a mis piernas y busqué el refugio de las escalinatas de una iglesia, no de las iglesias nuevas sino de las que suelen estar al frente de las plazas. Si así no hubiera sido, jamás me hubiese dado cuenta de que la gente serpenteando las calles eran siempre los mismos, gotereando de sur a norte, de norte a sur. Jamás hubiese presentido siquiera que aquélla era una ciudad circular. Los transeúntes se aparecían por el rabillo de mi ojo derecho caminando hacia la izquierda. Después de un tiempo volvían a aparecer desde el rabillo de mi ojo izquierdo caminando hacia la derecha. Emergían por un lado zucumbiendo al rato por extremo opuesto obedeciendo una constante individual que seguía una lógica que me costaba calcular. Conté tres o cuatro veces las mismas caras en el transcurso de cuatro horas y media. Unas se sucedían menos a menudo, otras más. El proceso seguía un hilo de intermitencia cuyo secreto desconocía. Y es que había leído acerca de los beduinos de antes de la llegada de los musulmanes. Había aprendido acerca de ellos caminando a ciegas por el desierto. Pero estábamos demasiado lejos de Asia y Mohammad ya había arreglado el asunto. La tarde alcanzaba su grosor máximo, tú no llegabas. Debo admitir que tenía ganas de marchar, pero estaba demasiado absorto en el conteo de los sombreretes, de las caras redondas de los niños, meticulosamente, augurando quiénes, cuándo pasarían o cuánto se demorarían en pasar. Tengo el orgullo de decirte que no me di por vencido. Mientras esperaba por ti, me decidí a seguirlos para tener algo nuevo que contarte. Supe entonces que aquella era una ciudad circular. Por el camino vi a mujeres que cargaban a los hijos que aprendían a gatear y seguían caminando con ellas. Luego, muy luego ellas se iban encogiendo mientras caminantes los hijos envejecían con ellas. A medida que pasaba el tiempo muchos iban muriendo. Los hombres llorando muertes se acompañaban a los entierros de los amigos para unirse luego de vuelta a la peregrinación. Al cabo de unas horas, de unos días, los veías gravitando el mundo a través de la mezquina circunvalación que rodeaba la ciudad. Los niños que jugaban un partido de fútbol en las calles, corrían detrás de una pelota que pateaban a propósito para seguir avanzando hacia delante y volver al punto desde donde había comenzado su juego para volver a seguir su camino. Los más jóvenes ordenaban un capuchino que pagaban apurados para unirse a la caminata constante que seguía día tras día, semana tras semana sin jamás terminar el recorrido soporífero de la ciudad. Y tú jamás llegaste como yo jamás marché. Hoy llevo conmigo un cuaderno y un lápiz para seguirlos a ellos, calcular las muertes, los nacimientos y las vueltas que cada uno de los habitantes da en el transcurso de sus vidas. Presiento que hay caras nuevas que se han unido a la marcha, gente que he visto sentada en las escalinatas donde yo mismo me senté una vez y que ya me han visto también, gente que lleva cuadernos en los que yo tal vez figure como uno más de ellos, gente que ya no son más ellos, que ahora no son sino nosotros. Debo, eso sí, confesar que ninguno de los habitantes me ha mirado directamente a los ojos. Me siento un peregrino errante en una ciudad cuyo secreto no me atañe, pero que me obsesiono por descifrar. Y es que tampoco me atrevo a hablarlos. Temiendo interrumpirles un culto ajeno, uno cuya efervescencia he llegado a considerar sagrada, no me atrevo a romper el equilibrio e importunarlos con preguntas que podrían deshacer la mística esta a la que ya me he comenzado a acostumbrar. Y sigo el conteo, pero presiento que yo también soy contado. Y observo, pero presiento que también soy observado. Empotrado en el desdén de sus miradas me dedico a calcularlos, caminando siempre paralelo a ellos, absorto en el transcurso de la vida de los habitantes de ésta, mi ciudad circular. === Los muchachos de Chicago ============================================== Alberto Torchinsky (perejil@hotmail.com) Febrero, frío y nieve. Por las tardecitas me arropo bien y salgo a caminar. La mucama que hace la cama y ordena los papeles en la mesa de mi cuarto me alcanza la gorra y me aconseja que ande despacito, no vaya a ser que resbale y vaya a parar otra vez al hospital. Ahora que las caminatas me llevan a los confines del vecindario, siempre se preocupa por algo. Esas palabras que intercambiamos constituyen mi dosis diaria de castellano. Me gusta su acento suave, tan distinto a mi porteño áspero y chocante, pero no lo aguanto por la televisión y paso el tiempo leyendo. Prefiero los libros usados y me entretengo descifrando las inscripciones que salpican las páginas compartidas con un lector misterioso. Mi hijo, el dentista, me llama desde Londres y me recomienda los libros en inglés; también hablamos del tiempo. Mi nuera Alejandra sigue enojada conmigo porque dice que me burlé del cuadro azul, su favorito. Mi nieto Alex se pone nervioso cuando platicamos porque dice que no me entiende. Platicar, se me pegó esa palabra sin que me dé cuenta. Es un término de esta ciudad, donde vine a parar porque en Buenos Aires decidieron que la operación era demasiado arriesgada y me dieron por muerto. Ahora estoy en plena recuperación y me alegra no haber insistido en que me corten allá, seguro que me quedaba en la mesa de operaciones. Me operé en el hospital de la universidad donde me había doctorado años atrás en economía; por esa época mis profesores proponían que las libertades políticas pueden ser sacrificadas por un tiempo con el fin de garantizar otras libertades más fundamentales, principio que guió mi gestión pública. Ayer, andando por las calles que me llevaban a clase, por primera vez cuestioné qué responsabilidad cabría atribuirle a este lugar por la pérdida de mi único hijo que, asqueado de mi inmoralidad, se fue a Inglaterra y se cambió de apellido; acepto sí el crepúsculo suave de mi vejez, pero no su veredicto. La ciudad ha cambiado, pero la universidad, una copia recargada de una en Inglaterra, no. Últimamente allá también exageran los rasgos que más les gustan y más precisan, como si temiesen que la sutileza haga que se pierdan las cosas. Algún día las cosas cambiarán, pero los cambios se dan cuando son necesarios y no antes. Como en marzo del 76, cuando asumimos la responsabilidad de eliminar el terrorismo, restaurar el respeto por los derechos humanos y estabilizar la economía. La gente sabe esto bien, pero lo mismo nos critica con unos argumentos que encubren una falsedad cuidadosamente elaborada. Reconozco la posibilidad de algún error en mi política económica, o en la implementación, pero en todo caso lo mío no fue algo deliberado. Además, ya le he explicado a mi hijo que cuando me llegue el día, la reminiscencia de mi fracaso será mi infierno personal. Acá me permito el lujo de caminar y pensar; allá el tiempo se me iba en sobrevivir. Todos los días, cada vez con más urgencia, recorro el barrio en busca de una esquina y una casa. La esquina es como todas y la casa, como muchas, es de dos pisos, cuadrada y gris, o era gris entonces. Tarareo y camino; hoy estaba tan envuelto en una tonada pegadiza que no noté la pandilla hasta que de repente me acosaron sus gritos y risotadas. Instintivamente, busqué dónde esconderme. Doblé apresuradamente a la derecha cuando antes había doblado siempre a la izquierda y ahí, al fondo de la calle, estaba la esquina, la casa. Como aquella noche indiferente de otoño, otra vez sentí pánico. Fresco de allá, la nostalgia me había llevado a las caricias furtivas de mi novia, a quien había decidido serle fiel, más bien ella lo había decidido por los dos. De repente, frente a una casa gris iluminada por un farol en la esquina, un ruido sordo, oscuridad, disparos y más ruido, esta vez de vidrios rotos. Con descaro, unos adolescentes se habían apropiado de la noche de los que compartimos ese momento y, envueltos en el eco de sus pasos y de su risa insolente, se desvanecieron sin apuro en las sombras. Joanna salió histérica a la calle y yo, cubierto de vidrio, la tranquilicé lo mejor que pude; un muchacho (iba a decir "su esposo", todavía siento la necesidad de protegerla) salió envuelto en una toalla y yo le indiqué vagamente por dónde habían desaparecido los delincuentes. Masculló "Shit!" y fue a deshacerse de la marihuana antes de que apareciera la policía. Ahí mismo me di cuenta de que no controlamos lo que realmente nos afecta y que estamos a la merced de una jauría que puede aniquilarnos a placer. Cuando le describí a Alejandra el sabor agridulce en el aire de esa noche de terror, ella me demandó cómo era que yo no apreciaba lo que vivíamos a manos de los militares. Ridículo. Eran los terroristas, como aquellos muchachos de Chicago, los que pretendían imponer lo suyo con la violencia. Yo estaba orgulloso de los logros económicos y políticos de nuestro gobierno. Alejandra insistía que yo no dejaba que la realidad me estorbara. Y hoy otra vez el pánico me estrujó el estómago. Debajo del farol apagado, los pasos y las risotadas de cinco o seis muchachos negros finalmente resonaron junto a mí. El más grande, el que tenía la radio enchufada en el oído y cantaba, me atropelló violentamente. Sobresaltado, levantó la vista y, sacudiéndome del brazo, gritó "Sorry, man!" por encima del rap que se escapaba de los headphones. Llevaba zapatillas, vaqueros, una campera, como Alex en la foto que tengo de él, y una gorra puntiaguda de lana. En su sonrisa descubrí la de Alex, y el rap es la música que más le gusta. Los otros refunfuñaron algo y yo esbocé un gesto con la mano. El corazón me latía tan fuerte que pensé que ahí mismo dejaba la vida. Últimamente he pensado en qué idioma voy a morir y como rara vez, aun aquí, sueño en inglés, estoy seguro que será en castellano. Desde la esquina se veía el Commons y decidí seguir caminando y volver a casa en taxi. El barrio de la universidad es como una pequeña ciudad que yo llegué a convencerme que había conocido, aun los recovecos, y que había añorado. Joanna estudiaba español y me preguntó si lo conocía a Borges; por ese entonces me hubiese gustado conocerlo. "Por ciertas vísperas y días de 1955" escribió, y la alusión es clara; también nos trató de caballeros. Después se alistó en la patota (de poco le sirvió, tampoco así le dieron el Nobel), nos tildó de caníbales y nos acusó de no publicar la lista de los presuntos desaparecidos porque eso significaba declararnos culpables. En el Commons hice encuadernar un libro de poesía de Borges con unas tapas rojas brillantes que, ilusionado de encontrarme con Joanna, llevaba conmigo a todas partes. Una noche, ya cansado de tentar el destino, pasé por la casa gris con una botella de vino. Le caí mal al de blue jeans pero no hay quien se le pueda interponer a un argentino con ganas de hacer algo. Con el de blue jeans emborrachándose frente al televisor, hojeamos el libro. Joanna, hermosa con el pelo desarreglado y los dedos manchados de tinta roja, me comentó que por las noches los estudiantes tomaban espresso y leían poesía. Me aparecí una nochecita por el café con un amigo y Joanna nos invitó a sentarnos en su mesa; el grupo estaba por ir al cine, pero ella no fue. Sacó de su bolso, repleto con miles de cosas, el libro rojo y con esa sonrisa que me hacía sentir que yo era lo más importante en su mundo, me invitó a leer un poema. Con un lápiz subrayó las palabras que no comprendía, en castellano o en el poema. Joanna desmenuzaba cada estrofa, cada línea, cada palabra, en busca de un significado misterioso, más allá del de todos. Con curiosidad académica me preguntó qué quería decir "rebaje" en "Nadie rebaje a lágrima o reproche", y yo pensé en las lágrimas y los reproches de mi novia, si me hubiese visto en ese momento. Nos encontrábamos en el café. Nos tomábamos de la mano cuando leíamos y también la vez que vimos la de James Dean donde tiraba piedras a una casa blanca. A la salida del cine nos deslumbró el resplandor de la noche y como avergonzados nos soltamos las manos. En esa ocasión, como en tantas otras, nos engañamos que la casualidad nos había llevado al mismo lugar, cuando en realidad ella sabía dónde yo la buscaría y yo dónde encontrarla. No nos veíamos los fines de semana y yo aprendí a dibujar la soledad de los extranjeros, en ambos lugares y en realidad en ninguno. La vez que llegué tarde al café escribió en el libro en rojo sin levantar la vista. Un viernes le expliqué a Joanna mi teoría, la de algún argentino en realidad, que no se mata lo que uno más quiere, sino que lo que más se quiere lo mata a uno. Después caminamos tomados de la mano, cosa que nunca hacíamos; el departamento se veía desordenado y acogedor. Esa sería la primera noche que Joanna pasaría sola desde que se había juntado con el de blue jeans —nunca fui bueno para nombres, además, "estoy saliendo con la mujer del de blue jeans" suena mejor que "estoy saliendo con la mujer de Tom". Entonces los objetos y las cosas se comprimieron: el Chianti debajo del piano, el fuego moribundo en la chimenea, la piel resplandeciente de Joanna y el gato refregándose contra nuestros cuerpos pegajosos, ronroneando. Joanna me llamó por cuatro o cinco nombres distintos, ninguno el mío. Me gustaría pensar que fui todos los hombres para ella, porque ella fue todas las mujeres para mí. El tiempo perdió todo el significado y cuando por fin me desperté en mi cuarto, era el domingo por la noche. La noche siguiente me dio no sé qué pasar por el café. Era inconcebible que nuestros cuerpos, que habían encajado tan perfectamente la noche anterior, fuesen extraños. Ella tampoco me buscó. Viví largas horas de remordimiento y de desamparo; son horas tristes, de remordimiento, cuando uno deja a una mujer, pero también muy tristes, de desamparo, cuando una mujer lo deja a uno. Pasé finalmente por el departamento una tarde de verano y solamente encontré los agujeros en las ventanas. Cuando le dije el sí a mi novia, la imagen que pasó por mi mente fue la del pelo desarreglado de Joanna y sentí una explosión, como de vidrio despedazado. Mi hijo fue la alegría de mi vida. Nos entendíamos sin necesidad de explicaciones, así que no tuve que justificarme que mi larga convalecencia no fuese la muerte temprana de su madre —a quien acaso quise, una lágrima rodó por mi mejilla en el entierro—, sino que poco a poco fui curándome de mi amor por Joanna. Cambió mucho cuando conoció a Alejandra; los amigos bolches de ella, tal vez porque me defendía, no lo aceptaban. Cuando desapareció el que pintaba cuadros azules, las cosas se volvieron insoportables. Estoy seguro que lo de la inmoralidad fueron palabras que ellos le pusieron en la boca pero, lo quiero tanto a mi hijo, que no los resiento, ni tampoco a ella. El Commons se ve como siempre, cada generación produce su propio desorden. En una mesa de liquidación encontré unas remeras para el dentista y Alejandra. Ahora que se han librado del peso de mi apellido, espero que ella se deje de recriminaciones de una vez por todas. A Alex le compré una camiseta, ojalá que les diga a sus amigos que es un regalo de su abuelo. La mucama hará el paquete con las cosas y lo mandará mañana, de camino a su casa. En una pila de libros usados reconocí a varios de mis viejos profesores. Los otros discuten la problemática latinoamericana tan ingenuamente que me dan gracia; la causa del desorden es clara: la conspiración internacional marxista promovida por Cuba. Ellos inventan otras, pero claro, la mucama me contó el otro día que también hay quienes han visto a Elvis en un supermercado. Además, los garabatos en los libros eran parejos, seguro los de algún estudiante de un pueblito de Indiana; pese a que la universidad atrae a gente de todo el mundo, algunos son bastante estúpidos y yo prefiero estar solo a perder el tiempo con ellos. Era tarde y estaba cansado; compré una lapicera roja y le pedí al vendedor que me llame un taxi. Saliendo me llamó la atención una pila de libros, algunos en alemán y ruso, uno que otro en francés, y uno en árabe que escondía a los del Siglo de Oro. Abrí al azar un libro de tapas duras arratonadas, "Por la mañana, que nos depara la ilusión de un principio". Esos habían sido precisamente mis sentimientos esta mañana, en realidad todas las mañanas desde que llegué acá: que una serie de circunstancias me traerían finalmente a mi principio. Desde luego sé que es una ilusión, ya que no hay un principio. La palabra "depara" estaba cruzada por "provides with", y me intrigó la escritura del lector. El vendedor me informó que estaban por cerrar y que el taxi me esperaba. Ya en el taxi me di cuenta que tenía el libro en la mano. Decidí pagar por el libro otro día —tal vez me encontraría de vuelta con la sonrisa de Alex por el camino—, e instruí al conductor qué calles tomar para así pasar por la esquina como todas y la casa gris de dos pisos, y por el café (ahora una pizzería con fast delivery de pizzas en 14 variedades, incluso vegetarianas), y por las calles que me llevaban a clase. El portero me abrió la puerta y esta vez le permití que me ayude al ascensor. Ahora, ya más tranquilo, hojeo el libro en la penumbra y leo los comentarios; uno, en tinta roja, me inquieta. Recién noto que, en su tiempo, la tapa del libro fue roja. En la primera página, apenas legible, un nombre y una dirección, la de una casa gris de dos pisos. Otra vez tiemblo. Releo a Borges, "Por los minutos que preceden al sueño". Que son tan agradables, cuando uno está perdiéndose en el sueño, deja de ser uno y ya empieza a ser nadie. En ese momento, antes de dormir, sé construir mis sueños. Armaré uno donde vuelvo a Chicago a operarme. Y allí estará Jacinta, la santiagueña que preparaba mate cocido todos los días y té con miel cuando venían las amigas de mamá, y me ordenaba los cuadernos en la cartera para el colegio. Y la operación saldrá bien, y cuando se disipen los calmantes mi hijo estará a mi lado, y Alejandra me sonreirá y me dará una rosa azul y en el fondo se escuchará la música del Walkman de Alex. Y Joanna, mi Joanna, abrirá el libro y mirándome en los ojos tan intensamente que me sonrojaré, me preguntará por qué me demoré tanto, leerá en voz alta la inminencia de la revelación, "Por el sueño y la muerte, / esos dos tesoros ocultos", y escribirá en tinta roja, acaso como esa vez en el café, "Claro, se parecen tanto...". ================================ EL HACEDOR =============================== === Otra conjetura, otras causas ========================================== Viviana Ackerman (ackerman_viviana@ciudad.com.ar) Jorge Luis Borges, escritor argentino, fallecido el 14 de junio de 1986 en su lecho en Ginebra, piensa o sueña antes de morir: "¿Qué trama es ésta, del será, del es y del fue? ¿Qué río es éste, por el cual corre el Ganges? ¿Qué río es éste cuya fuente es inconcebible? Los ponientes y las generaciones que engendraron a Hengist, a Muraña y a Abramowicz fueron necesarios para que yo, esta fugacidad, sea Borges. El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. No hay principio en lo causado, no hay fuga del azar (que otros llaman destino). Dijo Tennyson que si pudiéramos comprender una sola flor sabríamos quiénes somos y qué es el mundo. Tal vez quiso decir que no hay hecho, por humilde que sea, que no implique la historia universal y su infinita concatenación de efectos y causas. Los días y las noches están entretejidos de memoria y de miedo; los días y ninguno fue el primero. En su cielo basta el amor de los que aman, basta la frescura del agua en la garganta de la sed, basta la frescura del agua en la garganta de Adán. Veo el populoso mar, veo el alba y la tarde, veo las muchedumbres de América (tómame de la mano, Walt Whitman), veo el ordenado Paraíso, que otros llamamos la Biblioteca. Veo el Aleph, desde todos los puntos, veo en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra. Veo el ojo descifrando la tiniebla. Veo la circulación de mi oscura sangre, veo el engranaje del amor y la modificación de la muerte, veo el amor de los lobos en el alba. El azar ha jugado a las simetrías, al contraste, a la digresión. Yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Yo estoy destinado a perderme en la palabra, el hexámetro, el espejo. Oh tiempo tus pirámides. La biblioteca es ilimitada y periódica. La Biblioteca existe ab aeterno. El número de signos ortográficos es veinticinco. La Torre de Babel y la soberbia. Cuento los días como me enseñaron mis mayores. Yo, Eudoro Acevedo, yo, Johannes Dahlmann, yo, Alejandro Ferri, soy el poeta del tiempo. La luna de las noches no es la luna que vio el primer Adán. Para algunos era el disco que hacía girar su mundo hasta los confines y más allá: la luna que miraban los caldeos. Las filas de tortugas en el tiempo, las luciérnagas de una sola tarde, las dinastías de las araucarias, las arenas innúmeras del Ganges. las perfiladas letras de un volumen que la noche no borra, son sin duda no menos personales y enigmáticas que yo, que las confundo. Chuang-Tzu y la mariposa que lo sueña son Scharazada y Schariar que, arrebatados por el tumulto de anteriores magias, no saben quiénes son. Yo tampoco soy; soñé el mundo como tú soñaste tu obra, mi Shakespeare, y entre las formas de mi sueño estabas tú, que como yo eres muchos y nadie. La música, los estados de felicidad, la mitología, las caras trabajadas por el tiempo, las manzanas de oro de las islas, quieren decirnos algo. La primera letra del Nombre ha sido articulada en los pasos del errante laberinto. Mi alimento es todas las cosas. El peso preciso del universo, la humillación, el júbilo, el infinito lienzo de Penélope, las doce irreparables campanadas, el oro del principio, el tiempo circular de los estoicos. Cómo puede morir una mujer o un hombre o un niño, que ha sido tantas primaveras y tantas hojas, tantos libros y tantos pájaros y tantas mañanas y noches. Soy una región del Irak o del Asia Menor. Soy una moneda custodiada por un grifo. Soy el denario inagotable de Isaac Laquedeem, el florín irreversible de Leopold Bloom, la moneda en la boca del que ha muerto. En el pasado, que es la estación (nadie lo ignora) más propicia a la muerte, ultrajada la carne por la espada de Hamlet, muere un rey de Dinamarca. El peso de la espada en la balanza. El ejecutor de una empresa atroz debe imaginar que ya la ha cumplido, debe imponerse un porvenir que sea irrevocable como el pasado. Cada gota de agua en la clepsidra. Iré más lejos que los bogavantes de Ulises a la región del sueño, inaccesible a la memoria humana. Tornaré a recordar las águilas, los fastos, las legiones. Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: César en la mañana de Farsalia. Siglos de siglos y sólo en el presente ocurren los hechos. La sombra de las cruces en la tierra. Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten. El ajedrez y el álgebra del persa. Loada sea la misericordia de Quien me prodiga el animoso destierro, que es acaso la forma fundamental del destino argentino. Los rastros de las largas migraciones. El hombre (Alonso Quijano) se despierta de un incierto sueño de alfanjes y de campo llano. Se lanza a la conquista de reinos por la espada. ¿Quién es el mar? ¿Quién es aquel violento y antiguo ser que roe los pilares de la tierra? ¿Quién es el mar, quién soy? Hoy lo sabré. Hoy es el día. Me serán dados la brújula incesante. El mar abierto. Un sabor difiere de otro sabor, diez minutos de dolor físico no equivalen a diez minutos de álgebra. Hay una línea de Verlaine que no volveré a recordar. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río. Soy el eco del reloj en la memoria. El alivio que habrá sentido Carlos Primero al ver el alba en el cristal y pensar: hoy es el día del patíbulo. Veo tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos; veo el rey ajusticiado por el hacha. Eres los otros cuyo rostro es el polvo. Eres los muertos. Eres el polvo indescifrable que fue Shakespeare. El polvo incalculable que fue ejércitos. Quizá nunca te oí, pero a mi vida se une tu vida, inseparablemente. El Marino te apodaba sirena de los bosques. El agareno te soñó arrebatado por el éxtasis. La voz del ruiseñor en Dinamarca. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, la escrupulosa línea del calígrafo. ¿Qué habrá soñado el Tiempo hasta ahora, que es, como todos los ahoras, el ápice? Ha soñado el espejo en que Francisco López Merino y su imagen se vieron por última vez. El rostro del suicida en el espejo. El dinero es un repertorio de futuros posibles. Puede ser una tarde en las afueras, puede ser música de Brahms, puede ser mapas, puede ser ajedrez, puede ser café, puede ser las palabras de Epicteto, que enseñan el desprecio del oro; es un Proteo más versátil que el de la isla de Pharos. Es tiempo imprevisible. El naipe del tahúr. El oro ávido. No habrá una cosa que no sea una nube. Lo son las catedrales de vasta piedra y bíblicos cristales que el tiempo allanará. La numerosa nube que se deshace en el poniente es nuestra imagen. Eres nube, eres mar, eres olvido. Eres las modificaciones de la nube. Eres también aquello que has perdido. Eres las formas de la nube en el desierto. Dejo a los varios porvenires (no a todos) mi jardín de senderos que se bifurcan. Les dejo cada arabesco del calidoscopio. He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz. Cada remordimiento y cada lágrima. Mío es ahora el singular sabor de la muerte, a nadie negado. Veo el gran árbol de las causas y de los ramificados efectos; en sus hojas están Roma y Caldea y lo que ven las caras de Jano. El universo es uno de sus nombres. Nadie lo ha visto nunca y ningún hombre puede ver otra cosa. Alabada sea la infinita urdimbre de los efectos y las causas. Se precisaron todas esas cosas para que nuestras manos se encontraran, para que Paolo y Francesca descubrieran el único tesoro, para que mis libros (que no saben que yo existo) sean tan parte de mí como este rostro. Ahora, en Ginebra, sé que he de morir. Siento, como otras veces, la tristeza de comprender que somos como un sueño. Viviré y creceré como una música. (También los hombres pueden prometer, porque en la promesa hay algo inmortal). Hoy, 14 de junio de 1986, yo, que tantos hombres he sido, yo, ignorante de tantas cosas, agradezco a mis númenes esta revelación de una muerte en la que entro como en una fiesta". Publicado en la revista Proa. === Poema VI ============================================================== Jorge Gómez Jiménez (jgomez@letralia.com) Me vi sentado ante una barra sin sorpresa, sin sangre en las venas. Estaba más delgado, contaba menos años y tomaba una cerveza. Desde la barra me dije: "Yo fui escritor. Yo rendí tributo a un papel inalcanzable y a una tinta que por mí moría. Yo tuve amigos que me reprocharon el dolor de mis historias y amigas que supieron pasar por alto el metalenguaje y conformarse con los sustantivos. Yo tuve teorías y definiciones y palabras y una vida que dio y quitó vida en primera más que en tercera persona. Yo fui escritor y sustantivo y tinta y una vida". Entonces me dije, parado ante mí ante la barra: "El pasado objeta la vida. El presente la humilla recordándole el término que espera en el futuro". Yo fui escritor y tuve una vida. 1998 Del libro Nada severo === Dos poemas ============================================================ Ketty Alejandrina Lis (kettylis@citynet.net.ar) *** El gran infinito Seguro es que aún no has visto un mar circular. Ni siquiera un círculo de arena en el mar más allá de las ruinas que leímos juntas. La llama portentosa de El Aleph alcanza una espuma ciertamente alta. Y te pregunto ¿quién viene del envés a preguntar? ¿Quién puede repetir el nombre amado sin caer por el costado liso del abismo donde todo es igual y nada es nuevo? *** Primero de enero Las burbujas escapan de la copa como reducidos globos de cumpleaños las semillas de sésamo se abren en abanico al bálsamo de dejar la cara al rojo vivo ¿aleja el agua su orilla o el agua es lija de papel se convierte en tiempo y la erosiona? Las luces niegan su abandono parezco flotar como en un sueño nada da la sensación de ser real y las plumas de ave del paraíso se confunden con la miríada de ojos leyes no inmutables sin embargo que titilan y titilan. ¿Hacia dónde la suavidad del viento hamacando la ropa menuda en el balcón? A través de la comba de la terraza sobre la pared un mapa de Asia cubierto de horas me mira (de Asia nada menos qué estará haciendo aquí en un departamento para turistas en este rinconcito de América del Sur) y da la sensación de ser el centinela de la joven japonesa del dibujo bebiendo té la expresión ausente a años luz de Hiroshima de Nagasaki. Color forma profundidad y movimiento garantizan la visión no la mirada ¿todo lo que no está estará en otra parte? Saber que se nace que se muere que no hay cinta de Moebius. Saber que se nace que se muere en la cinta de Moebius. La línea recta dibujada ¿qué entidad tiene? las perfectas líneas rectas forman un ángulo (si quisiera tocarte sólo rozaría la pantalla de TV) y en Delfos Rudolf se inclinaría la pitia y te diría oh Apolo Peán aún sin ser hermano de la lira. La postura los saltos pareciera que nada de lo humano está atenuado en tu majestuosa armonía majestuoso tártaro. Las sirenas de los barcos saludan el primer día del año ¿pero de cuál? Tal vez las burbujas emergían del agua cuando John escribía sus cartas en verso y las semillas de sésamo se abrían bajo la tierra que guarda lo que la tierra quita. ¿Respirará la muchacha y su cántaro que desde la porcelana mira? Las plumas de ave del paraíso siguen suspendidas perdidas aunque pronto muy pronto habrá un adiós para el verano pronto muy pronto vendrán las hojas rugosas las ariscas ramas del otoño donde seguiré esperando un tiempo de mí para mí. El prisma o la esfera no necesariamente caen de lo alto porque en el molde interno no hay traducción posible ¿he de llegar siempre tarde a las citas? La ciudad está ahí el mar está ahí pero es excesiva esta ventana es excesiva mi habitación en este punto oscuro de la madrugada. === Poemas ================================================================ Aldo Novelli (aldonovelli@yahoo.com) *** Almuerzo ¿Qué se plantea la mosca cuando me mira? Su diminuto cerebro sólo le ordena comer defecar y procrear o se pregunta por su alada existencia y por la mía, en este mundo chato y desparejo. ¿Qué piensa cuando detenida sobre el cielorraso me observa almorzar? ¿hará especulaciones mentales sobre mi hambre para calcular su futuro almuerzo? Nada es tan simple en la mente de los humanos nada es tan complejo en la vida de la mosca, pero en este mediodía solitario me debato entre la caridad cristiana y las posibles formas del prójimo, me debato entre invitarla a mi mesa o saciar con liberal indiferencia mi hambre privada. *** Fablar Hablo, no para dejar de callar no para expulsar el terror de la muerte que es silencio infinito, hablo en la calma de las noches para saber quién soy, para reconocerme en el resplandor del velador sobre un papel garabateado, hablo cuando todos callan cuando todos sueñan y nadie me oye (aunque íntimamente espero que ella me escuche), hablo conmigo y hablo con mis otros hablo hasta caer en la ruina de los ojos anhelando que la noche responda. *** Invasión Han venido de las regiones ocultas. Arrastran tras de sí una isla recóndita: la isla del recuerdo. Son hombres elementales mujeres inaugurales en la faz de la tierra, son todos ellos yo mismo en la prisión del tiempo son ellos los que me exigen que los nombre. *** Época oscura Las hojas amarillas. Árboles desnudos tiritando. Hombres de solapa alta y mujeres encapuchadas, caminan apurados y sin mirar. Chicos corriendo con la nariz roja y desprejuiciada alegría. Cualquiera diría que es un remanido paisaje otoñal, yo tengo mis serias dudas al respecto. *** Un hombre Un hombre parado en medio de la vía, en medio de las piedras que de niño arrojó sobre desesperados vagones. Un hombre parado en medio de la vía qué memoria antigua clavará su mirada en recodos desconocidos del horizonte. Un hombre parado en medio de la vía restando los años gastados en palabras tiernas sobre el duro caparazón de la realidad. Un hombre parado en medio de la vía inmóvil como piedra del desierto en esa espera inacabada y definitiva en el umbral del infierno. Un hombre parado en medio de la vía. No escandalizarse por el estallido de huesos y sangre tibia que inevitablemente se produjo, un instante antes / había llegado la salvadora muerte. === Quimera y realidad de la razón ======================================== === Suite para Jorge Luis Borges ========================================== Lourdes Rensoli Laliga (palou@netrox.net) *** Overtura Amánsate, razón, dulce enemiga, bebe de los colores de la noche, el sonido ancestral en sus mordientes condenado a las nupcias con el tiempo. Modera tu raíz, hostil al nido, húmeda lucidez presa en la tierra que abomina y se nutre de los pozos, nervios y vida del cordón del orbe. Eres un punto elemental del todo, soberana del ser, que poco puede cuando se trata de apresar lo eterno, absoluto, fugaz en cada instante, sometido al feroz juego de fuerzas que perpetúan tu reino: inexistente templo de tu soberbia, engendro del espejo. *** Consultando el I-Ching Rueda el orbe y transita lo ilusorio por el más frágil puente. Bulle el sabio de vida y en el fondo del estanque, sus carpas perseveran contemplando los actos encadenar los días. Varitas y monedas se entrelazan en el rito sagrado, súplica al microcosmos, sólo a medias consciente por revelar un hito, un ápice del verbo, despliegue hacia lo ignoto, hacia lo nunca visto en su armonía, dimensión concebible desde el sueño. Fluye calmo el oráculo. Se dobla la cabeza hacia los cuatro puntos cardinales que resumen al centro la verdad revelada. El discípulo ríe al descorrer la niebla: no está solo en el cosmos. *** Irrumpe el loco I Tengo un mito: soy alguien importante y he puesto a trabajar a los ingenuos para cubrir mi desnudez ridícula con harapos de oro. II Todo lo llevo dentro: soy múltiple y es por eso, a pesar de los engaños y las mutilaciones que soy dueño del cosmos. III Tu retorno al pasado, el soñar con las lides y los viejos juglares no son sino aspavientos, mascaritas que gritan tu cinismo, tus instintos que bullen sin poder liberarse. IV Hoy ya no te dedicas a soñar, detrás del pensamiento estás presente (es un espía agradable porque no apela a la razón incómoda), no haces reconocer lo indeseado (simplemente rebuzna). V La muerte del instinto es la prudencia la quimera del loco es la sabiduría la fortuna de lo oculto es el silencio la potencia de lo oscuro es el destino la madre de la temperancia es la fortuna la destrucción del tiempo es la esperanza la fortuna del diablo es el principio la voluntad del loco es la catástrofe la luz de la belleza es la victoria la libertad del caos es el orden el triunfo de la muerte es el poder la madre de la prueba es lo escondido el cambio del poder es la templanza la fe del absoluto es lo invisible la sustancia del hombre es la belleza la inspiración del cambio es la justicia la autoridad del cosmos es el tiempo la muerte del destino es el instinto la madre de lo oculto es la victoria la justicia del loco es la prudencia la humanidad del orden es el triunfo. *** Sephirot Luz y sombra en las cosas, cuerpo doble, persistir de una luz que no perece aun deshecho el objeto. Tenue halo acentuado en eclipse y plenilunio por el terror sagrado ante el misterio. Puerta de la armonía plasmada en el sonido y en los trazos heridos por el ritmo. Espirales que nos mantienen vivos con su eterno alimento para una eterna búsqueda. *** Borges Solitario de ayer y de mañana, parásito inmortal del paraíso, también yo sucumbí ante tus hechizos brotados de la magia más arcana y ella me obliga a honrarte, aunque no puedo revelar lo que en sueños me dijiste; lapidario, espectral desvaneciste mi maya, mi soberbia, mi denuedo por ocultar lo que mi karma sabe: resplandor y verdad, sombra y mentira, lo que marcha del ser hacia la nada, lo que de todo enigma da la clave; una voz que no exulta ni suspira, la falsa luna de una luz helada. (Del libro inédito Ars Magna) 1988 === El traductor a medianoche ============================================= Alejandro Saravia (rufovalencia@sprint.ca) Borges fue un gran traductor. Era marcada su preferencia por las lecturas a propósito de las literaturas anglosajona y germánica. Sin duda hubo otras lenguas más en el camino a sus textos. Viviendo en una ciudad, Montreal, donde uno se codea a diario con otras lenguas, no se puede dejar de considerar este ejercicio, el de la traducción. *** I El traductor hunde el dedo en el teclado como se hunde un cuchillo en la espalda de un