=========================================================================== Editorial Letralia * http://www.letralia.com/ed_let =========================================================================== CRÓNICAS CITADINAS Mirco Ferri, mfs@facilnet.com Venezuela =========================================================================== A manera de introducción La ciudad, mi ciudad específicamente, ha sido durante estos dos últimos años una de mis obsesiones. Mi hobby por excelencia es tratar de informarme lo más posible sobre este tema, pero realmente mis avances no han sido muy fructíferos: la literatura documental disponible sobre mi urbe es bastante precaria y difícil de conseguir. Para saciar esta necesidad de documentación, tuve que recurrir a los escritores costumbristas de finales del siglo pasado y principios del presente, quienes con pluma a veces irónica, a veces grandilocuente, pero siempre afectuosa, trazan el fresco de una ciudad pequeña y amable, París de un solo piso como la definiera Aquiles, el poeta de la ciudad, en donde el ambiente citadino se funde con las actividades campestres. Sin embargo, de esta concepción de ciudad bucólica, si se me permite la paradoja, a lo que se ha convertido en la actualidad, existe una brecha insondable: lo que antaño eran parajes propios para el paseo hoy son asiento de enormes y contaminantes industrias; las antiguas haciendas de café, caña y cacao se trastocaron primero en urbanizaciones unifamiliares, y progresivamente en espacio apto para la proliferación de esas colmenas humanas que son los enormes rascacielos. Y del casco histórico es preferible ni siquiera hablar, ya que prácticamente ha sido arrasado. De estas lecturas, mi curiosidad devino en profunda nostalgia por lo que nunca conocí; fruto de dicha nostalgia son estas crónicas, que quieren ser un modesto homenaje a mi maltratada ciudad. Tal vez alguien pueda, o crea, reconocer algunos de los hechos aquí narrados. Debo advertir que, aunque ciertamente algunos de los relatos están basados en asuntos realmente acaecidos, la ficción tiene amplio predominio sobre lo real. De antemano me excuso por las chapucerías que, como toda ópera prima, pueda contener este libro; el lector gentil sabrá tomar con benevolencia los gazapos de un advenedizo de la escritura. =========================================================================== ¿Demencia? Me asomo a la ventana y lo veo. Ahí está. Hoy, con la camisa a cuadros (¡la camisa a cuadros otra vez!), asomándose fugazmente, quizás viéndome verlo. Ahora sigue con su extraño ritual: se pasa las manos sobre la cabeza, gesticula exageradamente, toma su inseparable paño y se lo pasa por todo el cuerpo. Aún no he podido entender cuánto tiene de loco y cuánto de cuerdo. A veces, pienso que está riéndose de mí, que su accionar tiene la única finalidad de hacerme conjeturar el motivo de su comportamiento. Pero no. No puede ser. A menos que el de la mente extraviada sea yo, y todos los que contemplamos su cotidiano espectáculo. Pienso que todos tenemos algo de voyeuristas, aunque tal vez lo hago para justificarme. Lo cierto es que mi vecino de enfrente ha logrado desafiar mi imaginación, ya que todos los días me asomo a verlo, siendo rara la vez que me defraude su actuación. Pasó una vez que el vecino desapareció por algunos días, y entonces pensé que se lo habían llevado. Puedo decir que llegué a extrañarlo. Pero al poco tiempo apareció, con su misma desconcertante actitud. Muchas dudas me embargan: ¿de qué vive?, ¿quién cuida de él?, pero lo cierto es que el vecino vive únicamente acompañado por sus alucinaciones, o por lo menos eso parece. Quizás algún día logre descubrir el misterio que rodea a mi extraño personaje. Por ahora, deberé contentarme con imaginar su vida, y con observar, cual mirón, sus extrañas evoluciones. =========================================================================== La agonía Ese día, contrariando todas sus costumbres, se levantó muy temprano, antes del alba. Se aseó prolijamente, vistió sus mejores ropas y salió a la calle, cuando el sol apenas comenzaba a dar vagos inicios de querer despuntar. Debía cumplir una diligencia bastante penosa: se trataba de asistir a un doloroso trance, cuyo desenlace iba a ser necesariamente fatal. Una agonía. El sentía que su presencia, aunque pasara desapercibida, era moralmente obligatoria, ya que los vínculos que los unían eran profundos y de vieja data. Mientras se dirigía al lugar, iba rememorando los momentos que compartieron: tantas travesuras cuando niño, sus primeros escarceos amorosos, la muerte de sus padres... eran demasiadas las cosas que poseían en común, como para ejercer el abandono. El sabía que le había fallado, en el crepúsculo de su existencia; pero la culpa no era suya, sino de la vida, para decirlo con un lugar común, y confiaba en obtener su perdón en esas últimas horas. No se apresuraba demasiado, sin embargo. Posiblemente algo de cobardía le hizo tomar los caminos más tortuosos, para retardar el momento del último encuentro. Releyó el periódico mediante el cual se enteró de la fatídica noticia, con la secreta esperanza de que algún embrujo hubiera borrado la página en donde estaba escrita. Pero estaba allí, y nada ni nadie cambiaría ese hecho. La nostalgia y posiblemente los remordimientos le hicieron imaginar el dolor que padecería: quiso que su organismo también se sintiera desfallecer, y deseó morir en su compañía. Ese ejercicio de expiación le hizo bien, tanto a su cuerpo como a su espíritu, y lo preparó para presenciar el doloroso espectáculo de la muerte. Por más que quiso retrasar el arribo, sus pasos lo guiaron inexorablemente al sitio en donde iba a ocurrir el deceso. Tomó lugar lo mas cerca que pudo, entre la muchedumbre ahí reunida, adoptando la expresión que se suele tener cuando se está enfrentado a la muerte. El momento tan temido, al fin, llegó. Se escuchó un ruido ensordecedor, y al final de la calle apareció el tractor de la compañía constructora, que cumpliría la sentencia de muerte: demoler el vetusto caserón de vecindad, que tanto desentonaba con las modernas edificaciones que habían erigido en esa zona residencial. =========================================================================== Retorno Hace algún tiempo decidí pasear por mi primer vecindario. A pesar de estar situado en un sitio bastante céntrico, no había tenido la oportunidad de volver a él, aunque la nostalgia me solicitaba esta visita desde mucho atrás. Este reencuentro se me antojaba como rejuvenecedor, como si tuviera la extraña virtud de devolver el tiempo y regresarme a mi infancia. A medida que me acercaba, sentía que me embargaba una especie de ansia. Era algo así como el regreso al hogar, un hogar que fue bondadoso con nosotros y el cual abandonamos irreflexivamente, en pos de experiencias nuevas, sin tomar en cuenta lo que se dejaba atrás. Por supuesto que no esperaba encontrar ninguna cara conocida, ya que mi ausencia se prolongaba por más de veinte años; pero sí anhelaba renovar el contacto con las calles y casas que de alguna manera se habían alojado en mi memoria y contribuyeron a formar mi modo de ser, algo nostálgico y retraído. Ya llegaba: en la esquina, un grupo de muchachos estaban reunidos en un extraño conciliábulo. Están jugando metras, pensé, ya que eso era lo que yo podría estar haciendo, a su edad y en esa actitud. Pues no, pequé de inocente: los muchachitos estaban muy ocupados sorbiendo los vapores emanados de un pote de pegamento, y ni siquiera se molestaron en ocultar su actividad. Yo, por mi parte, cambié de acera, sin querer darle mucha importancia al asunto. Ese detalle no empañaría mi retorno a la infancia. Apurando el paso, me acercaba al edificio en donde había vivido: en mi memoria era alto, imponente, casi podría decir que señorial, rodeado de amables quinticas que le servían de marco y resaltaban su grandeza. Duro fue el encontronazo con la realidad: el edificio, que realmente contaba con escasos cinco pisos, estaba en el peor estado de abandono, y las casas que lo circundaban se habían convertido en talleres mecánicos o en comercios de la más variada índole. Las pocas personas que deambulaban por la calle no me recordaban a aquellas que habitaban mis recuerdos; de alguna manera parecía gente venida a menos, que indolentemente mostraba su indigencia. No hace falta decir que ya la desilusión me había tomado, pero decidí seguir adelante. En algún lugar encontraría algo que no hubiera cambiado, que justificaría mi excursión. Decidí dirigirme al final de la calle, en donde seguramente seguiría estando la mansión de la hacienda que era antiguamente el vecindario. Esa casa, que por lo inaccesible y majestuosa nos hacía soñar a los pequeños con cuentos de capa y espada o de aparecidos, que a pesar de estar vedada para nosotros sintió alguna vez las incursiones de nuestra pandilla por sus prados, buscando los mangos que generosamente brindaban sus añejas matas, tendría el don de retrotraerme a mi infancia, cosa que ya se me estaba volviendo algo así como una obsesión. La antigua construcción coronaba una pequeña colina, sembrada de césped que los jardineros mantenían el mejor estado de verdor; un sencillo letrero clavado en una estaca anunciaba el nombre de la estancia. Todos estos detalles estaban presentes en mi memoria, y quería confrontarlos con la realidad. Llegué, al fin. Aunque lo mejor sería no haberlo hecho. Un monstruoso conjunto de edificios usurpaba el lugar que antaño había sido de la casa. La colina había sido arrasada, y del jardín no quedaba la más remota traza. El afán urbanista y la búsqueda incesante del lucro se encargaron de destruir el entorno de mi infancia. A partir de ese momento, tomé una decisión. De ahora en adelante, efectuaré estos paseos utilizando los jirones de recuerdos que están desparramados por mi memoria, sin salir de casa. Será menos doloroso. =========================================================================== Función de cinco Formaban un trío inseparable: Leandro, Rodolfo y Mauricio eran lo que se puede definir como una trinidad, ya que la mayoría de las veces se los veía juntos. Esta camaradería, aunque desde fuera pudiera verse indestructible, era en realidad frágil producto de las circunstancias que habían confluido para que se formara. El primer nexo que tuvieron en común fue la escuela, ya que los tres frecuentaban la misma institución. Sin embargo, dentro del recinto estudiantil, al menos al principio, no se manifestó la amistad que luego les uniría. Cada quien estaba por su lado, dentro de círculos diferentes. Pero los tres poseían un mismo rasgo: la dificultad para socializar, sobre todo con las muchachas. Esta carencia, indudablemente producto de su gran timidez, les provocaba no pocos sinsabores, ya que poco a poco iban siendo relegados a la posición de simples compañeros de clase, buscados solamente cuando se piensa que se puede obtener algún provecho de ellos. La marginación que les estaba siendo impuesta actuó como catalizador para que el trío se formara, cada quién buscando protección en los otros. Aunque se dijo antes que existía una afinidad ente ellos, realmente el temperamento de los tres era sumamente diferente: Leandro era un deportista bastante discreto, Rodolfo era del tipo aventurero, y Mauricio se refugiaba en actividades intelectuales. La camaradería de los tres nació de manera gradual: primero, formaron un grupo de estudios, el cual comandaba Mauricio por ser el mejor dotado en esos menesteres; paulatinamente, de esas reuniones fue consolidándose una especie de alianza dentro de la cual simulaban no necesitar del exterior, aunque secretamente cada uno de ellos soñaba con ser diferente: ser un líder, o por lo menos tener alguna popularidad entre los demás. Esto, sin embargo, no pasaba de ser una quimera, ya que a medida que pasaba el tiempo la distancia entre ellos y el resto de la población estudiantil del colegio iba en aumento, tal vez por culpa de ellos mismos. Esta soledad compartida los llevó a frecuentarse cada vez más, hasta llegar a convertirse en algo natural el reunirse en cada tarde que tuvieran libre, así como durante los asuetos de fin de semana. ¿Que hacían? Nada espectacular, por supuesto: se encontraban en la casa de alguno de los tres, y al cabo de largas deliberaciones decidían casi fatídicamente "dar una vuelta". Esta actividad consistía en acercarse a la avenida, y recorrerla de cabo a rabo, llegando por lo general al centro comercial recientemente inaugurado. La excusa era ver las vidrieras de los negocios recién abiertos, con su reluciente mercancía; mas cada uno albergaba la esperanza de poder conocer alguna chica. Pero su torpe actitud y su redomada timidez frustraban cualquier intento de acercamiento a los grupos de muchachas que recorrían en manadas los pasillos del centro comercial. Terminaban en la fuente de soda, tomando unas merengadas que les sabían amargas. Una de las pocas distracciones mundanas a las que tenían acceso era el cine: afortunadamente en su vecindario existían unas cuatro o cinco salas, de esas que ya han ido desapareciendo progresivamente. Todos los sábados, y algún que otro domingo, se dirigían a la que diera una película que no hubieran visto, sin importar que pareciera buena, regular o mala. Siempre a la función de las cinco, por eso del peligro de la noche. De esta manera se llenaron de imágenes fílmicas, que en parte aumentaban su desazón por el fracaso que experimentaban con el sexo opuesto, al ver la facilidad que tenían los galanes para conquistar a cuanta mujer se les antojara. Pero estas sesiones cinematográficas le permitían soñar, y evadirse durante las dos horas de función de sus grises vidas. Estaban en la edad que les permitía alcanzar la categoría "B" dentro de la escala impuesta por la censura oficial, por lo que buscaban casi exclusivamente películas que pudieran tener algún contenido erótico, por medio del cual saciar un poco sus ansias de descubrimiento del sexo opuesto. Sin embargo, por lo general esas películas a las que tenían acceso poseían escasa carga de imágenes sensuales, por lo que se quedaban con las ganas de penetrar en el mundo, prohibido para ellos, de la sexualidad. En compensación pudieron ver algunas películas de bastante calidad, que les permitieron crearse una cierta cultura cinematográfica. Era un período en que todavía la producción norteamericana no había impuesto su monopolio, y llegaban al país bastantes cintas de los países europeos y del cono sur, algunas mediocres, otras realmente excelentes. Fue precisamente en una sala de cine, presenciando una película de esas que acaban con la taquilla, que ocurrió el primer hecho extraordinario en la vida de uno de los integrantes del trío, específicamente Mauricio. Extraordinario para él, claro está. Como quedó dicho antes, la sala estaba repleta, por lo que cada quien tuvo que sentarse por su cuenta, en los pocos asientos que quedaban vacíos. Al comenzar la función, ya no quedaban sitios libres. Mauricio se acomodó en su puesto, colocando su brazo izquierdo en el apoyo que divide los asientos. Al rato, sintió un roce, que le hizo retirar instintivamente el brazo. Giró su cabeza lo más discretamente que pudo, y pudo ver que a su lado estaba sentada una mujer. Por la oscuridad y por lo rápido que regresó los ojos a la pantalla, no pudo precisar detalles. Lo único que le quedó claro es que era una mujer joven, a lo mejor de su edad o un poco mayor. Acopiando todo su valor, volvió a subir el brazo hasta hacerlo descansar sobre el borde del apoyo, y lentamente lo fue rodando hacia el brazo de la joven. Al cabo de unos diez minutos, ya lo estaba rozando, pero esta vez fue ella quien retiró el suyo repentinamente. Mauricio sintió que los colores subían a su cara, pero afortunadamente para él nadie pudo darse cuenta. ¿Que pasaría? ¿Se habría molestado? Para no demostrar su azoramiento, no abandonó la posición conquistada en la frontera que dividía ambos asientos. Al rato, la muchacha volvió a subir su brazo, esta vez resueltamente, y el contacto entre ambas extremidades era ya franco. Comenzó un sutil juego de avances y retiradas que al pasar de los minutos se hizo más intenso; al finalizar éste, después de que transcurriera un largo trecho de película, sus manos estaban entrelazadas. El no pudo precisar de quien había sido la iniciativa: todo ocurrió espontáneamente, como se imaginaba que pudiera pasar entre novios. Mientras tanto, sintió que la otra mano de la muchacha se apoyaba sobre la suya, acariaciándosela lentamente. Mauricio no supo como reaccionar ante aquella manifestación, insólita para él, y quedó como petrificado. Por su mente se atropellaban pensamientos diversos: en un momento se forjó la imagen de su futuro al lado de la muchacha, y simultáneamente trataba de crear un plan de acción que le permitiera alcanzar ese futuro. Sin embargo, nada pudo maquinar. Se limitó a corresponder a las caricias, sin atreverse a explorar zonas más substanciosas por miedo a que ella se sintiera ofendida y cesara ese su primer escarceo. Ninguno había pronunciado la primera palabra. Al poco tiempo, pero que a él le pareció una eternidad, se encendieron las luces de la sala. Había terminado la función, y con ella el primer y fugaz romance de Mauricio. La gente fue abandonando el cine, y su inesperada conquista se levantó del asiento, titubeando entre quedarse allí o irse, seguramente esperando que Mauricio tomara alguna iniciativa. Al no observar reacción alguna en él, se dio la vuelta y caminó hacia una de las salidas. Esa noche, Mauricio no esperó a sus camaradas. Cuando pudo levantarse de su asiento, enfiló una de las puertas (casualmente, una totalmente opuesta a la que eligió la muchacha) y regresó a su casa solo, más solo que nunca. =========================================================================== La ceiba El torrencial aguacero cayó sobre la ciudad sin previo aviso. No me quedó más remedio que refugiarme en el primer lugar que me viniera a la mano, ya que no tenía conmigo ni un paraguas, ni un impermeable, ni tan siquiera un periódico con el cual protegerme de la lluvia para llegar a la estación del metro. Silenciosamente maldije mi suerte: tan cerca (una cuadra) que estaba de la estación y nada que pudiera llegar a ella. Este inconveniente podía estropearme los planes que había forjado desde hace tanto tiempo. Resolví tomar el contratiempo con calma; ya conseguiría un teléfono para comunicarme, y posponer la reunión para otro momento. De todas maneras, el aguacero no era de mi exclusiva propiedad, y afectaría a todos por igual. Ya sabemos que en Caracas no pueden caer cuatro gotas sin que la ciudad colapse. Todos estos pensamientos iban apareciendo en mi mente para calmarme un poco, pero la verdad era que sentía un vago desasosiego, influenciado por mi natural pesimismo. Entré, como dije antes, al primer lugar abierto, que resultó ser un botiquín de esos que se califican como de mala muerte. Lo que me llamó la atención fue el contraste entre la barra, que si bien no estaba en perfecto estado, era de madera y se notaba que en sus buenos tiempos tuvo cierto atractivo, y el resto del mobiliario, que constaba de cuatro mesitas desvencijadas acompañadas por sus respectivos taburetes. La impresión que tuve fue que el dueño del bar invirtió todo su capital en tener una barra acogedora, dejando para mejores tiempos lo demás (claro, los buenos tiempos nunca llegaron). La decoración del bar consistía en afiches y banderines de clubes futbolísticos españoles, en su mayoría del Real Madrid. La nota taurina, infaltable en estos lugares, estaba dada por una escuálida cornamenta, seguramente perteneciente a algún novillo malamente sacrificado en una corrida de espontáneos. Para completar el cuadro, la iluminación era bastante precaria. Como podrán haberse dado cuenta, el lugar era lo suficientemente sórdido como para que yo esperara que escampara lo más prontamente, pero las condiciones atmosféricas me hicieron prever una larga estancia en mi lugar de refugio. Lo primero que hice fue preguntar por un teléfono: el dependiente que estaba detrás del mostrador me señaló con un gesto displicente algún punto impreciso sobre la barra, y entornando los ojos pude ver el artefacto que temporalmente me permitiría paliar la situación. Utilicé el teléfono, pues, y al tercer intento logré comunicarme. Más tranquilo, tomé asiento en una mesa, que me permitió visibilidad hacia la única ventana del sitio. Escogí ese lugar tanto para darme cuenta cuanto antes del momento en que dejara de llover, como para abstraerme de la fealdad del sitio. Pedí una cerveza, la cual me trajeron prontamente y tibia. Me resigné a mi mala fortuna, y empecé a sorber lentamente la amarga bebida. Mientras tanto, me enfrasqué en observar el paisaje que me brindaba la ventana: a través de ella se podía ver una enorme ceiba, de frondoso ramaje. Al fondo, había una iglesia que pudiera ser de principios de siglo. Mientras estaba dedicado a la observación del panorama, un parroquiano se acercó hasta mi mesa, seguramente en busca de conversación. Yo no soy muy amigo de conversar con extraños, pero la situación no me daba muchas elecciones. Me resigné a entablar una aburrida plática con el señor desconocido. -Buenas tardes, señor. ¿Conque escapando del chaparrón? -me soltó de buenas a primeras. -Así es. Pero siéntese -le dije. -¿No lo molesto? Mire que nosotros los viejos no nos damos cuenta y nos ponemos fastidiosos con nuestros recuerdos. -No se preocupe. Me imagino que usted es de aquí, ¿verdad? -Sí, señor. Desde cuando tengo memoria, he habitado en esta parroquia. -Entonces podrá ilustrarme sobre el sitio. Por ejemplo, la iglesia. ¿Tiene alguna idea de cuándo fue construida? -Cómo no. Data del año de 1900, y no lo sé porque yo hubiera estado allí cuando la construyeron, sino que afuera tiene una placa conmemorativa en donde aparece esa fecha. -Lo que más me gusta de esto es la ceiba que se ve aquí enfrente. Es realmente imponente. Seguramente será centenaria. -Así como es de hermosa es de vengativa -dijo con un dejo de amargura. "Ya está que el viejo empieza a desvariar", me dije para mis adentros. Para no parecer descortés, le di cuerda: -¿Como dice usted, que un árbol es vengativo? -Así como suena. Ya que tiene tiempo, le referiré la triste historia que tiene como funesta protagonista esta ceiba. -Pues para oír el cuento, le invito una cerveza. -Vale. Solicitamos las dos cervezas, y una vez que llegaron empezó el anciano a relatarme lo siguiente: -En los años cincuenta, esta parroquia era más tranquila. La avenida que separa este bar de la iglesia no existía, estando en su lugar una amplia plaza. En esta plaza se reunían a jugar los muchachos del vecindario, aprovechando los amplios espacios. Había uno de los muchachos que era particularmente travieso: mataba pájaros con china, vivía cayéndose a golpes... en fin, un pequeño atorrante. Una de las cosas que más lo entretenían era encaramarse encima de la ceiba. Se subía por sus ramas hasta lo más alto, destrozando muchas veces los vástagos que empezaban a retoñar. Una vez encontró un rollo de alambre de púas y se dedicó a envolver el grueso tronco de la ceiba con él. Estando un poco mayor, en la edad de los primeros amoríos, tallaba el nombre de sus enamoradas con una navaja en el tronco del árbol. En esas ocasiones, la ceiba rezumaba un espeso líquido, como si sangrara por la herida que le infligían. El muchacho creció, se hizo hombre y consiguió novia formal: era una hermosa muchacha, en la plenitud de la juventud. El noviazgo marchaba en serio, tanto es así que a los dos años de amores decidieron casarse. El anciano hizo una pausa, para tomar un largo sorbo de cerveza. Yo hice otro tanto, y lo insté a que continuara su relato. Notaba que el hombre iba adquiriendo un semblante triste, como si lo que estaba contando lo afectara profundamente. -Ya vamos llegando al final. Resulta, como le dije antes, que los muchachos resolvieron contraer matrimonio. Empezaron los preparativos, buscaron vivienda, se casaron por el civil; lo único que faltaba era la ceremonia religiosa. El día que fueron a la iglesia (la iglesia que ve usted enfrente, precisamente) a fijar la fecha de la boda, al salir del templo empezó a caer una lluvia, tan repentina y fuerte como la que estamos presenciando ahora. Eran alrededor de las siete de la noche, por lo que no quisieron esperar a que escampara, pensando que se haría muy tarde. Corrieron de la iglesia hacia este lugar, pero hicieron una pausa debajo de la ceiba, seguramente para recuperar el resuello. En ese momento la lluvia arreció y... Aquí se le entrecortó la voz al señor, y dos gruesos lagrimones corrieron por sus mejillas. Se repuso, y concluyó la narración: -¡Esa ceiba maldita dejó caer unas ramas sobre los novios, con tal violencia que hirió de muerte a mi hija! ¡Ella me la mató para vengarse de los maltratos que le propinó su prometido, cuando niño! ¿Pero, por qué a mi niña? ¿Porqué no a él? No supe qué decir. El anciano estaba tremendamente conmovido, y sollozaba quedamente. Balbuceé unas condolencias, que el hombre no debe haber oído. Afuera empezaba a escampar, por lo que aproveché para pagar la consumición e irme. Salí, y contemplé por un momento la ceiba. De sus ramas caían espesas gotas, que por una ilusión óptica, seguramente, parecían de color rojo brillante. =========================================================================== Mujiquita, el honesto "Se les recuerda a los señores usuarios que por razones de seguridad deben mantenerse alejados de la raya amarilla, y cruzarla únicamente cuando el tren se detenga y abra sus puertas". ¿Cuántas veces había escuchado esa recomendación? Por lo menos cuatro veces diarias, cinco días por semana, durante diez años, que era el tiempo que tenía trabajando en el banco. No se imaginaba cómo todavía había gente que hiciera caso omiso de la advertencia, después de haberla escuchado tantas veces y siempre, siempre con las mismas palabras. El, por su parte, prudentemente se mantenía a unos cuatro pasos de la raya, y esperaba que se abrieran las puertas del vagón y que salieran las personas antes de entrar al tren. En esos diez años había desarrollado lo que denominaba una conciencia ciudadana, que en pocas palabras consistía en respetar cuanta norma hubiera, tanto escrita como verbal, e indignarse cuando se daba cuenta que los demás no hacían lo mismo. Carlos Mujica era uno de los fundadores del Metro, o por lo menos así se sentía, ya que desde que se abrió una estación cerca de su casa él lo había adoptado como único y exclusivo medio de transporte. El conoció su primitivo trazado y vio cómo iba creciendo, a medida que las topas engullían la tierra del vientre citadino, y se iban ramificando las rutas del subterráneo. También fue testigo del resplandor que ostentó el sistema en sus inicios, y vivió el lento pero inexorable proceso de deterioro que estaba experimentando. Pero con todo y eso, el Metro era motivo de orgullo para él. De su casa al banco, del banco a su casa, dos veces al día: esa era la invariable rutina de Carlos Mujica, Mujiquita para sus compañeros de trabajo. Desde sus inicios en el banco, al que entró muy joven por recomendación de un tío lejano, con el cargo de oficinista auxiliar III, no conoció otro nombre. Aún recuerda su primer día de trabajo: un cajero de esos veteranos lo vio sentado en una silla, sin tener muy clara cuál sería su actividad allí, y le espetó: -Epa, nuevo. Véngase para acá pa'que me ayude con estos papeles. ¿Cómo se llama, mijo? -Carlos Mujica. -Bueno, Mujiquita. Agarre este bojote y se lo lleva a los terminalistas. Y así quedó bautizado. Poco a poco fue progresando dentro del escalafón del banco: a los seis meses pasó a oficinista auxiliar II, al cabo de otro año a oficinista auxiliar I, y así de escalón en escalón llegó al cargo de cajero. Cargo que desempeñó siempre con la mayor dignidad y honradez: jamás, pero jamás se apropió de algún dinero que sobrara del arqueo de caja, como se rumoreaba que era costumbre de muchos otros cajeros, y algunas veces puso de su bolsillo las monedas que pudieran faltar en el conteo, que por otra parte, dada su escrupulosidad, no era cosa frecuente. Nunca se le ocurrió apropiarse del dinero que algún cliente, por descuido, olvidara de recoger en la taquilla o diera de más, sino que le avisaba sobre el hecho inmediatamente a la olvidadiza persona. Y no era que le sobrara el dinero, todo lo contrario: su sueldo apenas le alcanzaba para cubrir los gastos de vida, y las necesidades de su madre. Este era el rubro que más pesaba en su presupuesto: su progenitora sufría de una insuficiencia respiratoria, por lo que debía estar conectada de por vida a una bombona de oxígeno. Para no confinarla a una cama, compró un tubo de goma lo suficientemente largo como para que pudiera alcanzar todos los rincones de su casa. De esa manera, la señora, con su mascarilla en la nariz, adoptaba un aire entre buzo y trabajador de minas. Además de las bombonas, su delicado estado exigía un complicado tratamiento de jarabes y pastillas. Mujiquita invertía el grueso de sus entradas en costear dichos suministros que mantenían con vida a su madre, y lo hacía con gusto, ya que su amor por ella era inmenso. Tan inmenso que no tenía novia, ni ganas de buscarla. Todo su tiempo libre se lo dedicaba a su madre, a tratar de satisfacer cada deseo que manifestara y a acompañarla. El era prácticamente su única compañía, ya que sus dos hermanas se habían casado y estaban viviendo en el interior del país, razón por la cual sus visitas eran bastante esporádicas. Su padre había muerto estando él pequeño. Como herencia recibió de él, además de sus recuerdos, un hermoso reloj de oro. Ese objeto, que no usaba nunca, para que no se lo fueran a robar, era su única propiedad y lujo. Debido a la ausencia de la figura paterna, que era la encargada de traer al hogar los medios de subsistencia, Mujiquita se vio obligado a abrirse paso en la vida desde muy joven. A los veintiséis años, su carrera laboral cubría la mitad de su existencia. Junto con el deterioro de las condiciones económicas del país, Mujiquita veía cómo día tras día disminuía su capacidad adquisitiva: cada vez le costaba más trabajo llegar a fin de mes, y para poder hacerlo renunció a más de un almuerzo. Para no preocupar a su madre, le decía que se quedaba en el trabajo para adelantar cosas pendientes, pero en realidad lo hacía para no gastar la comida en su casa. Con nostalgia miraba a los otros compañeros irse a almorzar a algún comedero cercano, o comer en el mismo lugar de trabajo el contenido de sus viandas. A veces algún colega, sospechando la gravedad de su situación económica, lo invitaba a comer, pero él nunca aceptó, no por orgullo sino por decoro. Como mucho, se acercaba a un cafetín, pedía un café con leche, compraba unas galletas de soda en el quiosco y engañaba por un rato el hambre. Otra cosa que eliminó fue el uso del Metro, ya que resultaba mas económico utilizar otros medios de transporte; a veces, si no estaba muy cansado, recorría a pie el trayecto entre el banco y su casa. Pero a pesar de todos estos ahorros, en unos cuantos meses su insuficiencia económica se hizo mucho mayor, cuando se aprobó el aumento de los insumos médicos. El agua le estaba llegando al cuello. Un día, tocándole la visita de control a su madre, sintió que su situación ya no tenía salida: el médico varió el tratamiento de su madre, aumentando las dosis de medicamentos y agregando otras drogas, ya que el estado de la señora iba empeorando. Para colmo, faltaban cinco días para el cobro de la quincena y la bombona de oxígeno estaba en las últimas. Esa noche no pudo pegar un ojo. Al día siguiente, estando en su puesto de trabajo tras la taquilla, ocurrió un hecho insólito: cuatro hombres, bien vestidos, con celulares y anteojos obscuros, desenfundaron sendas armas de alto calibre, y conminaron a todos los clientes a que se tendieran en el piso. Se trataba de un asalto, cosa que Mujiquita, a pesar de su larga trayectoria en la agencia, nunca había presenciado. Todo pasó como en una película, o en un sueño. Sólo que esta vez las armas eran verdaderas, y los asaltantes iban contra los cajeros. Por primera vez sintió que corría peligro de muerte, y el miedo empezó a manifestársele en su estómago. -Todos los cajeros: pongan el dinero de la caja en estas bolsas. Y rápido, que estamos apurados. Mujiquita empezó como un autómata a colocar los paquetes de billetes en la bolsa que le suministraron los hampones. Mientras lo hacía, por su mente desfilaban todas sus penurias: él, con tantos problemas, nunca tomó un céntimo que no le perteneciera, y en cambio estos delincuentes en un segundo se llenaban de plata. Entonces se acordó de su madre, que estaba a punto de quedarse sin oxígeno. Se imaginó que se asfixiaba inexorablemente, que moría frente a sus ojos sin que él pudiera hacer nada. Nada... a menos que le quitara a los ladrones parte del botín. En un segundo tomó la determinación: con una agilidad que desconocía, escondió dos gruesos fajos de billetes debajo de la taquilla. Simultáneamente con esta acción, se justificó consigo mismo: no le estaba robando al banco, sino a los hampones. En unos diez minutos todo concluyó: los asaltantes tomaron sus bolsas de dinero, no sin antes amenazar de muerte a todos los presentes. Al cabo de una media hora llegó la policía. Durante todo ese tiempo, Mujiquita estuvo dándole vueltas a la acción que estaba a punto de cometer: ¿qué pasaría si lo descubrían? La cárcel, y su madre sin el apoyo de nadie. Por otro lado, si no lo hacía, no tendría cómo adquirir la bombona de oxígeno. Al llegar los cuerpos policiales, Mujiquita se llenó de ansiedad: ahora empezarían las preguntas, quién sabe si además los requisarían. ¡Y él con esos dos fajos de billetes escondidos! El era el tercer cajero, de izquierda a derecha. Empezaron con el primero: lo interrogaron y efectuaron una inspección ocular en su taquilla. En unos cinco minutos terminaron. ¡Si pudiera preguntarle cómo fue! Pero no osó moverse de su lugar. Con el segundo cajero hicieron lo mismo. Trató de aguzar el oído y la vista, pero hablaban en voz baja y por su posición no pudo ver en que consistía la revisión. Por fin llegaron a él. -Buenos días, ciudadano. Le vamos a hacer algunas preguntas. ¿Nombre? -Carlos Mujica. -¿Edad? -Veintiséis años. -¿Cargo? -Cajero. -Diga usted: ¿cómo se desarrollaron los hechos? -Bueno, yo no estaba muy pendiente... sólo oí el grito de uno de ellos, y al darme cuenta tenía frente a mí una pistola, o un revólver, yo no sé de armas, pero bien grande, y me dieron una bolsa para que la llenara con el dinero de la taquilla... -¿Cuánta plata tenía aproximadamente en caja? -Unos trescientos mil bolívares. -¿Lo puso todo en la bolsa? -Este... -y aquí titubeó un segundo. Este era el momento tan temido por él: de lo que dijera aquí podía depender el resto de su vida. -Bueno, ciudadano. No tenemos todo el día. Responda de una vez. -No. Aquí pude esconder estos dos paquetes de dinero -y sacó los fajos del escondite donde los tenía. -¿Con qué finalidad escondió ese dinero? -¿Finalidad? -¿Para qué se guardó esos dos fajos de billetes? -Bueno... es que me dio rabia que esos ladrones se llevaran tanto dinero, y decidí esconder esa parte. -¡Ah, caramba! Aquí tenemos un samaritano. Está bien. Ahora, con su permiso, vamos a inspeccionar su taquilla. El agente pasó a la taquilla, en donde revisó minuciosamente las gavetas y los estantes. Al no encontrar nada, dijo: -Esto está limpio. Ahora tengo que revisarlo a usted. Después de palparlo ligeramente en los lugares apropiados, quedó satisfecho: -Terminamos con usted. Gracias por su colaboración. Tenga cuidado con la aureola, no se le vaya a engarzar de la lámpara -dijo sarcásticamente. Eso fue todo. Al rato los agentes terminaron su labor, la agencia del banco se cerró al público para efectuar el cierre del día y conciliar la suma robada. Ya la aseguradora pagaría al banco esa cantidad. Cuando Mujiquita iba de salida, se le acercó el subgerente de la agencia: -En nombre del Banco, quiero felicitarlo por la muestra de valor civil que nos brindó hoy. El agente que lo interrogó me comentó su gesto de lealtad para con la institución, al no entregarle gran parte del dinero que estaba bajo su responsabilidad a esos fascinerosos. Este banco es grande gracias a personas que, como usted, lo ponen como la primera de sus prioridades. -Muchas gracias, jefe. Disculpe, quisiera pedirle algo. ¿Pudiera prestarme unos diez mil hasta la próxima quincena? =========================================================================== La edición electrónica de este libro se terminó en mayo de 1997 y está disponible en http://www.letralia.com/ed_let/cronicas =========================================================================== (C) 1997, Mirco Ferri. Editado por la Editorial Letralia. Internet, mayo de 1997. La Editorial Letralia es un espacio en Internet patrocinado por la revista Letralia, Tierra de Letras y difundido a todo el mundo desde la ciudad de Cagua, estado Aragua, Venezuela. Contáctenos por correo electrónico escribiendo a editorial@letralia.com. Editor: Jorge Gómez Jiménez (info@letralia.com).