=========================================================================== Editorial Letralia * http://www.letralia.com/ed_let =========================================================================== EL CUADRO René Marín, rene.c.marin@usa.net México =========================================================================== Gritaba con una fuerza tal que sería incapaz de poder describir, y todo el sonido de mis gritos retumbaba escaleras arriba mezclándose con el hueco y atropellado eco de las pisadas de mis perseguidores y dejé de gritar para poder correr más. Saltaba los escalones de cuatro en cuatro, a cada momento caía y sin ninguna intervención de mi voluntad volvía a estar de píe, otra vez saltando y rebotando contra las rústicas paredes de la amplia escalera de la estación refinería del subterráneo. La sangre me resbalaba por las manos, por las rodillas, la frente; ya no me dolían los golpes, sólo la garganta de intentar convencerles. Ellos lo querían saber y no iban a dejarme en paz hasta que no les diese una respuesta convincente: siempre cualquier respuesta era buena si a ellos le satisfacía. De repente las escaleras terminaron. Caí por enésima vez en medio de un charco de grasa. Estaba en el último desnivel, aún me quedaban 200 metros para llegar a la pequeña puerta disimulada en la pared que daba paso a las salas de los sistemas de ventilación. Allí podría esconderme unos segundos para tomar aliento, sólo quería un momento de paz para pensar en mí y en ti, en todo lo anterior. Luego me entregaría. Cerré la puerta tras de mí y en la oscuridad volví a correr y golpearme contra todo hasta encontrar el hueco de la ventilación, arranqué la rejilla y me introduje como pude en él. Ellos ya habían dejado la escalera y por sus voces noté que se diseminaban por la estación. ¿Por qué no me dejaban en paz? A mí no me hubiese importado explicárselo todo desde el primer momento pero, ¿cómo me iban a creer..? Desde mi escondite vi cómo una luz relampagueaba tras un ventilador, era una linterna cuyo haz resbalaba lentamente por la habitación, de repente se fijó en mí y me deslumbró, cada vez más grande, más cerca. Me habían encontrado. La rejilla cayó de un golpe y recuerdo que una mano me agarró del hombro tirando de mí. De repente estaba en pie, ayudado a andar por esa sombra hacia una puerta que yo no conocía. La traspasamos, era un ascensor. La luz me permitió ver al hombre completamente vestido de negro. En la cara un pasamontañas, también negro y con aspecto robusto, parecía de algún equipo de ataque o algo así por su forma de andar sin titubear. Y sin la menor consideración de mi persona, dado que las heridas recibidas me impedían seguir con la misma velocidad su andar. Apenas pude mantenerme en vilo junto al sujeto gracias a sus jaloneos constantes. Por esos años dada la creciente inseguridad que amenazaba cada vez más frecuentemente a todos los niveles de la sociedad. Se iniciaron sin una verdadera planeación de largo plazo, la implementaron de grupos especiales de ataque a la delincuencia y así resultaba que existían equipos de combate para los robos de casa habitación, los robos a transeúntes, los robos a bancos, las organizaciones de secuestradores, las de cuello blanco, las de narcotráfico, las del robo de vehículos, las de asalto a transportistas, las de asalto a camiones urbanos. Grupos para el ataque al contrabando, a la defraudación fiscal, a la importación ilegal, los que trafican con órganos, al robo de ganado, a la detención de asesinos seriales -ya de moda por acá-, a la extradición de políticos corruptos, a la detención de los supuestos líderes guerrilleros. Grupos que sin revelación de su indirecta relación con los castrenses, realizan ejecuciones sumarias fingiendo pseudo enfrentamientos para fusilar y encubrir. Organismos creados para la búsqueda de banqueros prófugos y hasta para ex presidentes de dudosa solvencia moral. Pero lo que yo siempre he creído es, que al planear el destino de un país debes tomar en cuenta no solo las consideraciones de rigor, sino también un hecho que para mí es fundamental a la hora de planear, y ese es, determinar qué queremos obtener. ¿Tan sólo el ingreso a soluciones de estabilidad paulatina? ¿O verdaderas mejoras en el valor de nuestro país y de su actuación global como sociedad? He visto que de ahí parte toda consideración para un cambio real o un paliativo sexenal. Y lo he podido comprobar en los diversos eventos que constituyen mi vida en los negocios, pudiendo de ellos decidir obtener tan sólo liquidez pasajera o una verdadera utilidad y riqueza. Gracioso resultaba para mí que dedicara esos instantes a desarrollar ese tipo de análisis. Pero eso es lo que me intrigaba de mi raptor. ¿Quién era? ¿A cuál de esos grupos pertenecía? ¿Sería tal vez del departamento de impuestos? ¿O de algún comando contra delitos de cuello blanco? O tal vez le habían pagado para que en sus ratos de ocio se dedicara a localizarme. No podía determinar de cierto su origen y la razón de su intervención en ese momento, porque para cualquiera de esos supuestos yo era candidato idóneo. Tal vez me tenía por lo de los impuestos del 95, o por los pagarés de aquella operación en el mercado negro. ¿O tal vez..? ¡No lo creo! Porque me hubiera ejecutado ahí mismo. Sé que son tantos los que me buscan a estas alturas que podría ser cualquiera o tal vez todos ellas. Pero si de algo estoy seguro es que no es de derechos humanos. Ascendimos imperceptiblemente. Estábamos en la superficie. En el vestíbulo no había nadie. Velozmente salimos al exterior y me hizo subir a un automóvil. ¿Estaba a salvo? -Por lo que has pasado -me dijo al habernos alejado unas cuadras. Con una mano se quitó el pasamontañas y pude ver el desconocido rostro casi glacial en un perfil que no inspiraba temor, a pesar de la frialdad de la sonrisa. Tampoco a él sabía qué contestarle. Hubiera deseado disculparme y agradecerle su intervención, pero era tan irreal todo lo que estaba pasando que me era imposible decir nada. Tan sólo querría haber estado otro segundo más quieto, en aquel hueco de ventilación, como durmiendo allí, seguro, lejos de todo. Llegamos a una cabaña en las afueras. No nos encontrábamos muy lejos de la ciudad ya que a lo lejos durante el ascenso pude ver esas torres de colores tan características de la zona norte. Sin mediar palabra nos dirigimos a la puerta donde él tocó tres veces el timbre como si fuese una contraseña. Y abriste tú. Ese primer contacto. Cuando nuestras miradas se cruzaron. Cuando en realidad, sin saber quiénes éramos, lo único que nos acercó en un principio fue esa mirada, ese primer vistazo que lo único que nos provocó fue ansiedad, ganas de estar y nada más. No sabía si alegrarme o temer a este hecho. Porque de estar tú allí querría decir que ya las tenías en tus manos, y que en ese instante lo único que te interesaba era que te explicara. Y vino a mí el recuerdo de la primera vez que te vi frente a mí. Sólo pude decir: ¡Dios mío! Luego me cuestioné: ¿Existe un Dios? Porque, ¿quién pudiera afirmar a ciencia cierta que sí, o lo contrario? De cualquier modo, para mí es más fácil desechar el hecho de que no exista. Pero si existe un Dios me gustaría que fuera mujer. Porque me sería más sencillo hablarle y que me aconsejara. Que fuera mi amiga, de esas que están contigo y se entregan cuando las necesitas. Que me escuchara. Que me consolara y cerrara mis heridas. Que fuera mujer y que su vientre sabor a pan fuera el pretexto de mi comunión. Y que su cuerpo fuera mi catedral. Pero lo más importante es que fuera como tú, con esos ojos grandes y brillantes, con esas cejas perfectas, con esos labios rojos tan incitantes. Con esa mirada que como el sol da calor a todo lo que toca. Así también fuera capaz de dar calor a mi existencia. Con ese cabello que se rebela y al revuelo torna tu imagen erótica y me hace enmudecer. Con esa piel que me invita a un mundo de caricias y que te pudiera tocar aunque mis manos sigan siendo de hueso. Así, el día iniciaría con tu nombre y te traería rosas vestidas de palabras. Y serías mi cruz. Si existiera un Dios en definitiva me gustaría que fuera como tú. Pero increíblemente, en ese momento no hizo el más mínimo gesto al verme. Te abrazaste a su cuello y le besaste largamente. Era todo tan fantasmal que me seguía siendo inútil intentar decir nada coherente, tan sólo pude balbucear sin que ninguno de los dos me pudiese oír: -El azul eres tú. Pero ella no parecía conocerme. Me hizo pasar y sentarme. Su forma de comportarse no dejaba lugar a dudas: esa mujer, tú, no me había visto en la vida. O fingía. Me instalaron en la sala de aquella casa, tan meticulosamente decorada como si el que allí habitara se dedicara a contemplar y estudiar por horas la composición de cada espacio y luego añadiera detalle a detalle lo que constituía a cada pared, cada mesa, cada rincón de cada lugar, desde los jardines hasta el último de los rincones. Sin ninguna prisa el hombre salió del salón y regresó al momento con un paquete. Lo puso delante de mí y lo destapó. Era el cuadro. El cuadro estaba formado por tres espacios diferentes sin serlo. Dos líneas perpendiculares entre sí se encontraban en un centro, que tampoco lo era en realidad, y delimitaban tres zonas, cada una de un color y textura diferente. Uno era azul, el otro rojo, el último gris. La primera con pinceladas largas y continuas, de arriba abajo, quería dar una sensación de profundidad. De poder introducir la mirada poco a poco en su interior. Tu corazón. La segunda, de color del barro, no dejaba lugar a la apariencia. Todo en ella era tan real como los grumos de pintura que transgredían la superficie, sin ningún tipo de necesidad de justificación, sólo su propia entidad puesta allí como algo fisiológico, como un instinto primario que ata al individuo a la especie. Tu cuerpo. La tercera zona, gris, se escondía en su sutilidad. Si, el color quería evocar el pensamiento, lo etéreo, su tonalidad blanquecina dificultaba la comprensión de aquello a lo que aludía. La mente humana. Esta sensación de impotencia se acrecentaba por los fragmentos de espejo roto incrustados sobre el gris del cuadro. El imperativo de búsqueda, de explicación, de un más allá de la superficie, se ve obstruido por la infinidad de realidades superpuestas que se solapan y desvirtúan unas a otras. Recuerdo haberlo pintado en un momento en el que me encontraba lejos de ti, en el que no me mirabas y parecías ignorarme, como si no existiera. Como si no significara nada. No me sentía desahogado. Sentía que con pintarlo no era suficiente, así que junto con él me dediqué a escribirte. No sé en estos momentos lo que exactamente estoy sintiendo, pero te he visto y he vuelto a soñar con mirarte, con hacerme presente ante tus ojos, a dirigirte la mirada y dedicarte mis pensamientos. Pero ya no estoy contigo y tal vez nunca lo estuve. Tal vez yo pienso que sí pero no lo hice jamás. Ahora, en este instante en el que mi pecho se aprisiona por unas ansias que ya he sentido antes pero que nunca comprendo. Frotándome el cabello en franco acto de desequilibrio, en el que sólo quisiera saber: ¿por qué? ¿Qué hice mal? ¿O debiera cuestionarme si en verdad hice algo? Me refiero a que si realmente hubo hechos o sólo fue mi imaginación. ¿Qué puedo decir? No sé si al escribir encuentre la manera de sentirme mejor y al final tener paz. Estoy aquí ante el papel y este lápiz, un poco excitado por el beso que te robé -cuál beso robado, si tan sólo te despediste de mí. En fin. Cerca de aquí hay un imbécil avivando mis ánimos con su música melancólica, no lo malinterpretes pero con ese fondo musical crecen mis recuerdos y mis deseos. ¿Qué he de pensar en esta ocasión? ¿Que fue tu culpa? ¿Que eres mala? ¿Que no me valoras? O, más vanidosamente para mí, que no te diste la oportunidad de conocerme. Qué tonto. ¿Qué podría esperar por respuesta? Ya sé que la sinceridad no es virtud de los que vencen, porque de ahí parte su verdad, pero si alguien alguna vez me pregunta lo que yo he concluido de conocerte, sabrá mucho más de tu espíritu que de mi persona. Tal vez por eso, como en todo, los que luchamos y morimos intentando dejamos que la historia la escriban los que vencen. Pero, ¿qué aprendí?: Primero. El reafirmar que soy hombre, no por haberte tenido porque no lo hice, sino porque entiendo el impedimento que esto representa para comprenderte. Que como mujer eres demasiado compleja, en principio por el hecho de ser mujer pero más específicamente por ser tú. Y me aboco a ti porque veo más que aprender, aun en este momento, ya que no he de analizar lo que yo haya podido darte. Pero he aprendido más que eso. O debiera decir me has enseñado. Sí, creo que es mejor, porque esa es la verdad. Me has enseñado que no existen hombres que conquisten mujeres, y que el que se crea con esa capacidad es un iluso. Porque lo que existen son mujeres que deciden. Que te dan la oportunidad de mostrarte, de actuar, de proponer, pero al final nunca de decidir. Porque eso está reservado para ellas. Porque ellas deciden si te aceptan el baile, si te acompañan a la cena, si te invitan a hacer el amor o si sienten algo por ti. Sólo ellas. Y ¿qué hago yo? Sólo insinuarme, cabildear, demostrarme, atender, halagar. Y en mi infantil deseo de enseñarte mi habilidad, me comprendes más rápido de lo que imagino y me das esa misma oportunidad. Me enseñaste a comprender que como hombre estoy tan atado a cosas tan infinitamente pequeñas de este mundo, que no puedo entender el tuyo. Cada día más espiritual, más lleno de amor, de temor, de deseos, de ganas, de ansias, necesitado de caricias, de confianza, de pertenencia, de admiración. Qué tonto soy. Porque de haber entendido que esas son tus necesidades -y vaya que sí son muy diferentes a las que yo creía que eran las mías-, entendería que todas estas cosas las quisieras anclar en alguien con quien pudieras sentirte querida, acariciada, amada, protegida -mas no invadida-, confiada. Alguien a quien pudieras respetar por lo que piensa y admirar por como actúa. No me había dado cuenta hasta este momento en el que te escribo que ese pude ser yo. No lo había pensado porque me perdí en eso que de niños se enseñan los hombres, sobre lo que se debe hacer con una mujer y tantas otras tonterías. Porque, ¿De qué amor te puedo hablar, si para sentirlo te tuviese que haber conocido y entendido? Hasta este momento en que te has alejado lo he comprendido. Y mi cuerpo se estremece porque ya no habrá la oportunidad de estar contigo. Pero eso no es todo lo que he aprendido. He aprendido que tu mundo es tan vasto, que no puede ser posible pensar en conocerte y querer hacerlo rápido. Que aunque te siga viendo o no, he de morir y nunca terminaré de hacerlo. Que si Dios me diera la oportunidad de que tú fueras mi pareja para esta vida, he de pasar a otra sin siquiera haber concluido de conocer tu mente. He aprendido que para querer a alguien como tú tengo que dividirte en tres: tu mente, tu corazón y tu cuerpo. Y empezaré por ganar tu mente. Con mis ideas, mi capacidad y mi inteligencia. Para apoyarte y sugerirte. Para razonar contigo y para ti. De mi experiencia y lo vivido completarla con la tuya. Para darte una respuesta. Para que así, cuando comiences a pensar en mí, y a recordarme, sabré que he logrado tocar tu mente y ocuparé un espacio entre tus pensamientos. Las armas para conquistar este terreno serán lo que sé y lo que aprendo, incluso de ti y de conocerme a mí. Para tu corazón. He de llegar a darte mi voz, mis ojos, y he de escribir. He de buscar la forma de demostrarte mis sentimientos de una manera tal que, como el veneno, te invada la necesidad de dirigirme la mirada. De estar cerca de mí. De ansiar el momento de volverme a ver. De alegrarte por la ocasión de encontrarnos. De disfrutar junto conmigo de las cosas más sencillas y de lo más común, de lo que no cuesta pero que al ser del espíritu se multiplica, se comparte y nunca se acaba. Porque lo material se termina y el hombre material es limitado. En cambio, luchando por ser un hombre espiritual, tendré suficiente que compartir contigo y siempre habrá más. Para conquistar tu cuerpo. No he de ser yo el que proponga o disponga circunstancia ni momento. Sino sólo estar allí, procurando ser capaz de entender y sentir cómo se invade nuestra mente de deseo. Nuestro corazón de emoción, y las ansias aflorando en nuestra piel. De cómo una mirada que sigue a un beso se transforma en una caricia que culmina en un abrazo. Iniciando en un te quiero que se esparce por tu cuerpo, que se concentra en tu mente y se incorpora en tu pecho. Que se aglomera en tus caderas y recicla por tu piel. Te hablo de esa emoción que al roce con mis dedos me encargo de repartir por todo tu ser. De esparcirlo con la mirada y liberarlo de tus ropas. De unir como elementos independientes tus ideas, con tus sentimientos y tu emoción para concretarlos en un punto donde encuadre yo. Un punto donde se transmitan tus emociones y mis ganas, mis anhelos y tus deseos. Donde todo al estar unidos se transforma en pasión. Donde no hay espacios ni malos entendidos, donde no sobra nada y se necesita de todo. Porque de lo que se trata es de dejar de pensar en mí para complacerte, entenderte, observar lo que te gusta y te disgusta, y mentalmente estar preparado para hacerte sentir. Y al final, cuando estés satisfecha, cuando te sientas completa, cuando nada te perturbe y todo lo disfrutes. Obtener mi propio placer de lo que tú has logrado. De lo que te he ayudado. Solo así lograré que estés aquí, porque meditando en lo que escribo comprendo que en el mapa de una mujer como tú sólo se puede ocupar uno de estos tres lugares. Que dependerá de mi capacidad y mis intenciones el conquistar cualquiera de los otros dos, aunque después de todo sólo tú determinarás hasta dónde llego yo contigo. Sólo he de decirte que Dios sabe que mi intención es ocupar a satisfacción todos esos lugares. Y que siempre le estoy rogando por una nueva oportunidad de volverte a ver. Todo este conjunto, tres elementos primarios: rojo, azul, y gris; relacionados por un orden cósmico, representaban tu mundo, te representaban a ti. -Este cuadro lo has pintado tú, ¿no? Interrumpí mis pensamientos porque la voz, tu voz, sonaba por primera vez amable, pero tan distante y era tan insoportable esa distancia. -Sí -inquirí. Sus ojos estaban ahí, plantados infinitos ante mí, pero como derrochando toda la mirada en alguien que no fuese yo. El hombre se acercó a ella, le pasó la mano por la cintura, le susurró algo y se acercó a mí: -¿Qué significa este cuadro? ¿Qué quiere decir? -inquirió el hombre abalanzándose hacia mí y fijando su mirada en la mía con el rostro tan ceñido al mío que era imposible esquivar el estruendo que provocaban sus palabras. Otra vez la misma pregunta, la pesadilla que se entrelazaba una y otra vez hasta asfixiarme, hasta hacerme borrosa tu imagen, tu cara que ahora tenía ese rasgo de crueldad en el pliegue de los labios; pude haber soportado otro tipo de interrogatorio, otro tipo de preguntas. Tal vez si éstas fueran referidas a mis actividades, no sé, preguntas que argumentaran dónde tenía invertidos los cuatro millones que no había sido posible localizar en aquella auditoría. O que me cuestionaran sobre la desaparición de aquella anciana que había sido tan amable y paciente conmigo en mis inicios. O el porqué del abandono sin la menor contemplación de aquellos infelices de la sierra. O la muerte de aquella mujer después de la mutilación genital de que fue objeto en aquel hotel antes de poder revelar secreto. O sobre la casa del centro y el nombre de nuestro protector en el gobierno. O de tantas otras cosas. Pero en estos instantes tenía que dar respuesta a tus preguntas. Ahora me convenzo de que en esta vida tiene uno años para hacer, pero siempre llega un tiempo de responder el porqué de nuestros actos, y esa mueca que yo algunas veces he visto, ese trasfondo tuyo que tan poco tiene que ver contigo me hizo reaccionar y darme cuenta de que este era tiempo de responder a más de uno por todo lo sucedido. Que tú encabezabas esa fila que crecía conforme pasara el tiempo y a la que se sumaban cada vez más y más vivos y muertos. Reaccioné al volver a pensar que contigo sólo vale luchar y ganar, y que la única paz que puedes aceptar es la de después de la batalla. -Los cuadros no significan nada. Sólo hay que mirarlos -respondí. Algo estalló en mi boca. El guantazo bamboleó mi cabeza hacia atrás, noté cómo el labio inferior empezaba a hincharse mientras tu rostro permanecía impasible. Así fue como se inició una serie de golpes con un palo de goma, golpes horizontales a las pantorrillas y a la planta de los pies. Era como para hacer pedazos el carácter de cualquiera. El hombre me agarró del pelo y tiró de él. -¿Por qué pintaste el cuadro? ¿Para quién? Y tu cara seguía ahí colgada en el retablo que me disminuía, sentía cómo me atomizaba hasta ser yo el espejo roto, el trozo de reflejo hundido entre tus elementos. Pero ahora me invadía el miedo y todo dependía de la inminencia del próximo golpe que no llegó. El hombre cambió la expresión de su rostro como un mimo y ahora me sonreía salvándome de él mismo al tiempo que me sacudía amistosamente la cabeza y me soltaba las manos de atrás de mi espalda. Entre tanto tu rostro continuaba sin ser el que yo conocía y yo en un instante de lucidez me di cuenta de que todo estaba ocurriendo en blanco y negro. El simple gesto amistoso del hombre había hecho que la sensación de angustia desapareciera. El síndrome de Estocolmo actuaba rápido favorecido por mi más absoluta perplejidad al verte ante mí, desconocida, sabiendo que en realidad todo lo malo que me pudiera ocurrir me vendría de ti. Lentamente te acercaste y me serviste un vaso con agua. Este gesto, que debería ser gratificador, acabó de hundirme. Tú sabías que con lo que más daño me podías hacer era con una actitud convencional, artificial y sin sentimiento. De un manotazo tiré el vaso al suelo e intenté abalanzarme sobre los dos. Todo se tornó negro en ese momento y fragmentos de mi vida comenzaron a desfilar. Ella era diferente: pelirroja, delgada, pelo largo, vestía siempre elegantemente y con una sonrisa extremadamente blanca, perfecta. Preparada para cautivar a quien fuera y entrenada para conseguir lo que quisiera. La conocí como a tantas otras mujeres que les sorprendía que pudiera ser tan polifacético. De hecho me descubrió mandándole una carta que jamás pude entregarle en la mano. Pensarás que soy muy tonto, pero me dio miedo imaginar que aceptara salir conmigo. No sé cómo hubiera reaccionado. Lo importante aquí no es cómo era su vida, ni el revuelo que causaba, porque parecía tener un ángel especial, nunca perdía la sonrisa, un ángel para ganar siempre y jamás sufrir por nada ni por nadie. Todo comenzó con una llamada de su amiga, Sandra: Sandra: ¿Mónica? Hola, qué te pasa. ¿Sí vas a venir a la fiesta? Mónica: Hoy sí te voy a quedar mal. Me invitó a salir de fin de semana. Sandra: ¿Quién? Mónica: ¡Luego te cuento, porque no lo vas a creer! Sandra: ¿Ya lo saben en tu casa? Mónica: ¡No! Y por favor no vayas a decir nada porque me matan. Les dije que me quedaría en tu casa después de la fiesta. Si habla mi mamá le dices que ya me dormí. Sandra: Está bien. No te preocupes, yo aquí les invento algo. Mónica: Adiós, Sandra. Mañana te cuento. Mónica nunca fue mi amiga, me refiero a que jamás crucé palabra con ella; no era sino la clásica niña imposible que se le atraviesa a uno, dos o tres veces en la vida, y que irremediablemente te obliga a vivir con la esperanza de que ella te mire. Cosa que jamás sucede. Si dijera que era guapa o bonita o cualquier otro calificativo, no estaría mintiendo. Creo que jamás he conocido una mujer con su personalidad y su figura y lo menciono no porque no fuera cierto sino por lo lejos que estaba de este mundo. Bueno, del mío y del de otros tres mil pendejos que la mirábamos sentarse junto a los árboles a fumar, esperando el atardecer. El domingo, cuando llamaron a Sandra, se quedo fría. Ya de regreso a la ciudad de México, Mónica se desabrochó el cinturón de seguridad, como siempre, ya que la carretera se había terminado y sólo quedaba el tramo de 12 kilómetros de recta que separaba la caseta de cobro de su casa. Era de madrugada, un mal rebase por el carril de baja y un camión mal estacionado en la orilla, hizo salir el auto del camino y se volteó. El auto, bocabajo, se detuvo con uno de los muros de contención, pero Mónica unos segundos antes, al momento de comenzar a rodar, había salido ya por la ventana. El balance de las siguientes horas fue desesperadamente caótico: llamadas por teléfono, llantos, buscar culpables y un cadáver. Los padres de Mónica, derrumbados, pretendían iniciar un juicio contra el novio. Querían acusarlo de asesinato, pero era prácticamente imposible; además, el tipo ya tenía suficiente con haberla perdido para él. El solo pensar que su vida, miserablemente vacía, se vería magnificado ese vacío por la pena de cargar para siempre con la muerte de Mónica, me hacía temblar de miedo. Supongo que al final los padres de Mónica comprendieron que el tipo ya no valía nada y que su situación era similar a estar muerto como para todavía arruinarle la vida con algo así; de hecho no hubo necesidad porque pasados dos meses del accidente se suicidó en la habitación del hospital y no por el amor que sintiera por ella o la pena de que estuviera muerta, sino porque se enteró que ya no volvería a caminar. Yo no fui al velorio porque no la conocía, me refiero a que nunca pude iniciar una verdadera amistad, sólo una vez me regaló una sonrisa y fue todo. Dicen que los amigos se dedican tiempo, lo curioso es que de lo vivido no todo queda registrado para siempre en la memoria. Ya solo en mi habitación, de pronto comprendí que la había perdido, porque murió sin darme la oportunidad de decirle cuánto representaba en mi vida su sonrisa, ni siquiera tuve el valor para reconocer que quise llorar por su recuerdo, por la mujer que debió ser inspiración para muchos de mis versos, de muchos de mis anhelos y sueños. De llorar por esa musa a quien le hablaba en mis monólogos de fantasía, en mis escritos, en mis desesperanzas, en mis lamentos. No pude derramar una sola lágrima por ella delante de nadie, pero lloré un mar por su recuerdo y por lo que no tuve el valor de hacer. Porque no tuve el valor de hablarle, de decirle lo que sentía, de mi admiración por ella. Y me lamento por no darme la magnífica oportunidad de vivir su rechazo o su aceptación, lo que fuera le hubiera dado color a mi vida, ese es mi lamento, porque el hubiera no existe, y mañana, mañana es mucho tiempo. Los chismes que se generaron sobre si venía o no tomado el novio, si ella era una mujer fácil, si ya se había acostado con quinientos, y tantas otras cosas, de pronto se convirtieron en el cobarde quitaocio de los demás. Ese lugar donde antes se sentaba y se daba un atardecer claro, nítido y pleno, jamás podrá ser el mismo porque ella no lo verá más. Tal parece que el día en sus últimos minutos hiciera un homenaje diario a la memoria de la mujer más hermosa que haya jamás contemplado un ocaso. Estoy parado exactamente donde ella solía esperar los atardeceres y solo contemplo el lugar en busca de algo que me induzca su presencia. Algún día regresará Mónica, de eso estoy seguro. Va a regresar para que le dediquemos un segundo todos los que la mirábamos descender de la escalera; para regalarnos esa mirada y esa sonrisa que lo puede todo, que lo pudo todo. Yo, por si acaso, no me pienso mover de aquí, porque sé que ese día es hoy, porque te he visto y sé que no tienes con quién contemplar la caída del sol. Al verte allí supe que mi silencio no será la prueba de que su muerte no me enseñó nada. Cuando recobré el conocimiento me encontraba en una cama totalmente desnudo. Aún aturdido por el golpe en la cabeza, hice un esfuerzo por incorporarme tan rápido como pude. Pero fue inútil, me encontraba inmovilizado por las ataduras de cada extremo de la cama que lo mismo sostenían mis brazos y mis piernas. Con meticulosidad tú te dedicabas a medirme cada parte del cuerpo. Conforme ibas dictando cada medida tu amigo la tecleaba en una computadora. En la pantalla se iba formando una base de datos mientras giraba la imagen tridimensional de mi cuerpo. Ya no me importaba nada. Sólo tenía pereza, cansancio de estar allí, de pensar; no me interesaba ya comprender nada, ni siquiera me importaba ya que no fueses tú. Sólo la melancolía de tu recuerdo indefinido me oprimía contra la cama. También de esa melancolía de tu recuerdo quería despojarme. Prefería verte cierta, indiferente, enemiga, no recordarte. Perderte dentro de aquella mujer que me analizaba sin ninguna emoción. Cuando la operación hubo terminado amablemente me ayudaste a vestirme, me susurraste "tranquilo" al oído y yo pude volver a oler toda tu esencia; te dije: ¿qué té pasa?, ¡ayúdame! Tu mirada se volvió a hacer neutra y lejana, tu voz impersonal y educada. Me indicaste un asiento delante de la pantalla de la computadora. Ahí estaba el sonriente mirándome, como queriéndome dar unos ánimos que me llenaron de pánico. El hombre, sentado junto a mí, estuvo tecleando en silencio unos minutos. Frente a mi rostro en la pantalla fueron apareciendo y desapareciendo infinidad de dígitos: datos personales, instrucciones, menús, todo el programa de mi vida. Cuando terminó la pantalla se oscureció. Tan sólo un punto brillaba en el ángulo superior izquierdo, esperándome. El hombre se ladeó hacia mí con la mirada arqueada, pareció estudiarme unos segundos, con tranquilidad, como queriéndome imbuir confianza. -¿Preparado? -sonrió-. Tu número va a ser el AK7. No hubiese podido ser otro. Aunque me consternó la coincidencia ya que esa era la terminación de mi registro de impuestos, no pude reaccionar más que para obedecer a la siguiente instrucción. -Tecléalo y pulsa Enter. Le obedecí con ganas de terminar aquella estupidez. Sólo quería volver a la cama y dormir. En ese mismo momento te hubiese contado sin dudar el secreto del cuadro, pero el cuadro sólo significaba lo que tú eras. Y ahora tú ya no eras tú. Por eso quería buscar una cama y dormir. Buscarla por el largo pasillo que se abría en la pantalla. Era un ancho y monocorde pasillo negro con un zócalo mate de metro o metro y medio de altura. Regularmente, de trecho en trecho, encontraba dos intersecciones octagonales exactamente iguales al pasillo por el que caminaba el muñeco virtual de mí mismo, siguiendo las órdenes que yo mismo tecleaba en la computadora. Estaba ya completamente perdido en aquel deambular. El hombre parecía aburrido de verme teclear sin orden intentando alguna salida. Se levantó y fue a sentarse junto a ti en la cama. De reojo pude vislumbrar cómo te veías. Parecían haberse olvidado de mí. Quería imaginarte sentada allí con aquel extraño, la expresión de tu boca, tus ojos devorando con avaricia lo que para ti era real, tu olor a tierra húmeda, a manto poroso que succiona todo lo que es vida, todo lo que hace muerte. Por primera vez desde que todo el mundo había empezado a perseguirme sabía aproximadamente qué era lo que querían saber. Y, con respecto del cuadro, querían saber lo que ellos querían ver en él. Necesitaban explicarse a ellos mismos viéndolo, del mismo modo que yo necesitaba explicarme a mí mismo ante ti pintándolo. No concebían ninguna realidad que no estuviese atada a ellos por algún hilo. Automáticamente tecleé la palabra "hilo" sin resultado. Volví a intentarlo con "Ariadna", que era la forma en que usaba tu nombre en clave, y en las paredes de los pasillos comenzaron a aparecer a distancias constantes unos cuadros iluminados por una luz rojiza que se intensificaba a medida que yo me acercaba. En cada pared estaba escrita una palabra. Me encontraba en la memoria principal. Me acerqué a una al azar y apreté Enter. En un rápido y rojizo zoom el cuadro absorbió la pantalla y se enlazó con la terraza de un café en una calle del centro. Tú estabas sentada junto a mí en una mesa y me hablabas sin parar, sin quitar tus ojos de mí, reías escandalosamente y la gente se volvía a mirarte; tú parecías avergonzarte, enrojecías, me ponías la mano en el hombro y me seguías hablando despacio al oído, pero yo sólo oía en mi mente la palabra ilusión. De repente recordé haber murmurado en algún sitio: "El azul eres tú". Quizás sólo lo imaginaba ahora, pero comprendí que era cierto. Todo tras nosotros sentado en aquella terraza era azul. Cualquiera hubiese pensado que era el azul del cielo, pero no, aquel azul eras tú, irradiaba de ti y lo envolvía todo. Yo sabía que aquel azul tendría que oler a nata, su tono era esponjoso, como de algodón, y su textura sólo azul porque era algo en lo que no se podía separar el tocar del ver, su concepto y su materia estaban tan inseparablemente unidos que supe que se trataba de un elemento esencial. Uno de los tres elementos que formaban tu ser. Vi cómo los dos nos levantábamos y comenzábamos a andar por las calles de la ciudad. Me dispuse a seguirnos aturdido. Tenía celos de mí mismo allí junto a ti. Creía que tú estabas más cariñosa que de costumbre y que quizás te habías dado cuenta de que te seguía y te encantaba la idea. La cabeza me daba vueltas, necesitaba yo tanto ahora ese hilo que me atase a la realidad, esa mano agarrada a lo más profundo de ti; pero, ¿cuál de todas las realidades iba a ser la cierta, cuál de ellas iba a seleccionar si me había introducido en una realidad virtual? Era como estar drogado. Pienso que así era. Pero, ¿quién podría esconder semejante hábito? ¿Quién podría negar haberse sentido así por lo menos una vez en su vida? Y una vez no basta. Porque no existe mejor estado para sentirme completo y en paz, para olvidar mis frustraciones y comenzar de nuevo, para extasiarme creando un espacio tan propio, tan privado, tan fuera de este mundo lacerante y de esta polución de ideas que no te dejan avanzar. Todo eso sólo con oler esa flor que te crea una existencia bañada de los colores del universo. No sé si es un sueño, si es mentira o verdad, pero en esos momentos la sensación es que las cosas más triviales se tornan fundamentales. La realidad como la conocemos deja de tener sentido tan sólo con inhalar esos aromas de incienso que te sirven de consuelo. Sí. Drogarme. ¿Porque no? Una y otra vez pero drogarme de ti. Con el aroma de tu piel, con el sudor de tu cuerpo, con el néctar de tus besos. Con tu huella en mis pensamientos condenado a perderme en ti. A saciar mis dudas en tu almohada y perderme en la poca distancia que nos separa, alucinarme entre tus cobijas y en la irrealidad provocada por tus caricias. Drogado de deseo por las ansias de desvanecerme en tu alma y tus pensamientos. De bañarme de lujuria con tu boca y provocar la rebelión de mis hormonas. De perderme en el espacio y en el tiempo maldiciendo tus ratos de ausencia. Drogado de ti. Con el cuerpo lacerado por tus caricias y extenuado por los suspiros arrancados, sólo para que al final del efecto te demuestre cuánto te amo con nada más que mi cuerpo fatigado. Sí, mi droga es tu amor. Tus momentos, tus espacios, tu tiempo. Tus ganas de mirarme, tu cuerpo. Cuando no te tengo cerca me duelen los ojos por no verte y la piel por no sentirte. Me duele el alma por quererte y con tu recuerdo me duele todo por sufrirte. Por eso no dejes de pensar en mí y, cuando mires el reloj, cuenta las horas que no estás junto a mí. Ya que cuando quieras quitarme la vida, tan sólo aléjate de mí. Intenté llamar al hombre y a la mujer, a ti, que estaban detrás de mí, olvidados en la cama. Pero mejor callé y preferí seguir yo sólo en la computadora; sabía qué iban a hacer, era como si sucediesen las cosas conforme yo las iba pensando. En el centro tú y yo continuábamos caminando abrazados y yo continué siguiéndonos a distancia. Entramos en un viejo hotel. Tuve la certeza de que se llamaba "Principal". ¿Habría en el centro un hotel llamado así? Quise entrar tras nosotros en el hotel, pero el programa parecía haberse atascado en ese punto. Tecleé Esc y la pantalla se fundió en azul. De nuevo apareció el interminable pasillo. Mientras, detrás de mí oía tus murmullos y tus silencios con aquel hombre. Volví a repetir todo el proceso intentando dar ese paso que me situase a mí viéndome hacer el amor contigo en aquella habitación del hotel. Porque esta vez quería que tú me soñaras empezando por probar las yemas de mis dedos. Que me dejaras desnudarte frente al espejo en un rito lento y sensual. Estacionar mis manos en cada parte de ti lenta y suavemente, e irme deteniendo para darte pequeños y suaves besos para convertir en horas los minutos. Dedicarme a invadir con mil besos y horas de distancia de rodilla a cadera, de cadera a pecho, de hombro a cuello. Y, pasado un rato frente al espejo, quitar mis manos y besar tu cuello. Besar tu espalda, besar tu pecho. Entonces mi lengua se volvería unas veces áspera y otras delicada según la necesidad de tu piel o tu boca. De espaldas a mí sentirías cómo el deseo se iba destilando a través de todos tus poros, y sabrías que podría hacerte enloquecer. Mi mirada te daría valor para dejarme guiarte. Para dejarme seducirte cada parte del cuerpo, llenarlo de tacto, llenarlo de besos, llenarlo de mí. Mis manos serían expertas herramientas llevando poco a poco tus sentidos al mismo cielo, levantando tus ropas una a una de los caminos de tu piel, extrayéndote de la realidad de tu vida para transportarte a la locura. Mis dedos te tocarían despacio los labios, los ojos, el cuello, tu espalda, tu cadera, y así sucesivamente uno a uno de mis dedos tornaría tu figura en mi mente, la dibujaría para mí una y mil veces. Se encargarían de explorar todos tus rincones tiernos y suavemente hasta encontrar el punto que te haga enloquecer. Sentirías el calor de mi aliento y mi lengua invadiendo tu ombligo, amenazando con apoderarse de la parte más baja de tu cintura. Soñaría que tus besos me laceran el cuerpo, que me invaden de deseo, que me marcan de ti. Que tus manos se enredan en mi pelo conduciendo mi cara hasta la zona más vulnerable de tu cuerpo. Y así, abandonados a esa dicha compartida, pasaríamos de bellos momentos a dulces horas. Acariciándonos, pensándonos, paseando por los caminos de nuestros cuerpos en un ir y venir, vaivén casi eterno. De mi saliva a tu carne. De mi boca a tu piel. De mi lengua a tu pecho. De tu boca a mi boca. De tu alma a mi ser. Era inútil. Toda la escena se repetía igual hasta el momento en que yo intentaba entrar en la recepción del hotel. Yo sabía que sólo tú podías hacer que lo lograse, pero ahora estabas con aquel. Tus murmullos detrás de mí eran como olas de mar y yo escudriñaba el cuadro con la mirada detenida en lo azul. El azul eres tú. El azul era el mar, el agua, tu ilusión. Sí, tu ilusión, lo único que movía tu sentimiento. Eso que siempre nos lleva desnudos a otros oleajes y que cuando siento que mi barco se hunde sólo tú puedes salvarle. Porque ya habíamos traspasado la frontera de los nombres. Nunca hubiera imaginado una mezcla tan especial entre tu frialdad ocasional y la peligrosidad del mar. Tan encantadora como insufrible y tan difícil de amar. En una palabra perfecta, mujer, tú. Y te busco en ese cuadro porque aún vives en mí. Porque sigo amándote sin comprender qué pasó. Porque sabes que ardo con sólo recordar el roce de tus manos, tu manera de amar. Y ansío que en este momento, en que estando allí en la misma habitación, me miraras y me dejaras saber que aún sientes lo mismo que yo. Porque extraño la forma como me hacías sentir. Porque te estreno en cada ocasión al navegar por dentro tu cuerpo, y es que siempre quiero dar con el lugar donde sientas mis manos, mi pelo. Que te enredes en mis besos. Que te ahogues con mi peso y te invada la asfixia que provoca el deseo. Que me queme con tu aliento. Que me ames con uñas y dientes, y volver a sentir tu entrega en un beso. Dominándote. Conquistándote. Quiero volver a encender tu llama, y es que de tanto quererte me quedo con ganas de volver a sentirte y amarte entre mis sabanas. Te amo en silencio y es que nada soy sin tu piel. Quiero que vuelvas a mí, porque tú eres el sueño que siempre he tenido en esas noches sin estrellas. Me hacen falta tus caricias, tus manos. Extraño tu ternura, tu forma de mirar, tu palpitar cuando despacio me amabas. Quiero volver a todos los momentos que soñé despierto, porque eres la letra que me hace falta cuando busco las palabras, porque sin ti yo nunca tendré nada, aunque crea tenerlo todo. Pienso en ti día y noche. Sueño contigo lo mismo despierto que dormido. Llevo así semanas, y sé que me basta sólo tu mirada o un mínimo contacto, porque soy un mendigo de tu cariño, de tus ojos, de tus besos, de tu piel. Un ignorante, deseoso de aprender tus movimientos, tus distracciones, tus triunfos y fracasos, pero lo más importante. Tus sueños. De tu ingenuidad me provienen infinidad de ilusiones, de anhelos. Porque por ti me he impulsado a desear cambiar y dejar de ser quien soy. A construir de nuevo sobre lo ya hecho, para ser digno de que me mires de nuevo, de tenerte junto a mí, de complacerte, de apoyarte, de quererte. Mi realidad es esa y ahora no la puedo cambiar. Sigo deseándote sin poderte olvidar y sé que siempre estaré así, porque no me puedo resistir a no tenerte, a no tocarte, a no manchar mi mente con tu imagen, a no sentirte conmigo, a no invadirme de ti... De esas tres partes inseparables de ti que yo había diseccionado en el cuadro ésta era la que más quería; las otras dos las necesitaba, me obsesionaba introducirme por ellas hasta el final, darles la vuelta, darte la vuelta. El azul, en cambio, tu ilusión, tu sentimiento, me daban alegría, tranquilidad, sensación de cosa hecha, estable, culminada. Pero era tan imposible tener tu azul sin antes haber conocido tus otros dos elementos. Volví a entrar en la computadora y sin dudar me dirigí al cuadro donde estaba escrita la palabra Inicio. El que el color preponderante fuese el rojo me indicó que había acertado el camino. De nuevo íbamos los dos caminando por las calles del centro. Andábamos despacio. Íbamos por la orilla de la acera. De fachada en fachada tú te detenías y te asomabas en cada entrada, en cada ventana. Estabas incontenible, no parabas de reír, gritabas y yo te pedía que hablaras más bajo pues veía un tipo que nos seguía a distancia. Cruzamos un puente y nos dirigimos al zócalo; por los sitios que pasábamos todo era tan viejo que muchos edificios habían sido derribados ya, pero para nosotros nunca había habido imposibles. Pasamos por la calle Motolínea y llegamos a la plazuela de Allende. Tú sacaste de tu bolso una guía del centro y me citabas los nombres de las calles. Estábamos en el barrio judío, entre risas me contaste toda la historia de los judíos en la ciudad, tenías la costumbre de empaparte de todo lo concerniente a los lugares que ibas a visitar. Seguimos por la calle de I. La Católica hacia el banco y el convento. A mitad de la calle nos detuvimos en el numero 22 frente a un vetusto edificio tan mal conservado que parecía desprender polvo con sólo mirarlo. Consultaste tu guía pero en ella no había ninguna referencia del caserón de aspecto tétrico. A ti no te gustaba su pinta y empezaste a inventar historias. Yo te dejé ir por esos cielos tuyos convencido de que esta vez la realidad podría con tu imaginación. Mientras hablabas y hablabas te dije al oído: "Es la iglesia de la Profesa"; me miraste con el descaro que sólo tú puedes tener y soltaste una de tus habituales exclamaciones de incredulidad. Cuando te ponías así era imposible hacerte entrar en razón, así que preferí seguir escuchando tu carretada de invenciones sobre el edificio y dejar la historia de Judá Zeth para un mejor momento. Y es que tu arrebato era tal como aquella ocasión que me llamaste para decirme que era necesario vernos. Nunca olvidaré ese día. Acudí a tu encuentro feliz de poder volver a verte, tenía ya bastante tiempo sin hacerlo y al tenerte frente a mí pude ver en tu rostro la preocupación que te embargaba; no supuse nada, pero ya había estimado un mundo de razones para que estuvieras así. Juro por Dios que no recuerdo momento más perfecto en mi vida y que nunca he vuelto a sentir tal felicidad. Pienso que te diste cuenta de mi alegría, y reprimí mi emoción dada la previa expresión de tu mirada. Recuerdo que parado allí junto a ti no podía pensar en otra cosa más que entender lo que sin palabras me decías y tratar de percibir cuál era tu temor. Entonces te sugerí que debíamos tratar de comprobarlo, te empezaba a controlar el miedo y yo no sabía cómo mantenerte en calma. Supuse que al decirte que estaría contigo lograría dibujarte una sonrisa, pero no fue así y ante cualquier cosa que decía no veía en ti reacción alguna. Yo creo que algo así no es motivo de alegría, pero se comparte al no poderlo callar, y es que al ver tu cara comprendí que para ti no era tan sencillo que no podías considerarlo igual. Por tal motivo traté de facilitarte las cosas buscando que me confiaras tus ideas. Me argumentaste tu edad, la dinámica familiar, el considerarlo un evento involuntario -aunque aún ahora cuestiono eso- y hasta el qué dirán. No me importó saber que esas cosas te perturbaran aun cuando yo no las considerare problema. Tratando de que las superaras te seguí animando, te dije te amo y te abracé, pero al ver que no era suficiente decidí preguntarte: ¿qué quieres hacer? Requerí ponerte las palabras en la boca. Sonaron como avispas, me hicieron comprender que era algo que iba en contra de lo que yo quería. Así te lo hice saber. Pero era tan grande mi amor por ti que poco me importó y seguí tratando de darte tranquilidad. Que supieras que aun cuando lo rechazaras yo te apoyaría en lo que decidieras. Que prefería perderle. Porque creía que al tenerte junto a mí siempre habría una oportunidad de tener otro. Que en mi opinión lo único que hacía al apoyarte era postergar ese momento. Estando allí supuse que debías saber que cualquier cosa que decidiéramos hacer la haríamos juntos y que abdicaba mi voluntad a tu deseo. Entonces me contaste de una amiga que tenía otra amiga que conocía a alguien que, en una ocasión, comentó que otra amiga había estado en una situación similar y que conocía a un doctor. Y de esa forma de comunicación tan silvestre nos dimos a la tarea de contactar al fulano. En cuanto me vio supuso que yo era el que te estaba obligando o algo así. ¿Te imaginas lo que sentí? Que tú estando allí no pronunciaras palabra alguna y que con ese silencio sólo dieras pie a las conjeturas de ese desquiciado. Me pregunto: ¿qué es lo que le da valor de hablarme como si yo fuera un monstruo? Aunque no dudo que cayera en esa categoría. Era interesante ver la carretada de sandeces que su boca me propinaba, porque nuestras razones jamás serían entendidas por él. Sé que así fue porque un hombre que obtiene sus recursos de hacer de estas cosas su pan de cada día no podría entender. No me dio tiempo de sentir enojo sino vergúenza. ¡Qué episodio más desagradable para ambos! Ahora sé que no fue sino el resultado de querer demostrarte cuánto te quiero y complacer mi capricho disfrazado de decisión. Que mi error estuvo en dejar de lado mi carácter y convertirte en mi cómplice. Que de haberlo querido pude haber hecho otra cosa y, ¿quién sabe? Tal vez no estaría escribiéndote esto y mi vida sería muy distinta. Dios sabe que no cuestiono si hicimos lo correcto. También sabe que lo que hice fue respetando tu derecho. Pero en estos momentos me pregunto: ¿valió la pena? ¿Me sigues queriendo? ¿No murió en ti algo al mismo tiempo que en mí en ese momento? Por más que trato de ensayarlo no logro encontrar respuesta. Por esa razón te pido disculpas por dejar que ese veterinario le hiciera eso a tu perro. Sé que al leer esto tu mente ya ha volado demasiado lejos y no me queda otro remedio que aprovechar para preguntarte: Si nos sucediera lo que estás pensando, ¿qué decidiríamos? ¿Cómo reaccionaríamos? ¿Seguiríamos juntos después de eso? ¿Nos seguiríamos queriendo..? ¿Tú qué piensas? Déjame saber tu opinión ante el supuesto en caso de que te vuelva a ver, pero al leer esto sabrás que ni en un caso así te dejaría sola. PD. Nunca me gustó ese animal. Seguimos adelante por la calle Dolores rodeados por aquel color irreal de la computadora. Todo el suelo y las paredes, todos los edificios y objetos que encontrábamos a nuestro paso eran de aquel mismo color rojo, mientras el aire a nuestro alrededor irradiaba un color grisáceo provocado por la infinidad de partículas negras casi imperceptibles que poblaban la atmósfera. Todo estaba lleno del mismo polvo de gris que habíamos visto desprenderse de la Profesa. A esto se le unía el opresor silencio que hacía retumbar nuestras risas. La inmensa soledad gris que nos rodeaba, sólo rota por mí mismo siguiéndonos en la distancia. Debía haber sido angustiosa y sin embargo yo era consciente de la más absoluta felicidad caminando a tu lado. Poco a poco, como siempre lo habíamos hecho, fuimos andando por las calles de la ciudad. Todo lo que era de los dos estaba hecho de paseos y risas, de conocernos sin darnos cuenta y aprender a querernos entre enfados y bromas. Por eso ni la computadora podría haber procesado otra cosa que nosotros dos entrando, con tu mano en mi hombro, en la vieja iglesia de la Profesa. ¿Qué nos importaba a nosotros el credo si sólo sabíamos vivir de rito? Los casi 470 años del edificio nos recibieron sumergiéndonos en ellos con esa sensación de sacrílega gravedad que tantas veces habíamos sentido en otros recintos similares. Nos gustaba captar en la piel la sensualidad de ese ambiente de densidad cuajada. Como si todos los espíritus de todos los santos se acercasen hasta nosotros para acariciarnos; como si con nosotros tuviesen la confianza de dejarse de dogmas y sólo la pequeña realidad de sentir nuestros cuerpos cerca. Tu cintura cerca, como si pudiese ser la única fe, el único don. Nos sentamos en silencio notándonos tan dueños de todo que casi nos asustaba. ¿Cuántos pensamientos, cuántas súplicas puede haber en una iglesia? ¿Cuánta energía despojada de todo sigilo, de todo pudor? Tú me preguntaste: ¿es verdad que el fin del mundo se acerca? ¿Que todo morirá? ¿Que ya no habrá nada? Yo sólo sé que para mí el mundo se acaba diario. Diario se renueva el compromiso de la creación con las nuevas almas que llegan y las que parten. Para mí esto se repite en todos los órdenes porque siempre estamos en un binomio de juicio y redención; constantemente nos mantenemos renovados, nos agotamos durante el día para dejarnos morir en cada noche, en la que nos enterramos en nuestros sueños pensando en nuestras conductas y las dejamos allí donde después, con cada nuevo día, se renueva nuestra existencia. Todo exige un equilibrio y se mantiene como tal gracias a ello, porque de no ser así, ¿qué diferencia existiría entre lo bueno y lo malo? ¿Qué oportunidad tendríamos si no pudiéramos renovarnos meditando en lo que hicimos mal, en lo que dijimos, en lo que no supimos afrontar y no nos dimos la oportunidad de disfrutar? Eso que a mí me llevó a enamorarme de ti, a desear, a amar, a comprender que el verdadero estado del hombre es la mujer, que el de ella es el amor y que de ahí parte todo, porque las mejores ideas que constituyen este mundo siempre han sido de ellas, que son lo único capaz de darnos la inspiración y en mi caso lo es para escribirte. Hay algo que comprender ante todo y que es el mismo equilibrio que se da entre tú y yo, de mí por depender de ti para poder sentirme completo, y tú por ser capaz para hacerme sentir capaz a mí también, y ese es el mismo equilibrio que nos hace poder existir. ¿Me preguntas si el mundo se va a acabar? Yo sólo sé que la respuesta es tan sencilla como comprender que cada cabeza es un mundo, que cada día a todo el mundo le llega su fin, su renovación, su maduración, su oportunidad de cambio, su momento de demostrar a través de la huella de sus actos su capacidad de amar, que estuvo aquí contigo, conmigo, así como yo contigo y tú mañana con alguien más. Esa es la única verdad: la capacidad de cada cual para visitar nuestros espacios y los de los demás para permanecer unidos y a la vez dispersos. Notaba tu calor bajo mi mano. Hubiese querido modelar todo tu cuerpo allí mismo. Hacer con mis dedos cada rincón de él para que nunca se me pudiese negar, para que siempre estuviese conmigo. La pantalla se oscureció y empezaron a desfilar códigos ASCII. Al momento volvió a destilar dígitos: SALMO 139 Mi cuerpo no se te ocultaba; cuando fui modelado en secreto grumo informe tejido en las profundidades de la tierra, Y tus ojos vieron ya mis obras. El hombre había salido de la habitación. Ella, tú, se acercó y llegó a leer el salmo en el monitor. -¿Qué es eso? ¿Qué tiene que ver con el cuadro? Sólo recibía preguntas de ella, preguntas tan impersonales que era imposible contestarlas. -Es el salmo del Talmud donde aparece el término "golem". Significa literalmente "grumo informe", hace referencia a un germen, un embrión. No había ninguna transición perceptible entre su conducta de unos minutos antes y la de ahora, de pie ante mí, con los labios un poco hinchados y la mirada tan tuya de siempre. Me levanté y me acerqué hasta la cama, me quedé mirándola explícitamente, esperando que ella hiciese al menos algún comentario irónico sobre su comportamiento. Ella siguió mirándome en silencio, con esa neutralidad que me dañaba. Me tumbé sobre la cama, quise abarcarla a toda ella en su espacio anacrónico aunque ella no tenía espacio ni tiempo para mí, sólo satisfacer su interés. El cuadro. ¿Por qué te comportas así conmigo? El cuadro lo hice para ti, como todo. ¿Qué importa lo que signifique? Sólo es cariño. ¿Qué más puede ser? ¿Por qué no eres capaz de valorar a quien te expresa lo que siente? Ella sonrió y se sentó junto a mí en la cama, me pasó el brazo por el cuello y me susurró al oído algo que tantas veces había oído y me dio la evidencia. Me alejé de ella y fui de un salto hasta la computadora para teclear como un loco mientras mi mente intentaba poner colores recordando lo que acababa de suceder en blanco y negro. ¿O primero recordaba y luego sucedía? Ahora sabía que lo único importante era hacer, crear. El objeto era secundario, lo importante era la acción, la poesía. Esa era la única esencia vital. No importaba quién fuese ella, que actuase como una desconocida. Lo importante era dirigir la acción, su proceso. Volví a estar junto a ti en la vieja iglesia, te susurré al oído el salmo 139 y te hablé del rabino Zeth y su altar de la Profesa. Él pensaba que sus alumnos de la Escuela Talmúdica debían aprender los recovecos del Talmud gradualmente, en un proceso de maduración. Su fama se extendió por todo el país, era un símbolo del saber, de la prudencia y la justicia. Los judíos abarrotaban sus presentaciones para oír sus oficios; su voz, normalmente pausada y grave, se volvía de oro y retumbaba entre la plata de los candelabros llevando a aquellas gentes el temor a sí mismos. Se decía que era capaz de dominar las fuerzas ocultas y el secreto de la vida en el vedado cuarto de su casa en el 849 de la calle de Tacuba donde se ejercitaba en la cábala. Zeth tenía una hija llamada Esther. Era una muchacha solitaria y tímida, nunca había tenido ningún amigo. La gente le rehuía porque creía que su distanciamiento se debía a orgullo o mal carácter. Zeth sabía que esto no era así y quiso conseguirle un amigo a la niña, alguien a quien ella pudiese querer. Con esta intención se decidió a fabricar un golem para Esther. Sólo un hombre puro como él podía hacerlo; y él sabía perfectamente cómo: por la noche, convertido por su ciencia en aire, junto a dos discípulos suyos, el fuego y el agua, ataviados los tres con límpidos capuchones blancos y provistos de grandes sábanas, acudieron a orillas del río. Zeth introdujo sus manos en el agua y extrajo del río tierra virgen, jamás pisada ni vista por ojo humano. Con esta tierra fue lentamente, con inmensa serenidad, modelando un muñeco, un cuerpo que parecía dormido, como el de la mujer que no ha concebido aún. Una vez formado el cuerpo, el fuego comenzó a dar siete vueltas de derecha a izquierda alrededor de él y, el agua, al mismo tiempo, hacía lo mismo en sentido inverso. Zeth, siguiendo con la mirada la acción de sus discípulos, recitó las permutaciones del serufim. Sólo un hombre de la integridad y la sabiduría de Zeth podía atreverse a remover los cimientos de universo y cambiar de lugar las letras de la creación. Muy despacio Zeth fue transfiriendo la vida de sus elementos a la arcilla. El fuego fue convirtiendo el color rojo tostado del barro en la tersa tonalidad de la piel humana; los músculos del muñeco parecían despertar de entre todos los siglos. La humedad del agua se introdujo por sus venas y arterias y se convirtió en vida. En este momento el golem se incorporó y Zeth, tomándolo de las sienes, le sopló en la frente el aire del pensamiento grabándole la palabra Emet, que en gentil significa vida. Finalmente, para que el golem tuviese toda la libertad que sólo la lealtad al creador puede dar, le introdujo en la boca el Shem, el papelito con el nombre impronunciable de Dios. Concluido este paso lo vistió y de la misma forma como llegaron al lugar se distanciaron del sitio. Ya en casa presentó al golem con su hija y le indicó que sería el amigo que le hacía falta para completar su vida. Así, el golem se convirtió en el amigo inseparable de su hija. Juntos pasaban las horas y sin darse cuenta Esther fue dejándose llevar por aquella amistad, cada vez tenía menos reparo en reír y confiar en él, hasta que aprendió a querer gracias a aquel ser. Todos los viernes al anochecer, Zeth suspendía la vida del muñeco quitándole el shem de la boca, pues era muy peligroso que la obra de un mortal como Zeth pudiese importunar el sábado, día de descanso del Creador. El golem, de un metro setenta de estatura, delgado, de pelo negro, ondulado, con ojos grandes, cejas pobladas, pestañas largas, con un tono de piel apiñonado, manos delgadas y largas, con algunas marcas leves en la cara dada la porosidad de la materia de su origen, conforme avanzaban los días templaba su carácter y, al acercarse los viernes, se inquietaba demasiado. Era como si presintiera un cambio en su personalidad, una personalidad de por sí transformada, creada ex profeso. El golem sentía cómo se iba poco a poco apoderando de una sensación de ansiedad provocada por esa falta de realización plena. De no ser algo concreto, destinado a ser y a hacer en este mundo, diluido a lo imperfecto y consolado sólo por el amor. Los mismos viernes por la noche, Zeth venía aquí, a la vieja iglesia, a recitar los salmos. Un día, distraído por esto, se le olvidó quitar el shem de la boca del golem. Conforme pasaron las horas éste fue cambiando su actitud apacible. Esther estaba asustada, nunca había visto a nadie tan fuera de sí. Intentó calmarle, acariciarle el crespo cabello para que se tranquilizara, pero el golem dio un empujón a la muchacha y la tiró al suelo, comenzó a destrozar la casa y salió a la calle gritando de rabia y dolor. Todavía hoy se habla entre los judíos del centro del horror de aquella noche. Muchas personas quedaban destrozadas por donde pasaba; hay quien dice que también a algún niño degolló. Así, el golem cegado por una incontenible ira, se introdujo en la oscuridad que envolvió las calles del centro, destrozando todo lo que estuviera a su paso. Así fue como, poco a poco, al acercarse a la gente, el horror desataba el miedo obligado. Se introdujo en una coladera en donde encontraría a otros que no tardaría en identificar como homólogos. Esos que se confunden con el gris de las paredes en cada calle, en cada coladera. Esos que de día venden lástima y de noche acechan ante la oportunidad de saciar el hambre que los impulsa. Se sintió tranquilo al encontrar desesperados como él por la falta de identidad, la sensación de no pertenecer a nadie y ser repudiados por todos. Hijos de la ignorante y el que engaña. Del abuso y la falta de sentido. Hijos de hienas que son abandonados en los rincones, que por años serán sus casas, sus cuevas. Hijos de esta patria y repudiados en este suelo, descarnados por los cuchillos de saliva de todo el que les mira. Y si, porque no como animales que al encontrar al hermano de manada confortan y entrenan para sobrevivir, así lo indujeron. A sus modos, a sus moldes y formas. De noche acechar para vivir. Sin mediar palabra, como si el instinto les diera más amplitud de entendimiento, salió a la calle. Regresaban de la función nocturna. Habían estado tranquilos. Entre risas y comentarios chuscos hacían placentero su andar por las calles semialumbradas. Se casarían pronto, se habían querido desde chiquillos y, al igual que tú y yo, habían aprendido a estar juntos a fuerza de salir y convivir. Ella pensaba en su boda y su sonrisa se iluminaba más con la luna que acariciaba su cara. Mezcla de enigma, le inculcaron recato entre pudor y decencia. Ella grita. Un grito ahogado, ahogado por la falta de fuerzas para completarlo. Un grito desgarrado, combinación de sorpresa y miedo, de impotencia. Él casi vio a su agresor, casi se dio cuenta de lo sucedido. Por un segundo le pareció entender el motivo. Con los ojos desorbitados por el dolor y por la tristeza, casi se compadeció de esa fiera, con la mano en su boca sólo permitía que toda esa angustia se liberara por dos pequeñas ranuras, y en cada jadeo de su respiración, excitada por la sangre, parecía que le masticaba el alma. Como fiera hundía el diente de acero lento y definitivamente. Ella, callada y triste, pensaba demasiadas cosas para tan grande tristeza. No podía llorar sus penas tan rápido como las vivía. Era demasiado. Dolor de ver a su novio desangrado por un par que no tenían rostro, que tenían rencor, hambre y desesperación. Musitando en su recuerdo, no comprendió la actitud del tercero, que más que participar se agraciaba a lo lejos. Compartía los gritos y las lágrimas con una felicidad incomprensible. Con una mirada glacial, con unas ganas de placer encontrado en ese momento. No le quedaba gana para reacción alguna. Se dejó llevar por esas sombras a un callejón cercano para amanecerse allí, cansada, introvertida en sus recuerdos, sin lágrimas en los ojos sin saber por qué. No sabía por quién comenzar la letanía del llanto, si llorar por su novio muerto, si hacerlo por esos perversos o si soltar el llanto por ese que sin emoción contemplaba cómo los otros dos le mordían el pudor, le tocaban la decencia, le lamían la dignidad con podridos dientes. ¿Llorar? Sí, ¿por dónde iniciar? ¿Por tratar de entender cómo era capaz el ser humano de extremar su rencor por 50 pesos y un par de boletos del metro? ¿Por cómo niños convertidos en guerreros destrozan y no toman rehenes, sólo dinero, sin temor ni importancia por la vida de los demás? ¿Cómo podría ser de otro modo? Si ellos ya se consideran a sí mismos muertos, muertos para la sociedad, para el gobierno. No sabía qué hacer entre los arañazos de su cuerpo y los jirones de ropa que resbalaban de su piel. No sabía que todavía estuviera allí porque no se sentía allí. Porque no quería sentirse allí sin su compañero para soportarlo. La alarma llegó pronto hasta Zeth, que estaba ahí delante declamando sus salmos. Lleno de pánico salió en busca del golem, sabía que si no lo destruía antes del amanecer no habría permutación posible que recompusiera sus letras. No le costó mucho encontrarlo; aquí mismo, frente al zócalo, lo vio, completamente pálido y cubierto por la sangre de sus víctimas. Despreciando su propio peligro se arrojó sobre él y le quitó el shem de la boca. El golem cayó sin fuerzas a sus pies y Zeth, sin perder un segundo, lo tomó por la frente y borró de ella la primera letra de la palabra Emet que él mismo había grabado. Así, el término vida pasó a significar muerte y el golem quedó tendido inerte. Ayudado otra vez por sus discípulos, el fuego y el agua, dieron seis vueltas en sentido inverso a la primera vez alrededor del cuerpo mientras recitaba al revés las letras del serufim. El golem dejó de ser golem y el color ocre empezó a adueñarse de nuevo de él. La multitud movida por el odio y el temor se abalanzó sobre el muñeco de barro, queriendo desmembrarlo y esparcir sus restos por el río, pero la pequeña figura de Esther se interpuso entre esa muchedumbre hecha golem y el golem ya barro. Se abrazó a él devolviéndole toda la compañía que aquel ser le había dado, perdiéndolo entre sus dedos convertido en tierra salada y lágrimas. Zeth, al ver que aquel montón de tierra animado por la fuerza azul de su ilusión había conseguido inspirar amor a su hija, decidió preservar sus restos de la masa. Con sus propias manos fue introduciendo la tierra en una vieja arca junto a las huecas ropas rotas y los zapatos que habían quedado en el suelo, entre el barro. Se dirigió con Esther hasta esta iglesia y subió al desván, donde escondió el arca con los restos del amigo de su hija. Allí están esperando a alguien que con su amor sea capaz de crear cada día igual y distinto a la persona que ama. Entonces los dos subirán al desván, y mientras dan siete vueltas, cada uno en un sentido, recitarán el serufim para que el golem vuelva a existir. Respiré aliviado al terminar de hablar. Normalmente olvidaba las historias que aprendía para contártelas después, pero ésta me había salido de un tirón. Te levantaste enseguida para que yo no notase lo mucho que te había gustado el relato. Recorriste la iglesia buscando algún camino oculto para subir al desván, no lo encontraste y te quedaste quieta junto a uno de los candelabros, lo acariciaste pensativa y yo te imaginé en la distancia modelando el barro, haciendo de arcilla la vida; y te vi toda rojiza, toda barro, hecha por mí y lejos de mí, tierra oscura de sí misma, tan real y tan ella. Desde el candelabro te volviste muy seria. Presentí que ibas a decir algo que no quería oír, pulsé la tecla Esc y la pantalla se fundió en marrón. De nuevo estaba en aquel interminable pasillo. Ya había recorrido tu azul y tu tierra. Conocía tus sentimientos y tus entrañas; no sabía si te había hecho de mí o si por el contrario yo ya sólo era todo tú. De la misma forma que en el cuadro que había pintado, todo iba tomando forma dentro de aquel programa informático, pero no estaba muy claro si era yo o la computadora quien escribía la historia, si era el cuadro quien hablaba de ti o yo le había querido hablar de ti al cuadro. Toda mi idea de ti encerrada, hecha añicos en uno de los tres colores y tú riéndote desde los otros dos. Un cosmos ordenado, centralizado, sacralizado, templo de tu vida donde el cristal se rompe queriendo traspasar, pervertir, el rito para ser yo el único oficiante, el único que te dé la vuelta y te vea por detrás. Me acerqué al cuadro donde estaba inscrita la palabra Campo en la pantalla. La apreté y automáticamente un objetivo verde me llevó a recordar mientras miraba. Pueblo Nuevo es una zona de Irapuato Guanajuato que queda como a unos 45 minutos del rancho Las Alicias, un lugar en la Sierra del Bajío donde nunca pasa nada. Pero esos días casi pasó: José era un amigo un poco tímido, de diecinueve años. Medio ciego y a veces medio tonto, pero tenía una cualidad que lo hacía increíblemente diferente a los demás: cantaba. Y no sólo eso, cantaba muy bien y con un timbre muy especial, pero únicamente trepado en el escenario del pueblo era como se sentía seguro. Nunca entendí cuál era la razón de sus miedos y de sus inseguridades, sobre todo en lo referente a las mujeres. -¿Cuánto cuesta una guitarra? Esa era la pregunta que tenía vueltos locos a todos en el rancho. La razón era hasta cierto punto sencilla, él quería cantarle a una sola mujer y por lo tanto necesitaba de la guitarra para poder cumplir dicha misión. La idea de la guitarra no era suya pero qué importaba, importaba el resultado que definitivamente tenía que ser bueno, simple y sencillamente porque era una realidad lo bien que cantaba. María. Una muchacha como tantas. Bueno, no como tantas, la verdad es que realmente estaba hermosa. Morena, de ojos verdes y un extraño silencio permanente, encantador. María era el amor platónico de José desde hacía mucho tiempo, tanto que ni él mismo podía recordarlo; compañera de la mayor parte de su infancia, con una fascinación muy especial por la música. Era de ese tipo de personas que hubieran deseado tener la habilidad de tocar algún instrumento o que quisieran escribir o componer pero que la realidad del campo los había convertido en esclavos de su normalidad. María también era una persona muy sensible y muy impresionable. Cualquier regalo podía, sin lugar a dudas, arrastrarla hasta el incomprensible enamoramiento adolescente que acaba por convertirse en un embrutecimiento total. María era la candidata ideal para nuestro cantor, que sabía perfectamente que una sola intervención de su voz podría cambiarle la vida y hacerlo partícipe de una felicidad completa. El plan: La situación era por lo tanto sencilla, José: enamorado de María. María: demasiado abstraída en su propio mundo como para saber que en él también quería vivir José. Nuestro plan era simple pero no aceptaba ni modificaciones ni errores, por lo que tendría que realizarse con una precisión absoluta. 06:30 am: Llega María a moler el maíz. 06:31 am: Llega José al lugar. 06:32 am: La comisión de avanzada que controla la misión espera unos segundos a que la susodicha busque un lugar que por supuesto no va a encontrar a esa hora y cede el suyo con una frase como ¡nosotros ya terminamos, quédate con él Nuestro! 06:36 am: José toma su olla con maíz y finge buscar una mesa y se acerca a la mesa de María, pide permiso para acompañarla si es que no le molesta. 06:39 am: Ella, después de fingir pensarlo, acepta. 06:40 am: Finaliza la primera fase del plan. Ya están juntos. A partir de este momento el plan se detiene porque debe haber al menos cinco minutos de plática en los que nuestro hombre (o sea, José) debe hacer reír un par de veces a María con ocurrencias simpáticas o bien con comentarios poco esperados que no rayen en lo vulgar o en lo bobo (ya habremos ensayado varias alternativas para cuando lleguemos a este punto). 06:45 am: José inicia la fase dos del plan. "¿Te gusta la música?". Ese es el aviso de entrada para que uno de nuestros agentes encubiertos cambie el casete que está puesto para colocar el de éxitos de banda, que por supuesto contiene la canción favorita de María, según mi informante, el ayudante de la tienda del ingeniero. 06:46 am: José comienza a cantar... Pero te amo y te extraño y no sé qué voy a hacer... de Banda Magúey. Ella lo escucha y le comenta que canta fenomenal. Él finge apenarse; bueno, no finge que se apena. 06:48 am: José le explica que el sueño de toda su vida ha sido el de dedicarse a cantar abiertamente y que incluso algunas veces le ha dado por componer canciones. La conversación gira hacia el punto en el que José es el centro de atención y ella lo mira intrigada, él tiene que soltarse y no hacer notar su evidente emoción. 06:51 am: Cambia la música una vez más, y ahora se escuchan los acordes de los tigres del norte. Ay, caramba, si eso no le cala entonces nada lo hará. José le dice que va a cantar y que le gustaría que fuera a verlo. Ella impertérrita (término dominguero) le dice que no sabe si podrá... ¡Uf! Bache en el plan, lo que nos obliga a cambiar al plan B. 06:57 am: José le pregunta la hora a la que terminará sus quehaceres (aunque ya la sabía) y le dice que justo media hora después de terminar él comienza a cantar en el baile del pueblo, por lo que podría asistir con su hermana Teresa, quien ya había confirmado su asistencia (detalle que también ya sabía gracias a los informantes y a la red de investigación desarrollada para la misión), y darle su opinión directa de lo que piensa acerca de su voz y repertorio. 07:00 am: Ella, pensativa, contesta que lo va a pensar, pero que no ve ningún problema en asistir. Él agradece y finge no dar demasiada importancia al hecho, como si hubiera invitado a una de sus miles de admiradoras. Continúa cantando... Si apenas te conozco y ya te necesito... El plan era perfecto. Además consideraba todos los factores, si no lo dejaba sentarse, si le cedía la mesa e intentaba irse, si no respondía a cualquiera de sus intentos por hacer plática, si no lo escuchaba cuando estuviera cantando, todo, absolutamente todo. Bien pude haberlo presentado como caso práctico de planeación en la clase de los miércoles. Pero esto sólo era la mitad del camino. La segunda mitad del plan era mucho más delicada: Primero, teníamos que conseguir que nos prestaran una guitarra y una camioneta que lo llevara (a José) desde el rancho hasta el auditorio de Pueblo Nuevo (lugar donde sería el evento). Segundo punto: el guitarrista. Necesitábamos un tipo que tocara y conseguimos a Guillermo de traje, con lucecitas y toda la cosa. Tercer punto: el vestuario para José, había que hacer la cooperación, y tomar las medidas del inútil de José. (No es que no tuviera algún vestuario de sus otras presentaciones. Bueno, sólo tenía uno y brillaba, pero no es que fuera de luces sino de lo planchadísimo que estaba, y además esta era una coacción especial). Cuarto punto: las rosas. Teníamos que conseguir un montón de rosas porque al José se le ocurrió hacer un camino con pétalos desde la entrada del auditorio hasta el asiento de María, eso sí, una silla única, que íbamos a dejar colocada junto a la mesa con un florero individual con otra rosa roja, y una lámpara que era del papá de Tato no servía para nada pero sentíamos que se vería bien, y una copa con champaña. (Aunque luego decidimos que fuera un vaso con agua porque en un rancho en medio de la Sierra de Guanajuato, ¡dónde demonios consiguen champaña!). Así, todo como de foto para Furia Musical, realmente la decoración estaba perfecta. Quinto punto: la canción. Ah, porque eso sí, tenía que hacerse una canción especial para María. Nos encerramos dos noches para hacer la letra y no nos quedaba, hasta que se nos iluminó el cerebro y acudimos a los libros de poesía que tenía en mi recámara, no para plagiar la obra sino para tomar ideas y el resultado final quedó de del uno. Se llamaba "Vive por ti"; bueno, estaba medio tristona pero daría el efecto que buscábamos, servía. Vino el tiempo de ensayo y de verificar si las costumbres e intenciones de ir al baile de nuestra víctima no cambiaban. No lo hicieron. Y lo sabíamos porque una de sus mejores amigas quería ir conmigo, y a cambio de que fuéramos ese día al baile ella nos mantendría informados. Así se terminó la planeación y los preparativos, que irremediablemente se tenían que interrumpir cuando se tenía que hacer la ordeña o cuando había que cuidar los animales, o de plano cuando tuvo que acarrear rastrojos desde el rancho del tío de Ramón y a lomo porque no había camioneta. (A lomo nuestro, no de buey, aunque te sientes igual). Ni modo, hay ocasiones en las que el amor no todo lo vence. Al fin estuvimos listos, y para cuando esto sucedió ya todos los ranchos vecinos sabían lo del plan y muchos hasta pensaban en que hiciéramos una agencia para conseguir pareja y cosas por el estilo, pero bueno, era un secreto a voces; sólo nos faltaba un detalle, algo que José pudiera darle a María y que no tuviera de nadie más, algo más creativo que un pinche mono de peluche o que un ramo de rosas o una tarjeta gringa; necesitábamos algo diferente. Esa tarde vimos "El espejo tiene dos caras", con Barbra Strei... Bueno, tú ya sabes cuál, y ahí apareció como mágicamente lo que habíamos estado buscando. Una carta. ¡A huevo! ¿Qué otra cosa puede regalar un hombre que no sea sus sentimientos por escrito? ¡Que fregón sería ese detalle! Corrimos hacia la tienda, que para el caso era el lugar indicado por dos razones, primero porque allí estaba Goya, quien era la única de nosotros que tenía una letra aceptable, y segundo porque esa tienda era como un autoservicio de aquí en la ciudad, si vendía de todo. Poco, malo, pero había papel de colores que era lo que buscábamos y compramos 20 hojas con cien pesos que era todo lo que quedaba en las arcas de la organización (fueron 20 porque por la 18 ya nos habíamos puesto de acuerdo en lo que debería decir, claro que no opinó mucho José según recuerdo). Honestamente el proceso de planeación había sido demasiado largo y por lo tanto desgastante en todos los sentidos. Ahora sí, todo estaba listo. La fecha fue el 14 de febrero, por lo que tuvimos listos todos los detalles para ese día y la noche anterior nadie pudo dormir. Yo me revolcaba por todos lados pensando en qué era lo que podría salir mal y los demás estaban exactamente igual. ¿Qué vamos a hacer si ella no acepta ir? ¿Qué va a hacer José? Llegó el día "de la verdadera", como le habíamos bautizado al final, y todo iba tal y como lo planeamos: El día: 06:30 am: Llega María a moler el maíz. 06:31 am: Llega José al lugar. 06:32 am: La comisión de avanzada que controla la misión espera unos segundos a que la susodicha busque un lugar (que por supuesto no va a encontrar a esa hora) y ceden el suyo con una frase como "nosotros ya terminamos, quédate con el nuestro". 06:36 am: José toma su olla con maíz y finge buscar una mesa y se acerca a la mesa de María, pide permiso para acompañarla si es que no le molesta. 06:39 am: Ella, después de fingir pensarlo, acepta. 06:40 am: Finaliza la primera fase del plan. Ya están juntos. Parece ser que no habrá mayor problema para concretar la misión, la raza celebra afuera del molino mientras un vigía no pierde detalle del encuentro. María sonríe una, dos veces, ¡estamos del otro lado! (nos sentíamos como los juguetes de Toy story). Ahora dice que sí, ¡a huevo! Se escucha el cambio de música, siguen platicando. Más risas de María, José está muy serio, está actuando. Sí final a las 06:48 am. ¡Misión cumplida! Se levanta María, sale rumbo a su casa. Se queda José en la mesa y la avanzada entra a preguntarle qué pasó. -Aceptó. Pero no creo que vaya a ir. ¿Quién entiende a este pendejo? La neta, todos nos esforzamos un chingo para que saliera de pocamadre el plan y este buey viene con sus depresiones que... ya ni pendejearlo. Debería estar acostumbrado a sus pendejadas (me refiero a mí, finalmente trabaja conmigo). Pero no importa, el plan va a salir pese a todos, incluso este buey. La mesa estaba puesta y sólo faltaba animar al pinche José, pues. Primero, teníamos que conseguir que nos prestaran una guitarra y una camioneta que lo llevara desde el rancho hasta el auditorio de Pueblo Nuevo, así que fuimos a ver a Lepe para la guitarra, quien accedió pensando qué neta, era muy buena onda lo que pretendíamos y la camioneta la prestó el papá del Rudy a toda ley quesque porque se acordó de su época de joven cuando vivió algo similar con la pancha. Segundo punto: ya estaba Guillermo listo con el arreglo para la canción, de traje y toda la cosa como hice constar paginas atrás. Tercer punto: el vestuario para José; se hizo la cooperación y mandamos una comisión especial para que fuera a Irapuato a rentar el traje, esto obviamente un día antes. Cuarto punto: las rosas. ¡Puta madre! A arrancarlas de donde fuera para hacer el camino con pétalos desde la entrada del auditorio hasta el asiento de María, una silla única que dejamos colocada junto a una mesa con un florero individual con otra rosa roja, y una lámpara que era del papá de Tavo no servía para nada pero sentíamos que se vería bien y una copa con champaña. (Aunque luego decidimos que fuera un vaso con agua porque en un rancho en medio de la Sierra de Guanajuato, ¡dónde chingados consigues champaña! Además, ni que ella fuera a tomársela. La mata su mamá. Así, todo como de foto para Furia Musical, realmente la decoración estaba perfecta. -¿Quedaron a las 9:30 pm? -Sí. -Ya todo está listo. -No va a venir. -No mames, deja de pensar pendejadas. Quince minutos antes de las 9:30 todo mundo estaba listo, el último ensayo a la canción y la prueba del traje frente al espejo. Diez minutos; las flores, el agua servida. Cinco minutos; las luces y la prueba de micrófonos. Las 9:30 en punto, mi informante en la base uno comunicándose por la radio de onda corta. El resultado: -Salió de casa. Va para allá. Esperamos cinco, diez, quince minutos, una hora, una hora y media. José se quitó la chamarra del traje y empezó a jalar aire por la nariz como toro de lidia, con rabia. Con unas ganas incontrolables de llorar y de agarrar a patadas todo lo que estuviera cerca. El camino de pétalos de rosa de pronto se vio infinitamente ridículo. ¡Hijo de la chingada! Parecía que habíamos perdido un juego de la selección nacional o un concurso de piscar fresa, todo mundo estaba que se lo llevaba la verdura y José mudo. El champaña, digo, el agua, la empezamos a rolar entre los que, hasta trajeados, fuimos a ver como José hacía historia y dejaba la soltería. Tal parecía que cuando lo lograra, algo de su éxito se nos empezaría a pegar y dejaríamos de ser los hijos de vecino que nos sentíamos. ¡Puta madre, qué le decimos! ¿Qué fue lo que pasó? Sonia entró corriendo por la puerta del auditorio como esperando encontrar aquello convertido en una fiesta y no en la reunión de caras largas que teníamos ahí. -¿Qué pasó? -No vino. Silencio. El mismo silencio que José guardó cinco minutos más antes de tomar la chamarra que se había quitado y salir del auditorio sin decir una sola palabra. Al día siguiente José no fue al molino, ni al siguiente, ni una semana después ni un mes después. Intentamos todo para comunicarnos con él, pero su mamá dos días después de lo ocurrido fue a decir que no regresaría a trabajar al rancho y nuestro amigo jamás regresa para ver el desmadre que se hizo en el baile y que todo mundo con su carota de pendejo te preguntara: -¿Para qué querían la guitarra? -Te vale madres -siempre fue la respuesta. José no regresó, se fue a trabajar a Estados Unidos y de hecho jamás volvió a cantar; se casó al año por allá y se fue a no sé a dónde. Su esposa se llama María. No sé si le hubiera hecho sentir mejor el saber que esa noche María no llegó porque se sintió muy mal, tanto que fue al médico saliendo inmediatamente de su casa, con un dolor de cabeza insoportable que después le diagnosticaron como meningitis, que le costó un año infame que se pasó en cama. Cuando salió de la crisis no recordaba muchas cosas que había vivido y le costaba trabajo hablar, tanto que de ser una chava popular pasó a ser el fenómeno y el ejemplo de superación porque no estaba al cien por cien de sus facultades. Nunca recordó a José pero el sonido de su voz cantando una canción acompañó todas sus noches hasta que murió en un accidente un día de tormenta. Nosotros dejamos de vernos y adoptamos otros amigos diferentes. Sé que la mayor parte está bien y que viven tranquilamente, pero nunca volví a preguntar por los demás... ni ellos por mí. Lo aprendido: * La guitarra no era necesaria porque José era vocalista de un grupo. * Nunca dejes que tus amigos te quieran arreglar el asunto de acercarte a la chava que te late porque todo se complica. Fue impresionante y a la vez agradable ver desfilar esos momentos por el monitor y observarlos. Apreté la tecla Esc. Y nuevamente en el pasillo me acerqué al cuadro donde estaba inscrita la palabra Cristal en la pantalla. La apreté y automáticamente un objetivo gris me llevó a mirar mi cara viéndome desde fuera del cristal de la pantalla. Detrás de mí, con una profundidad de campo un tanto borrosa, pude verla a ella recostada sobre la cama. Su cara sólo reflejaba un hastío vulgar, una acartonada sensación de un inacabable e insatisfecho aburrimiento. Ahora toda la habitación aparecía en tonos grises cálidos, incluyendo los muebles y a ti misma. Vi cómo me levantaba y me dirigía hacia ti. Por primera vez parecía completamente tranquilo y dueño de la situación. Mi voz sonó completamente hueca: "En la computadora ya está todo claro. La máquina nos va a dar la clave del cuadro, luego sólo faltará descifrarla, pero yo no te voy a ayudar, tendrás que hacer ese pequeño esfuerzo". Ella convirtió su sonrisa en risa, se levantó elásticamente y se acercó hasta mí. Su beso me supo también a nata y yo entonces estuve seguro de que ella siempre había sido así, mitad ella y mitad también aquella, las dos tan reales como opuestas, un vidrio roto pegado en el gris, cristal por el que al mirar a través se ve la doble realidad y uno nunca sabe bien si está de la parte de aquí o la de allá. Esa era su mente, pensar por definición que todo lo inunda, que todo lo hace; conciencia y esencia se juntan y se te ponen a mirar desde su propia realidad. La impresora comenzó a funcionar. Me acerqué a ella y arranqué el folio. Allí estaba escrito el texto cifrado, varios grupos de letras inconexas, imposibles de tomar ningún significado, ninguna realidad salvo la suya propia, si alguien no se lo inculcaba al descifrarlos. Yo, que había creado el cuadro, podía volverlo a crear con cada significado, en cada combinación de letras, igual que la creaba a ella cada vez que la miraba, que la pensaba. Y ahora tenía que enseñarle la cábala a ella, enseñarle a crear el golem a su imagen y semejanza. Ella de nuevo volvía a ser tú; toda tu cara y tu olor volvían a ser míos junto a mí, me besaban y acariciaban como un premio nunca merecido, como cuando se recibe un regalo esperado de antemano. Me acerqué al cuadro y le di la vuelta, con parsimonia comencé a transcribir cada grupo de cuatro letras en el reverso de la tela. Notaba tu respirar cerca de mi cuello, tu saliva en mi boca, tu mirada y tu alma puesta en cada letra que yo escribía, críptica teología que te hechizaba y te hacía apretarme fuerte para extraer de mí su oculto significado. Nunca había importado realmente qué era lo que te interesaba del cuadro, ¿qué otra cosa puede importar sino la búsqueda misma, la consecución del tótem que te acerque al centro de ese cosmos, que te coloque al más alto de sus niveles? Ahora ya estabas cerca de él y yo fuera de ti a cada letra que te conformaba por fin puesta al revés, a cada signo de tu fusilamiento con la cara pegada a aquella pared gris. Terminé de escribir sabiendo que había terminado de ti, que ya no quedaría ningún escrito sagrado ni profano que nos pudiese volver a hacer vivir. Como un sueño recordó el centro, te recordé, y te ofrecí el cuadro. Tú lo tomaste con la alegría de una niña y me volviste a besar. Desde dentro de la computadora vi cómo el tintinear del espejo roto del cuadro reflejaban en mi frente la palabra Emet y tú empezaste a recitar como en un viejo salmo cada una de las letras del Sefer Jesirá: TRI, VATE, QRB, OBP, ABQ, FBO, OX, XDR, UN, BKP, XJF, ÚKQ, UQF, BOO, XAB, QRB, MTM, XDR, XXV, RIA, BQR, MBK, QFJ, FBK, EYF. IEBK, PXM, IBK, QMA, BQR, SBO, AXA. NIBO, AXA, ÑRB, PBO, BIC, IBG, XBX, QRJ, SFOX, AX, XSB, NZBP, ZFB, PSNQX, XSB, ZBP, CXI, PX, NBO, MPF, BJN, IOBI, IBK, XAB, PQRQ, SBO, OXU, QRX, DRX. RIPMP, QOB, PBI, BJB, KQM, PPB, BKQ, OBI, AXVX, KBK, RQRZ, MPJ, SAIS, PBR, KBK, UPB, NXO, XKP, FKK, FKD, TRKX, IBU, MNX, SOBZ, ETRI, IBS, XOQ, RSF, AXN, MOX, IDR, KXP, ABKA, XPB, EDRO, XÑR, EAPM, IMQ, RNR, BAB, PPB, DRFO. SRP, BTM, BPN, BÑR, BLM, UGR, BOQB, CRB, COVX, ABD, SOXS, TAXA, QFB, OOX, ÑRB, RXQO, XBO, RPB, KQF, JFB, CKQM, XKRX, IEXP, QXP, BOQ, MAM, QRR, KFZ, XOB, XIF, BRAXA, XFOB. IAMA, KOR, BOB, PIX, PQO, BPZ, MPXP, JRK, RAMR, KFZ, BMJF, JBP, EPN, BON, BQR, XÑR, GBPB, OBD, BKB, OXA, IFAX, AFA, ZOB, KKA, RSQR, NOM, NFX, BPQ, OBI, IXS, R.YR, ANVN, ISM, TRUD, YDD,ESS, CGCTR. IRJF, BKQ, OXP, QXK, QM, BKI, MPB, PNB, AGMP, IXZ, BOQ, ABVX, SCIRAX. AIBDG, IRIR. PAITAS. CSRE. Las letras iban convirtiéndose en aquella canción que tú apenas me susurrabas y su imposible significado me hizo dudar, hubiese querido de pronto dejar amanecer el sábado y que todo hubiese estallado para que sólo pudiese existir aquel recuerdo tuyo guardado en algún desván. Para que aparecieras en mi lista de promesas a olvidar. Cuándo terminaste de recitar diste una vuelta a mi alrededor, ¿o fueron siete? ¿Qué significa? Tus palabras eran ya tan incomprensibles que preferí no oírte más, sólo verte allí delante de mí, pintada de gris en un pobre cuadro que nunca te podría llegar a reproducir, haciéndome guiños desde cada una de las realidades que yo mismo quería superponer en ti. Todas incompletas. Todas rotas. Significa lo que tú quieras que signifique, lo que tú quieras soñar. Es la suma de todos nuestros encuentros y todas nuestras palabras. Es causa y resultado de todas tus formas de sentirte, de creerte viva. Es la fórmula mágica que te reproduce en cada pensamiento mío, a cada nueva llamada mía. Es tu azul, tu marrón y tu gris. Está hecho de todo aquello por lo que tú eres... Tu cara volvió a ser la de ella y se acercó a la puerta. La abrió: -No quiere decírmelo. Inténtalo tú. El tipo asomó su cara sonriente. Había estado escuchando tras la puerta todo el tiempo. Yo supe que había perdido, pero daba igual. Al fin y al cabo era sólo un cuadro. Al fin y al cabo era sólo yo. Se acercó hacia mí con la paciencia más exquisita, con la voz cantante de la que ya ha conseguido su objetivo, del que va a dar por concluido un trámite. ¿De qué me servía ya callar? ¿Qué importancia podía tener ya para mí lo que había querido expresar si el destinatario era incapaz de comprenderlo, de captarlo? "La clave está en la última línea del salmo 139, luego busca las letras de inicio a la izquierda del código". Sonrió satisfecho y me ofreció un cigarro. Ella se acercó relajada a él y lo tomó del brazo. No podía explicarme para qué quisieran ellos mi sentimiento, pero sólo quería olvidar todas las imágenes que se me agolpaban en la mente sin estar nada seguro del orden en que sucedían. La mujer telefoneó a alguien y pronunció una única palabra: "Ven". A los pocos minutos tocaron a la puerta de la casa. Ella me cogió de la mano y me acompañó hasta el recibidor. Abrió. En el jardín se agolpaban mis perseguidores, aquellos de los que el hombre me había librado. Todos iban vestidos exactamente igual. Te susurré adiós en el oído y me dirigí hacia el grupo. Ellos también querían una oportunidad de interrogarme sobre otros temas en una larga lista que para mí ya no-tenía fin. Me dirigí a ellos pero extrañamente ninguno pronunció palabra. Caminé entre ellos sin ser detenido por ninguno y me dispuse a cruzar a la acera de enfrente. De reojo pude observar cómo me seguían los pasos con la mirada. Ya no pensaba en correr. ¿Con qué objeto? Pero sin mediar mi voluntad en ello caminaba en dirección opuesta alejándome del lugar. Fue entonces cuando me percaté de que uno de ellos seguía mi andar desde el otro extremo de la calle, con la mirada fija en mí sólo interrumpida por la supervisión rápida que realizaba del camino y sus alrededores. Así, caminando al mismo paso que yo y sin distraer su mirada, pude ver con el rabillo del ojo cómo su rostro reflejaba poco a poco el odio que se incrustaba en sus facciones, a cada paso que daba a la par de los míos. De pronto noté por el rabillo del ojo cómo comenzaba a cruzar la calle para interceptar mi andar, y en un reflejo incomprensible de mi parte hice exactamente lo mismo. Era como si no quisiera que yo supiera que me seguía, aunque no sé por qué esforzarse en ocultar lo obvio. Era una especie de rito. Nadie en la calle. Finalmente cambiamos de lugar. Tenía una sensación extraña que me recorría todo el cuerpo y no podía pensar en nada en ese momento, aunque poco a poco comprendí que esa sensación era provocada por su mirada, que golpeaba glacialmente mi espalda. Llegando a esquina doblé a la derecha; él se encontraba en ese punto sin seguirme ya más, tan sólo con la mirada. Seguí avanzando y delante de mí un pequeño jardín con algunas bancas de cemento y en una de ellas me pareció verte. A la distancia lucías tan real y tan tú que era casi imposible imaginar que hubieras estado en aquella casa conmigo unos minutos antes. Te miré fijamente y perdí por un instante la sensación de la mirada en mi espalda de aquel tipo. La distancia se acortaba y parecía que de llegar a donde estabas lo habría logrado y de algún modo me sacarías de allí. Entonces estaría salvo, pero a unos cuantos metros, antes de estar a distancia prudente para hablar, sentí cómo mi espalda se estiraba al punto de estar completamente derecha en perfecta línea recta con mis hombros. Cómo mis pectorales se inflamaban al frente y me invadía una calma descomunal. No sentí nada más que mis rodillas chocando contra el suelo, y mi mejilla izquierda encontrando su lugar allí mismo. No podía quitar la mirada de ti. No quería hacerlo. Y así transcurrieron para mí los últimos segundos; tenía la sensación de que iba a comenzar eso que escuché de tanta gente decir al estar en el lecho de muerte. Eso que yo mismo experimenté en repetidas ocasiones tras diversos accidentes. Pero no sucedió. Sólo sentí el estruendo en mi cabeza después de las desesperadas pisadas que se achicaban desde lejos. Ese mismo estruendo tornó tu imagen en gris. Un gris que tornaba en un ocaso negro. No recuerdo haberte movido antes de que cayera al suelo, y si lo hiciste no lo pude registrar en la memoria, ya que sólo veía tu imagen congelada en mi mente allí sentada sonriendo. De un sobresalto desperté. Me incorporé completamente sudado y con la pesadilla lacerándome la mente. El pánico acumulado me empujaba a despertar del todo, a dejar de poner color a las imágenes en blanco y negro. La claridad del amanecer me dejó ver en la pared el cuadro que te había pintado. Te lo había regalado el día anterior, viernes. Nos habíamos dormido viéndolo, hablando de él. Tú te habías reído con las mil significaciones que yo le había inventado. Con todo el encanto que sólo tú puedes tener dijo que desde ese momento el cuadro para ti significaría yo. Y yo, ahora mirándolo, sabía que ese cuadro eras tú, sólo tú y también mi pesadilla, y tu sueño que transcurría a mi lado como entre nubes. Te acaricié y te besé, con sabor a tierra y nata, para estar seguro de estar en tu sueño, para estar seguro de poder seguir introduciéndome en ti por todos tus caminos durante toda mi vida, porque de lo contrario sería un espejo roto, inservible sin tu reflejo. Por eso la clave nunca estaría en el cuadro, ni en mí; la clave estaba en lo que tú fueses capaz de ceder de ti misma, de abrirte a mí. Yo me noté dentro de tu sueño, de tu propia realidad. Era dulce verte derivar ligeramente agitada por otras vidas mientras yo te sujetaba en tu centro, mientras tus tres elementos; cuerpo, corazón y mente; se hacían uno para mí. Cuando desperté agradablemente sobresaltado yo ya había olvidado la pesadilla. Te acercaste a mi oído y, con una voz impersonal, extrañamente familiar, me preguntaste: "¿Qué significa el cuadro?". -¿Eh? [ESC]. =========================================================================== La edición electrónica de este libro se terminó en marzo de 1999 y está disponible en http://www.letralia.com/ed_let/elcuadro =========================================================================== (C) 1999 by René Marín Editado por la Editorial Letralia. Internet, marzo de 1999 La Editorial Letralia es un espacio en Internet patrocinado por la revista Letralia, Tierra de Letras y difundido a todo el mundo desde la ciudad de Cagua, estado Aragua, Venezuela. Contáctenos por correo electrónico escribiendo a editorial@letralia.com. Editor: Jorge Gómez Jiménez (info@letralia.com).