=========================================================================== Editorial Letralia * http://www.letralia.com/ed_let =========================================================================== INCERTIDUMBRE DE LA PROA Leonardo Rossiello, leonardo.rossiello@rom.gu.se Uruguay =========================================================================== Prefiero no decirles que lo que a nosotros nos importa no es algo que quede detrás de nosotros, no es la estela, sino la inagotable incertidumbre de la proa que, esa sí, no se borra nunca. José Pedro Díaz ("Navegar", Tratados y ejercicios) =========================================================================== Incertidumbre de la proa Cuando me desperté, empapado por la lluvia, después de haber dormido seis horas sin sueños, vi que todavía estaba allí. La tormenta lo había arrimado más a la orilla. Me dispuse a salvar lo que podía salvarse, a achicar el agua, a asegurarlo más con sogas y poner el ancla para el lado de la playa. Que se viera que no era lo que en realidad era: un barco naufragado. Que se viera que tenía un dueño dispuesto a defenderlo. Trabajé duro, pero al fin pude sentirme tranquilo. Y cuando estuve tranquilo me di cuenta de que tenía hambre; entonces pensé en la caja con comida que me había preparado mi mujer y que nunca embarqué. Fue entonces cuando empecé a pensar en las señas de la barca que había visto a poco de entrar. Lo que más me impresionó no fueron las olas de no creerse o la violencia del mar, todo blanco, ni los copos de espuma volando como algodón en el aire, sino el aullido del viento en las jarcias; un sonido que parecía eterno, como de arpa gigante. ¿Cuándo fue? Déjame ver. Fue en uno de mis últimos viajes contratados desde Cabo Frío, en la época en que todavía hacíamos aceite de hígado de tiburón. Tendría treinta; hará ahora unos cuarenta años. Sí: fue lo que se dice una señora tormenta. Mar gruesa y temporales, antes: muchas veces. Fíjate que desde aquí hasta Buenos Aires, o La Plata, o más al sur, o a Recife, que también me tocó, siempre de acá para allá. Aunque no quieras, una que otra tempestad te embocas. Algunas, de las bravas. El Atlántico sur es de los mares más pesados del mundo. Pero yo no sabía lo que es un huracán. Hasta que me salvé de aquél. Fue con este mismo balandro. Había estado anclado, quince días de calma chicha, con el sol bestial del verano dándole siempre del mismo lado. Como ves, el casco es de teca empernada en cuadernas; la quilla, de roble. No se pudre, pero al ser de casco liso, cuando las tracas de la obra muerta se secan con el calor se separan en las costuras, sobre todo si el barco no tiene movimiento. Por dentro puedes mirar para afuera por entre las rendijas. ¿Lo que hay que hacer? Lo que yo no hice: baldear el casco un par de veces por día. O darle aceite de linaza crudo con aguarrás, bastante. Que chupe. Esa es la ventaja de los cascos tinglados, como el del tuyo: con la seca, los tablones del forro se corren pero quedan siempre cubriéndose. Estaba cazando en los bañados cuando fueron a avisarme que estaba el encargo de llevar unas muestras de aceite de hígado de tiburón para un barco que salía de Bahía Blanca, rumbo al norte. La paga era buena pero el viaje tenía que ser enseguida, porque el otro zarpaba a los tres días. Había nada más un par de barcas en la ensenada. La gente casi toda había entrado a levantar los trasmallos, así que fue fácil decidirme a ir sin acompañantes. Además de no tener que esperar, o andar preguntando, me quedaba yo solo con la paga. Mi mujer no quería que entrara sin tripulación. Insistía en acompañarme ella. Mira si sería guapa. Pero ¿y los gurises? ¿Quién iba a cuidarlos? Era una buena ocasión de ganar para el invierno. Los chiquilines tenían parásitos, había que pagarles un dentista, el barco estaba en amortice. Siempre pobre, uno. Siempre esclavo de la plata. De modo que apenas me decidí, le avisé a la patrona y empecé a cargar un par de bidones con las muestras: tres con dísel y otros dos de agua dulce. "Te preparo comida", me dijo mi mujer. Revisé a las apuradas las velas, el aparejo, y con todo ya listo, voy al rancho a despedirme. Ella había salido a hacer no sé qué, lo cierto es que la comida no estaba, y me largué. Sin mirar el casco del balandro. Sin escuchar los avisos a los navegantes de la radio, ni parte meteorológico ni, lo que es peor, una corazonada que tenía. Verdad es que con dos semanas de calma chicha y una calor que no bajaba de treinta grados, era fácil tener el presentimiento de que por ahí andaba formándose un sistema de bajas presiones peligroso como mono con revólver. Viento no había, aunque era casi la hora de la virazón, así que entré a motor. El mar estaba como nunca lo había visto, parecido a una laguna cuando no sopla, aceitoso. Como espejo gigante que reflejaba sin piedad el cielo sin nubes y el sol de las seis de la tarde. A medida que yo me alejaba, los médanos se coloreaban de ocre y naranja en su irse achicando. Se veía lo que alcanzara la vista en aquella tarde increíble. Cuando ya Cabo Frío no se veía más, ni la playa, ni la franja oscura del monte y los bañados, ni las islas, ni el faro, todavía alcanzaba a ver las crestas de los médanos en el horizonte, chiquitos, pero ahora con el color ceniciento que cobra la arena cuando el sol se ha puesto. Y entonces vi que no estaba solo: otra barca había salido. Lo tenía a popa, venía también sin velas y con el mismo rumbo que yo. La costa estaba perdiéndoseme de vista. No sé a cuántas, tal vez a veinte millas. Con decirte que cuando dejé de verla casi de inmediato oscureció. Por un tiempo estuve viendo el aspa del faro y unas luces intermitentes de la barca, como que me hacía señas; después ya no vi en aquella dirección nada, la luz del faro detrás de la curvatura del mar. Una sensación rara, de sentirme lo que se dice: solo, empezó a cubrirme a medida que aparecían las estrellas. En el recuerdo no sé si no era miedo, por haber empezado a pensar en la atmósfera de mal tiempo que venía acercándose, y que hacía que el titileo de toda la Vía Láctea se viera cada vez menos. Eran los bordes de la niebla, que venía del este con una brisa suave. Adensándose de a poco, la bruma iba como atenuando lo grandioso de aquella noche sin luna. Cuando uno mira hacia atrás en el tiempo y analiza, por lo general es fácil ver los errores. Lo mejor en ese momento habría sido no apagar el motor y tomar el rumbo opuesto. A las cuatro o cinco horas habría estado en la ensenada de Cabo Frío. Hice justo lo contrario. Sabedor de que por allí no hay bancos, ni rompientes, ni islas, decidí continuar a vela para aprovechar la brisa y ahorrar combustible. Seguí con rumbo suroeste, levanté el foque y la mayor y apagué el ocho caballos. Qué silencio y soledad se me abalanzaron. ¿Navegaste a vela en la niebla? Entonces puedes imaginar lo que sentí, solo, viendo menos que gato de yeso, apenas avanzando en lo gris lechoso. Poco más allá de la proa, ceniza compacta. A estribor, la niebla tenía un color verdoso, y a babor, rojizo, por los fanales de posición. El barco empezó a moverse y ya a los pocos minutos comencé a oír el zumbido de la bomba de achique. Entonces me acordé de que el barco había estado al sol quince días, y que no había revisado las junturas de las tracas por encima de la línea de flotación. Así de estúpido puede ser uno cuando hay olor a plata fácil. Ahí estaba el resultado. El casco embarcaba agua a cada cabezada y en cada rolido. Me imaginé que la madera pronto se hincharía lo suficiente, porque la bomba no funcionaba de continuo. Serían las doce y estaba refrescando. La niebla se había levantado del todo y fue reemplazada por un ventarrón fresco del este, que parecía indicar tormenta. Se me dio por hacer lo que tendría que haber hecho bastante antes. Miré el barómetro y vi que había bajado a mal tiempo, y se iba para tormenta con entusiasmo. Todo pintaba mal, así que decidí volver. Estaba intentando encender el motor, cuando el primer rafagazo me hizo sospechar que por ahí ya era tarde. El barco empezó a cabecear fuerte y a dar rolidos y el motor a no querer. ¿Y yo qué sé? Algo habrá pasado con los bornes de la batería, o la carga se agotó con el primer intento de arranque. Tendría que haberla cargado antes de salir, o puesto una recién cargada, porque cuatro horas de motor no alcanzan. La imprevisión. La inexperiencia. El apuro, ay. Es lo que no se te perdona. Uno puede filosofar todo lo que quiera, pero los hechos siempre tienen razón. Lo cierto es que no respondió. Si yo hubiera sabido un poco más de electricidad y motores, o si hubiera tenido a alguien al timón, o habido calma, luz, tal vez me las habría ingeniado para hacer arrancar el motor cambiando los bornes para la batería de servicio, la de la bomba de achique y las luces. O a manivela. Pero en aquella oscuridad, con aquel mar, y solo, ni hablar. Y ahí me tienes, despistado como sordo en tiroteo, con ganas de volver a motor y sin poder hacerlo. Me había invitado yo mismo a un baile que recién empezaba. ¿Qué hacer? Pensé en capear el temporal anclado, por si no resultaba muy fuerte y duraba varios días. Eché la sonda, pero no daba fondo: había más de cuarenta brazas. No me daba la soga. Ni añadiendo. Que se venía una borrasca, no había duda. Ya el viento venía arrachado, frescachón, y las olas ya empezaban a hacer espuma. Podía navegar de bolina, intentar volver contra el viento, aunque daba la impresión de que no soplaba firme del mismo lado, sino que cambiaba, del noreste, del este, del sudeste, lo que me obligaba a estar siempre cazando las velas o soltándolas. Estaba indeciso, cuando de repente empezó a caer un chaparrón de aquellos. Casi al mismo tiempo se apagan los fanales. Aquello no podía significar sino que la batería de servicio también se había descargado. El ser humano es guapo. Por eso no existe una desgracia, un problema. Siempre se te animan de a dos o en patota. El viento arreciaba, y sentí que tenía mil cosas para hacer, todas al mismo tiempo. Arriar o disminuir el foque y la mayor, cambiar de amura, aligerar, verificar los contactos en los bornes de la batería, instalar la bomba de achique de mano... Primero me metí de apuro en la cabina y saqué de abajo de la litera la bomba de mano, puse la boca del tubo en la sentina y me la llevé para la bañera, al lado del timón. Ahora disminuir el foque, en realidad cambiarlo por uno de tormenta, pero no era el momento de empezar a prepararlo. Tendría que haberlo hecho mucho antes. Até la barra del timón y me fui hacia el mástil. Cuando estaba desatando la driza un bandazo me lanzó hacia el mar y de pura suerte quedé enganchado en los obenques, colgando, bobito como papel volando. Un par de olas en la cara hicieron que me recuperara y así pude volver al mástil, a duras penas sin caerme, porque se movía como bagual en doma. Bajé el foque; después bajé la mayor a la mitad. Volví al timón y di un poco de bomba. Había agua y agua, aquello se estaba poniendo feo. Me puse unas sogas de seguridad; después, asegurado con ganchos, empecé a aligerar el peso. Tiré en el mar el contenido de los tres bidones de gasolina, y los dos de la muestra de aceite, lo que ayudó bastante; el oleaje en torno de mí se apaciguó durante un tiempo. Lo aproveché para seguir aligerando. Tiré uno de los bidones de agua dulce. Me las ingenié para soltar las baterías, levantarlas y echarlas al mar. No daba un paso sin ir enganchándome. Volví a proa y desprendí y solté el ancla, quedándome solo con la de popa. En total había aligerado más de doscientos cincuenta quilos. El problema venía a dos puntas. Las vías de agua estaban en la obra muerta. Si navegaba a vela, aumentaba la presión del agua contra la separación de las costuras, y embarcaba más agua. Pero abandonar las velas era también abandonarse a la buena de Dios, que no siempre anda repartiendo buenas. De nuevo: ¿qué hacer? ¿Esperar a que el temporal amainara, y luego, con luz y más calma, intentar cerrar las vías con estopa y masilla? Empecé a virar por avante, para ver si podía cambiar de amura, porque las vías estaban a sotavento y esa parte, la banda de babor, era la que estaba más sumergida. ¡Para qué! Fue como una provocación al mal tiempo: ahí sí que empezó a soplar, y era como estar metido adentro del órgano de una catedral. Es que el mar es como un ser vivo. En general es de dar, pero a veces es caprichoso y vengativo. Guay si está de mal humor. No perdona imprevisiones ni admite errores sin castigo. El aceite que yo había tirado al mar se dispersó o lo dejé atrás, ola va, ola viene, lo poco que veía en torno de mí era blanco y arriba gris, y el barco a cabecear de lo lindo. Era tal la violencia, mi viejo, de aquel infierno, que no había que ser marino para darse cuenta de que no era posible navegar cruzando el viento. Así que armé y tiré el ancla de capa, para frenar un poco la velocidad de lo que iba a hacer, es decir, correr el temporal. Le puse otro rizo a la mayor y me quedé con una tercera parte del paño, aseguré la botavara y me puse al timón. Al cabo de un tiempo que no sabría determinar, noto que el barco está lerdón. Pesado. Como submarino a remo. Abro la escotilla, alumbro para adentro: el agua por encima del piso. Pero en el momento en que solté el timón para abrir la escotilla el peso del agua y el viento de costado hicieron que empezara a escorar, así que largué la linterna y volví al timón a tiempo para dar la popa al viento y enderezar mi barco. A cada cabeceo, el agua se corría hacia la proa, que se ponía entonces más pesada, y el bauprés se enterraba: iba como planchando el agua, y por momentos, en la cuesta de alguna ola larga, la proa completa desaparecía en el mar. Toda la cubierta, desde el fin de la cabina hasta la roda, se cubría de agua. Yo no podía abandonar la caña del timón. Ni un poquito: apenas se alteraba aquel equilibrio, de veras tan precario, el barco escoraba y podía irse a pique. Me acordé que estaba atado con cuerdas de seguridad. Aquello podía ser fatal, pensé. Las corté, lo que me costó bastante porque tenía las manos ateridas, casi agarrotadas, y me pasé dos cabos de dos defensas diferentes por el cinto. En caso de irse el barco a pique, podría quedar flotando con esa ayuda. Visto en perspectiva, lo mejor hubiera sido continuar atado al barco; hundirse con él o salvarse con él. Bastante grotesco es, además de inútil, prolongar la agonía por unas horas. De masoquista. Pero ¿qué no hace el ser humano para conservar la esperanza? ¿Para seguir luchando por la vida? Corría el temporal. Sólo podía hacer eso: mantener el rumbo, sujetando la caña del timón con la izquierda, nacida en el timón, prendida como garrapata. Y darle a la bomba de achique con la derecha, sujetándola con los pies. Nadie hubiera podido pedirme que me pusiera a tocar las maracas, ¿verdad? Durante aquellas horas no supe de dónde soplaba el viento, pues ni el compás podía ver. ¿A cuántas millas de la costa? Imposible saberlo, entonces. Me di cuenta de que mientras durara el huracán sólo tenía una salvación, y era que soplara desde el sur o desde el sur- sureste. O si paraba la marejada. Entonces ya sería otra cosa, pues embarcaría menos agua y tal vez podría cerrar los rumbos. Así continué el resto de la noche, meta bomba y a no parar en la parranda. Navegaba con tal chifle del viento en los oídos que apenas se oía el flamear de la mayor, de lo que iba quedando, atento a dar siempre la popa al viento. Esa noche valió por mil; tanto duró y tanto debo de haber envejecido. Por fin aclaró. La lluvia, amainar no amainaba nada, ni el viento, ni las olas. El mar estaba blanco, las laderas de las olas, de cinco y seis metros, eran blancas. Yo estaba, como puedes imaginar, tiritando y con ganas de largar el timón y dormirme para siempre en aquella albura de pesadilla. El balandro estaba cada vez más lerdo, y yo temía que se hundiera en una de aquellas bajadas de olas, como en tobogán de gigante. Podía ahora ver la tormenta, que había ganado en fuerza, y escuchar la sirena del viento entre las jarcias en todo su horror. El aire estaba lleno de copos de espuma, como pelotones de algodón que volaban con una velocidad de no creerse. Y esas olas... Ah sí. Un espectáculo imponente. Majestuoso. Lindo, aquello. Pero llega un instante de esas situaciones en que a uno, de pronto, todo empieza a darle lo mismo. Recuerdo que durante la noche había sentido que estaba llegando al borde de lo que yo era capaz, tensando los resortes de la atención y la voluntad al máximo. A veces me había puesto triste, así, como melancólico. No por mí, sino porque pensaba en mi familia y en el barco, este, que tanto quiero. Adentro estarían las cartas de navegación empapadas, los colchones y la tablazón del piso flotando, todo revuelto. En Cabo Frío, los míos, preocupados, pensando en dónde estaría yo...¿Y dónde demonios estaría? Estaba en la Rosa de los Vientos. Todo quedaba atrás, y un marino rara vez mira hacia la popa. Atrás está lo que ya dejamos: remolinos, recuerdos. Lo de atrás, el pasado, es lo único cierto y lo cierto tiende a borrarse, como la estela. Miramos siempre para la proa. Pero hacia la proa, entonces, sólo tenía agua, agua que además me llamaba, como queriendo tragarme. Esa incertidumbre era tanto como sospechar que te queda bien poco para vivir. En aquel amanecer estaba la cansera, esperándome. Como cuando te pegan tanto que ya al final no te duele, así el agotamiento hacía que mi vida, que durante la noche había cobrado un sentido claro y preciso, no importara ya más. Al carajo con todo. Cuando recuperaba un poco de fuerza bombeaba pero sin llegar al límite del dolor, como durante la noche; me aferraba a la caña del timón, a la vida, ya con menos ganas, como quien dice: por capricho nomás. ¿Cuántas horas pasaron desde el amanecer? Al final se me borraron las nociones de arriba y de abajo, de agua y de aire, de seco y de mojado. Estaba yo en un existir y más nada. En un movimiento incesante pero sin tiempo; en un tiempo sin movimiento: en este momento, siempre el mismo, sin otro que viniera a sustituirlo. Cosas, nomás, de pirado que estaba y que pensaba entonces, o que pensé después, no sé. Pero ocurrió lo increíble. Como si el mar hubiera considerado que yo tenía ya bastante castigo, por entre el cortinaje de la lluvia empecé a ver que desaparecía lo incierto y aparecía la costa. Una costa; no sabía cuál. Si había soplado del sureste, o incluso del sur, como yo creía, debía ser la nuestra. Si el barco no se hundía antes e iba a dar a una punta de playa, iba a hacerse leña contra las rocas, los escollos o alguna isla. Estimé que tendría tres posibilidades en cuatro de llegar a fondo arenoso. ¿El calado? Un metro sesenta. Ah sí; es de quilla larga. Cuatro toneladas y media. Ver la costa y reanimarme fue todo uno. De nuevo desapareció el cansancio, de nuevo estaba yo afilado para pelear. Pero una cosa es ver costa cuando está despejado, y otra verla a través de un huracán. ¿Era la costa, o sólo me la imaginaba? ¿A qué distancia estaría? ¿Iba para allá, o el viento me llevaría de vuelta para adentro? ¿Debía abandonar el barco e intentar llegar a nado, ayudado por las defensas que tenía atadas al cinto? Pero no. Nunca abandones el barco, por mal que esté, mientras flote. En eso recordé el ancla de capa. Si iba hacia la costa, lo único que estaba haciendo era retrasarme. No tenía fuerzas para jalar de la soga, ni hubiera podido hacerlo con las dos manos sin riesgo de que el barco se ladeara y terminara de hundirse. Busqué el cuchillo: no lo encontré. Una ola se lo habría llevado. Así es que desistí. Ancla de capa frenando el balandro y yo a no encontrar con qué cortar el cabo. La dejé frenarme. Después se me ocurrió: con la bomba de mano rompí el vidrio de la aguja náutica. Para qué quería orientación a esa altura, ¿no es cierto? Me corté todo, mira esta cicatriz. Pero con una laja pude ir cortando la soga. Creo que eso me salvó, porque ya no faltaba mucho para desaparecer. Por fin el barco -la cubierta, casi lo único que estaba a flote- aligerado, fue galopando sobre las crestas de las olas hasta que encalló. ¿Y qué iba a hacer? Tiré el ancla de popa, gané la arena y allí nomás me tiré cuan largo soy a dormir seis horas bajo una lluvia que no paró hasta el día siguiente. Había perdido a lo bobo: las baterías, el diesel, el ancla de proa y el ancla de capa, las velas, las muestras, un poco de sangre, el compás, las cartas de navegación... y por si fuera poco, la paga. Traté de consolarme pensando que había ganado otra vida. No lo digas, que pensarán que estoy chiflado: en medio de la noche y el huracán, sin costa ni salvación a la vista, gané una experiencia de la que ahora no querría privarme. Había conocido la Rosa de los Vientos. Aquello era tan de lujo, que emocionaba. Me daba cuenta que en alguna región de mí mismo, yo había sido feliz. Pero al regresar a Cabo Frío me esperaba lo peor. En la barca aquella que yo había visto a popa, antes de la caída de la noche, iba mi mujer a alcanzarme, tal vez con la comida. La agarró la tormenta y no regresó nunca más. =========================================================================== Aventuras de Pegoncito en la Escuela del Estadio Estimada señora: El problema principal eran los compañeros de clase. Apenas empecé en la Escuela del Estadio, en cuarto, me agarraron de punto. Al principio más bien me empujaban; después fue empeorando. Yo les decía que quería estar en paz, pero no les importaba. La primera vez que me metieron la cabeza en el water fui y le conté a Ana, la maestra. Me dijo que no me preocupara: posiblemente la cosa mejoraría. No fue así. Más adelante me di cuenta de que no hay que andar con chismes. No ser un alcahuete. Es mejor aguantárselas. Y cobrárselas. Hay que ser como ellos, porque si no, lo revientan a uno. Le hacen la vida imposible. Como se enteraron de que fui a contarle a la maestra, en el recreo me cortaron para la salida. A la salida me puse en posición de boxeo, pero vinieron de a cuatro o cinco y me pegaron con las carteras. Quedé aturdido, y en eso llegó el que me había desafiado y me dio una piña en el estómago que me dejó sin aire. Mientras me doblaba, por suerte me esperó. Pero apenas me recuperé un poco y quise seguir: otra, en el mismo lugar. Dobladito, quedé. Era uno al que yo le había puesto un nombrete. "Choriceta". Por eso me habían agarrarado, él y su banda, para meterme la cabeza en el water. Y al día siguiente, también. Soy bastante bueno para poner nombretes. Ése, Choriceta, no se lo sacó más. Pero Choriceta no era el más bravo. Uno que se llamaba Baldomir era el peor. Mucho más grande que yo, era, y dos años mayor. Faltaba dos por tres. Aunque parezca mentira, eso de faltar le daba prestigio. Si había estado enfermo, decía que se había hecho la rabona. Hacerse la rabona, daba fama. Era como si la clase fuera dos mitades: el grupo de Baldomir, y los demás. Los demás no participaban ensuciándome la túnica con tinta o manteca, pero tampoco me ayudaban. Miraban para otra parte. Por eso yo sentía como si fueran todos contra mí: uno al que había que darle, como decían Baldomir y su banda. Pero la cosa tenía que cambiar, y rápido. Resolví vengarme, y que cambiara todo, y yo en primer término. Es lo que tengo de positivo, que soy voluntarioso. Hice un plan que empecé a aplicar al comienzo de cuarto año. Al final ya había logrado cobrármelas en buena medida. Tenía que ganarme a la otra mitad de la clase. De golpe, no se podía; fui lográndolo de a poco. Empecé con algunas niñas. Observé cuáles eran las más chismosas y, entre ellas, las que menos gustaban de Baldomir. Elegí a una, y en un recreo, le di conversación. En determinado momento, le dije: "No lo vayas a contar, pero ¿sabés cómo le dicen a Baldomir? P E D U L F O. Imaginate por qué". Apenas oyó el nombre, largó la carcajada, y al fin del recreo ya todas sus amigas estaban riéndose de él. A los tres días todos, menos Baldomir, sabían que él era Pedulfo. Es increíble cómo un nombrete bien puesto tiende a quedarse pegado. Baldomir ya no era más Baldomir, sino Pedulfo. Uno es su nombre. O su nombrete. A mí me pusieron Pegoncito en quinto. Con los días y las semanas me fui haciendo de algunos amigos. Para continuar con mi táctica de desbancar a Pedulfo del liderazgo, hice una lista de niños de mi clase, pero también de otros cuartos y quintos, que les gustara jugar a la bolita pero que no tuvieran, o que tuvieran pocas. Los desafiaba a jugar. Cuando les había ganado unas cuantas (soy bueno jugando a la bolita), les pasaba el brazo por el hombro y se las devolvía. Así me hice de una pila de socios, y llegué a ser el único que tenía amigos en otras clases y en quinto. Incluso a veces les regalaba alguna favorita. No muchas, para que conservaran su valor. A mí en cuarto me ayudó mucho el ser observador. Yo observaba, me imaginaba a los compañeros como quien dice desde su punto de vista. Me ponía en su lugar, y trataba de imaginarme cómo reaccionaría yo mismo. Pensaba no una: muchas veces en las posibles consecuencias de mis actuaciones. Nunca pude ganarle a Pedulfo a la bolita, porque no jugaba conmigo. Sabía que iba a perder, y nunca quiso. Pero eso lo aproveché para ganar muchas apuestas y, de paso, desprestigiarlo. Apostaba con otros a que no lograban que Pedulfo jugara a la bolita conmigo. Cuando llegaba el momento de cobrar la apuesta, les sugería que les había ganado no porque a él no le gustara jugar a la bolita. Era porque me tenía miedo. Porque sabía que iba a perder. Que era un mal perdedor. Así iba manchando la imagen y el prestigio de Pedulfo. Para seguir serruchándole las patas, elegí a uno de sus secuaces. Era su seguidor más incondicional, de apellido Bentos. Su segundo al mando. Yo le tenía especial fastidio, porque no era un líder, pero se creía que era. Qué iba a ser. Lo que hacía era seguir a Pedulfo y obedecerlo en lo que él le dijera. El prestigio de Baldomir se apoyaba en varias patas. Una era su identidad, asociada al apellido. Al cambiárselo por un nombrete, mellé bastante esa pata. Otra era lo grande que era, en cuerpo y edad. Prebenda de repetidor; eso ya vería yo cómo atacarlo. Una tercera, era su segundo. Si yo reventaba a Bentos, si hacía que me tuviera miedo, tambaleaba la supremacía de mi enemigo. Le robé la moña a Marlene, la niña bonita de la clase, sin que se diera cuenta; después le dije a mis amigos que había sido Bentos. En seguida me propusieron que le diéramos una paliza. Era lo que yo quería. Pero había que esperar a que Pedulfo se enfermara o se hiciera la rabona. La oportunidad no tardó en presentarse. Usé esta vez la misma táctica que Choriceta, pero en el recreo, para que todos vieran. Antes corrí la voz de que Bentos se la iba a ligar, así que había expectativa. Cuando lo agarraron estaba allí, paradito, como pidiendo que fuéramos a pegarle. Es que si uno no pegaba, le pegaban a uno. Se creían que uno era medio tarambana, y le pegaban. Los que pegaban, no eran tarambanas. Así que fueron los míos y empezaron a empujarlo y a pegarle. En eso llegué yo y los espanté. Bentos se creyó que yo llegaba para ayudarlo, y se descuidó: le encajé una piña en el estómago, y mientras se doblaba sin aire, dije bien fuerte, para que todos me oyeran: "Hay que pelearse de a uno, no en patota". Cuando estaba recuperándose, zácate: otra piña. La maestra Ana vino, me agarró de la oreja y me llevó derechito a que fuera a darle explicaciones al Guasón. Era el nombrete que yo había hecho correr por toda la escuela; el nombrete de la directora. En aquella ocasión tuve un gesto noble (algo es algo); no denuncié a Bentos por ladrón de moñas. Lo que le dije al Guasón es que la pelea había sido por cuestiones de chiquilines. Le sugerí que lo mejor era que hablara el tema con mi papá. El Guasón es una persona razonable, después de todo. Me soltó sin ningún problema. "Los nirios que térgar problemas, pueden hablarlos cor-la-ma-estra", me dijo. La directora creía que estaba cumpliendo una importante misión sobre la tierra. Y a lo mejor sí. ¡Quién sabe! A la salida del antepenúltimo día de clase, en cuarto, estaba parada al lado de la puerta de la salida, de moño, campanilla en mano, y pintarrajeada como nunca. Gritaba a cada clase que salía: "¡¡Los nirios que térgar una sola túrica, puedem venir sir túrica!!" Quería que la fiesta de fin de curso luciera con niños de túnicas blancas y limpias. No estaba mal pensado. Yo siempre la consideré una persona democrática, con muchas consideraciones para con nosotros, los nirios. Aquel día de la pelea con Bentos fue memorable. Apenas sonó el timbre, fui a hablar con El Quince, Marlene, y le dije que me había peleado con Bentos porque sabía que él le había robado la moña. Gané puntos en pila, y así empecé a tener un poco de fama de pegador. Había que ver qué iba a hacer Pedulfo cuando llegara al otro día. Cuando se enterara de que yo había zumbado a Bentos. Pero yo tenía ya alertados a mis amigos de quinto. Lo estaban esperando. Apenas llegó, lo rodearon y le dijeron que si llegaba a tocarme un pelo lo iban a hacer bolsa. Yo tuve buen cuidado de mantenerme tranquilo. De no jactarme ni provocarlo. Creo que a partir de entonces empezó a tenerme más respeto. Nunca más me manchó la túnica con tinta. En cambio se la manchaba yo a él, dos por tres. Pero sin que se diera cuenta de que había sido yo. Lo que hacía era esperar uno o dos minutos antes de que sonara la campanilla del recreo para impregnar una bolita de papel, bien chiquita, en tinta. La ponía en un canuto de bolígrafo y esperaba a que sonara el timbre. Él era uno de los primeros en levantarse. En el borbollón de la salida, plácate. En la espalda. Ni cuenta se daba. Yo no sé cuántos litros de agua clorada habrá tenido que usar la madre para limpiarle la túnica. Fue un año duro, pero también bastante movido. Teníamos muchas diversiones. Practical jokes. Un truco que se me ocurrió, y que practiqué con gran éxito, fue poner el compás extendido a lo largo del fondo de la cartera, de tal manera que asomara la punta. Era un arma temible, con la que pinché a media escuela, en las filas, en los borbollones de la salida. Lo bueno era que no se daban cuenta. No podían ver nada, porque el pinchazo venía de abajo. Y en cuanto pinchaba, la punta se metía para adentro y no se veía. ¿Quién había sido? ¿ Y yo qué sabía? Cualquiera, menos yo. Otra diversión que teníamos era enganchar para Boleo. Cuando enganchaba, los espiaba hasta que se descuidaran y se olvidaran de la contraseña, dos dedos extendidos en la cara. Después me iba por atrás y los levantaba en el aire de una patada en el traste. "¡Boleo!", les gritaba. Pero más divertido era ponerse de acuerdo con un aliado. Yo le pedía que fuera a hablar con alguno que hubiera enganchado conmigo y que se pusiera a jugar de modo que el otro tuviera que usar las dos manos. Que tuviera que olvidarse, aunque fuera por un momento, de la contraseña. Por ejemplo jugando al Sapito con figuritas. Eso era muy bueno, porque en general jugaban agachados, y mi patada del Boleo los hacía aterrizar en la tierra del patio. ¡Con qué alegría les gritaba: "¡Boleo!". Había que planear cada pegada. Andar por ahí, merodeando de lejos, acercarse por atrás con cuidado de no ser visto. Había que tener paciencia y buscarle la vuelta, el momento oportuno. Después de haberlos boleado, enseguida desenganchaba. Tener paciencia -paciencia aplicada-, me dio muchas satisfacciones. Pero hay que ser observador, también. Durante algunos recreos me divertía entrando a la clase unos minutos antes de que sonara la campanilla. Me asomaba a la ventana que daba a la calle y cuando pasaba alguien le chistaba y cambiando la voz les gritaba alguna grosería. Insultos. Pero no me ocultaba. Me tapaba la cara y miraba al insultado entre los dedos. Yo los veía, veía sus reacciones; ellos sólo veían a un niño con la cara tapada. Una vez vi a la directora y no pude contenerme: "¡GUAAASOOON!", le grité, y me tapé la cara. El Guasón se puso a mirar hacia mí, sin bajar la vista, atenta, y allí siguió, como clavada en el piso. Y yo tampoco aflojaba. Seguía con la cara tapada, mirándola entre mis dedos. Vi que a los dos o tres minutos bajó la vista para mirar el reloj: aproveché para esconderme. Cuando levantó la vista y no vio a nadie en la ventana debe de haberle dado rabia. Debe de haber pensado que vio un espejismo. Era peligroso seguir con ese juego. Le conté la idea a Choriceta, como si se me hubiera ocurrido recién. Entonces, sin darse cuenta, empezó a sustituirme. Yo fui con el comentario de la locura que estaba haciendo ese niño a una alcahueta de la maestra. Al otro día lo pescaron haciendo la gracia, y tuvo que ir a dar explicaciones al Guasón. A mediados de cuarto año fue cuando llegó el momento en que empecé a mandar a los varones de la clase. Yo tenía ya muchos aliados. A veces, con trompos, figuritas o lo que fuera, me ponía de acuerdo con ellos para darle una golpiza a alguno. Pedulfo, que todavía acaudillaba a un grupito, me tenía bronca pero me respetaba. Había llegado un nuevo alumno a la clase. Estábamos en el recreo, y allí estaba también él, solo. Como correspondía a un recién llegado. Me le acerqué junto con mis amigos y le pregunté cómo se llamaba. "Surraco", me contestó, y yo: "¡Qué Surraco ni Surraco! Acá ningún Surraco, ¿me oíste?" Y me di media vuelta y nos alejamos, mientras mis socios me festejaban la ocurrencia. Pero Baldomir, celoso, rodeado de los suyos, me paró con un dedo en el pecho. Iba a decirme algo, pero sin darle tiempo a nada lo pisé fuerte al mismo tiempo que le pegaba un empujón. Cayó, claro, y yo seguía pisándole los pies. Le apunté con el dedo y le dije: "Escuchame, Pedulfito: no me toques porque te juro que te reviento". Yo estaba con un susto espantoso. El tipo iba a levantarse cuando en eso llegó Ana "No te preocupes", le dije a Pedulfo, como para que ella oyera, "que no voy a contarle a la maestra lo que hiciste, sinvergüenza". La señorita Ana me preguntó qué había hecho aquel niño. Yo, fiel a mis principios, no lo denuncié, y le dije a la maestra que no era correcto que ella fomentara la delación. Me dijo que fuera a hablar con el Guasón, pero yo le dije que la directora me había dicho muy clarito que si yo tenía problemas, que los discutiera con-la-ma-es-tra. "Si no me cree, señorita, puede ir a preguntarle si es cierto. Si yo estoy mintiendo". Me soltó. A partir de allí ya pude hacer y deshacer a gusto. Pedulfo, con el tiempo, buscó ser mi amigo. Pero no lo logró. Seguí manchándole la túnica con bolitas de tinta, pero ahora no yo directamente. Instruí a Bentos y le encargué el trabajo. Mi vieja, como era la presidenta de la Comisión pro Fomento, siempre estaba preguntando cómo era yo como estudiante. Por ella me enteré de que yo no era malo. No muy malo; ahí. Podía decirse, bueno. Sí: buen estudiante. Yo tenía mis tácticas. Cuando sabía algo, no levantaba la mano. La maestra se creía que, como no levantaba la mano, no sabía, y muchas veces me preguntaba. Y, claro está, como yo sabía, contestaba bien. Además, cuando me preguntaba, siempre había alguno que me soplaba. Yo levantaba la mano, supiera o no, sólo después de que me hubiera preguntado. No iba a preguntarme dos veces seguidas a mí, así es que pasaba por sabedor. Por lo menos en esas oportunidades. Otro recurso era levantar la mano para hacer preguntas a la señorita. Pero no al tuntún, sino siguiendo una política muy precisa: cuando la maestra me preguntaba, y yo no sabía, al rato yo estaba levantando la mano para hacerle preguntas a ella. Si estábamos estudiando el aparato digestivo, yo podía preguntar si cuando el bolo alimenticio llegaba al píloro ya había adquirido la temperatura del cuerpo; si era geometría, cuál era el ángulo convexo máximo que existía; si aves, en qué consistía su menstruación. Preguntas que, dentro de lo posible, ella tuviera dificultades en responder. Era una manera de amedrentarla. Además, le discutía todo. Como el capitán Zapata, que si no la pierde, la empata. Represalias. Para que tuviera cuidado de no preguntarme cosas que yo no supiera. Un día la señorita Ana me preguntó qué quería decir la letra del Himno Nacional. Yo empecé a explicar. Por culpa de un señor Don Sacrosanto, habíamos merecido tiranos, por lo que había que temblar. Que teníamos que amar la libertad en la lidcla, y muriendo, también. Era el bóoton que pronunciaba el alma y que me había inflamado. Que había salvado a la Patria. Iba a seguir pero me hizo sentar. Mandó llamar a mi vieja, a que fuera a hablar con ella. Según le dijo, había un conflicto de personalidad. Entre ella y yo. Mi vieja me amenazó con ponerme en una escuela de pupilo, si no mejoraba. Decidí vengarme de la señorita Ana poniéndole un nombrete: Burrana. Pero al mismo tiempo hice un esfuerzo serio, que me dio inesperados resultados. Con los días, me di cuenta de que estudiar no era tan difícil. Las materias que me eran fáciles, no las estudiaba. Sólo allá donde tenía un poco de dificultad. Después descubrí otro truco. Estudiar siempre un tema más adelante de lo que la señorita tenía en el programa. Para eso me conseguí un cuaderno de apuntes y deberes de cuarto año de un sobresaliente de quinto, que la había tenido de maestra. Yo iba estudiando por adelantado en ese cuaderno lo que Burrana iba a enseñar al día siguiente. Eso me permitía saber de antemano todo lo que daba en el día, comprender mejor lo que iba a venir, y hacer preguntas que correspondían a algo que nadie más que yo sabía. Con esa técnica, que me insumía a gatas una hora de estudio, pronto llegué a ser el mejor. No tuve que pensar más si levantar o no la mano, ni cuándo. No la levanté nunca más. Como me aburría, me dedicaba a dibujar, a molestar a mis compañeros o a escribirle cartas de amor a Marlene, que se ponía colorada cada vez que recibía un papelito de mí. También pensaba practical jokes, que ejecutaba, las más de las veces, sin ayuda. Poner una bomba de olor debajo de la pata del asiento de Burrana, lista para reventar apenas ella se sentara, cambiar de cartera todos los cuadernos de mis compañeros, durante el recreo; hacer que alguien que se había hecho la rabona llamara por teléfono a la maestra, por algo urgente, y que cuando ella llegara al teléfono le colgara, y repitiera la cosa a los cinco minutos, soltar una rata en la clase. Pequeñas diversiones que iban haciendo la vida más llevadera. Llegó el momento en que había que nombrar a los escoltas de la bandera. Fuimos Marlene y yo. Nos eligió Burrana, no los compañeros. Pero aun si les hubiera tocado a ellos nos habrían elegido a nosotros. Unos días antes del desfile se hizo un ensayo general. Vi que guardaban las banderas junto con los portaestandartes, en un cuarto sin llave. El día antes del desfile pedí para ir al baño, y aproveché la oportunidad para cortar el fondo de los portaestandartes con mi navaja, de modo que las banderas no tuvieran dónde apoyarse. Los abanderados tuvieron que llevarlas a pulso. Como hacía viento, aquello era cómico. ¡Hay que ver lo que pesa una bandera al viento! Se les caían; al final tuvieron que llevarlas con ayuda de las maestras. Yo disfrutaba de lo lindo de tan grotesco espectáculo. Para gozar de esas situaciones, no hay como saber que nadie sabe que el autor fue uno. En quinto las cosas marcharon mejor. No muy bien; bien. Tenía algunos compañeros nuevos, y dos o tres que se habían quedado repetidores. Yo los conocía del año pasado, y eran mis amigos. Me protegían, así que no me fue difícil tomar el liderazgo. Uno de ellos una vez se me retobó y, rápido, le encajé una piña en un ojo que se lo dejó morado. Vino la señorita y me dijo: "Usted es un pegoncito, a ver cuándo va a aprender a respetar a los compañeros, a solucionar los problemas sin andar pegando". Ahí me quedó el nombrete. Yo sólo permitía a mis amigos que me llamaran Pegoncito. Y a las niñas, porque a ellas no iba a estar pegándoles. Pero me lo decían de manera cariñosa. Ese año el deporte principal era elegir a uno diferente cada semana y entre varios hacerle una morta. Introduje una variante: había que apretarle los cataplines hasta que chiflara el Himno. Era muy divertido. Yo creo que organicé mortas para cada uno de los varones de la clase. Al único que nunca le hicieron una fue a mí, por razones fáciles de entender. El segundo deporte era aterrorizar a las niñas. No lo hacía yo, sino mis seguidores. Hacía correr rumores diferentes, que a veces tenían que ver con la higiene, a veces con enamorados supuestos, a veces con equivocaciones fingidas. Yo observaba los diferentes grupos, las rivalidades entre ellas, y las fomentaba. "¿Es cierto lo que me dijo fulanita de vos?". "¿Y qué te dijo?". "Anda diciendo que... no, mejor no te digo...". Y la dejaba por ese precio. O me hacía dar un beso para contarle que según ciertas lenguas, Fulana estaría enamorada de Choriceta. Eran ingenuidades, pero como yo las aplicaba con sistema, instruyéndolas a cada una por separado, y pensando bien cada jugada, convidando a algunas con helados en los recreos, o regalándoles alguna chuchería, pronto tuve a cada una de confidente mía, y peleadas entre sí. Yo tenía cualquier cantidad de información sobre cuestiones bastante íntimas de las niñas. Logré romper más de veinte amistades entre ellas. El clima que se respiraba era poco menos que asfixiante. Yo creo que, cuando se trata de grupos, con información, un poco de arte, y otro poco de psicología, uno puede hacer maravillas. Alianzas, ataques, campañas de desprestigio. Cosas. Según lo que quisiera lograr, y según si las niñas me resultaban odiosas o no. Con la práctica al final ya no me insumía tanto tiempo culminar con éxito las operaciones que planeaba. Nada memorable ocurrió ese año, más que la vez que organicé la quema del auto del Guasón. Yo la tenía entre ceja y ceja. No sé bien por qué, en realidad, pero el caso es que yo había lanzado una campaña contra ella. A través de anónimos, había hecho llegar a la Comisión pro Fomento y a cada una de las maestras, la noticia de que al Guasón le gustaban las mujeres y el copetín. Aparecían las paredes de la escuela pintadas con tamañas aseveraciones, y papelitos. Éramos dos o tres, y habíamos jurado guardar silencio absoluto. Averiguamos dónde vivía el Guasón. Tenía el auto estacionado siempre en la misma cuadra, por las tardes. La operación estaba planeada de modo que con tres, bastaba. Un campana en cada esquina, y otro a desenroscar el tapón del tanque de gasolina, meter un trapo en el tanque que quedara colgando y prenderle fuego. Había que esperar que el Guasón hiciera algo que mereciera una represalia. Lo que desencadenó la medida fue que se apareció en nuestra clase y dio una reprimenda general. Se estaban corriendo infundios groseros sobre ella, y eso estaba muy mal. Ella sabía quiénes eran, y no quería castigar a nadie. Pero aquello tenía que terminar. Esa misma noche ardió el coche del Guasón. Pidió licencia por dos meses, pero durante el resto del año me encargué de que siempre recibiera llamadas telefónicas: al trabajo, y a la casa, sobre todo de noche. Como yo era el mejor de la clase, la señorita no podía imaginarse que era el cerebro de las medidas que se tomaban y que acaecían casi a diario. En quinto de nuevo me eligieron de escolta de la bandera. Mandé a Bentos, entonces ya mi fiel segundo al mando, a que el día antes del desfile pidiera para ir al baño y serruchara casi totalmente las astas de las banderas, lo más arriba posible, y que tapara el corte con masilla de color. Hasta le hice un esquemita de dónde y cómo hacerlo. El resultado fue que en pleno desfile una ráfaga de viento hizo que se cayera la bandera nacional. Fue una de las trastadas de las que me arrepentí. Una maldad al santo botón. ¿Para qué, se puede saber? Así son los niños. Hacen cosas malas por el gusto de hacerlas. Eso pienso ahora, pero hace un año atrás me pareció bastante divertido. Ya en sexto era otra cosa. Todo era más sutil. Pedulfo había quedado repetidor, junto con Choriceta. Ahora que fueran todo lo caudillos que quisieran. Teníamos otra maestra, a la que me costó encontrarle un nombrete apropiado. Como se pasaba caminando de arriba para abajo, en la clase y en el recreo, le puse "El Patrullero". Y también un nuevo director. Era un señor con lentes de culo de botella y un poco mofletudo que, consideré, merecía un buen apodo. "Lenteja" lo deseché por demasiado fácil. "Don Floripondio" era bueno, pero al fin mereció el apodo de "Toto Guserbo". Cuando se me ocurrió el nombrete, lo repetí, como un mantra: "Toto Guserbo, Toto Guserbo". Sí, era bueno. Que un director de escuela fuera conocido por todos como "El Toto Guserbo" me pareció fantástico. Pensé que habría que inventar el Himno del Toto Guserbo, pero como desafortunadamente soy malo en música, fue un proyecto que nunca llevé a cabo. Este año yo estuve como melancólico. Mi vieja dice que es por la adolescencia. Debe de ser, porque me enamoré tres veces de muchachitas que vi una sola vez, por la calle, y otra, de una actriz. Era una que trabaja en una película de safaris. Sale a cazar leones pero se las ingenia para hacerse amiga de ellos. No le hacen nada. Ella se les sube arriba y sale a dar paseos en león por la selva. Estuve dos meses sin poder sacármela de la cabeza. Bentos, Surraco y yo nos hacíamos la rabona. Nos íbamos a la casa de Bentos y nos emborrachábamos, o salíamos a robar manzanas por las quintas. Ya muchas compañeras eran unas señoritas en regla, de tetitas, soutien y lápiz de labios. Las clases de gimnasia eran demasiado temprano, pero yo asistía, porque me gustaba la profesora. Algunos de mis compañeros tenían pudor de desnudarse y se duchaban en calzoncillos. Yo no. Que me vieran los pelitos que me empezaban a salir no me avergonzaba. Resolví organizar una represalia contra los vergonzosos. Un día les quitamos la ropa interior a prepo y no tuvieron más remedio que sacarse la vergüenza. En sexto no necesité emprender una escalada de medidas, ni andar pegándole a los demás para hacerme respetar. Nunca pegué tan poco como este último año. Nada asiduo, en eso. Con un par de piñazos, tres, bastó. Mis compañeros de clase, e incluso de las otras, me respetaban y protegían. Ahora el que recibía bolitas, trompos y figuritas era yo. Hablando claro: estaba rodeado de alcahuetes. Ya no me resultaba tan divertido mandar a que cortaran la cuerda de saltar a unas niñas, ni poner bombas brasileras con cigarrillos, para que explotaran en el baño, ni pegotearle el pelo a Marlene con poxipol sin que se diera cuenta. No era necesario, como antes. Cuando uno es líder, lo más difícil es colmar siempre las expectativas, y con propina. Estar un poco más allá de lo que los otros esperan. Uno queda así muy acompañado pero de algún modo solo en medio de inferiores atentos a lo que uno hace. Sin darme cuenta yo había creado una dinámica que funcionaba sola. Los aprendices me venían a cada rato con cuentos de supuestas hazañas que habían hecho, o incluso a preguntarme qué me parecía si hacíamos, o hacían, tal o cual cosa. Yo era una especie de eminencia gris. Cuidaba mucho de no quedar en evidencia. En toda la escuela no se emprendía una sola represalia, una sola medida, sin que yo me enterase, diese el visto bueno o, a veces, fuera el autor intelectual. Con la técnica que desarrollé para estudiar, me resultó fácil ser el mejor alumno. Por las dudas, mi vieja se aseguró, mediante la Comisión pro Fomento, de que el abanderado fuera yo. Cuando llegó el momento de los ensayos para la fiesta, pedí para hablar con el Toto Guserbo. Me recibió en su oficina, de malos modos, lo que me dio bastante rabia. "En años pasados, director, algunos tarambanas sabotearon las banderas. Encárguese de que esta vez no pase nada", le dije. "Es una suerte que haya mocosos que vengan a darme órdenes", me dijo. Después, me echó. Evidentemente, yo tenía que hacerle ver las cosas desde otro ángulo. El día de la fiesta me había llevado una botellita de whisky y, a escondidas, en los preparativos, me había bajado la mitad. Estaba yo con mi bandera, parado no muy firme, matándome de la risa en medio del acto. El Toto Guserbo me observaba, cada vez más inquieto. Mientras la presidenta de la Comisión pro Fomento, mi mamá, estaba haciendo uso de la palabra, el director venía hacia mí, sombrío. Me dijo que le diera la bandera al escolta. Se la entregué y encaré al Toto Guserbo. "¿Vos sa, sab, és lo que sos, Toto?", balbuceé, casi gritando. Todos, maestras, alumnos y padres estaban mirándonos. No me dejó contestarle. Me zarandeó. "¡¿Abanderado de qué es usted!? ¡Abanderado de la locura, será!", me dijo el zoquete. Ahí mismo le pegué un piñazo que le rompió los lentes. Por desgracia le entró una esquirla en el ojo izquierdo que lo dejó, según acabo de enterarme, tuerto definitivo. Un escándalo pasmoso, podría decirse. Pero, todo se resuelve en esta vida. Ahh. Las vacaciones del verano por delante (nos vamos mañana de mañana), pero después, el liceo. Veré de hacerme elegir delegado de clase. Otra vida, espero, porque los últimos tres años en la Escuela del Estadio no los recuerdo como algo especialmente agradable. Antes, en la del otro barrio, las cosas marchaban bien. No muy bien: bien. Por acá termino, señora psicóloga, el informe de franqueza que se me pidió. Sería muy desagradable que usted hiciera un uso indebido de él. Ni yo ni mi padre lo apreciaríamos. Espero que también usted sepa ver las cosas desde otro ángulo. Como yo, ahora. Ahora miro hacia atrás, hacia el tiempo ya ido para siempre, y me acuerdo de mi obra con melancolía. Ya estoy dejando de ser Pegoncito. Un jovencito soy, ahora. Lisa y llanamente. Pronto tendré que decidir qué hacer de adulto, aunque creo que voy a seguir las huellas de mi viejo. A mí, lo que me gusta, es la política. =========================================================================== Viaje al hijo en la estación final Desde que los habían separado, por las continuas peleas, estaban marchitándose a ojos vistas. Yo había ido a hablar con la encargada y la había convencido de que los pusieran juntos de nuevo. Cuando fueron reubicados en la misma sección, cuando se vieron otra vez frente a frente, los arcos de las sonrisas que traían se invirtieron, se truncaron en mueca. Los labios de ambos temblaron y, sin dejar de mirarse, comenzaron a sollozar. Lloraban porque se daban cuenta de que aquella separación había sido una muerte anticipada. Así, en el contacto del uno con el otro, como la red del pescador que se infla en el agua, retornaron a la vida. Yo los veía y no dudaba de que pronto reanudarían sus peleas, pero en aquel instante su amor no se expresaba con riñas ni con discusiones irritadas, sino con lágrimas que, al verterse, colmaban su intimidad de una misericordiosa adoración del uno por el otro. Él, lentísimo, apoyado en su bastón, se acercó a ella, la miró: se quedó sin palabras. Luego me miró a mí. Sin que se diera cuenta, los ojos se le secaron, las pupilas, casi ocultas por las cataratas, se adaptaron a algún punto situado detrás de mí, sobre el horizonte imaginario de la vida breve. Yo lo observé, le sonreí, inútilmente. Pese a las arrugas, con la cara inexpresiva que pone el que está pensando o rememorando, había rejuvenecido sesenta años, porque estaba dando saltos atrás en el tiempo, hasta el comienzo de mi historia. *** No puede más y se tira casi en cuatro patas sobre el desmesurado almohadón, abrazándolo, con las piernas muy separadas, cubierta apenas por una bata de hilo que, con el movimiento, se le arremanga hasta la cintura. Está con la frente sudada, gime y comienza a quejarse, a jadear. Estás detrás de ella y miras esa conocida geometría espacial. Allí están, deslumbrantes, sus dos naranjas separadas por el sendero oscuro que conduce hacia una estrella, y más abajo, el triángulo de pelos cortos. Observas que en su centro palpita la rosada y roja apertura de lo inminente. Valentina respira con cadencia de marea, comienza a desgranar un largo quejido que sólo interrumpe para continuar jadeando; recoge un poco más la pierna derecha y eleva el torso, de un brusco movimiento se quita el camisón y torna a aplastar sus pechos de grandes pezones morados sobre aquel cojín que recibe su transpiración. Piensas que nunca has visto nada más sobrecogedoramente hermoso; la cámara, sin embargo, cuelga torpe de tu hombro y sólo atinas a ponerte a su lado, a acariciarle la frente como para indicarle que pese a todo estás allí, dispuesto a mucho, que es casi nada, que no es lo mismo: pero es igual. Ahora grita de dolor. En una pausa le dices que no se preocupe: si entró, va a salir. Y se ríe. Todo transcurre en pocos minutos. La vagina se abre más y más, y después de dos o tres contracciones ya estás apenas viendo, entre lágrimas incontenibles, un ala que surge del fondo del mar. Ya sale la cabeza violeta, una mano, un hombro marrón, un torsito empapado que arrastra un grueso cable negro, enrollado, y las piernas increíbles, arqueadas, moradas. Como si fuera otra escena de una pieza mil veces representada, Valentina deja de sentir dolor e interrumpe sus lamentos y se vuelve enorme sonrisa para acostarse y recibir sobre su vientre y sus pechos a aquel nudito de llanto potente y breve. Es un niño. Se supone que debías estar parado a un par de metros de distancia, registrando el parto con método y arte, pero sólo llorabas. Es el momento más intenso y feliz que recuerdes. La partera termina de sacar la placenta. Distingues sus manos, que secan al bebé y manipulan unos palillos de plástico. De acuerdo con tu deseo, a una indicación de la nurse tomas unas tijeras y ztac, cortas el cordón umbilical. Se derraman en la piel de Valentina unas gotas de sangre negra: por tu obra y voluntad creadora, los separas en hijo y madre para siempre. Valentina te mira con cara de ola marina, de fuego o pantera y te entrega el niño. Pones el índice entre sus dedos inverosímiles que, poco a poco, van cobrando un color rosado. -Va a llamarse Diego -dices. -Bueno, no le pasó como a la jirafa -responde Valentina. Demoras en comprender. Te ríes. Algo de tu memoria se dispara hacia el tiempo transcurrido y se eleva en arco veloz, y al alcanzar el cenit atemporal se enciende, bengala, para iluminar el nadir de los recuerdos. La memoria recupera hacia aquel presente aromas del pasado. Busca escenas, réplicas en el origen de todo, atraviesa un túnel, sistema de cajas chinas, pantallazos veloces de furia, dicha y celos hasta el instante en que ves a Valentina por primera vez. Vivías en una residencia para estudiantes. Era un edificio de tres pisos, cercano a la costa, confortable, pensado para albergar a cientos de estudiantes. En la planta baja estaban el comedor, algunas instalaciones deportivas, sauna y una gran sala de estar. En los pisos superiores había dos cocinas por planta, ¿no? y cuartos. Había aquel venezolano picaflor, Juan José, con el que compartías la cocina, las preocupaciones por los exámenes e incluso, alguna vez, las muchachas que iban conociendo en la sala común y que luego, en la cama, se hacían íntimas amigas. Una tarde de primavera se mudó para allá un tailandés. Esa noche se lo vio conversando con algunas estudiantes en la sala. Más tarde se oyó una música de tambores, violenta y sensual. Aquello duró quince o veinte minutos, y luego fue el silencio. Por la mañana vimos al asiático que salía acompañado de una rubia. A la noche siguiente volvió el tipo a la sala, la música se repitió y lo vimos llegar al desayuno acompañado de una gordita de pelo castaño. No tardamos en saber qué ocurría: el tailandés se encerraba en su pieza con la estudiante conversada en la sala. Siempre hacía lo mismo: les decía que iban a presenciar un espectáculo de su tierra natal, que se sentaran en un sofá y prestaran atención. Apagaba las luces, encendía una vela negra sobre la mesa y ponía la música. Entonces empezaba a bailar mientras se quitaba de a poco la ropa. A los quince o los veinte minutos estaba totalmente desnudo, con una erección impecable, y la espectadora de turno con el asombro domado y el sexo húmedo, pronto. El rumor no tardó en correrse. Pronto vimos cómo la sala común empezaba a verse frecuentada por curiosas y aspirantes a presenciar el show. Una de aquellas muchachas fue Valentina. Eran las nueve, un sábado por la noche. Cuando llegaste a la sala la viste sentada en la misma mesa que Juan José, conversando con él, frente a él. Te sentaste en otra y comenzaste a observarlos. Te interesaba el funcionamiento de aquel mercado de la personalidad que era la sala, y estabas curioso por saber cuántos minutos u horas demoraría Juan José en llevársela a la pieza. Al principio te llamó la atención que ella no tuviese, como el venezolano, una botella de cerveza enfrente, sino una de agua mineral. Después te atrajeron su serena elegancia, sus ademanes suaves. No fumaba, al contrario que Juan José, e irradiaba algo que te llegaba por encima del bullicio y el humo, y te atraía, sí. En determinado momento Juan José se levantó y salió. Tú estabas vacilando entre dedicarte a otras actividades o levantarte para hacerle compañía cuando ella se volvió para mirar a alguien a los ojos, como para reconocer o verificar algún tipo de comunicación. Ese alguien eras tú. Te levantaste y fuiste a sentarte a su lado. -Ya sé que no fumas -le dijiste-. Y como estás tomando agua mineral, lo único que tengo para ofrecerte es un poco de compañía... aunque no sé si la necesitas. -¿Tú fumas? -preguntó ella. -No. -Me lo imaginaba. ¿Cómo ibas a ofrecerme un cigarrillo entonces? -Lo inventaría. Por ti lo inventaría. A esa altura del diálogo ya estaba claro que ella tenía ojos amarillos, una boca de labios sensuales, pelo castaño peinado hacia atrás y recogido en un moño. También que era o un poco sobradora o de una calma desarmante, o ambas cosas a la vez. Cualquiera de ellas era un acicate. -¿Qué te gusta hacer en el tiempo libre? -Lo obvio y previsible, de lo que nos gusta a todos. ¿Y a ti? -Curiosear. -¿Vives acá? -Vine a estudiar por este año. No vivo acá. Ella pareció sumirse en un ensueño. Se hizo un silencio. En una conversación recién iniciada los silencios no solían ser una buena señal, pero aquel no tenía nada de malo. Lo dejaste engordar un poco y luego: -¿En qué estabas pensando? -En que vine a esta sala con la curiosidad de conocer a un hombre. Pero me parece que me equivoqué de hombre. -Curiosa. -Soy curiosa. Aunque no tengo quince años. Ambos reímos; ya se había establecido entre nosotros la complicidad. No fue difícil invitarla a tu habitación a mirar unos apuntes. Pero no aceptó. Prefirió invitarte a la suya para que la ayudaras a controlar unas ecuaciones. -Reconozco que es una invitación original. Mi fuerte tal vez sean las matemáticas -dijiste. Nos íbamos justo cuando llegaba Juan José, a tiempo para vernos salir charlando. Qué iba a hacerle. Él sabía que el mundo es un lugar lleno de injusticias. Al día siguiente te encontraste con él a la hora del desayuno. -¡Chico, coño, qué vainas me haces! ¿Cómo tú te vas a llevar a esa chica para montártela así? -Juan José, si no pasó nada... No me la monté, te lo juro. -Mano, ¿vas a decirme que no estuvieron jodiendo? -Sólo hicimos el sesenta y nueve un par de veces, no es para tanto... -Eres del carajo... Entre tú y el chino ése, me van a dejar sin nada. -Te quejas de lleno. -¿Tiene buenas...? -y hacía un movimiento ondulante, ahuecando las manos. -Por primera vez en mucho tiempo, eso no me importa. Si a ti te importa, bueno sí, las tiene, y muy buenas. Mira: estoy conociendo a una mujer fuera de serie. Conocer a una mujer; conocerle el cuerpo mientras ella conoce el tuyo. A años luz del hastío y el reposo, desplegar los preámbulos y el amor, todo con minucia y pasión. Hacer juntos, distendidos, todo lo que quieran y sientan en la más animal de las libertades. Arrancarle a la hembra, por fin, llantos de placer. Era entonces cuando había que poner atención con el después. Había normas, leyes que debían saberse. Cuando el cepillo de dientes de esa mujer amanecía en tu cuarto de baño, lo más probable era que se quedara el cepillo de dientes y su dueña. Debiste saberlo, aunque más no fuera para que los acontecimientos no te tomaran tan de sorpresa. De sorpresa fue encontrarte con una mujer tan sabia en las artes amatorias y, al mismo tiempo, tan clásica. En los sucesivos encuentros, descubriste que mantenía un renovado equilibrio entre la iniciativa que a veces tomaba, y que te permitía ir descubriendo preferencias, apetencias y debilidades, y lo que llamarías pasividad, sometimiento. La comunicación en la cama no era sólo gestual; a ambos nos excitaba hablar de lo que nos excitaba. Así como había gente que hablaba de sexo sin pensar, habíamos quienes pensábamos en él sin hablar. Entonces se trataba de compartir e investigar las zonas reservadas al terreno de las fantasías. En tu cuarto ¿era en tu cuarto?, sí, gustábamos de las varillas aromáticas de sándalo o incienso. Era como una ceremonia: ella iba a buscarlas a su pieza, regresaba y encendía una. Entonces podían empezar a acariciarse mientras se hacían preguntas. En sus fantasías se veía en situaciones diversas en las que tenía que hacer cosas obligada. Después fue más precisa. Te oprimía la criatura, como ella la había bautizado, mientras te miraba a los ojos y te contaba que uno o varios hombres la humillaban y la sometían, obligándola a satisfacerlos, tomándola por separado o entre los dos mientras ella se debatía, pero no lo suficiente para impedirle o impedirles lograr lo anhelado. Eso violentaba su concepción de la igualdad de derechos de la mujer, pero, reconocía, la excitaba. Entonces tú la consolabas. No diciéndole que había un componente de pasividad y sometimiento en la mujer, y otro de signo opuesto y complementario en el hombre -lo que ella sabía, y muy bien-, sino escuchándola, poniéndola de espaldas, sujetándole con firmeza los brazos, lamiéndola y besándola para por fin penetrarla despacio mientras ella se apretaba y te decía que por favor no. Cuando le preguntabas si le gustaba se volvía, te miraba a los ojos y te decía que sí, que más adentro. Así eran las cosas; ella y tú habían entablado una relación de franqueza. Lo importante era que salían agotados y satisfechos, con dos o tres o cuatro catarsis realizadas. Aquello sólo los preparaba mejor para el cambio de ideas que precedía, acompañaba y seguía a la expresión corporal. Cuando pensabas en ella, en lo mucho que te había enriquecido, en lo que tú tal vez la habías enriquecido a ella, sólo analizando distinguías un intercambio de otro. Acaso fueran uno solo, con dos aspectos. Para entonces, en el baño de tu cuarto ya tenía un lugar su cepillo de dientes. Así las cosas, habían pasado catorce días durante los que acumularon tantas experiencias en la cama, en la bañera, en la cocina, en la playa, en el sofá, en la alfombra, que parecía que pronto darían el gran salto hacia el azul nirvana. Un viernes, en la sala ¿fue en la sala?, la invitaste a ir al teatro. Te respondió, poniéndose pálida, que no podía. Lo lamentaba: había algo que no te había contado: -Mi marido viene a buscarme -dijo. Con sólo verle la cara comprendiste que no era broma. Te dio tal furia que te levantaste y saliste dando un portazo. Esa fue la primera de una serie, qué larga serie, por Dios, de peleas. Aquel fin de semana, en efecto, no la viste; supusiste que habría viajado con el tipo a la ciudad donde vivían. Durante su ausencia, te diste cuenta de que te había ocurrido algo que nunca creíste que pudiera sucederte. Sentías algo agridulce, doloroso, parecido a un gran vacío. Era sed, necesidad de estar con ella, un sentimiento que quedaba más allá de la pasión y que, sin duda, sólo podía ser amor. El despecho que sentiste, y los celos que te royeron, sin dejarte pensar en otra cosa, eran los colores de fondo contra los que se destacaba aquel algo que había ido madurando en ti, aquel estar enamorado. El lunes por la noche ¿un lunes?, en la sala, volviste a verla y le pediste una conversación. Sospechabas que estaba de más, pero no querías estar muy seguro: en un bolsillo tenías un preservativo y en el otro su cepillo de dientes. Salieron a caminar rumbo al puerto. -Sí. Estoy casada. Mi marido es un tipo muy celoso, dominante hasta lo increíble. Un bruto. -¿Estás enamorada de él? ¿De él que es tan brutal y dominador? -No es tan fácil. Hace tres años que estoy con él... Se crean lazos... Tal vez sea amor... Contigo es distinto... -En todo caso, era distinto. -¿Y cómo sabes qué va a pasar en el futuro? ¿Tienes bola de cristal, acaso? -Bola de cristal... -Bueno, yo no te he exigido nada... Si tú estuvieras casado, yo no te habría dicho nada. No te pongas así, chico... -¡Así, así! ¿Pero cómo estás con él si es así como decís? -No sé. En realidad lo detesto. Cuando no estoy con él, lo detesto. Pero en cuanto lo veo, se me mezclan los sentimientos. Un sentimiento maternal, de protección, mezclado con miedo. Me siento atraída por él. Es una bestia. No sé... Cuando ella te hablaba de su marido, te crecía un dolor. Aquello te dañaba, pero al mismo tiempo querías que te siguiera contando. Tal vez con las ganas de entenderla, de conocerla mejor. Pero no había nada altruista en aquel intento. Si la escuchabas era porque ya sabías que en este mundo triunfan los precavidos, y una forma de estar entre ellos era tener la mejor información. La primavera estaba tocando a su fin y el sol se ponía muy tarde. El cielo estaba rosado y lo que te decía Valentina iba oscureciéndolo cada vez más. Llegaron al puerto, caminaron por un muelle, se metieron entre las rocas. Habías llegado a la conclusión de que Valentina estaba con ese tipo porque sentía una fascinación por la brutalidad. Estabas aprendiendo lo que supiste más tarde: que los signos del poder, el dinero, la fuerza, la violencia y la amenaza, pueden predisponer y someter a algunas mujeres. Te dolía que Valentina fuese, hubiese sido una de ellas. Hablaba con voz calmada y cálida cuando se sentaron y empezó a contarte de sus sentimientos hacia ti. Su mano estaba sobre tu pantalón a la altura del muslo. Pronto iniciaría suaves movimientos de caricia y se deslizaría hacia hacia tu entrepierna, dispuesta a desabrocharte, a liberar a su ya pujante criatura. Deberías haber tratado de escuchar lo que te decía, tratar de separar el halago de lo verdadero, irte de allí. Ante una mujer así y dispuesta a todo: eras un pelele. Cuando hicieron el amor en la oscuridad estuviste atacándola mucho por atrás, tomándola por la cintura, firme. Y mientras ella se sujetaba apoyándose contra las rocas, lloriqueaba, te pedía más y más, y te rogaba que no la abandonaras. Sin embargo, los dos sabían que era una despedida. Volvieron caminando en un silencio que ninguno trató de quebrar. Antes de separarse estuviste tentado de devolverle el cepillo de dientes, pero después de lo ocurrido te pareció una cursilería. Lo tiraste a la basura. Pronto te convenciste de que si eras un perdedor, eras uno circunstancial. No siempre se podía ganar, como no siempre se podía oler sándalo. Habría sido enormemente aburrido. Y estabas convenciéndote de que ella también había perdido. Cuánto te costó no conversar con Valentina en la sala. No te era posible olvidar su cintura mínima, sus caderas exactas, los ojos un poco burlones y todo aquel conjunto que parecía despiadadamente puesto a tu alcance. Tres semanas de laboriosa abstinencia y estudios te pusieron fuera del peligro. No reincidiste; pudiste salir con otras amigas. Si bien no la olvidaste, cuando llegaron las vacaciones del verano comprobaste que habías salido bastante bien parado de aquella relación. No estabas dispuesto a compartir aquella mujer, y sobre todo no estabas allí para gastarte meses que debían ser de estudios en líos de faldas. Los días del verano fueron transcurriendo más veloces que lo que habías esperado. Pasaste cuatro de las seis semanas de vacaciones trabajando y haciendo horas extras para costearte los estudios. En la última resolviste aprovechar una rebaja para estudiantes y viajar una semana en tren con aquella otra amiga, ¿te acuerdas cómo se llamaba? Les tocó un compartimento con aquel viejo roncador. No era posible dormirse, así que le sugeriste que salieran al corredor a charlar. Tu intención era encerrarte con ella en el baño del vagón: primero estuviste mimándola un poco, pero cuando se lo propusiste, no aceptó. Si ella hubiese sido Valentina, la sugerencia tal vez no habría partido de ti, incluso tal vez ni siquiera hubiera habido sugerencias. Su negativa no te cayó bien; el resto del viaje lo hiciste un poco deprimido. Pensabas que no te había sido posible olvidar a Valentina. Pensabas en que la verías pronto. Cuando los cursos se reanudaron, la sala comunitaria de la residencia volvió a su ritmo habitual. Por las noches muchos se daban una vuelta por allí para charlar compartiendo una mesa. Como Juan José y Valentina. Te vieron, te saludaron desde lejos, pero sin invitarte. Ella parecía incómoda; te dirigía miradas furtivas. Juan José y ella se fueron juntos y al día siguiente Juan José te comunicó que habían pasado la noche "jodiendo". ¡Maldito Juan José! -Coño, hermanito, algo bárbaro, ¿lo oyes? Qué difícil era olvidar. Los encuentros con Valentina, aun aquellos sin peleas, fueran de la índole que fueran, terminaban en un gran silencio de paz interior, como frente a una puerta tras cuyo umbral se ofrecía otra manera, más enriquecida, de percibir la vida. Tú quisiste trasponer aquel umbral, pero necesitaste hacerlo acompañado por Valentina. Saber que estaba casada no te llevó, con el tiempo, a una reacción de despecho rencoroso; a poco habías ido refugiándote en una suerte de resignación. Ahora, al saberla con Juan José, tampoco pensaste que te habías equivocado con respecto a ella ni que tus sentimientos fueran resultado de un deslumbramiento pasajero. Te parecía indigno "luchar" por un amor; indigno mostrarte ofuscado o vengativo o indiferente. Había algo melodramático en aquello de "olvidar". Al fin y al cabo, había en el recuerdo, en la memoria, el sabor siempre fresco del presente intenso. No había nada que olvidar. Al poco tiempo Juan José no salió más con ella; se mostraba reticente cuando tú sacabas el tema. Pasaron varios meses. Llegó el fin del año con sus fiestas y comenzó un nuevo período. Valentina no estaba más en la residencia y tú, dispuesto a dar lo vivido por soñado, te entregaste a lo tuyo con ganas. Un sábado por la tarde saliste a caminar. Cerca del Estadio había un circo de tercera. Entraste, para ver un lamentable hipopótamo corriendo en círculos, un viejo león desdentado, tres payasos que se tiraban agua y se pegaban y algo fascinante, ¿te acuerdas?: el número de Morgan, el trapecista. Con ruido de redoblantes se encaramó a la plataforma, se hamacó tres veces y se soltó, lanzado en el aire a atrapar el otro trapecio que venía demasiado atrás. Le erró por centímetros y cayó en la red. Los aplausos fueron ensordecedores. Con semejante aliento, pensaste, hasta tú serías trapecista. El individuo, enfundado en unas medias blancas, de camiseta con lentejuelas y antifaz, se hamacó otras tres veces y se lanzó en nuevo salto mortal para errar en las candilejas por una segunda vez. Los aplausos existieron, nadie podría negarlo, aunque mezclados con búes. Ahora Morgan, sonrisa de disculpas por delante, iba a lanzarse por una tercera, definitiva, exitosa vez. Por cábala, pensaste que si fallaba, era que volverías a encontrarte con Valentina. Más redoblantes, tres veces el péndulo humano tuvo a los corazones en vilo, señoras y señores... ¡Volvió a errarle! Tú no eras muy de rechiflar, pero aquella vez te sumaste a la silbatina contra aquel odioso sujeto. Se fue, Morgan, saludando con la mano, sonriente y con la cabeza erguida, como diciendo: aprendan, estúpidos. Después venían los enanos, pero en ese instante sentiste ¿o es el recuerdo, que todo lo embellece?, una mirada en la nuca. Tu vista no vaciló al encontrar clavados en los tuyos los ojos un poco burlones de Valentina. Un escalofrío te recorrió cuando pensaste en aquella cábala inexplicable. No podías estar así, virado, mirando todo el tiempo hacia atrás y hacia arriba a la izquierda, pero más grotesco resultaba mirar la pista con los enanos. Te levantaste y saliste. Afuera hacía frío y el parque estaba desolado y necesitando una lavada de cara. La esperaste en vano; cuando la función terminó se te perdió entre el gentío. Llegaste a pensar que había sido una equivocación, que te la habías imaginado. El encuentro siguiente fue años más tarde, en una fiesta de fin de curso, en una gran cabaña de recreo situada a orillas de un lago congelado. Había baile y canciones, bebida y amigos. Tú ya habías estado un par de veces en el sauna común. Uno se llevaba una cerveza helada e interrumpía el baño saliendo al muelle y metiéndose en el lago a través de un hueco en el hielo. Conociste allí a aquella morocha de cuerpo espectacular con la que te habías puesto de acuerdo en continuar la charla en la sala. En eso estabas cuando alguien te tocó el hombro y una voz que reconociste mientras te volvías te preguntaba si querías bailar. Era Valentina. Estaba bellísima, con su pelo castaño peinado hacia atrás y sus ojos amarillos serenos y burlones. -¿Te acuerdas del circo? -te preguntó. -Así es que estuviste allí... Al final, como no te vi en la salida, pensé que había sido ilusión. -En realidad había ido hasta la residencia para ver si te encontraba. Te vi salir y te seguí sin que te dieras cuenta. Cuando vi que entrabas al circo... Me habían contado lo de la jirafa. -¿Lo de qué? -Lo de la jirafa. ¿No te enteraste? Pobre animal. Al venir el circo para acá, transportaron a los animales en tren. Tenían una jirafa... -¿Y? -El maquinista se olvidó de parar antes de llegar al túnel... Fue espantoso. ¿Pero qué haces ahí sentado? Ven, que voy a enseñarte a bailar el vallenato. Bailamos apretados. Te contó que se había separado del marido al poco tiempo de que dejáramos de vernos, y con Juan José, bueno, aquello... y ahora estaba sola. ¿Y tú? Con la mejor compañía del mundo: ¿no lo veía? Ella te dejaba sentir la punta de sus senos firmes contra tu pecho, a lo que tú respondías haciéndola sentir tu muñeco. Ese juego de adolescentes no podía continuar mucho. Salieron al bosque y se alejaron de la música. Caminaron por un sendero que apenas se veía rumbo a los autobuses que los habían llevado, con la esperanza de que alguno estuviera abierto. La nieve crujía bajo las botas y aquellas pisadas era lo único que interrumpía la calma helada. Tuvieron suerte. Se subieron a uno de los autobuses, se despojaron de los abrigos y ella se puso de rodillas y apoyó la cabeza en tus piernas y las manos sobre tu bragueta. Comenzó a desabrocharte para darte aire y mimos. Tú estirabas los brazos y las manos se te llenaban con redondeces que reconocías y recordabas, pese al asombro y a la sensación de vivir algo maravilloso que te embargaba. Luego Valentina se arremangó las faldas y se sentó a horcajadas sobre ti. Fue tan espontáneo y necesario, que no tuviste calma para enfundarte antes una de las camisitas de látex que tenías en el bolsillo del pantalón. Como una brizna doblegada por el peso del deseo, gemía y te ofrecía todo lo que tenía para darte. Transcurrido un mes, te lo dijo. Que qué pensabas tú. Se había ido de la ciudad y te lo dijo por teléfono. Aquello te cayó como una cachetada de matrona gorda e indignada por algo de lo que tú no eras culpable. Podías ofuscarte todo lo que quisieras, elucubrar, hacerte la víctima, el héroe o el indiferente, pero en realidad había sólo dos opciones. A esa altura de los acontecimientos el amor que tú habías sentido por ella había recibido tanto palo que se había ido a ejercitar puntería por otros lares; era seguro que no se iba a asomar. No entonces. No te sentías maduro para ser padre en esas condiciones, sin ingresos seguros y con unos estudios por terminar. Así se lo dijiste, y ella: que en realidad quería tener el hijo. Volvería a llamarte. Cortó y no te dejó el modo de comunicarte con ella. Transcurrió una de las semanas más tensas de tu vida. No te gustaba nada la idea de perderle la pista, de no saber si serías padre o no, de ser padre sin saberlo, de creer que no lo eras y enterarte de lo contrario a los cinco o a los diecisiete años. En esa situación el poder que tiene una mujer sobre el hombre es demasiado. Injusta o no, la sensación dominante era una especie de irritación, a la que se sumaba el sentirte usado. Con todo, Valentina volvió a llamarte. Lo primero que hiciste fue pedirle el número desde donde te llamaba. Se negó a dártelo, y no cedió. Te preguntó si seguías pensando igual. Tú querías verla, hablar del asunto mano a mano con ella, y ella: que no era posible. -¿Por qué no es posible? -Estoy haciendo una práctica y no quiero interrumpirla. -Dónde estás. -No seas pesado... Es que tengo día y hora para el aborto y quiero que me confirmes una vez más... -¿Y cuándo va a ser? -Ah, va a ser... Mañana, a las cinco de la tarde. Ya no te molestaré más. Sólo quiero decirte esto. Estuve enamorada de ti, desde el comienzo mismo. Aunque no me lo creas, es cierto. Necesitaba ayuda y un poco de tiempo para separarme de mi marido, necesitaba hablarlo contigo, pero tú no me diste ninguna posibilidad. Lo de Juan José fue una torpeza. No significaba nada, fue una maniobra para darte celos, para recuperarte. Tenía mi orgullo, y en eso somos muy parecidos, ¿me oyes? Fue cuestión de un par de días y después me dio rabia y vergüenza, pero me educaron así... todos somos víctimas de nuestra educación, tú no crees, y yo... yo sólo quiero decirte que fui muy feliz contigo. Que me quito este hijo tuyo por respeto hacia ti. Es como sacarme la vida, pero voy a hacerlo mañana, a las cinco de la tarde. Te había cortado. Ya no había marcha atrás, ni modo de encontrarla. Eras como un cavernícola. Alzaste el tubo, como si tuvieras un garrote con el cual darías un golpe a un jabalí que te hubiera atacado e ibas a reventarlo contra el teléfono cuando una idea te detuvo el brazo en el aire. Dejaste el tubo en la mesa, fuiste a la pieza de Juan José, quien para no variar estaba seduciendo a una muchacha, les pediste disculpas por algo urgente y llamaste desde allí a la central telefónica. Dijiste que habías recibido una llamada de amenazas y querías que te ubicaran el teléfono. ¿Era posible? -¿Usted colgó el tubo? -No, señorita. -Entonces sí es posible. Pero es un servicio caro, y además hay que involucrar a la policía. Después de tres horas, con policía, pagos por adelantado e interrogatorios de por medio, obtuviste el número del teléfono desde el que ella te había llamado: estaba en otra provincia. Tenías unas horas por delante para pensar. Pero a los pocos minutos la llamaste. Te preguntó cómo habías obtenido el número, pero tú, directo, le dijiste que si ella quería tener al niño que no abortara. Si bien no ibas a vivir con ella, estabas dispuesto a asumir las responsabilidades como padre, haciéndote cargo del niño la mitad o más del tiempo. Valentina estaba feliz; la oías sollozar. Te dijo que entonces iba a mudarse a la ciudad donde tú estabas, y como te la viste venir, con toda una estrategia de conquista que desplegaría constante y armada con su abultado vientre, le dijiste que se quedara por allí nomás. Así lo hizo, pero el que a los pocos días se apareció para buscarla, fuiste tú. Volvieron juntos en tren. Se hizo la hora de armar las cuchetas y ella seguía hablando. -¿Sabes qué, cariñito? -te dijo Valentina -Creo que sí.. -Tengo un antojo... -Y yo. Se encerraron en el excusado del vagón. Tú tenías el deseo más grande que recordaras, y ella también. Fue necesario dejarla a ella sentarse sobre ti, mordisquearse relajados sin nada hacer más que besarse y demorados, acariciarse mientras dejaban que el movimiento y el ritmo del tren los fuesen arrimando hacia el final. Durante esos minutos fue como si la soledad y la muerte no existieran. Eras desdichado y feliz. ¿Y Valentina? Igual, supones. Salieron al pasillo en silencio. No había duda. No era un sueño: viajaban hacia el hijo, hacia tu querido Diego. Iban veloces, no en el campo, sino en el tiempo, lo único que existe de verdad. *** De pronto, parece recuperarse para el presente de la casa de salud. Ya no mira detrás de mí. Me sonríe. Se da vuelta y mira a la nuca blanca de la mujer que ahora parece ignorarlo, tejiendo, sentada en una mecedora, con la mirada vacía puesta en un árbol del jardín. -¡Valentina! ¿Ya no saludas a tu hijo? -¿Y tú... tú qué sabes si lo saludé... o no lo saludé? ¿Tienes la... la bola de cristal, accc...aso? -Bola de cristal... siempre la misma... ¿Viniste hace mucho, Diego? -Recién. Recién llego, papá. =========================================================================== La casa de Rasmussen 1 Era un tuerto que empezó a aparecerse por el bar del Rowing y que elegía una mesa de la terraza que diera sobre la bahía. Llegaba pasadas las cinco, encargaba una grappa y enseguida se concentraba en sus pensamientos, una costumbre que sólo abandonaba para estudiar cartas de navegación. Cuando las sombras del Cerro empezaban a estirarse sobre las aguas del puerto el hombre doblaba los pliegos y ponía de pie su metro noventa. Con paso firme y elástico, pese a sus años -más de setenta, le calculé-, llegaba hasta la caja y pagaba. Después daba las buenas noches y se iba. "Es noruego y se llama Rasmussen", me dijo el barman cuando le pregunté por él. Era cuanto sabía. Una noche cayó por el bar el capitán Buenaventura. Hacía meses que no se lo veía; llegaba de un reciente viaje a Japón, con escala en Sidney y un regreso por el Estrecho de Magallanes. "Vengo con un atraso del carajo", me informó, ambiguo y desconsolado, y agregó: "Una travesía larga como discurso de tartamudo". Pidió un whisky y empezó a abrumarme. Que si gustaba tomarme uno, que cómo andaban las regatas esta temporada, que si yo quería pasara más tarde por el barco a levantar unos grabadores, que si no se había aparecido el viejo Rasmussen. -¿El noruego? Viene más o menos a estas horas. Ha de estar por llegar. -Ajá, cumplidor el hombre. Habíamos quedado en encontrarnos acá por estas fechas. Vamos a levantar el Hilda, que está hundido a la salida del puerto de La Paloma. ¿Querés ganarte unos pesos? 2 A cuatrocientos metros al noreste de la escollera norte se veían emerger del agua los dos mástiles. Era un pesquero diseñado por el legendario Colin Archer, construido en Larvik y botado en mil ochocientos noventa y siete. Durante la pierna -veinte horas de suave viento favorable- yo había conocido un poco más a Rasmussen y su historia; también me había enterado de algunos detalles del barco, quizá útiles para la buceada que iba a hacer. Habíamos hecho la singladura con un ketch del club para que yo viera en qué estado se encontraba el Hilda, en su momento el mejor pertrechado barco nacional dedicado a la pesca del tiburón. Cómo las autoridades habían permitido que semejante joya se hundiera es una estupidez que nunca podrá entenderse. Tenía el Hilda noventa pies de eslora y veinte de manga. ¿El calado? Las Colin Archer son más bien panzonas, ¿sabe? No son de mucho calado. Y sin embargo son marinas. Porque están hechas para la mar larga y chupadora, para la mareta, para la tormenta del Mar del Norte. Lo de ellas es acompañar la ola, no romperla. Así, mejores barcos, haber, no hay. Y la Hilda... fíjese que yo estoy desde muchacho en la Hilda. Esa que vamos a ver, sepa, es mi casa. Yo me embarqué en el treinta y cuatro, hace más de sesenta años. ¿Me entiende? Empecé de grumete, haciendo proa al principio. Después, de marinero. Más tarde de segundo y ya al final, cuando la trajimos para Uruguay, en el cuarenta y ocho, de capitán. -¿Por qué dice la Hilda, Rasmussen? -Poder acostumbrarme, no puedo. Si pienso sí, el barco, pero en noruego barco es ella, ¿me entiende? Como la sol. Viví tantos años en este país, y trabajé acá y aprendí español, y algunas cosas de mar enseñé, pero no sé por qué tanto me cuesta, decir el barco... el yate. Rasmussen hizo un gesto despectivo adelantando la barbilla. Estábamos con la isla Gorriti a cuatro millas a babor; teníamos viento de aleta y a sotavento, a través del graznido de las gaviotas, se veían las velas de unos cuantos yates. Buenaventura le pasó el timón a Rasmussen y se metió en la cabina mientras anunciaba que iba a servir un whisky. -Contale cómo pescaban, Rasmussen. -¿Y cómo íbamos a pescar? ¿Con máuseres? Con palangres y redes, claro. -No, viejo, contale de los aparatos del Hilda -exhortó Buenaventura al regresar a la bañera, esgrimiendo una botella. Sin esperar dijo: -El tiburón -fijate qué bacán- está más a gusto a determinada profundidad, temperatura y salinidad. -¿Y qué eso qué tiene que ver con los aparatos? Buenaventura sirvió; bebimos unos tragos lentos y reconfortantes mientras el viento aflojaba un toque, anunciando virazón. Rasmussen pareció entonces mejor dispuesto. -Ténseme un poco la génova -me dijo, y enseguida: -Claro: si uno ubica esos parámetros, uno está encima del tiburón: es tirar y sacar, porque ahí está él. Antes de venir para Uruguay equipamos la Hilda en Edimburgo con con termómetros de hondura, medidores de salinidad y eco sonda, ¿entiende? -¿Te das cuenta, Buenaventura? Esa manera de pensar y trabajar es de alemanes. Vi que Buenaventura fruncía el entrecejo y trataba de decirme algo con la mirada, como que yo la había embarrado. Vi la tristeza asomándose al rostro poco expresivo de Rasmussen. Buenaventura atajó el silencio y continuó: -El Hilda recorría distancias enormes en el Atlántico sur, buscando. Y encontrando, desde luego. Anduvo hasta por las Malvinas atrás del tiburón. Pesca científica, ¿verdad, viejo? -Científica... es lógica, ¿no? -Y sí: es ubicar el lugar donde vive el tiburón y pescar donde hay pesca, no gastando pólvora en chimango. ¿Sabés qué es eso, Rasmussen? -¿Chimanga? No. -Eh... yo tampoco, pero es... como gastar esfuerzos en algo que no va dar resultado. -Como cruzar el río para buscar agua -apuntó el tuerto. -Así que donde ponían el ojo -dijo Buenaventura, dándose cuenta que había metido la pata y remachando:- ponían la bala... "Ahora le dice que tenga mucho ojo con algo", pensé, y dije: -Llenaban las bodegas enseguida... El noruego terminó de vaciar el vaso antes de responder: -Durante los primeros años la empresa exportaba aceite de hígado de tiburón, nada más. Imagínese cuántos hígados triturados se necesitan para llenar un tanque de doscientos litros. Y para llenar la bodega con varios cientos de tanques, miles y miles de tiburones. No es cuestión de soplar y hacer botellas. Dieciocho hombres éramos la tripulación. Dieciocho uruguayos, que yo soy oriental, ¿sabe?, trabajando noche y día, semana tras mes. Un viaje demoraba igual un año pescando. -¿Y la calidad? -pregunté. -Dos calidades, siempre, de macho y de hembra. De primera y de segunda. Yo no entendía aquello y miré a Buenaventura, que aclaró: -Lo que pasa es que la cantidad de vitamina A en los hígados de los machos es muy superior a la de las hembras. Ese aceite valía más; era el de primera. Algo bestial, ¿no? -Seguro. En los tiburones del Atlántico norte no se encuentra ni la centésima parte de la calidad de los hígados de los tiburones de por acá. Nadie sabe por qué. La alimentación, será. El krill. -Pero si no comen krill. -¡Buenaventura! Comen peces que comen peces que comen krill... eh, yo que sé. Mirá que sos discutidor... -Ta, ta, no se me enoje, viejo. Vamos, otro whisky. El noruego aceptó de buena gana y mejor humor. -Como le decía -prosiguió-, y para contestar su pregunta... ¿o pregunta por preguntar, como Buenaventura? Eso es algo que no pasaba en Noruega: si uno pregunta, el otro contesta. Aunque sea, "no sé". Ustedes, en cambio, hablan, y preguntan, y siguen hablando... y si el otro responde, bien, y si no, también. Es raro. Bueno: durante los primeros años, no llenábamos las bodegas enseguida, por lo que le digo. Pero ya a partir del cincuenta y dos, cincuenta y tres ya sí las llenábamos más rápido: tres, cuatro meses, y volvíamos, descargábamos y volvíamos a entrar. -Ahá. ¿Y por qué? ¿Nuevas técnicas? Ya sé: algo de los alemanes... 3 Los alemanes aplastaron la primera resistencia en tres semanas, pero la invasión y el control de las ciudades importantes de Noruega se hicieron en una tarde, la del nueve de abril de 1940. La noticia había alcanzado a los tripulantes del Hilda en la noche, mientras se hallaban pescando arenque a treinta millas de la costa. Tenían marejada pero poco viento y el cielo estaba cubierto. Lo único que se veía más allá de la borda eran los fanales rojos y blancos de la flota, lejanos unos, cercanos otros, hamacándose, desapareciendo por momentos, subiendo y bajando en la negrura del Mar del Norte. Rasmussen estaba bajando una red a la bodega cuando escuchó la campana del barco, que llamaba a toda la tripulación al trinquete. El capitán les habló; había recibido la información por radio hacía diez minutos. Los pescadores escucharon en silencio y después siguieron en silencio, como si cualquier palabra fuera incompatible con la atrocidad de la catástrofe. Rasmussen pensó en Vencke, su hermosa mujer, y en su hijo recién nacido. Un temor vago y angustiante lo oprimió. La guerra, que había estado pesando sobre ellos en forma de noticias, como una incertidumbre ominosa, los alcanzaba ahora con todo el rigor de los hechos luctuosos; los ya irrevocables y los que vendrían. Pocas horas después el capitán recibió órdenes de regresar a Bergen, el puerto donde estaba surto el Hilda y donde cada quince días alijaban. Los tripulantes descansaban entonces tres noches y, cada cuatro meses, tenían dos semanas libres. En esta oportunidad el capitán no llamó a la tripulación para informar del regreso, como si aquella manera elemental de la democracia se hubiera muerto con la nueva situación. Todos se hicieron cargo cuando fueron llegando órdenes de terminar de acomodar la pesca en los cajones, de doblar las redes, de izar las velas, de toda la barra a estribor. A Rasmussen le pareció bien cuando uno de los pescadores dijo que deberían tirar la pesca al mar. -Todo lo contrario -dijo otro-; ahora necesitamos la comida más que nunca. También aquello le pareció sensato, porque eran rehenes, toda la población del país era rehén. Los pescadores no podían dejar de alimentar a los suyos, pero hacerlo era también alimentar a los invasores. Ahora regresaban del mar abierto y libre a una tierra ocupada. 4 -Y sí, cómo no -contesté-. Siempre vienen bien unos pesos extra. ¿Cuánto tiempo te parece que llevará? ¿Qué hay que hacer? Buenaventura dijo que fuéramos a sentarnos. -Primero hay que hablar con Rasmussen, a ver qué ideas tiene. Habrá que inspeccionar el barco, bucear, conseguir un par de grúas flotantes, levantarlo, achicar, llevarlo a un dique seco. Andá a saber: una semana por lo menos. -¿Qué barco es? -Precioso, yo lo vi en sus mejores tiempos. Un dos mástiles, treinta metros o por ahí, dos motores. -¿Y el casco? -De madera. Roble, teca, yo qué sé. Estaba embargado y los boludos del Estado, los responsables, no fueron capaces siquiera de mantenerlo a flote. Estuvo como medio año haciendo agua: al final se aburrieron de achicar o los rumbos que tenía se agrandaron tanto que las bombas ya no daban abasto. Y quedó ahí. -¿Y el noruego? -Rasmussen no podía hacer nada porque no tenía plata: estuvo en California tres años, trabajando con turistas. -¿Con turistas? -Sí: los sacaba a pescar el pez espada. Y ganó lo suficiente, parece, como para volver a desembargar el Hilda. Y lo desembargó, nomás. Parece que le da el cuero como para levantarlo. Es lo que falta: ponerlo a flote y en condiciones. -Quién sabe si vale la pena: después de tantos años andá a saber en qué estado lo encontramos. -Para un hombre como Rasmussen, no hay duda de que vale la pena. Y si no valiera la pena sería capaz de hacerlo igual. Porque se crió en el Hilda: navegó con ese barco fijate que como cincuenta años. O más. Mirá: ahí viene. Rasmussen acababa de entrar, nos había visto y caminaba hacia nosotros. Fue una de las pocas veces que lo vi con la cara iluminada. Parecía más joven; venía de brazos y sonrisa abiertos de par en par a saludar a Buenaventura, a sentarse a la mesa con nosotros. 5 Las autoridades militarizaron el puerto de inmediato y pusieron un oficial nazi y dos guardiamarinas de la marina de guerra alemana a bordo de cada pesquero. Lo primero que hicieron fue interrogar a todos los tripulantes. Días después la Gestapo arrestó al segundo, por ser hijo de madre judía. Nunca más supieron de él; se rumoreaba que había sido deportado. Además, instalaron nuevos equipos de radio; las rutinas cambiaron en el sentido de una mayor disciplina y licencias más cortas para los tripulantes. La pesca continuó sin cambios sustanciales, sólo que cada pesquero tenía ahora, además, la misión permanente de vigilar el mar y reportar cada movimiento, cada barco extranjero, cada avión que se avistara. A los dos años de la ocupación Rasmussen y Vencke tuvieron otro bebé, una niña. Fue por esa época que el segundo del Hilda se enfermó y en su lugar designaron a Rasmussen, entonces el más antiguo de los tripulantes. Desde la cabina de mando Rasmussen pudo enterarse del curso de la guerra por las trasmisiones de la radio inglesa. La situación del país empeoraba. El gobierno de Quisling había racionado la comida y llevado a cabo la deportación de judíos. La resistencia estaba activa en los bosques y las montañas; algunos habían cruzado la frontera con Suecia y encontrado refugio allí, aunque no apoyo para actuar dentro de Noruega. Simpatizante de los aliados desde el comienzo de la guerra, Rasmussen pensó en desertar. Lo consultó con Vencke pero la mujer lo hizo desistir. Tenían dos niños pequeños; el oficial encargado de administrar el racionamiento podría vengarse con ellos fácilmente, si no era que la Gestapo la encarcelaba a ella y le arrebataba a los hijos. Era cierto, tuvo que admitir Rasmussen. Sin embargo, el conflicto entre la responsabilidad por la familia y el odio al ocupante persistía; a poco concibió un plan que contemplaba ambos sentimientos. Rasmussen conocía bien a la tripulación del Hilda, las rutinas y el modo de actuar de los alemanes. Pensó que si pudieran hacerse del control del pesquero no les sería imposible navegar hasta Inglaterra. El barco desaparecería, completo; siempre podrían suponer que se había ido a pique en una tormenta. De ese modo los riesgos de represalias familiares disminuirían. Además, desertar de esa manera era mejor que hacerlo él solo. Liquidaban a los tres militares alemanes y aportaban información y un pesquero con equipos modernos a los aliados. Decidió intentarlo sin decirle nada a Vencke. Entre los catorce tripulantes que tenía el Hilda, además de los alemanes, había dos posibles soplones y un tercero que, sin serlo, seguramente se opondría a la idea. Podría contar, pensaba, con el apoyo activo o pasivo del resto, diez hombres. Antes de hablar con nadie acerca de su plan, Rasmussen se imaginó las posibles complicaciones, los momentos apropiados para lanzarse a la acción y lo que tendrían que prever. Para empezar, deberían ahorrar y esconder combustible suficiente como para llegar hasta Inglaterra. 6 -Rasmussen: te presento a un amigo -dijo Buenaventura después del abrazo. -Mucho gusto. El apretón de manos fue firme y cordial. -Mucho gusto. Buenaventura me estaba contando del Hilda. -Sí -dijo el noruego, hizo señas al camarero y se acomodó junto a nosotros-. Por fin voy a poder rescatarla. A ver si Buenaventura puede ayudarme en eso -resumió, subrayando las erres y las eses, aunque me dio la impresión de que dominaba nuestro idioma. -¿Y cómo es que terminó hundiéndose? -le pregunté-. Digo, ¿por qué se lo embargaron? Ya el capitán me contó un poco. -Yo tenía una firma, ¿sabe? La cosa fue viento en popa, como dicen ustedes. Marchó muy bien unos años... pero después... la química. -¡La química lo pudrió todo! -dijo Buenaventura, meneando la cabeza. Como yo los miraba sin entender, el noruego dijo: -Y sí: cuando empezaron a fabricar pastillas sintéticas de vitamina A, el negocio encalló. O mejor dicho: se fue a pique. Yo tenía deudas con el Banco República de préstamos por nuevos motores, y para pagar sueldos de la tripulación. Mantener un barco como la Hilda... es una millonada cada año. Y ya después de poder vender cada vez menos, las deudas a agrandarse, ¿sabe? Al final no había otro remedio que dar quiebra. ¿Qué toman? Pedimos café con cogñac, como para marcar la importancia de lo que íbamos a conversar. -¿Cómo viene la mano ahora, Rasmussen? -preguntó Buenaventura. -Como te dije, ahora puedo pagar la puesta a flote. Pero tener experiencia, no tengo. Por eso quería hablar contigo en cuanto volvieras. ¿Cuándo zarpás de nuevo? Buenaventura se tomó su tiempo antes de contestar, encendió un cigarrillo con parsimonia, miró hacia la bahía, meneó la cabeza y encaró a Rasmussen: -Mirá: con lo lenta que es la estiba acá, entre que descargamos, pintamos, hacemos algún arreglo, volvemos a cargar y consigo tripulación... mmm: no antes de dos semanas. Sin embargo, yo creo que en una semana tenés al Hilda en el dique. Le dije al amigo, que es buzo, a ver si quería acompañarnos. Creo que lo primero sería hacer una inspección del casco, a ver en qué condiciones está y por dónde levantarlo. ¿Cuántas toneladas desplaza? -Doscientas sesenta. -Con una o dos grúas flotantes se podrá, pero no sé si hay en La Paloma. ¿Vos sabés? -No tienen -aseguró el noruego. -Bueno, se consiguen acá. -Así es que los papeles, los permisos... por ese lado no hay problemas... -dije. -Eso ya está resuelto. -Me imagino lo que te habrá costado -terció Buenaventura-. Lo que tendríamos que hacer, primero, es ir hasta allá, que éste se tire a bucear y estudiar el asunto. ¿A cuánto estará? -Cinco metros. Rasmussen desplegó una carta de navegación y señaló con el dedo el lugar. -Después -siguió Buenaventura- es cuestión de contratar una grúa, tener las bombas de achique listas y gente y el material para tapar las vías que tenga, el dique avisado. ¿Qué te parece? -Bien. ¿Cuándo podremos ir? -preguntó Rasmussen. -Por mí, dentro de tres días -dijo Buenaventura. -Si quieren -sugerí- podemos ir en el ketch del club; nos lo arriendan por pocos pesos. En menos de un día estamos. Puede ser práctico para ya acercarnos al Hilda por acá -dije, mostrando una derrota en la carta- y bucear. Y por los equipos; tiene compresor a bordo. Si no, hay que llevar varios tanques de oxígeno o estar alquilando y consiguiendo allá. Vaya a saber qué es lo que tienen. Rasmussen me miró como para tomarme el pulso; yo agregué que ya había buceado desde el barco del club. Entonces el noruego dijo que no era mala idea. ¿Que me encargara de eso, entonces? 7 Rasmussen empezó hablando con dos de los más seguros tripulantes, quienes comprometieron su apoyo. No fue difícil para el segundo anotar en el cuaderno de bitácora más millas de las que en realidad hacían. Cuando llegaba la hora de cargar combustible, de a poco, en sucesivas ocasiones y en total secreto fueron llenando varios tanques de dísel que ocultaron en la sentina. Cuando tuvieron lo suficiente hablaron con tres pescadores más y los seis se pusieron de acuerdo. Durante una tormenta lo harían. Con el barco en su poder, lanzarían varios S.O.S falsos por radio, la apagarían después y pondrían proa a Inglaterra. En la cabina del capitán había siempre por lo menos uno de los tres alemanes, normalmente el oficial. De ése se encargaría Rasmussen. Otro solía estar durmiendo y el tercero recorría el barco o atendía la radio. De ésos se encargarían los otros. Todo salió de acuerdo con lo planeado, salvo que el oficial no se desmayó con el cachiporrazo que le dio el segundo sino que, aun bastante atontado, empezó a desenfundar su pistola. El noruego fue rápido y se le tiró encima, sujetándole la derecha, que ya había empuñado el arma, con las dos manos. Le dió cabezazos en la cara hasta que el otro soltó la pistola para defenderse mejor. Entonces Rasmussen empezó a apretarle el cuello con todas sus fuerzas. Le agradara o no, ese oficial estaba allí para que el segundo lo matara. Antes de morir estrangulado, sin embargo, pudo clavarle las uñas en la cara a Rasmussen y terminó por arrancarle un ojo. En tanto, los otros marineros habían matado a los dos guardiamarinas. Después de curar al segundo tiraron los tres cuerpos al mar. A la semana el Hilda estaba surto en Edimburgo. 8 El agua estaba templada y había medusas marrones. Cuando empecé a bucear a lo largo del casco, con sólo verlo me di cuenta de que no valía la pena. En cinco años que hacía que estaba sumergido, la madera se había deteriorado tanto que se veían, aquí y allá, las cuadernas y las costillas de la estructura. Con el cuchillo fui pinchando en distintos lugares; debajo de una gruesa capa de crustáceos y algas, la madera se deshacía en una nube marrón. Por el lado de babor, abajo de la línea de flotación había un agujero por el cual pude entrar. Con una linterna alumbré el recinto y me sobrecogió el aspecto fantasmagórico, de irremediable deterioro que tenía. "Esa que vamos a ver, sepa, es mi casa", había dicho el noruego. Estuve recorriendo aquel lugar, aquel pedazo de patria donde trabajaron pescadores noruegos y orientales, más por decir que había cumplido a cabalidad que por la esperanza de encontrar algo que no estuviera podrido. "Rassmussen no va a alegrarse", pensé, y decidí subir. -Gastar pólvora en chimanga... Era mi última esperanza -fue el comentario del capitán Rasmussen. 9 En la terraza del bar estábamos, él y yo, sentados con una mesa y dos copas de por medio. Iba a ser nuestra última conversación. Buenaventura ya había zarpado; me enfrentaba a mi última inmersión en la historia del marino. -Capitán: usted dice que vino a Uruguay porque los tiburones de por acá tienen mejor hígado. Pero ¿por qué dejó Noruega para siempre? Digo, las razones por las que uno es inmigrante y las razones por las que uno es emigrante... -Ser inmigrante -dijo el marino, después de haber pensado- es, primero, ser emigrante. Yo me quedé esperando la respuesta, que no vino enseguida. Rasmussen hizo una seña al camarero. En los seis segundos que éste demoró en llegar a la mesa vi envejecer al capitán diez años. Pensé que él, que tanto había hecho por sus dos países, por la vida, empequeñecía hacia la muerte. Pidió otra grappa. Por primera vez desde que lo conocí, hace dos meses, en esta misma terraza donde ahora escribo, lo vi fumar: sacó una pequeña caja de habanillos del bolsillo de su chaqueta marinera, la abrió, se puso uno en la boca, convidó. -No, gracias -dije-. El remo. -Sabe, dejé a mi país -continuó el marino, encendiendo el habanillo- porque lo quería. Y no volví porque quería tanto a los míos. Inhaló una bocanada y sopló un humo aromático y espeso que la brisa del puerto pronto disipó. Las luces de la ciudad empezaban a reflejarse en las aguas aceitosas de la bahía. El marino continuó, mirándome ahora, como para ver si le prestaba atención: -Lo que no quiere decir que los que se quedaron no lo quisieran. Es una vieja historia: no importa. -Nunca le pregunté por su nombre de pila. -Svein. -Svein. -Ahá. Así se llamaba mi abuelo. También pescador, de Bergen. -¿Cómo es la ciudad? El marino miró hacia afuera. Me pareció que el paisaje de su ciudad se le representaba en la mente mientras miraba hacia los reflejos de las luces en las aguas negras de la bahía de Montevideo. -Era... muy linda. Montañas, colinas, una ensenada estrecha y larga..., casas de madera oscura en las faldas de los cerros... muchos balleneros... Y casi siempre nublado, ¿sabe? -¿No volvió nunca a Noruega? -Nunca. -¿No pudo o no quiso volver? Hizo una pausa, no como si pensara si iba a responderme -yo sabía que iba a hacerlo-, sino como decidiendo el modo. -Apenas pude, le hice saber a Vencke que estaba vivo. Al mes recibí su primera carta. Me contaba que también ella y mis hijos pensaban en mí, que seguían vivos. Era mucho decir. La gente comía ratas, a veces. Decía que no le daban pescado, porque yo no estaba. A los tres o cuatro meses recibí otra carta de ella. El oficial del racionamiento le había dado a entender que si quería comida... tenía que acostarse con él. Que la situación la superaba, que no sabía qué hacer... que le dijera yo qué era lo que ella tenía que hacer. ¿Me entiende? Yo asentí, pensé en la piedad de la mujer hacia el noruego, en cuán cerca estaba la misericordia de la traición. No dije nada. Sólo esperé. Svein Rasmussen me miraba con su pupila celeste borroneada por una lágrima. -Le contesté... que diera de comer a mis hijos. El noruego contrajo la cara en un gesto amargo. Agregó, con voz ya no muy firme: -Sólo mucho más tarde me di cuenta de lo que ella en realidad había querido decirme... Con mi respuesta me cerré la puerta de mi propia casa: se me había hundido. Usted no sabe lo que le hacían, cuando terminó la guerra, a la gente que había colaborado... El hombre bajó lento la cabeza y la escondió entre sus manos. Ya era tarde y a la mañana siguiente yo tenía que remar en una regata del club. Me levanté y me despedí con una palmada. Desde entonces Svein Rasmussen no pisa más el bar, lo que me hace temer lo peor. Me acompaña la última imagen que tengo de él: la de un viejo marino inclinado ante una mesa, con sus hombros temblando, en la terraza del Rowing. =========================================================================== Nineta Pomer (Cuento minimalista) 1 Nineta Pomer, como en tantas otras noches, se me aparece, me nombra y desde la duermevela, tal vez desde los arrabales del sueño que ahora se repliega, se sonríe: me recuerda que fuimos novios y sin decirlo me sugiere que escriba su peripecia final. Y me convence, pero no sé cómo hacerlo y sólo atino a levantarme, encarar la pantalla y escribir "mi novia: una persona hábil". Entonces siento que no será tan difícil, ella está de algún modo detrás de mí y me dicta o acaso escribe a través de mí. Hábil, sí; ella lo sabía y yo se lo recordaba y todo seguía el curso normal y predecible de los noviazgos, lo que no impidió que llegara el día en que se preguntó por qué no era zurda. A partir de allí nuestras vidas, sobre todo la suya, cambiaron de manera radical, al punto que poco después mi novia pasó a contarse entre las escasas personas ingeniosas del país. Ninguno de nosotros tenía la menor idea de por qué no era zurda, de manera que debimos conformarnos con los hechos. No obstante, si bien no encontró una respuesta adecuada a su propia interrogación, y puesto que deseaba ser aun más diestra, resolvió -resolvimos- que, al menos, desarrollaría las capacidades de su mano izquierda. Lo interesante, se me ocurre, no es tanto su ingreso a la casta de los ingeniosos como el modo en que lo hizo. No habían transcurrido seis días de iniciada la campaña de izquierdificación manual, cuando advirtimos cambios en su modo de percibir la lógica de procesos y funcionamientos. Inesperadas facetas de las cosas se aparecían a su entender y la deslumbraban las justificaciones que encontraba a las causas y efectos de las alteraciones de estado, posición y peso de objetos y personas. Esto la hizo más perdonadora que antes. "Entender es perdonar", dijo. Fue en este periodo cuando empezó a serme difícil seguirle el pensamiento, las ideas y las soluciones que encontraba a problemas reales o inventados por ella. No demoró en encontrar el porqué de su cambio: las conexiones de las neuronas entre ambos hemisferios cerebrales se le habían multiplicado a causa del incremento de las funciones motrices de la mano izquierda. Descubrimiento y explicación del fenómeno, arduas e intensas vivencias, la llevaron a sentirse primero entusiasmada, y feliz después. La felicidad que sentía, a su vez, la llenaba de preguntas sobre su esencia última. Tratando de explicársela, llegó a comprender algo que a su vez me deslumbró también a mí: que la plenitud estaba emparentada con el entusiasmo. "No es posible ser dichosa sin sentir entusiasmo por algo", sentenció. Es fácil entender que aquellas palabras hicieron que yo me diera cuenta que Nineta nunca había sentido entusiasmo por mi por cierto modesta persona ni, menos aun, se había sentido contenta con nuestro noviazgo. Pero todo tenía su razón de ser; si era así no había podido ser de otro modo. En ese pensamiento había implícito un mecanismo de consuelo. El paso siguiente de mi novia Nineta fue concebir un método para ser feliz. Anotó sus observaciones, hizo experimentos consigo misma, conmigo y con otras personas; por fin decidió que redactaríamos un bien llamado Manual, cuyo núcleo consistía en la ejercitación de las habilidades de la mano menos hábil. En un par de meses de trabajo lo tuvimos listo. El tratado incluía técnicas de observación de los fenómenos circundantes y sugerencias sobre cómo aplicar las adquiridas habilidades cognitivas a cualquier objeto de entusiasmo: un ser humano, un hobby, un pensamiento. La señorita Pomer, novia ingeniosa cuyo numen me asiste en esta relación, no tardó en darse cuenta de que podía ganar dinero con su obra. La registró en el Registro Nacional de Obras Inéditas, pensando más, supongo, en sus bien merecidos derechos de autora que en enriquecer la dote para nuestro casamiento, y se preguntó si no podría vendérselos a alguien. "Tal vez al manipulador de pensamientos", le dije. Era por cierto una sugerencia tentadora, como también era cierto que, para ella, por lo menos, la felicidad no era el dinero. Pero, ¿qué importancia tenía eso, al fin y al cabo? No iría a hacerle daño el dinero. Por otro lado, no le gustaba la idea de venderla y desprenderse así de toda propiedad sobre su método, actualizado en el Manual, y sus posibilidades. Como siempre en esta vida, una nueva situación nos enfrentaba a nuevos fractales: ¿Deberíamos poner un negocio de venta de entusiasmo y felicidad -y allí me incluía con desconsiderado altruismo-, o debería tan sólo vender su idea y sumirse en la opulencia? Yo amaba a mi novia y me pareció delicado o quizá elegante guardar silencio sobre el asunto. Todavía faltaban dos meses para el casamiento. Tal vez era mejor pensarlo más y no apresurarse. 2 Nineta Pomer salió a pasear por el popular Beceí, el barrio de los comercios ideales, convencida de que el contacto con los empresarios acabaría por darle la solución a la disyuntiva. Y así fue, aunque no del modo por ella esperado. En el trayecto desde su casa hasta el barrio, se dio cuenta de que lo primero que tenía que hacer era sacarse de encima la tentación de vender la idea. Tentación que, según me confió días después, le provenía de lo que yo le decía. Esa asombrosa revelación me dejó confundido porque estaba convencido de que yo hablaba de todo con ella, menos de mi opinión sobre qué era lo mejor. Mejor era, concluyó mi novia, desarrollar la idea e instalarse como vendedora de entusiasmo, uno de los tantos productos que no se producían en el país, y cuya escasez era tan notoria que no existía ningún comercio de esa índole. Sí existía, perversa paradoja, el de despojador de entusiasmo. Pero, claro estaba, no podría hacerlo hasta no erradicar de sus agitados molinos mentales la idea de vender sus derechos de autora. ¿Quién podría ayudarla? Llegó primero al comercio del domador de rabias y rabietas, un viejo conocido nuestro que tenía su local lleno de insultos y clientes. Mientras lo saludaba con prisa y alegría Nineta se dio cuenta de que no era él la persona más adecuada para convencerla. Casi enfrente estaba el negocio de la pesadora de tiempo. El tiempo no podía pesarse sin antes ser procesado. Nineta Pomer, esposa en cierne, entró y enseguida admiró las marmitas burbujeantes de recuerdos y proyectos, que competían, con su colorido y forma, con las diferentes balanzas. Eran algunas de precisión absoluta, capaces de pesar fracciones infinitesimales de segundos de dolor; otras, gigantescas, podían pesar horas, meses y hasta años de espera. Nineta inquirió por el precio de una pesada de media hora de felicidad. "Depende. ¿De qué tipo?", le preguntó la pesadora. "De entusiasmo", le respondió mi novia. "Habría que calcularlo. Esas son las más caras, y tanto, que la gente suele pagarme con una fracción de esa misma felicidad", le dijo. Nineta quería resolver el asunto lo antes posible, así que convinieron en hablar de la pesada más adelante. Sin duda podrían ponerse de acuerdo. Pero tampoco la pesadora podría ayudarla en lo que entonces la atenaceaba. Nineta continuó su recorrido por el Beceí. En la esquina de la misma cuadra estaba el popular negocio de la correctora de sueños. La mayoría de los clientes eran mujercitas románticas, pero también se apiñaban los gordos realistas, los niños que sufrían pesadillas, los visionarios alucinados. El eslogan del comercio golpeaba sobrio desde las paredes: "Hacemos lo imposible enseguida. Los milagros nos llevan más tiempo". Había decenas de colchones, cada uno munido con auriculares y una pantalla donde se proyectaba el sueño, y desde la cual la correctora lo modificaba de acuerdo con los deseos del cliente, previamente anotados y firmados por él. Mi novia observó la diligencia y el profesionalismo que ponía la correctora en su trabajo, sacó algunas conclusiones que podrían serle útiles y se marchó, deseosa de hablar con otros comerciantes. El impresor de sentimientos no estaba muy ocupado en ese momento y la recibió de sonrisa amplia. Con ese estímulo en su haber, ella se hizo imprimir la felicidad en un cuadro holográfico de colores, que parecía una galería infinita de espejos. "Es un regalo para mi novio", dijo. Pagó lo justo y se retiró con su holograma, pensando que tal vez podría obtener ayuda del hacedor de daños. Éste tenía su puesto en la calle de las Felonías, frente por frente del comercio del odiado despojador de entusiasmo. Se trataba de un negocio próspero, con una entrada seria y un interior adusto y opresivo. Su dueño, muy apreciado por los vecinos, era un sujeto de agradables maneras. Era una de esas personas que estaba dispuesta a admitir que para transformar una mentira en verdad bastaba con repetirla cien veces, y si uno regateaba podía llegar a que bastaría con no más de ochenta veces. La Pomer, mi entrañable prometida, le pidió una lista de precios y consultó sobre posibilidades de dañar ideas. Algunas, le aseguró el artesano, podían ser dañadas, pero lo mejor para eso era dirigirse al manipulador de pensamientos, o tal vez al mitigador de ilusiones. Satisfecha con aquellas razones, mi señorita novia agradeció y dirigió sus pasos hacia el local del mitigador. El tenderete, sucio y lleno de telerañas, se adecuaba a la atmósfera requerida por el servicio. Nineta se hizo mitigar la ilusión de vender un manual de ser feliz. Si bien el mitigador hizo su trabajo a conciencia, y con alardes técnicos de media hora, la cliente estuvo descontenta con el servicio, pues a los siete minutos estaba tan entusiasmada con la posibilidad como antes. "Cuando una se acostumbra al entusiasmo, ya no puede vivir sin él", me dijo después, y aquellas palabras continúan explicando su final. Se dirigió luego a la tienda del manipulador de pensamientos. El negocio era próspero. Poseía tantos bienes su dueño, que hasta miedo de morir tenía. Por fuera presentaba una amplia vitrina y carteles que inducían a entrar. El interior era un cuarto empapelado con colores cálidos y suaves. Había música, un cómodo sillón donde el cliente se sentaba para exponer sus representaciones mentales, y un púlpito, desde donde el manipulador escuchaba, para luego hacer su trabajo. Nineta concertó una sesión para el mes siguiente y se retiró. Los hechos mostraron que tomó aquella resolución sin siquiera pensar si sería o no adecuado acudir a ese profesional. Yo sí lo pensé pero no atiné a decírselo. Si no fuera porque creo que tarde o temprano todo alcanza su razón de ser, debería estar arrepentido de no haber hablado con mi novia sobre el tema. De interesarle la propuesta, el manipulador podría llegar a convencerla de que lo más apropiado no era que ella desarrollara la idea, sino que se la regalara a él, junto con el Manual y los derechos. Por desgracia, eso fue lo que ocurrió. 3 Faltaba un mes para que nos casáramos cuando mi ingeniosa novia acudió a la cita con el manipulador. Después de haberlo saludado, Nineta le hizo preguntas gentiles sobre cuestiones referidas a la propaganda de las elecciones inminentes. Luego de escuchar, amable, las respuestas del profesional le expuso su idea primero y resumió después el contenido de su método. Ella quería a su idea pero solicitaba que la manipulara de modo que ella perdiera el entusiasmo por venderla. Pero no siempre uno se encuentra con comerciantes honestos. "Cuénteme su último sueño, señorita Pomer", le pidió el manipulador. En el sueño Nineta estaba durmiendo y tenía que despertarse. Estaba tendida en una cama cuya estructura era un paralelogramo, tal vez un trapecio -o ambos cuadriláteros, a veces uno, a veces otro- que tenía un lado menor móvil y formaba una figura imposible: el lado móvil partía de la parte superior del extremo de un lado mayor y descendía para unirse al lado inferior del extremo del lado mayor opuesto. Sin embargo, todo estaba en el mismo plano en que yacía Nineta. Sabía que no podría despertarse hasta que no arreglara la estructura de la cama. Cuando acomodaba ese lado menor que estaba mal, se desarreglaba el lado menor opuesto y todo quedaba a fojas cero. Por mas que moviera y arreglara, la estructura de la cama formaba una figura imposible. La imposibilidad de la figura era también la imposibilidad de despertarse. El manipulador escuchaba aquello con atención. Cuando Nineta terminó de contarle su último sueño, el profesional tomó un libro de Escher de su biblioteca, le enseñó unas figuras a Nineta y comenzó su manipulación de pensamientos. Cuando salió, mi novia estaba convencida de que había hecho muy bien en obsequiar la idea, el Manual y los derechos de autora al manipulador. Hubo otras sesiones, durante las cuales una serie de conceptos le fueron inculcados a la señorita, mi ingeniosa novia. Le fue inculcada la idea de que el mundo empresarial era malo; le fue inculcada la idea de que era posible modificarlo; le fue inculcada la idea de que primero había que debilitarlo y, por qué no, con un invento tal que resultara ruinoso para ese propio mundo. Es fácil entender, entonces, por qué Nineta Pomer nunca llegó a instalar un negocio de venta de entusiasmo. Sin embargo no transcurrieron muchas semanas antes de que se la viera poniendo manos a la obra en un nuevo empeño. Fue un proyecto aciago que impidió nuestro casamiento y ocasionó la ruina de Envopres S.A., la empresa más importante del país, aunque al comienzo, en la etapa del diseño, todo auguraba ganancias enormes. 4 El principio era ahorrar espacio. Nineta había pergeñado envases que reducían su tamaño a medida que el contenido iba disminuyendo. Cuando la última porción del producto terminaba de salir, el envase desaparecía. Nineta Pomer había diseñado todo, incluso el horrible nombre del producto, Prorreduc, y el texto de la publicidad, no muy logrado a mi modo de ver: "Usted compra al por mayor para ahorrar dinero. Pero no espacio. Con los nuevos envases Prorreduc, usted ahorra dinero. Y espacio. Prorreduc: amable con usted... y con el medio ambiente". También el folleto que acompañaba el envase había sido concebido por Nineta. Mi papel había consistido en ayudarla a redactar el texto, que se extendía en alabanzas e instrucciones de uso, e informaba que Prorreduc se fabricaba a pedido, para cualquier producto: confites de mamagaya, huevos cúbicos, gaitas a repetición, tiburones de riña, cigarrillos impermeables, etc. Nineta estaba conforme con aquel producto. "Voy a ofrecérselo a Envopres", dijo. Y lo hizo, y tuvo éxito. En tal euforia, los enanos mentales de Nineta Pomer decidieron que nuestro casamiento se aplazaría hasta que amainara el trabajo derivado del contrato Pomer-Envopres, en particular por el tiempo que le insumía el responder a las cartas de los admiradores nacionales y extranjeros y responder a las preguntas de las entrevistas de la radio, la prensa y la televisión mundiales. No existía ni habría de existir en el país empresa más poderosa que Envopres. Consta en la prensa de aquellos años que la firma invirtió una fortuna en comprar la idea de Nineta y otra más grande en gastos de diseño y desarrollo, y hay quienes sostienen que tanto como la cuarta parte del capital se invirtió en publicidad. No obstante, el resto, incluidos los bienes muebles e inmuebles, los créditos otorgados y prometidos, terminó como un envase Prorreduc cuando Envopres debió pagar por resultados no previstos de las ventas. Ocurría que a medida que el envase iba decreciendo, también lo hacía su valor. Al final no valía nada, lo cual no sería grave si no fuera porque los clientes habían pagado, y como estaba prohibido por ley poner precio a objetos sin valor, la empresa había contraído deudas con todos y cada uno de quienes tenían un recibo de compra de un envase Prorreduc. Así funcionó, no la lógica, semejante a un mecanismo de relojería, sino la justicia de la sociedad regida por las leyes del mercado. Como puede imaginarse, los juicios y exigencias de indemnización contra Envopres arreciaron hasta que la sociedad anónima dio quiebra y sus haberes fueron a remate público. Después de haber visto el efecto de su jugada maestra contra la empresa y, por extensión, contra el mundo empresarial, la señorita Pomer, mi novia todavía aunque incierta futura esposa, se sintió colmada de dicha y comenzó a hablar de casamiento. Pero los ex accionistas de Envopres le entablaron juicio. Y allí estuvimos; ella altiva, digna e ingeniosa; yo, servicial y modesto, de acuerdo con mi habitual calaña. El trabajo del abogado no fue tan brillante como el del fiscal; Nineta Pomer fue declarada culpable. El fallo del juez consistió en una dolorosa y trágica ironía: que se la despojara del entusiasmo. Como ejecutor de las disposiciones judiciales se designó al despojador, profesional adecuado y el único capacitado del país. Mas Nineta Pomer, mi digna novia, no era sumisa para someterse sin más a una resolución tan injusta. Los entendió y los perdonó, pero no pudo aceptar aquel destino. "Quieren imponerme una figura imposible", me dijo. Cercano ya al final de este relato, levanto la vista de la pantalla y la mirada se me pierde en el abismo del cuadro holográfico de felicidad que una vez Nineta Pomer se hizo imprimir para obsequiármelo. No hay de Nineta restos ni tumba; sólo memoria y una carta, sobria despedida, en donde me explica por qué y cómo se mató. Antes de cumplirse la sentencia, se introdujo en un catafalco Prorreduc de su invención, lo puso a navegar en mar abierto y con ayuda de unas tabletas de matar caballos abandonó este valle de lágrimas. Hay que suponer que alcanzó la suerte de morir feliz y sabiendo que era lo mejor que podía ocurrirle. No testamentó nada. También en ese detalle debo reconocerle harto ingenio. =========================================================================== La soledad del yacuzzi entre las rocas Mientras trabajaba en el plano, el arquitecto recordó las indicaciones de aquel cliente gordo con cara de iluminado, de ojos brillantes y saltones que parecían irradiar un odio tenaz contra la mujer que lo acompañaba. Cada una de las numerosas veces que ella señaló que sería necesario prever un rincón donde instalar el televisor, el gordo había fijado en ella su mirada, apretando las mandíbulas y sudando como tapa de olla. Lo primero era el yacuzzi, así que cuando el gordo compró las rocas en el desierto frente al mar, pronto eligió el emplazamiento: acá, que la piscina de burbujas estuviera acá. Todo lo demás, el freezer, la pileta de lavar la ropa, la sala-comedor-dormitorio, el rincón para la kitchenette y el tendedero de la ropa, podría ir organizándose en torno a lo más importante. El lugar que había elegido era un roquedal gigantesco y desolado, cuya oscuridad de mejillones contrastaba con la espuma blanquísima de las olas. El lugar no se caracterizaba por atraer a turistas en verano. En cambio, llegaban los pingüinos en invierno. Los planos quedaron listos; cuando el arquitecto habló por teléfono con el cliente lo primero que tuvo que responderle era que sí, que la alberca estaba adecuadamente emplazada en el conjunto; los cuarenta metros cuadrados de la casita estaban planeados en función del yacuzzi, sí señor, el agua también, con dos conexiones, una para el agua de mar y la otra para el agua corriente. No, la máquina de hacer burbujas no se vería. En la parte de abajo de un armario. Sí, cómo no, esperaba... sí, señora... también: sí, había previsto el lugar donde emplazar el televisor. ¿En qué lugar? Bueno, tendría que mostrarle los planos. Por teléfono era difícil, pero visto desde arriba, a unos cinco metros al noroeste del yacuzzi. Cómo pagar el préstamo era harina de otro costal, estar empeñados hasta la cintura o hasta el cuello daba lo mismo, pero la vida con un yacuzzi era otra cosa; todo bien con tal de que la tele se capte desde la nueva casa, viejo, aunque en el peor de los casos con una antena parabólica el tema quedaría resuelto, eh, estás chiflada, ella podría cuidar las plantas del patio mientras él se quitaba el estrés en el yacuzzi; qué va, era al revés, viejo: mientras ella se sacaba el estrés mirando la tele, él podría acarrear la tierra para rellenar los huecos entre las rocas, para más adelante plantar algo y cuidarlo; calláte, nabisona, ella sabía muy bien que el tiempo libre lo dedicaría a darse baños en el yacuzzi, y ella: que no empezara a joder la paciencia desde ahora, ella ahora mismito se iba a mirar la tele, así de paso no lo oiría más. (¡Vieja tarada! Yo me mando mudar (Cemelfaaavor, ¡gordo pelo-tudo! Ya para el club a darme un buen baño me tenés podrida con tu manía de la en el yacuzzi y ni te contesto: piscina con burbujas, cuando esté quedate nomás, embruteciéndote con lista te vas a mudar para allí y te esos teleteatros de porquería qué vas a hacer servir el desayuno en me importa, si cambiar ya no vas a el maldito yacuzzi, y lo que nos va cambiar más, te conozco: ¡si te a costar todo, vago, maniático: conoceré, vieja naba!) ¡viejo atorrante!) El cliente lo había exigido: lo primero que tenía que estar listo era la piscina de burbujas. Quería inaugurarla lo antes posible, pero los trabajos se retrasaron porque surgieron dificultades con el tendido de las cañerías (ciento cincuenta metros más de los previstos al comienzo) sobre, por debajo y, a veces, evitando las rocas. La obra se encareció por los jornales y la mano de obra especializada que hubo que contratar, de modo que fue necesario eliminar la kitchenette y achicar la construcción a treinta metros cuadrados. Con todo, y de acuerdo con los deseos del gordo, se hicieron primero las instalaciones eléctricas y sanitarias imprescindibles. El día en que el yacuzzi estuvo listo, apenas habían levantado las paredes de la nueva casita; la construcción carecía de techo, pisos y ventanas, y aunque llovía a cántaros fueron a inaugurar la piscina de burbujas, que los esperaba, lista. Al verla, el sujeto esplendió de improviso. Comenzó a desnudarse y sin más trámite se metió adentro, luciendo una cara de felicidad como hacía años no vestía. De lejos, el gordo se asemejaba a un cerdo entero hirviendo en una gran marmita. Bajo el paraguas y la lluvia, tres horas lo esperó la mujer, dechado de previsión, munida de un bolso con comida y una toalla de baño. Mientras le iba alcanzando trozos de torta pascualina o sándwiches de atún que el gordo iba comiendo con los ojos cerrados, la señora mitigaba su irritada consternación pensando que el marido, tarzán con medias, era un fuera de serie: ¡Por Jesuristo Señor! Se necesitaba una buena dosis de grandeza y valentía para sobreponerse al ridículo, para ignorarlo de manera tan flagrante. No siempre las cosas del matrimonio habían estado tan mal; al comienzo de la relación el hombre, delgado y romántico, hasta se había fracturado una pierna al caerse de un muro al que había trepado para robar una rosa para ella. Después de casados, ella advirtió que él actuaba por ondas, luego manías; períodos en que un solo interés lo dominaba y esclavizaba: la mineralogía, la electrónica, la retórica y el estudio de las aves antárticas se habían sucedido, sin tregua, llevándola a encerrarse en el refugio del que ya no podría salir: la televisión. Al hombre, a su vez, eso lo irritaba. El carácter se le había agriado y ahora era un individuo irascible que, si bien todavía se avenía a discutir, a la postre no admitía la ejecución de otra voluntad que la suya. Hasta entonces, el más prolongado de los hobbies había sido la gastronomía, ocupación de cinco años que lo había transformado en un ser grasiento, pero que también lo había dotado de un exquisito gusto por los platos refinados y un olfato que lo hacía rugir, apenas llegaba del trabajo y abría la puerta: -¡A ESA SOPA LE FALTA SAL! -y ella la probaba, y era cierto. Ahora era el yacuzzi, y aunque sentía que no estaba dispuesta a llevarle el apunte por mucho tiempo más, había que ver que por el baño de burbujas se habían jugado el todo por el todo: el yacuzzi era una realidad que ocupaba el centro de la nueva casa y los había endeudado de manera horrible. No había podido convencerlo de que aquello era tan inútil como una bocina en un avión. Ella argumentaba contra la idea en sí, pero con sus conocimientos de retórica, él la rebatía defendiendo sólo un aspecto de la idea; por ejemplo, el emplazamiento de la casa: "En las rocas, sobre todo en las de granito terciario, hay algas; se pueden juntar y hacer buñuelos, empanadas, soufflés... Además, la cercanía de la costa me permite alternar el baño de agua dulce con el baño de agua de mar. Y allí podré estudiar las rocas y los pingüinos". Ella, que ya había hojeado la literatura del curso de yacuzzi que el gordo había hecho durante un mes, terminó por aceptar que el baño con algas era un capítulo importante para él. Era indiscutible: estaba casada con un papanatas. Iban a visitar la construcción dos veces por semana. Desde el ventanal podían verse las olas que rompían y a veces proyectaban al aire chorros de agua y espuma. Por la tarde aparecían siempre grandes bandadas de gaviotas, que revoloteaban buscando peces o camarones. Por fin llegó el momento de vender la vivienda en la ciudad y buscarse otro trabajo en el pueblo más cercano para poder radicarse en la soledad compartida del yacuzzi entre las rocas. El gordo lo había logrado; con el dinero de la venta de la casa pudo comprarse un local comercial pequeño, pero con movimiento, en el pueblo cercano. El dinero no había alcanzado para dar la terminación por fuera, pero por dentro todo estaba en su lugar: el rincón de la tele en colores y video, la cama de matrimonio, la heladera y el freezer, y aunque tenían que cocinar en la sala-dormitorio, la vida empezaba a reorganizarse. Todas las mañanas desayunaba en el yacuzzi y se iba al trabajo; ella encendía la tele, miraba un rato y luego caminaba entre las rocas hasta llegar al arenal, trepaba y bajaba algunos médanos, ganaba el camino, se allegaba hasta el almacén, hacía las compras y regresaba. Si le tocaba a ella cocinar, lo hacía mientras miraba la tele; si no, sentaba su cansancio frente al televisor y esperaba a que se hicieran las cuatro, hora en que prendía el yacuzzi del marido para que el agua estuviera a punto para aguardar la humanidad de su señor esposo. Apenas llegaba, él se desvestía y se sentaba un par de horas para que las burbujas le acariciaran las pelotas y los rollos. Luego salía, se secaba, se ponía una bata, cocinaba. Al principio se permitió prescindir de la alberca mientras cenaban, pero pronto se hizo servir la comida en el yacuzzi, y entonces ella se llevaba su plato al rincón de la tele y ambos comían por separado, cada cual disfrutando de su mundo. Habían logrado una convivencia decorosa, basada en un acuerdo. Ella no se metería con el yacuzzi, que era propiedad inviolable del gordo, y él no le diría nada de la televisión, que era propiedad inviolable de ella. Pasaron así varios años. Lo apartado de su vivienda y la falta de teléfono, hicieron que perdieran el contacto con sus pocos familiares en la capital: la hermana de la mujer y un primo de él, a quien ya antes poco veía. La entente se vio interrumpida el día en que ella transgredió la rutina. La noche anterior habían discutido hasta muy tarde; ella tuvo dificultades para dormirse y por la mañana él le exigió que para la noche le preparara una paella, por lo que debió caminar siete kilómetros más de lo habitual, en busca del pollo fresco, el azafrán y los morrones amarillos. Sólo hacia las tres, después de afilar bien la cuchilla, estuvo lista para empezar a cocinar, pero sintió que la voluntad no era suficiente. Estaba muy cansada y se dijo que tal vez tomar un baño de yacuzzi la despejaría. La idea la tentó y por fin se decidió; lo haría a escondidas, sólo media hora. Encendió el aparato, puso agua de mar, se desvistió y se sumergió en las burbujas. Era la primera vez, y le resultó tan placentero que no pudo menos que atenuar el menosprecio que sentía hacia su marido. La sensación era magnífica; el relax tan grande que no extrañó el teleteatro de las quince y treinta. Poco después se había quedado dormida. Cuando el gordo llegó y abrió la puerta se sorprendió gratamente al no oír lo que siempre oía cuando entraba. Por alguna razón, ella no estaba dándose su baño de imágenes. Ni los diálogos del culebrón ni la alternativa, no mejor por cierto, de la publicidad, lo irritaron. Oyó en cambio con deleite el ruido burbujeante del yacuzzi encendido. Mientras comenzaba a desvestirse se preguntó qué demonios estaría haciendo su mujer, tal vez de compras o habría ido a las rocas a buscar mejillones para la paella, y de pronto asomándose a la sala: la imagen de la ¡VIEJA NABA! dormida en la piscina de burbujas, su pelo suelto, la cara plácida, encendida y algo transpirada. El gordo sintió que comenzaba a temblar de ira, que iba poniéndose colorado, que levantaba presión, que el corazón le latía con furia y las oleadas de adrenalina iban inundándolo; sintió que un grito, un grito de prehomínido empezaba a nacerle cuando cerró los ojos y de pronto lo civilizó una sensación nueva, de odio intenso y sereno, desplazando aquella primera reacción de ira incontenida e irracional. No él; ella, gritaría. Logró así calmarse un poco. En vez del final wagneriano que había entrevisto, a las cuchilladas con la mujer desnuda en el yacuzzi, ideó algo más refinado y limpio. Resueltamente, mas con sigilo, fue hasta el rincón del televisor y lo desenchufó. Buscó un destornillador, abrió la tapa de atrás, peló dos cables que puso en contacto, enchufó el televisor en un alargue, y lo sumergió en el agua. Luego se puso una bata, conectó el alargue a un interruptor en posición de apagado y enchufó el extremo de la conexión en la toma de electricidad en la pared. Con el interruptor en la mano, se apoltronó en un sillón, vuelto hacia el yacuzzi, y esperó. Los ruidos que podían escucharse en la casa eran los de las olas en las rocas, los graznidos de las gaviotas y el burbujear del yacuzzi. La mujer no roncaba. Ella dormía en silencio; nunca se había quejado de los ronquidos de él. Una vez él le había preguntado si roncaba y ella: un poco, pero no la molestaba. El gordo apretó las mandíbulas y acarició el botón del interruptor. Miró la faz de la mujer dormida, tan conocida. Ella era Lo Conocido. El aire envenenado de la seguridad. ¿Cuántos años la había soportado? ¿Treinta y cuántos? ¿Y ella a él? ¿Cómo sería él desde la perspectiva de ella? De pronto se dio cuenta de que tal vez no era, tal vez no había sido demasiado justo. Él tenía bien pocos amigos, pero ella... ella no le había dado hijos, pero sí compañía, amistad, calor humano. ¿Amor? La soledad, ¿cómo sería? Vivir solo. Lo Desconocido. Pensar que nunca más la tendría a su lado le provocó una súbita angustia, casi una punzada en el pecho que no lo dejaba respirar bien. ¿Y los parientes? Hacía años que no tenía contacto con ellos; le sería fácil explicar una separación; ella se había mandado mudar vaya uno a saber dónde. Pensó en arrepentirse, en desenchufar todo (En ese momento una racha de viento pareció tomar impulso y abrió la ventana de la sala. Un fuerte olor a mar desalojó los vapores enrarecidos; el gordo se sintió mejor pero se levantó y cerró la ventana. Después tornó a sentarse, a meditar en su mujer) pero a la vez sintió que había atravesado una frontera y que ya no le era posible regresar. ¿Y si ella se despertaba y veía todo lo que él había ideado para electrocutarla, y él no era capaz de oprimir el interruptor? ¿Sería capaz de soportar la mirada de su mujer por el resto de los años, o de los minutos que le quedaran por vivir? Tornó a observarla. "Vieja naba, vieja naba", se repetía, tratando de infundirse el odio y el valor que empezaban a faltarle. Tal vez era mejor no esperar a que se despertara, tal vez era mejor hacerla pasar de un sueño al otro, y a otra cosa. "Vieja naba a la una... vieja naba a las dos... vieja naba a las...". En aquel momento el gordo empezó a sollozar, ella se despertó y murmuró apenas algo que él no pudo entender. Tenía la mirada de un carpincho sorprendido en un arroyo, cuando alcanza a divisar al cazador instantes antes del disparo. Con los ojos inundados de lágrimas él se incorporó y vio cómo ella cobraba conciencia de su posición, veía aún sin darse cuenta de que había un televisor en el yacuzzi, comenzaba a intentar levantarse mientras balbuceaba algo de que se había quedado dormida, que la perdonara, la mirada recorriendo el cable, a su marido, la mano, comprendiéndolo todo, mirándolo con infinita tristeza a los ojos y él llorando, él oprimiendo el interruptor, él sin marcha atrás, definitivo. El grito fue bestial. Mientras ella terminaba de achicharrarse en medio de convulsiones violentas que desalojaban el agua del yacuzzi, él supo que nunca lo olvidaría. Cuando apagó el interruptor y desenchufó el alargue, no quiso mirar. Se sumió en un estado de inacción soporífera que lo mantuvo protegido del horror y de las lágrimas. Sólo hacia el amanecer quedó a la intemperie de los hechos y pudo empezar la faena. Una hora más tarde, el gordo atravesaba el frío claro de la costa, trasladándose con dificultad rumbo al agua con una gran bolsa de nailon. Las gaviotas parecían saber de qué se trataba, como si hubieran esperado aquello desde siempre; empezaron a aparecer más y más, a revolotear y a graznar, agradecidas y alegres. Afortunadamente el freezer era grande; logró llenarlo y que no sobrara nada. Ahora dispondría de tiempo, tal vez varias semanas para recuperar a su mujer. Pero después lo esperaba algo desconocido: la soledad total del yacuzzi entre las rocas. =========================================================================== Barco en la nieve ¿Puedes vislumbrar esa verdad intolerable para los mortales: que todo pensamiento profundo y honrado no es sino el intrépido esfuerzo del alma para mantener la libre independencia de su mar, mientras que los vientos más feroces del cielo y la tierra conspiran para arrojarla contra la costa servidora y servil? Herman Melville (Moby Dick, XXIII) Cuando aquella mañana fui al barco a buscar órdenes estaba lejos de sospechar que sería la última vez. El día anterior la temperatura había subido y la nieve se había derretido, pero por la noche hubo cinco grados bajo cero; un manto de hielo cubría el muelle. La cellisca se desplomaba sobre el puerto. La nieve asordina los ruidos hasta extremos tales que ningún sonido parece haber en torno de nosotros. Yo caminaba con cuidado sobre el silencio, y mientras mis oídos lloraban por él, la nevada se espesaba sobre las grúas, los cargueros, el agua congelada. Sólo cuando empecé a divisar los mástiles, ya sobre el espigón, fue que las nubes se abatieron hacia el suelo, el viento y la nieve cesaron y una niebla de claro ceniza envolvió todo. Me detuve y permanecí de pie en medio de un atroz sosiego blanco. Yo sospechaba, tal vez sabía que estaba en algún lugar sobre el muelle, pero ninguna referencia me orientaba. ¿Dónde estaba el arriba, el abajo? ¿Dónde el sur? Cerré los ojos y la albura deslumbrante se tranformó en palpitante oscuridad. Sin moverme del lugar, me saqué los guantes y extendí los brazos; sentí la crudeza de la nieve en la palma de mis manos. Me quité la gorra y lo frío me alcanzó la nuca. Estaba, pues, no de pie, sino de espaldas. Abrí los ojos y vi un ampo compacto, sin matices. La bruma era tan espesa que no podía verme ni las botas ni las manos. Miré el reloj largamente. Estaba detenido en las diez y diez; las agujas formaban una V. Quise ver en el tiempo suspendido en la blancura, en el silencio, el signo de victoria. Cerré los ojos y viajé en el tiempo hasta un recuerdo de días felices. Estuve no sé cuánto en aquellas vacaciones de la memoria. Cuando regresé, abrí los ojos y aún estaba como flotando en medio del aire aneblado; aún eran las diez y diez. ¿Qué estaba haciendo yo allí? Los que hablan, no saben. Los que saben, no hablan. Tal había escrito el mando. Como el mando era sabio emitía sus órdenes a través de mensajes escritos. Eran engranajes misteriosos para el logro de metas. Estaba escrito: "Alcanzar objetivos a fin de poner orden en el desorden". Para mi grupo, las misivas eran expresión de designios insondables. No incumbía a mis obligaciones entender el porqué de lo que había que hacer, ni comprender cómo lo realizado ordenaba el caos. Sólo cumplir. Cumpliendo, me sentía seguro. A veces, el mando dejaba en sus escritos no mandatos, sino aseveraciones. No tenían una relación directa con las instrucciones que recibía mi grupo. Tal vez eran para que yo reflexionara. Una vez, el mando había escrito: "Los grupos varían con respecto al número de personas que lo componen". Esta afirmación me hizo comprender por qué mi grupo estaba compuesto sólo por mí. Siempre había sido así, pero no era seguro, por lo visto, que fuera de ese modo para siempre. Si lo que estaba escrito era cierto, el número de personas que componía mi grupo, "variaba". Es decir, podía variar. Un día podíamos ser dos. O más. El mando intercalaba las aseveraciones entre una seguidilla de órdenes. Nunca se sabía cuándo uno iba a encontrarse con una de aquellas sentencias. La última que había leído me impresionó: "La cantidad de sentido común con la cual está dotada una persona, es por lo general una cantidad fija desde el nacimiento". Esta afirmación me había hecho pensar. Mientras durara la niebla era peligroso moverme, pero tenía que llegar hasta el barco a buscar las órdenes -si las había- y cumplirlas. Resolví arrastrarme en alguna dirección hasta que el piso se acabara. Entonces yo habría llegado hasta el canto del muelle. Continuaría de esa manera, reptando a lo largo del borde. Con suerte, estaría en el lado conveniente. Con más suerte, reptaría en dirección al barco. Era, me pareció, mejor que no hacer nada. Pasé a ejecutar mi plan, pero casi de inmediato la niebla se disipó. Recobré el sentido del equilibrio y la orientación. Las nubes, convencidas por una brisa firme, se alejaron hacia el horizonte y el sol iluminó la belleza radiante del fondeadero. Me puse de pie y miré el reloj: eran ya las diez y veinte. El barco me miraba desde la inmovilidad de la proa y su figura blanca fue acercándoseme paso a paso. Sólo pedía navegar. Yo veía ahora el puente y la cubierta tapados de nieve. De las sogas de amarre, de los estayes, de los tensores de viento y obenques colgaban estalactitas de hielo. Caminé a lo largo de la banda de estribor, mirando la arboladura sin velas, sin jarcias de maniobra ni gallardetes. Subí a bordo; abrí la escotilla y me introduje en la cabina. Apenas mis ojos se acostumbraron a la oscuridad vi el pliego que me esperaba en la mesa de navegación. Era parte de mis deberes de rutina controlar la hora cada vez que abría un sobre con órdenes, y controlar la hora en el momento en que quedaban cumplidas. Eran entonces las diez y media en punto. Las disposiciones eran forrar un cabo en descuello. Como siempre, el mando no se había contentado con establecer el objetivo. También había señalado los medios y el modo de lograrlo. Yo tenía que usar una maceta de forrar, con una canaleta opuesta al mango, de modo que se adaptase bien al cabo. Tenía que ir liando en torno a él un meollar B, con las vueltas juntas y tirantes, pasando tres vueltas por la cuerda y una por la meceta, en sentido contrario a la colcha. Al final, tenía que armar una gaza doble de encapilladura, uniendo las filásticas de los chicotes de dos cabos con los firmes del otro. Yo tenía una noción: una sospecha de qué cosa podrían ser las filásticas, los chicotes y los firmes. Concluí que no era un mal comienzo, pero después de haber releído las instrucciones me convencí de que el mando tenía una indiscutible tendencia a sobrevalorar mi capacidad. Después me puse a pensar, profunda y honradamente, creo, aun sabiendo que lo que debía hacer mi grupo, lo que se suponía y se esperaba que hiciera, no era pensar, sino pasar a la acción. Cumplir la orden. Cumplirla, aunque para ello debiera despejar primero las incógnitas. Averiguar qué era "en descuello", cómo era una maceta de forrar y dónde podía obtenerla, enterarme de qué demonios eran un meollar B, una gaza doble y una encapilladura. Y obtener un cabo en descuello. Soy corto de pensamiento. Pensé, pero no llegué a ninguna revelación. Tampoco a saber quién era el mando, ni por qué yo recibía y cumplía órdenes. Uno a veces hace esfuerzos intensos, dolorosos, y no llega al objetivo. A veces llega, pero no lo sabe. A veces, sólo avanza, y eso tal vez no esté mal. Alcancé a pensar que aquel barco en la nieve era yo, y que mientras estuviera fondeado estaría seguro. Continuaría recibiendo órdenes del mando. Y lo que era peor: cumpliéndolas. Mientras yo pensaba, mientras llegaba a esas módicas certezas, todo en mi torno volvió a ponerse albo, como cuando la bruma bajó sobre el muelle. Miré el reloj: eran las diez y diez. Desde la esfera del tiempo, alguien me saludaba con los brazos en alto. =========================================================================== Sangre rota (Apuntes para una historia de Santiago) como si tu arte fuera la verdad en tanto aire tanto dolor a grito conservado a paredón absurdo a sangre rota Silvia Guerra (Idea de la aventura) 1 Más de un cuento se ha despertado una mañana y descubierto que se ha transformado en un horrible insecto. Es mejor advertirlo desde ahora: este texto hará transparente lo que, también por artificio, más de uno opaca: no que el narrador, sino que la autoridad de la voz del narrador no es ni ha sido nunca inocente. Permítame pues, lector(a), que por una vez empiece con un halago, exigiéndole que ponga a pleno su capacidad. Veo que este comienzo lo (la) asombra un poco; usted ha decidido continuar la lectura. -¿El comienzo? -Sí. Cierto. De algún modo hay que exponerlo. Aunque sea con una serie de afirmaciones más o menos reñidas con el buen gusto, del tipo: "Hacia el oeste el sol incendiaba un cielo que parecía repleto de ovejas rosadas". El pampero refrescaba, tirando más bien hacia frío, y por momentos se hacía sentir más, arreando aquellas nubes hacia el este. Cuando se vieron las primeras estrellas y la oscuridad fue ganando el campo inmenso, comenzaron a encenderse fogones, innumerables, como humano contrapunto a los fuegos celestes. (Eso es, algo así. Recordar que va sin música.) El negro mateaba, callado. Escuchaba las historias de sus compañeros de pelotón, aprendiendo algunos detalles, tratando de comprender el porqué de otros, luchando contra el sueño que ya lo acosaba. Los hombres estaban rodeados de una oscuridad que también se alojaba, por efecto de las bailarinas llamas del fogón, en ondulaciones sobre los rostros rojizos y las ropas de quienes rodeaban la lumbre. Uno de los soldados, de cabellos luengos, sucios y enmarañados (¡No! ¿En serio?), le preguntó al negro cómo era que, siendo tan bisoño, se les había reunido. Atención: no poner demasiada ironía, y ojo, tampoco excesivos paréntesis, no vaya a ser que te bajen la guadaña, y no guiñar demasiado al lector, que eso molesta; retomar ahora la orgía de adjetivos, y para que no se note la costura un gerundio, seguir: Venciendo la timidez, el negro, a modo de respuesta, comenzó a narrar su peripecia. Santiago, esclavo de los Oribe, y acá es como si fuera otro narrador, pero basta de sutilezas, había ido al mercado para adquirir canela, encargar azúcar en piedra y un carretón de leña, sin sospechar que ese día comenzaba su camino a la libertad. Había cumplido el mandado como siempre, bastante satisfecho por esa autonomía de bolsillo que disfrutaba, por una hora, respirando a pleno pulmón el olor de la bosta, mezclado con el del tasajo y de las especias. Se aprestaba a retornar cuando oyó: los comentarios de los feriantes primero, luego un sordo rumor lejano y, por último, los rataplanes de tambores militares. Allá a lo lejos se divisaban las banderas y los caballos de los mandos. La columna se acercaba, serpeando lenta por el filo de la casi cuchilla que algunas chacras y calles intentaban disimular. Dentro del recinto amurallado, aguateros y mercachifles, esclavas y matronas, comerciantes y pillastruelos se alineaban a lo largo de las fachadas, con la expectativa o la inquietud visible en los rostros, aprontándose para ver la llegada de los brasileros. El esclavo se apresuró (no "apuró", finoli, ) a entrar a la ciudadela y buscó un buen lugar. Y lo encontró, por cierto, frente a la plaza de la Matriz, al lado de una negra que, sosteniendo sobre la cabeza un atado de ropa, se disponía a presenciar el espectáculo. Entraba el regimiento de Bentos al área fortificada, y el que no sepa quién era, al libro de Historia Patria, march. Uno tras otro, alineados de a cuatro pasaban los dos mil hombres por la Puerta, con buen y garboso paso de botas altas de cuero, marcado por el redoblado entusiasmo de los redoblantes. Re-barato el truco, pero efectivo, resulta que abrían la marcha los oficiales del estado mayor, cuyas monturas piafaban, ansiosas, como presintiendo el descanso y la libertad de los potreros que los esperaban. La cabeza de la columna pronto llegaría a la Catedral. Santiago miró a la negra. Vio sus altas caderas, el talle airoso, los senos bien pronunciados. Estaba embelesado en la contemplación de tan hermosa mujer. Cuando ésta le devolvió la mirada, él le sonrió con todos los dientes. La negra esbozó una sonrisa; él, optimista y animado, le preguntó: -¿Dónde trabaja, misia? -En casa de los Casavalle -dijo ella, bajando los ojos. -Y yo, en lo de don Oribe. -Pues, mire usted... -La vi el otro día, para el lado del lavadero... ¿va todos los días, misia? -De mañana. -¿Y cómo se llama? -Elaida, me dicen. Elaida Casavalle. En ese momento se interrumpe el discurso mimético y la pesada voz que se hace recordar a cada instante postula que comenzaban a llegar los caballos a la altura del Cabildo; la presencia altanera de los jinetes, los símbolos del poder, impusieron silencio a los dos esclavos y pronto desfilaron ante sus ojos los dorados arreos, los morriones con penachos, las corvas vainas de los sables de taza, las banderas, tras las que venían los atambores y trompetas, y luego, la soldadesca. Pese a que los había visto antes como algo natural, Santiago se dio cuenta, en ese momento, de que una parte de la tropa, una compañía entera, estaba compuesta por hombres de su raza. Un negro podía ser, entonces, soldado. Un soldado no era un esclavo. Sintió algo que lo pinchaba en la espalda y lo empujaba. Sobresaltado, se volvió: era un sirviente mulato que empuñaba un bastón y lo estoqueaba, ahora en las costillas. Lo miraba con odio y seguía acosándolo, en silencio. -¡Fuera de acá, negro! -lo intimó, una vez, en voz baja. Una furia repentina invadió a Santiago y apenas pudo reprimir el impulso de arrojarse contra aquel mulato. Fue así, por fortuna: a sus espaldas estaban marchando los soldados; era hora, además, de regresar donde sus amos. Sin decir palabra, recogió sus cosas del suelo y se marchó, calle abajo, rumbo al puerto. A mitad de cuadra diose media vuelta y observó con desánimo que el mulato hablaba con Elaida. La columna de soldados comenzaba a doblar por la calle de la Matriz, bordeando así la plaza por sus lados sur y oeste: todos desfilarían frente a la Catedral, un capricho del autor o de los religiosos mandos, vaya usted a saber. Cuando llegó a la casa, Santiago no comentó nada sobre lo ocurrido con el mulato. Entregó la mercancía que había adquirido y los patacones del cambio y, como no recibiera órdenes, se retiró al galpón del fondo, donde tenía sus pocas pertenencias. Una de ellas era una polvera con un espejo. La abrió y se miró, igual que otras veces, como buscando respuesta a las preguntas que le planteaba su identidad, su postura ante los problemas y dudas de su existencia: flor de filósofo. Era un muchacho en los veinte años, de nariz y boca anchas, frente alta y abombada. Conservaba la dentadura completa; tenía pómulos angulosos y unas pupilas vivaces que flotaban en un blanco acaramelado. De mandíbulas regulares, sin ser prominentes, la cabeza parecía pequeña en lo alto de un cuello macizo, acorde con el resto del cuerpo, fuerte y proporcionado. Satisfecho con el examen y con mi decisión de no incluir un flashback que se explayaría sobre sus orígenes africanos, se dijo que no era tan feo como para desagradar a misia Elaida. Al día siguiente, por la mañana, el ama le ordenó que fuese a comprar carne. El esclavo se encaminó primero hacia el lavadero, con la esperanza de ver a Elaida; luego se apresuraría hacia el matadero y, en caso de llegar tarde a la casa, diría que había mucha gente. Cuando se hubo acercado a las lavanderas vio que de atrás de una carreta se aparecía el mulato, corriendo hacia él con el bastón levantado, insultándolo y con la clara intención de golpearlo. El mulato se resbaló en el verdín de unas rocas y cayó de espaldas. Santiago tomó una gran piedra, la levantó con sus dos brazos, y, loco de furia, sin ver que el mulato se había desmayado, la arrojó con fuerza sobre la cabeza del hombre caído. Aquello sonó como un melón al caer en los adoquines, o como una cucaracha aplastada, no exageremos, y salpicó hasta a las lavanderas que, de inmediato, malditas alcahuetas, comenzaron a gritar y a señalarlo. Transformado de pronto en homicida, Santiago corrió, alejándose de aquel lugar. Se ocultó en un portal y se puso a pensar qué hacer. El amo no estaba en la ciudad y, aunque pertenecía a una familia poderosa, no era seguro que pudiese defenderlo. Por otra parte, el criminal tenía presentes demasiados y recientes ejemplos de esclavos que, habiendo huido, eran capturados a poco por los blancos, escarmentados en lugar público y luego mutilados o incluso degollados. Pero él siempre esperaba lo mejor de la vida. Resolvió encomendarse sin más a sus santos protectores, volver a casa y contarle a su ama lo que había ocurrido. Hasta allí había llegado el relato, que fue interrumpido por el toque de silencio. 2 Tomás Gómez, el encargado de proporcionar monturas, y Juan Antonio Lavalleja, el jefe de la expedición, habían quedado, cada uno a su manera, satisfechos: finalmente, y después del desencuentro inicial, se había logrado un acuerdo sobre el precio de la caballada. Todos montados, la columna iba creciendo, pues constantemente, adverbio va, adverbio viene, como si cualquier cosa valiera, hay autores que le sirven cualquier basura, lector(a), constantemente, decía, se le sumaban paisanos. El contingente que encabezaba la columna era mandado por Manuel Oribe. Entre la tropa que lo componía, armado sólo con una tacuara en cuya punta habían amarrado una hoja de desjarretar ganado, cabalgaba Santiago. Nunca antes había montado un caballo; estaba aprendiendo sobre la marcha, que era al trote. Tenía ya las asentaderas y la espalda como apaleadas, y cada tranco del tordillo le dolía. Grande fue su regocijo cuando, tras remontar una loma, llegaron frente a unas casas y los oficiales mandaron hacer alto. El negro estaba rendido, pero lo colmaba un sentimiento de felicidad por su recién ganada libertad. Sólo el recuerdo de misia Elaida y el saberse buscado en Montevideo menguaban en algo aquella dicha. Cuando hubo echado pie a tierra quiso tirarse a descansar, pero un gaucho que había sido designado para enseñarle y guiarlo durante sus primeros días como soldado de la patria le indicó que debía sacarle el recado y los arreos al caballo, procurarle agua y soltarlo luego para que pastara. Así lo hizo Santiago. Una vez armado el fogón, los hombres comieron y se reunieron en torno al negro, pidiéndole que continuase el relato que había interrumpido la noche anterior. 3 Después de haber matado al feudatario de los Casavalle, el esclavo había ido a la casa de su ama y se había sincerado con ella. De inmediato la mujer lo había encomendado a un servidor de la familia. Éste le había dado nuevas ropas y, siguiendo órdenes precisas de la señora, lo había ocultado bajo unos cueros en una carreta; de esa manera lo había sacado de la ciudadela. Una vez afuera se habían dirigido hacia una quinta de propiedad de su amo, el señor Oribe, donde obtuvieron dos caballos. Acompañado por el sirviente, había cabalgado durante varios días hasta encontrarse con la fuerza que ahora integraba y que, por lo que sabía, se aprestaba a entrar en combate contra los invasores. Apenas hubo terminado de contarles su peripecia, sonó el clarín de silencio, carajo, y pronto estuvo como sus compañeros, bajo la bóveda tachonada de puntitos playeados, cubierto por su raído pero abrigado poncho. Recordó la polvera con espejo que tenía en la alforja. La sacó, la abrió y con esfuerzo logró verse, iluminada su cara sólo por la luz de las estrellas. ¿Qué eras, Santiago? ¿Un hombre libre? ¿Ya? Tal vez, se dijo; sonrió y los dientes blancos se vieron en la oscuridad del azogue. Guardó la polvera y a poco estuvo durmiendo. Sobrión: el vuelo lírico mejor guardarlo para alguna escena hacia el final, como para encajarle un uppercut a usted y dejarlo(a) lagrimeando; acá conviene que el negro se mire en el espejo y busque su identidad un poco nomás antes de dormirse (porque la cabalgata lo dejó fundido; muy dispuesto a esos esfuerzos existenciales no puede estar). ¿Qué? ¿Le parece, lector(a), que con estos comentarios se afloja la tensión del cuento? Es usted muy sagaz, pero relea el comienzo. Me permito recordarle que justamente: no es un cuento, sino apuntes para una historia de Santiago. El núcleo del texto estaría en permitir la reflexión sobre uno de los efectos que intento crear: el de que usted está asomándose al taller de un cuento. Continuemos: El jefe del pelotón, que no confiaba en los bisoños -¡y lo bien que hacía!-, había decidido que esa primera noche Santiago no hiciera la guardia. Sabía, porque tal se lo habían dicho y porque el hombre lo mostraba de todas veras, que era la primera vez que estaba en campaña. El jefe prefería que fuera acostumbrándose de a poco a la vida militar. Santiago se despertó con los clarines del alba, el poncho mojado de rocío. Al rato pasaron repartiendo carne. Las órdenes eran asar y comer y alistarse para reemprender, hacia la media mañana, la marcha. Algunos dicen que ya no se puede escribir como antes; lo que no se puede, y usted lo sabe muy bien, es leer como antes, de modo que disculpará lo que sigue: El sol no terminaba de despejar la niebla, tul blanquísimo que se demoraba en las hondonadas del campo, hasta donde alcanzaba la vista humana, nimbando los contornos de árboles y promontorios. Los benteveos, sin embargo, cantaban con entusiasmo entre los talas y quebrachos que rodeaban las casas, como si a través de la niebla vieran los insectos y las larvas que los alimentan. Pronto se elevaron hacia el cielo diáfano innumerables columnas de humo, provenientes de los fogones; el olor a tierra húmeda se disipó, las pavas fueron alistándose para el mate y, antes que las brasas y el asado, corrió entre la tropa algún trago de aguardiente de caña. El retumbar sordo del galope de un caballo los alertó, casi al mismo tiempo que un tiro al aire de algún lejano guardia de avanzada. Un alto oficial, a juzgar por sus entorchados, llegaba galopando al campamento. Se detuvo y fue de inmediato rodeado por los hombres de confianza de Oribe, quien pronto se apersonó y, pese a las protestas del recién llegado, lo hizo introducir prisionero en el rancho que hacía las veces de comandancia y donde se albergaba Lavalleja. -¿Quién era ése, mi sargento? -preguntó Santiago a su jefe. -El Padrejón. -¿Y qué es, padrejón? -Vos andás muy preguntoncito, negro... -le dijo el suboficial. Santiago se retiró a matear cerca del fogón, y uno de sus compañeros, que estaba a cargo del asado, completó la información que el moreno había recibido: -El Padrejón es Rivera. Un jefe importante, que está... o estaba al servicio del Imperio. -¿Pero y cómo es que viene solo acá? Parece cosa de zonzo... -Mesmo -dijo el otro, alzó los hombros, dio vuelta el trozo de asado. Y si alguien echa de menos algún comentario o toma de posición del narrador, se embromó, porque aparecer, no aparece. La proyectada marcha a media mañana se vio postergada; sólo hacia la una de la tarde algunos vieron salir de la comandancia, abrazados, a Lavalleja, Rivera y Oribe. Parecían un sello conmemorativo. Pero allí estaban. Tras este episodio, las tropas comandadas por Rivera, acampadas a pocas leguas, se incorporaron al contingente. Transcurrió una hora más durante la cual los dos grupos se confundieron en uno, al intercambiarse sus componentes noticias, bromas y preguntas. Se impartieron luego órdenes; se ensillaron los caballos y la tropa formó. En el cielo, alto, revoloteaban los caranchos, describiendo lentos círculos, esperando las achuras que pronto abandonarían hombres y perros. El jefe máximo, rodeado de patillas y oficiales, de escoltas y abanderados, encaró a la tropa y le dirigió una arenga que el viento se llevó y Santiago no pudo oír. Luego se pusieron todos en movimiento, comenzando a bordear, hacia el este, el monte de guayabos, de espinillos, de talas, cada vez más ocultadores del arroyo que por ahí corría, cerca de las casas. Pasaron varias semanas. Los viernes y los martes hacían maniobras y ejercicios. Santiago no descollaba por su disciplina, pero a medida que iba comprendiendo sus ventajas cumplía cada vez mejor las órdenes. La vida nómada en la campaña hízose más llevadera para el moreno. Los rigores del invierno en retirada fueron cediendo. La tropa, en su avance, iba engrosando de manera notoria con el aporte, espontáneo o planeado, de nuevos contingentes que desertaban del servicio a los imperiales, así como de individuos aislados que encontraban en los caudillos, en su proyecto, una razón válida para vivir o para morir. 4 Santiago Oribe estuvo en combate dos veces. La primera vez fue el 12 de octubre de 1825, a orillas del arroyo Sarandí. Se había enterado de que las tropas de Bentos estaban cerca, en algún lugar de la otra margen, y que los jefes estaban indecisos. Oía que sus compañeros estaba ansiosos por pelear; a él, sin serle indiferente (sabía que tarde o temprano iba a tocarle), no le corría tanta prisa. Cuando recibieron la orden de pasar a la otra orilla un nudo de nervios se le estableció en el estómago y no lo abandonó hasta que estuvo frente al enemigo. Él peleaba con Oribe, cuya gente ocupó el ala izquierda. Santiago no sabía contar, pero vio que los suyos eran muchos y las líneas de dragones se extendían a lo largo de la orilla del monte del arroyo, dándole la espalda, hasta donde alcanzaba la vista: como una media legua. Saberse y verse como parte de varios miles lo reconfortó, y un nuevo sentimiento de pertenencia, de comunidad y solidaridad lo visitó. Acaso entonces supo qué era la patria. Ellos, los parias, eran La Patria. Todos callaban, aguardando. Frente a ellos, como a dos kilómetros de distancia, se veían las líneas enemigas. Unas nubecillas blancas aparecieron, casi simultáneamente, a lo largo de la mancha oscura que formaban los brasileros, luego se oyeron los cañonazos, bum, bum, bum, y pocos segundos después estallaban, cercanos, los primeros proyectiles. Algunos dieron entre las líneas patriotas, lejos de Santiago. El jefe del escuadrón repitió una orden que venía difundiéndose por boca de un ayudante de campo y que él, armado sólo de lanza y boleadoras, no pudo cumplir: -¡Carabina a la espalda y sable en mano! El silencio imponente de los dragones se vio interrumpido por un escalofriante sonido de varios miles de sables desenvainándose, acá los lectores y los adjetivos están afines, que la mano viene épica, luego se oyeron varios clarines repetir la orden de a la carga y un gigantesco clamor de todas las gargantas cundió por el espacio, a la vez que los escuadrones comenzaban a avanzar, al trote largo, pronto al galope. Santiago nunca había oído el retumbar de tantos caballos. El pasto, una borrosa mancha veloz, avanzaba hacia su encuentro, acortando la distancia que lo separaba de las filas del Imperio. Una granada de obús rugió con una carcajada sobre su cabeza y fue a explotar, con ruido de vajilla rota, a varios cientos de metros a sus espaldas. Siguieron apareciendo más nubecitas, se oyó como un lejano chisporroteo; algunos caballos rodaron al suelo. Pronto pudo divisar detalles de la caballería enemiga; las manchas eran ahora uniformes azul oscuro; las nubecillas blancas de la fusilería ya no se elevaban, perezosas, seguidas de un breve silencio antes del estampido lejano; ahora eran muchas, simultáneas a las detonaciones, secas, tac tac tac, truco querido, cartucho metido, cada vez más fuertes, cubriendo el campo de una niebla blanca que tardaba algo en disiparse mientras otras seguían apareciendo, y al avance del escuadrón se oían como abejorros funestos que zumbaban a veces y otras hacían rodar por tierra a jinetes y cabalgaduras. Por ahí venía algún otro símil galopando, que era esquivado por la voz del narrador, aunque no siempre, como un arquero que, toda una vida tapando agujeros, no puede evitar que le cobren penal y le metan algún que otro gol. Santiago se agachó, cubriéndose, escondiendo el torso con el cuello de su caballo, a la vez que bajó más la tacuara, sujetándola firme con la derecha y oprimiéndola con el codo, contra su cuerpo, bajo la axila. Cuando faltaban cincuenta metros entró a la zona del olor a pólvora; antes del entrevero vio que un soldado de la infantería le apuntaba y disparaba; sintió un zumbido feroz y algo caliente en la oreja y antes de que tuviera tiempo para pensar el hombre soltaba el fusil, se daba media vuelta, la espalda cada vez más grande y enseguida su media luna entrándole fácil entre los omóplatos, tumbándolo, la tacuara arqueándose y quebrándose y el cimbronazo brutal que le levantó el brazo mientras el caballo se entreparaba y caracoleaba, aterrorizado. Santiago dominó al bruto y volvió grupas con el vago propósito de ver si era cierto que había matado o herido a aquel blanco, pero era imposible verlo, y el caos empezaba a organizarse en forma de desbandada de la infantería brasilera que iba siendo perseguida por los jinetes patriotas, y por otro lado la entrada por el flanco derecho, a doscientos metros de él, de un cuerpo de caballería brasilera. Santiago sacó entonces las boleadoras y eligió a un granadero que iba huyendo, clavó los talones en los ijares del caballo que arrrancó con las crines al viento en dirección al fugitivo, uno entre decenas, y en el momento en que lo rebasaba lo golpeó con una bola en la cabeza. El hombre cayó al suelo; cuando nuestro héroe hacía volver el caballo vio con asombro que uno de sus compañeros echaba pie a tierra, sacaba el facón y tirando hacia atrás la cabeza del granadero que él había tumbado le abría el cuello de un tajo. Mientras miraba el chorro de sangre sintió que lo que estaba viendo no era cierto -a diferencia de un servidor; tengo que partir de que mi arte, ahora, es la verdad-, pero de la misma dirección venía un empuje importante de la caballería enemiga; buscó en vano con la vista al jefe del escuadrón; recordó un instante que estaba sin la oreja derecha y sangrando; vio un perro cimarrón que andaba en la vuelta con la cola entre las patas, pronto tuvo enfrente a un jinete brasilero, sable en mano y con intenciones de decapitarlo, así que salió a la carrera, Santiago y a por ellos en un santiamén, encomendándose a sus santos, que no eran pocos, macumbero perdido aunque vaya a saber cómo eran Xangó & Company por aquella época, con el miedo recuperado y la garganta seca. Nunca hasta entonces se había sentido tan mortal. Castigaba el caballo con furia, y en cada rebencazo parecía que se le iba la vida. Al cabo de un tiempo volvió la cabeza y vio con indecible alivio que se había sacado de encima al perseguidor. Volvió grupas y observó el campo de batalla. A la gritería de los soldados, a los tiros que cada tanto se oían se sumaba el relincho de los caballos heridos, el ladrido de los perros, las puteadas. El enemigo estaba en una retirada cada vez menos ordenada, en fuga por sectores y los patriotas, dueños ya del campo, continuaban la persecución. Un soldado imperial yacía a pocos metros, muy desprolijo, con una tacuara enterrada en el abdomen que lo pasaba de lado a lado. Santiago se acercó, se inclinó sobre él y vio que estaba vivo. Tomó la lanza y tiró de ella; el hombre exhaló un largo grito y abrió los ojos mirando con terror a Santiago, que no tuvo piedad o presencia de ánimo para poner fin al sufrimiento de aquel soldado. Se sumó en cambio al montón, de nuevo armado y sin tratar de hacer más méritos. Las pulsaciones de la oreja ya iban transformándose en dolor. Detuvo el caballo; con una náusea creciente vio una cantidad de soldados patriotas (podría ser: "con el miedo y el odio instalados en la cara", pero no) que estaban despenando heridos, así se forman o deforman las tradiciones de la Patria, pon, oh narrador, la nota de alerta, como quien le tira un pedazo de carne a los leones, aunque también conviene consignar que antes de la primera arcada nuestro personaje se dio cuenta de que habían ganado la batalla. 5 Después de aquellos hechos que nunca podría olvidar y de los que fue actor y testigo, la fortuna o el destino quiso que Santiago terminara toda la campaña del Ejército Libertador sin volver a entrar en combate. Lo cual, agrego, no le molestó en absoluto, como, espero, tampoco a usted le molestan ya estas intrusiones o pinceladas mías, ¿verdad? Está pensando cómo bastan unos ligeros toques para derrumbar cualquier ilusión, cualquier contrato entre autor y lector(a). Mi historia -lo contado, lo que le queda en el recuerdo después de la lectura-, entonces, ¿será recordada como algo farragoso e irritante? Quizá usted es un(a) lector(a) sutil, de los (las) que no se dejan adular así como así. Bien, retomando el hilo, afirmo: Primero fue asignado a la retaguardia, donde sirvió varios meses; luego fue mandado en comisión al regimiento de infantería número uno en la región del Durazno; por último, considerando su fortaleza, lo asignaron a un pelotón de artillería, a servir un cañón de campaña. ¿En qué trabajó? Pues cargando cajas de proyectiles, granadas y metralla, barriles de pólvora, estopa y cureñas. En una ocasión tenían que cruzar la pieza que servía hasta el otro lado de un arroyo. El jefe de la escuadra, un sargento tan atolondrado como impulsivo, calculó mal la carga que podía soportar la embarcación de la que disponían: en medio de la corriente un mal movimiento hizo que se perdieran cinco cajas de munición, estopa y pólvora. Santiago, que iba a bordo y no sabía nadar, se salvó de ahogarse porque pudo agarrarse a la cola de un caballo. El sargento, consciente de que había sido una burrada suya, y deseoso de librarse del castigo, echó la culpa del accidente a una imprudencia de Santiago. Éste protestó, si yo no hice nada mi teniente, mas acallaron sus protestas a rebencazos y fue puesto bajo arresto. Engrillado, mientras esperaba la sentencia del tribunal que le formaron, nuestro personaje meditó sobre su condición, y volvió a saber que aquello le pasaba por ser negro. Temió que lo fusilaran, pensó en misia Elaida, recibió la notificación la sentencia. Diez días, le salió barato, de calabozo. En el año 28 festejó con sus compañeros la firma de los tratados de paz. Digo yo: triste, no iba a ponerse. 6 En el apartado seis usted se encuentra con que la historia, que venía más nerviosa que milanesa de boliche, de pronto se pone escueta y pasa al presente: Transcurren años. En 1834 Santiago es mandado en servicio a Montevideo. Allí va a buscar a Elaida Casavalle al lavadero. Elaida, que lo reconoce, lo denuncia. Es apresado. Le hacen un juicio. El abogado defensor de pobres aduce que ha servido en las filas de la patria. Se decide ponerlo en libertad, pero debe PAGAR por ella. Doscientos pesos. Como no tiene dinero, le descuentan cuatro pesos todos los meses. Durante cincuenta meses, deberá trabajar sin percibir ni un solo patacón. Pero, por fin, es un hombre libre. Retorna al servicio de Oribe. Entonces usted se pregunta si esto, que en verdad debería haber sido el nudo dramático de la historia, no habría merecido desarrollarse más, enseguida se contesta que sí, qué desperdicio, ¡el momento epifánico, la conclusión, con gran fuerza dramática, con reflexión sobre la libertad, la opresión y la participación de los negros en la Independencia incluidas, vo-la-ti-li-za-do! Mas usted se acuerda enseguida del carácter del libro que tiene en la mano, al fin y al cabo hoy en día en un cuento de fin de siglo cabe todo, como en el libro y en la vida; hace un esfuerzo y encogiéndose de hombros lo da por mentira, pero lee acá que el autor, por mi intermedio, le asegura que la situación, el juicio y la sentencia sí ocurrieron, y manda decir que si no le cree vaya a la Biblioteca Nacional y consulte La Gaceta Mercantil de Montevideo, tomo II, número 38, del 26 de enero de 1830, en la página dos, y entonces pasa, antes de tirar la esponja pero un poco curioso, a leer el apartado siguiente, que es el lugar (dado el carácter temporal, sucesivo, de la literatura) donde... Santiago, quien aunque creación ficticia estaba atento a mi voz, se salió del relato, me encaró y me preguntó: -¿Cómo, "temporal"? -Que se realiza en el tiempo -le dije-, y no en el espacio o en ambos: en la sucesión. -¿Y por qué demonios lo simultáneo está excluido? Yo empecé a carraspear. El antiguo esclavo de los Oribe me miró como para comprender la explicación que suponía iba a darle. Pero este horrible insecto ya no admitía ni una pedantería más. Le hice señas de que regresara. Estará, supongo, en algún lugar del tiempo elidido de la narración. Porque ahora viene ("viene": valga la expresión, que ninguna palabra es casual) el lugar donde se cuenta el destino ulterior del personaje. Epílogo (en dos partes) 1 La segunda vez que Santiago peleó fue en el año de 1836, en Carpintería. Con más de una década de servicio, ya nadie habría podido decir de él que era un bisoño. Su antiguo amo lo había reconocido y a veces tenía para con él alguna frase amable. En aquella ocasión, Santiago combatió heroicamente por su jefe, para él su señor, su caudillo: la autoridad querida y respetada como lo más sagrado. Cuando el cruel destino tejió la trama de la batalla de Carpintería, urdió no sólo el dual signo político de la Historia del recién inventado país durante los ciento treinta y cinco años siguientes, sino también la muerte (y el fin de la historia) de Santiago. Con el pañuelo blanco anudado en su brazo, y bajo la caprichosa égida de los caudillos (¿o de la mía? ¡Yo qué sé!), nuestro personaje pronto se encontró en una montonera galopando hacia la muerte. Y fue el choque con los de pañuelo colorado, el encontronazo en el que un gaucho aindiado venía hacia él, cubriéndose con el cuello del caballo y enristrándole una lanza, mientras él a su vez lo acometía, hacía girar las boleadoras, el caballo se le paraba de manos, por ahí andaba el bisabuelo de Belloni, y lo malo de esto es que usted tiene que dejar suspendida la lectura acá, con las figuras desmesuradas de los combatientes proyectándose en el aire diáfano de nuestra campaña, como recortadas contra el azul altísimo, inmóviles en tan trágico y vigoroso conjunto, porque el autor quiso poner fin a la primera parte del epílogo acá, creyendo seguramente que de ese modo homenajearía a una tradición literaria. 2 Como venía contando, el entrevero resultó en que nuestro personaje pronto estuvo en el suelo, sintiendo un dolor inverosímil, sintiendo que refrescaba, que se hacía de noche. Tengo para mí -gracias, Jorge Luis- que en aquel momento Santiago sintió una luz y una paz íntima; una reconciliación postrera que ya están muy bien descritas en La muerte de Ivan Ilich, así que no voy a molestarlo con esas paparruchas y en cambio paso al final. -¿El final? -Sí. De algún modo hay que exponerlo. Aunque sea con una serie de afirmaciones más o menos reñidas con el buen gusto, del tipo: "Un ayudante de Oribe, que luego de la batalla pasó cerca de él, lo reconoció, y reconoció en aquel cuerpo exangüe los signos inequívocos de la muerte cercana". -¿Qué le parece si fuera el mismo sargento de artillería que lo había mandado al calabozo, en el episodio del cruce del arroyo? -Y bueno: si quiere, que sea el mismo. Total, artificio más o menos no le hace. Como decía: Sabiendo que Oribe tenía especial consideración para con Santiago, y tal vez porque tenía un poco de mala conciencia, el sargento corrió a avisarle, para tratar de obtener para el negro algún tipo de socorro. Y regresó a poco, desmontó, se inclinó sobre el moribundo, y le dijo: -Don Manuel... dice que te perdona la deuda. ¡Ya no tenés deudas, Santiago! Ahora sos libre... sos de los nuestros... ¡sos de los blancos, Santiago...! Santiago lo miró en lo más profundo de su pupilas azules, tan sumamente hijo de su madre. Después estuvo mirando en el alto cielo unas nubes como ovejas rosadas que el pampero arreaba hacia el este. Transcurrió así un tiempo que para el blanco que lo asistía fueron segundos, pero para el negro fue el repaso y la comprensión de toda su vida. Luego cerró los ojos. "En la guerra somos todos esclavos", pensó, y enseguida: "¿Cómo no lo había pensado antes?". Y, siempre propenso al optimismo, murmuró: -Sí... blanco hasta la muerte. En aquel momento se oyeron clarines que llamaban a formar. El ayudante de campo montó y cuando hubo andado unos metros detuvo al caballo para mirar a Santiago Oribe por última vez. El moribundo estaba dedicando el esfuerzo final a sacar la polvera de su bolsillo y a mirarse el rostro en el espejo, como para llevarse al otro lado un recuerdo de su rostro. "Como para ver si era cierto lo que dijo", pensó el sargento, y volviendo grupas se dirigió galopando a reunirse con el estado mayor. =========================================================================== Non se face negocio Cúmpleme, Vuestra Merced, entregaros el informe donde os doy cumplida cuenta del resultado de las conversaciones que Vuestra Merced se dignó encargarme mantuviese. Agora es razón que Vuestra Merced lo sepa, que dichas negociaciones non arribaron a buen fin, por serme Fortuna adversa. Et la causa non otra fue que por su gato de él. Al verlo reposando, cualquiera podría haber dicho que se trataba de gato bondadoso. Mas era de ataque. Hasta aquel día, a mí siempre habíanme placido los gatos, si bien guardaba para con ellos prudente et distanciada actitud. Pues sepa Vuestra Merced que el dueño, quien era un sultán chino paralítico que se desplaçaba en una silla munida de ruedas, tuvo a bien me lo advertir cuando me fue concedida la gracia de ir a le visitar, a fin de concretar el susodicho negocio: "Tome Vuesa Merced", me dixo, "mi consejo: non es de avisado se fiar de Bondy". Sorprendióme el buen castellano de estudios del sultán, et puesto que yo concedo que tengo dificultades de dominio con la lengua china, et especialmente con poner los adjetivos en pasado tiempo, non fueme difícil aceptar fablar en la nuestra. Asimismo, en el camino hacia la sala, el chino fabló del amor que por su gato sentía, de la dependencia mutua que la relación entrambos había generado, et mientras eso me confiaba, se humedecían los sus ojos. Tomábamos té et compartíamos en grande et discreto atendimiento los preámbulos que suelen preceder a las conversaciones de negocios. Se oyó entonces un súbito galope: un bólido peludo et rubio pasó corriendo frente a mí, se trepó al respaldo del sillón, pegó un salto inverosímil hasta el más alto estante de la biblioteca, se arrojó sin vacilar sobre un asiento desocupado, rebotó hasta el suelo et luego de haber dado dos vueltas a toda carrera en mi torno desapareció por donde había entrado. Asaz baste lo dicho, mas cúmpleme consignar que quedé estupefacto, pues jamás non había yo visto nada parecido. "Es su saludo de reconocimiento", informóme el dueño. "Siéntase, señoría, como en la vuesa casa propia". Con aquestas palabras fui intentando el retorno a la calma. Aquella irrupción en tan gentil conversar había sido como si de pronto un espejo de la sala se hobiese descolgado con estrépito, et fuera difícil continuar sin que los vidrios fuesen recogidos, sin facer un comentario. Pero el individuo chino non parecía, non, darse por enterado, et retomó la conversación. Al instante siguiente reapareció Bondy, dechado de fermosura, de paso calmo et elegante, mirándome fixamente. El felino se ubicó enfrente de mí et con un imprevisto salto se encaramó sobre mis medias calças para allí se acomodar como un ovillo. "Bondy: un tanto imprevisible es. Non conviene confiarse dél", dixo el dueño. Quedéme paralizado. El gato había cerrado los ojos et parecía dispuesto a dormirse una siesta, mas casi de inmediato vi que sacaba las uñas ¡Corpus domine nostri Jesu Christi! et las clavaba con suave et incontenible firmeça en mis calças et en las mías carnes. "Estáme arañando", dixe en alta voz. "Me face sofrimiento". Pareció que aquellas palabras firieron la sensibilidad de Bondy, puesto que habiéndolas yo pronunciado él fizo ¡FFTZZ! et empezó a maullar et a se revolver et a me dar de zarpazos. Yo púseme de pie et durante aquel movimiento el gato non se movió, de modo que hobe de sentir el rasguño a lo largo del mi muslo derecho. Bondy quedó colgado de mis rotas medias calças et carnes con la su cabeça a la altura de la rodilla. Antes de se desprender, fincó allí sus comillos, con grito salvaje, et túvolo por bien. Luego, con inusitada calma, soltóse, dio media vuelta et encaramóse de un salto en un estante de la biblioteca. Allí sentóse, como artista que toma distancia, a observar, en mí, su obra. Quedéme yo sin palabras et con un poco menos de sangre en los muslos: a fe mía que las medias la absorbían. La persona china mirábame desde su sonrisa benévola. "Conveniente es, et de discretos, ser observante con Bondy. Non acariciarlo", díxome, con tono de suave admonición, como si yo de antes lo ficiera. Con harta sapiencia sostiene Plinio que los seres humanos usamos a los animales. Los maltratamos, los matamos et los comemos. De postre, facemos desaparecer centenas de especies. Si non fuese que Dios en su alta sabiduría así non lo dispuso, non sería difícil sospechar que somos, honesta salvedad fecha de Vuestra Merced et los gentiles señoríos, de peor catadura que los propios animales. Empero, toda ley, sostiene Aristóteles, tiene su excepción, que, según dicen, tiende a confirmarla. Yo había dado con ella. En carne propia. Porque Bondy podría ser muchas cosas, pero ante todo era, con perdón de Vuestra Merced, un salvaje furioso fijo de perra. Agora bien: non iba yo a permitir que Bondy echara por tierra los negocios que Vuestra Merced habíame encargado iniciase, por más que sólo pudiese convenirlos en casa del chino sultán. Cuando insinué que acaso, después de lo sucedido, correspondía continuar en otro momento, el sultán díxome que de ninguna manera. "Por favor -pidió-, non se moleste vuesa merced. A mí non me disturban las vuesas calças rotas". Yo non hobe si non agradecerle aquesta su tan discreta comprensión, mas el problema, acoté, era que yo estaba sangrando. Bastante. El dueño pareció non me haber oído. "Tome vuesa merced asiento, et continuemos", dixo, con un gesto ya non tan amable, perentorio, como si lugar para otra alternativa non hobiese. Decididamente, el dueño non quería fablar del gato, et también non de mis feridas, sino de negocios. Agora dejaba de desechar el provecho por contentar la lengua, et iba a lo suyo dél. Como para reafirmar la su voluntad, estiróse hacia un gong de reducidas proporciones que tenía encima de un estante et lo fizo sonar. De inmediato aparecieron dos sujetos de bien fechos sayones et con cara de pocos amigos, et se ubicaron a ambos lados de la salida de la sala. "Espero que vuesa merced non se moleste por la presencia de aquestos colaboradores. Son de absoluta confianza", explicó. Yo estaba aún de pie, et pronto me fue dado comprender que si me marchaba, el negocio non había de se concretar, de modo que torné a me sentar. Encima de Bondy. Sentí la mordedura en una nalga casi al mismo tiempo que escuchaba el maullido, aunque débese tratar de una trampa de aquesta mi memoria. "Huy, perdón", dixe, después de haber gritado de dolor. Bondy tuvo a bien se desplaçar entonces hacia el dueño et trepóse en la su falda. Antes de comenzar a lo consolar, el dueño dirigióme mirada de odio. Tenía los ojos llenos de dulce conmiseración hacia el animal. Arrullólo largamente, et púsose a lo acariciar durante varios minutos mientras murmuraba: "Bondillín... cuitado, cuitado Bondillín...". Estaba me faciendo dolor, mucho, et yo sentía que corríame la sangre en una nalga et en los muslos mientras esperaba oportunidad de reiniciar el diálogo. "Discúlpeme, Señoría", atiné a decir. "Es que soy muy torpe... Distraído." Cuando el dueño hóbome mirado, sonrió et achinó más sus ojos. Díxome que era la vez prima que él facía negocios con persona distraída. Los individuos de compañía sonriéronse. Entonces el amo de casa murmuró algo al oído de Bondy. El gato paró la oreja, et inclinó la cabeça para escuchar las instrucciones, et miró al dueño como si buscase confirmación de lo que había oído, et encaminóse hacia mí, mientras el sultán chino decía, como si resignado entonces estuviese: "Ah, los gatos, los gatos... Con Bondy non hay que se fiar." Et yo a mi fe que non lo facía. Bondy encaramóse a mi terror et tornó a se acurrucar en mi regazo roto et ensangrentado, acomodó la cabeça sobre la mi bragueta, cerró los ojos et comenzó a ronronear con grande entusiasmo. "Acá peor es meneallo", díxeme para mis adentros. Yo apenas non atrevíame a me mover et respirar. El dueño pareció decidido a olvidar la mi torpeça, pues reanudó el fablar et a poco estábamos en plena negociación. Non comprendió que resultábame, débil de mí, difícil me concentrar, con la mía sangre que non decidíase a parar del todo et que estaría quizá manchando la pelambre rubia de Bondy, et más con aquel olor de solfatara que el animal despedía. ¡Oh fatalidad! Non habían pasado apenas non dos minutos cuando el gato, sin dubda inspirado por un nuevo estremecimiento metafísico ante el devenir, tornó a sacar las uñas et a me las clavar, señoría, allí donde más duele. Pegué un salto et un grito que non auyentó a Bondy. Por el contrario, fecho furia, me propinaba de zarpazos, gritaba ¡FFFFTZZ!, mordíame con saña por ojos non nunca jamás contemplada et holgábase dello. Yo trataba de me lo desprender, mas en vano era. En uno de aquestos movimientos, cáteseme a Bondy cayéndose al piso et dando enseguida un salto hasta la altura de la mi cara et decorándome la frente con un zarpazo aferruzado que sacóme sangre. Era, paréceme, gato de non abandonar lo emprendido así como así, et con sentido de la variación. Yo comencé a correr hacia la puerta mas los dos galanos colaboradores del oriental et con la suya absoluta confianza, pues cortáronme el paso. El chino estaba inmóvil, mas agora había girado la silla hacia mí; el gato estaba sentado, lamiéndose tranquilo una pata. Luego púsose el felino de pie et vino caminando con grande et suave parsimonia hacia mi desesperación, mas cuando fue llegado refregóse, mimoso, contra lo que quedaba de mis calças. MIAAUU, dixo. Entonces fizo el chino avançar la su silla hasta donde estábamos, los hombres de sayón et yo, sin palabras. Díme cuenta de que estaba muy mucho irritado. "¡Acá non se face negocio!", díxome. Que me dejasen salir. Los sujetos, no bien hobieron escuchado aquesta orden, tomáronme de los braços con unas tenaças que parecían manos et non hobo quien los parase: condujeron mi reguero de sangre hasta la puerta, abriéronla et con un empujón pusiéronme varios escalones más abajo, en el jardín del parque de entrada. Antes de cerrarse la puerta fue aparecida en el umbral la figura del sultán chino sentado, Bondy en la su falda, contra un fondo negro. "¿Es que non vedéis que Bondy es gato de ataque? ¡Estúpido!", gritóme. Luego cerróse la puerta. Suplico a Vuestra Merced que tenga a bien me disculpar et comprender lo que entonces pensé, cuando Fortuna adversa seguíame junta: "¡Oh guarro de gato, descanso de fatigados! ¡Reverendísimo hideputa!" et más otras lindezas, que vos quiero ahorrar. Ansí pensaba aqueste servidor, entonces. Es posible, hobe de admitir más luego, ya melancólico et linfático, que algún error, et aun muchos, haya yo cometido durante las conversaciones con el sultán chino. Sabrá Vuestra Merced, conocedora como pocos, en tal acaso, me lo indicar. Habría, pues, que ver el modo et maneras de reiniciar aqueste grande negocio. Ansí, tal vez deba yo, para vuestro grande merecimiento et gloria, informarme más sobre los gatos de ataque. =========================================================================== Bicicletas románticas A los amigos de la Red 1 El día que el patíbulo estuvo listo no pude ir a verlo porque alguien había encadenado su bicicleta a la mía. Como no había transporte colectivo que llegara hasta el lugar donde estaba instalado, las opciones razonables eran ir en taxi o quedarme y aguardar a que se resolviera el problema. Había, claro, otras alternativas, pero resultaban menos aceptables. Como tiendo a ser optimista pensé que si me quedaba y solucionaba la cuestión del candado tendría tiempo de ir, y en mi propia bicicleta. De acuerdo con las invitaciones que teníamos, el nuevo patíbulo no entraría en funciones antes de cinco días. Resolví quedarme, pese a que el calorcito de las tardes primaverales, las hojas tiernas color verdelimón y las flores del camino alentaban algún tipo de excursión. Tal vez al día siguiente ya mi bicicleta estaría libre, como siempre. Entonces yo haría la visita previa. Tomaría las medidas, haría algunos escorzos, montaría mi caballete, pintaría algunas acuarelas, quizá me daría tiempo de iniciar un óleo. Haría preguntas a la gente de los alrededores e interrogaría a los esforzados carpinteros que, según se decía, trabajaron horas extras para terminar la obra en la fecha prevista. Después, ubicaría al verdugo y le haría una pequeña entrevista. Los que ejercían esa profesión debían de ser, creía yo, bastante egocéntricos, de modo que también contaba con su plena disposición para hacerle, aunque más no fuera, un boceto a lápiz. Con todo ese material yo podría preparar a mis alumnos para la visita de estudio que haríamos el día de la inauguración. Preparar todo antes, prever los detalles y disminuir al mínimo el número de interrogantes era parte de mi trabajo. Convenía explicarles qué era, cómo funcionaba, qué formas y colores tenía, de qué tipo de madera estaba hecho, quién y cómo era el verdugo. Yo no quería descuidar el enfoque social, y allí encajaban las opiniones de los pobladores y de los carpinteros. Es que los niños en general, y mis alumnos en particular, son bastante curiosos. Yo quería evitar que me hicieran preguntas en las instancias previas y, sobre todo, en el momento culminante. Quería que se concentraran en los detalles, que observaran el acontecimiento con la debida atención y habiendo asimilado toda la información que yo fuera capaz de darles. Quería que vivieran aquel delicado instante de manera tal que pudieran recordarlo, e incluso, quizá, que les resultara una experiencia estética. Así, después, podrían hacer dibujos. Hasta podríamos montar una exposición con los mejores. El Ministerio de Educación y Cultura había llamado a un concurso interescolar de redacciones con el tema: "Nuestro Nuevo Patíbulo". La idea me había parecido apropiada; como soy maestro, era entendible que yo quisiera que mi tercer año ganara. Según las estadísticas de sesudos catedráticos alemanes, los momentos más peligrosos del tráfico eran los lunes, entre las 16 y las 18 horas. Aquel día era un lunes y esa circunstancia me trajo algún consuelo. Quién sabía si por viajar hasta el cadalso no me ligaba un accidente. Había otra circunstancia consoladora: no pagaría entrada. Esto hay que explicarlo. La Comuna, como es ávida, empieza a querer morderlo a uno apenas inaugura cualquier servicio público. Ahora hay que pagar por todo porque, según dicen, así las cosas funcionan. Pero en este caso el Ministerio había concedido a la escuela vales de entrada gratuita que se sortearon entre los maestros; yo había ganado uno. Yo solía dejar la bicicleta en el patio de la escuela, que estaba rodeado de un parque muy arbolado, con bancos y un pequeño lago donde nadaban algunos peces y patos. La trancaba y me iba caminando hasta la sala de maestros o, si era ya la hora, directamente hasta el aula de clase. Al terminar, por la tarde, destrancaba mi bici y pedaleaba hasta casa, que está a cinco cuadras de la escuela. Aquel lunes, al finalizar el turno, vi que en el patio había otra bicicleta, además de la propia. Y todo habría estado muy bien si no hubiese sido porque estaba sujeta a la mía con una cadena y un candado. Era una bicicleta romántica, de mujer. El corazón me dio un vuelco. Por un lado, de alegría; por otro de consternación primero y de fastidio después. La mía también era una bicicleta romántica, y así como estaban parecían hechas la una para la otra. Daban ganas de montar el caballete y hacer una naturaleza muerta de bicicletas. Eso es lo que me sucedió: así fue y doy testimonio y palabra que es la verdad, aunque no toda la verdad. De eso me percaté después. Para algunas cosas soy rápido, e incluso muy rápido ("al conde lo que es del conde", como dijo una vez una alumna), pero para otras soy lento. Diría: muy lento. Por ejemplo, para asociar acontecimientos lentos y sacar conclusiones rápidas. Comprendí que lo sucedido con las bicicletas no era un acontecimiento aislado o fortuito cuando, mientras iba caminando desde la escuela hacia mi casa, asocié el amarramiento bicicletesco con los hechos singulares que habían estado ocurriendo en mi torno desde hacía unos meses. Es lo que voy a contar ahora. 2 Una mañana hacia las nueve menos cinco llegué con mi bicicleta al estacionamiento del patio de la escuela y enseguida distinguí, entre tantas bicicletas una, romántica, de mujer. Como la mía, era negra, pero tenía una línea roja en los guardabarros, que terminaban, hacia atrás, en una pequeña voluta. El cuadro era de doble caño, de armoniosas formas curvas; el asiento, antiguo, de cuero y con tres amplios y estéticos resortes; la cubierta trasera era de las blancas y el rodado, como el mío, era de los que ya no se fabrican más: 28. Aquella bicicleta era por lo menos tan bonita como la mía, así es que me detuve un rato a contemplarla. Vi que estaba asegurada con una cadena y un candado fuerte; era evidente que la dueña no era ninguna tonta. Yo decidí dejar la mía cerca de la suya. Así, al verlas, la gente pensaría que los propietarios formaban una pareja. Mientras amarraba la mía con cadena y candado pensé que sería interesante conocer a la dueña. Ese día trabajé, creo, sin pensar demasiado en la bicicleta romántica de mujer. A la salida pasaron repartiendo el folleto informativo de la Comuna sobre la inauguración del patíbulo. Cuando llegué al patio vi que la bicicleta de mujer no estaba. Me asaltó un vago sentimiento que, al ser sometido a análisis, demostró parecerse a la tristeza: tal vez era melancolía. Como tengo dicho y repito, soy lento para sacar algunas conclusiones, y no fue sino en casa, mientras guardaba mi bicicleta y me disponía a leer el folleto sobre el cadalso, cuando me di cuenta de que la dueña, al retirar la suya, tendría que haber visto mi propia bicicleta. Entonces pensé que, si la dueña era tan romántica como yo, no pudo dejar de apreciar el hecho de que yo hubiese puesto mi bicicleta cerca de la suya. Tenía que preparar la comida y la clase del día siguiente y leer el folleto, pero en cambio, y pese al calor tenaz del verano, resolví trabajar un poco con mi bicicleta. En el garaje la desarmé, le quité la cadena y la dejé en queroseno. Le quité toda la tierra a los engranajes y al piñón y bruñí las partes cromadas, incluidos los rayos, con pulidor y esponja de aluminio. Engrasé las juntas y el cojinete de rodamiento y los pedales, sequé la cadena y luego de montarla y de centrar las ruedas le eché unas gotitas de aceite. Por último, con una franela, froté el cuadro hasta que brilló, como yo mismo a causa de la transpiración, con el esplendor de antaño. Después de desmontar, limpiar y aceitar los frenos volví a instalarlos y pude contemplar aquella belleza de medio siglo que ahora parecía recién salida de fábrica. Sin embargo sentí que faltaba algo. Pero ya se había hecho tarde; fui a preparar la comida y la clase del día siguiente, y a leer el folleto informativo sobre el patíbulo. Cuando terminé vi que ya era cerca de medianoche. Tenía que acostarme, pero fue en ese momento que me di cuenta de lo que faltaba en mi bicicleta romántica: una línea roja en los guardabarros. Resolví que la pintaría al día siguiente. "Esa noche veía a lo lejos una suave loma coronada de pinos, eucaliptos, palmeras. Como flotando, lento en el aire me acercaba. Escondida por los árboles se entreveía una sólida casa blanca, antigua, de líneas adustas y ventanas de celosías cerradas. Me acercaba más en un silencio total y entraba al patio. La luz era como de neblina y todo el entorno cobraba una profundidad inusitada. Descansando contra una pared encalada estaba una bicicleta negra de mujer y se veía una ventana con los postigos cerrados. Después la imagen se alejaba de mí y me daba cuenta de que yo había entrado en una fotografía sepia y acababa de salir de ella". Cuando desperté, el sueño se había grabado en mi memoria. Me pareció que podría recordar todos los detalles, pero por las dudas lo escribí para no olvidarlo. Me había gustado y por alguna oscura razón me pareció importante. Mientras desayunaba dieron en la radio la noticia de que se habían iniciado los trabajos de instalación del nuevo patíbulo. La información se limitaba a reproducir más o menos lo que decía el folleto de la Comuna, aunque agregaba que el Ministerio de Educación y Cultura patrocinaría el evento. Recuerdo que me pregunté si ese día la bicicleta romántica también estaría en el patio de la escuela. Y estaba. Me pareció aun más bonita que el día anterior; los rayos, las llantas y las partes cromadas relucían en el sol de aquella mañana de otoño. Se veía que no había pasado la noche allí, porque estaba en otro lugar. Dejé la mía esta vez un poco más cerca de ella que la mañana anterior. El comentario de las maestras y maestros, ese día, fue el patíbulo. Las opiniones estaban divididas. Algunos de mis colegas decían que no les parecía bien que la comuna instalara un cadalso tan lejos del centro de la ciudad. Otros opinaban que les parecía mal que fuera la comuna la de la iniciativa. Debería ser, razonaban, una empresa privada o, al menos, que se incentivara la competencia permitiendo a las empresas instalar patíbulos con plena libertad, cuando y donde lo estimaran conveniente. Un grupito más pequeño defendía la idea de que estaba mal instalar un cadalso público. Esas cuestiones, aseguraban, deberían resolverse como siempre se habían resuelto, con un paredón de fusilamiento en los patios de las cárceles, de modo discreto y expeditivo. Todos estaban en desacuerdo con los lobotomistas. Yo escuchaba con atención y trataba de formarme una opinión propia, pero la verdad es que no la tenía. Todos los argumentos me parecían razonables. La bicicleta todavía existía a la salida, pero de la dueña no había rastros. Al llegar a casa lo primero que hice fue ir al garaje y pintar en mi bici una franja roja en cada uno de los guardabarros. Elegí un rojo inglés, algo amarronado, como el que tenía la otra bicicleta. Durante dos días yo había llegado poco antes de las nueve y la bici estaba allí, de modo que quise probar qué pasaba si yo llegaba, por ejemplo, a las nueve menos cuarto. A esa hora llegué, a la mañana siguiente, y ya estaba. De inmediato observé que la dueña la había embellecido más, cambiándole la cubierta delantera negra por una blanca. Entonces resolví que también la mía debería tener cubiertas de goma blancas. Esa vez pude haber dejado mi bicicleta pegada a la de ella, porque había lugar, pero me contenté con dejarla cerca porque, pese a las mejoras que le había hecho, aún me parecía indigna. Tal vez lo haría al día siguiente, después de haberle cambiado las cubiertas. Me pareció claro que la dueña llegaba siempre antes de las nueve menos cuarto. Cuando al día siguiente mi bicicleta de flamantes cubiertas blancas y yo estuvimos a las ocho y media, el patio estaba casi vacío y la bicicleta de mujer no estaba. Me alegré de que por fin mi táctica hubiera dado sus frutos. Pensé, equivocadamente, que pronto vería llegar a la dueña. Dejé mi bici amarrada y me senté en un banco que estaba alejado, desde el que uno podía observar el patio. Estuve inútilmente sentado hasta que se acercó el momento de entrar a clase. Fue un día laboral de cinco horas durante las que me costó concentrarme. Los alumnos lo notaron y aprovecharon para tirarse tizas, levantarse sin pedir permiso y alborotar. A la salida me llevé la agradable sorpresa de que la bicicleta romántica de mujer estaba, y muy cerca de la mía. Ahora la dueña le había puesto un timbre de bronce, de los antiguos, con perilla. Así, muy cercanas, configuraban un conjunto armonioso y memorable. Contrastaban con las otras, de cambios, modernas y pintadas de colores metálicos; daban una satisfacción a la vista. Resolví esperar un rato, sentado en el banco, para ver si aparecía la dueña, pero como eso no sucedió, al cabo de una hora me fui a casa. Tenía mucho que hacer y, como casi siempre, me agobiaba la sensación de que el tiempo no alcanzaba. Yo ya había propuesto a la alta consideración del Ministerio de Trabajo un sistema que alargaba la duración de los días a veinticinco horas. El procedimiento era sencillo y seguro, a prueba de estúpidos: cuando las agujas de los relojes marcaran por primera vez las doce de la noche había que atrasarlos una hora. El sistema tenía muchas ventajas, entre las que se contaba la de que cada tanto estaría oscuro a media mañana y con sol a medianoche. Sería divertido. Si el sistema se aprobaba, al cabo de un tiempo comenzarían a fabricarse relojes de veinticinco horas y no habría que estar atrasándolos. No había perdido la esperanza de que la propuesta fuera considerada y aprobada, pero la verdad es que los meses pasaban y los días seguían siendo igualmente breves; yo continuaba teniendo mucho que hacer y la sensación de que el tiempo no alcanzaba persistía, acosándome. Cuando llegué al negocio de antigüedades estaban por cerrar pero por fortuna pude comprar un timbre de bicicleta bien añoso. Mientras lo bruñía escuché la radio, que dio la noticia de que un grupo de lobotomistas había hecho una manifestación frente a la Comuna para protestar contra la inauguración del patíbulo. Entrevistada, una dirigente declaró que estaban en contra de la pena de muerte porque la consideraban cruel y de lesa humanidad. Se extendió en elogios a la lobotomía como alternativa para la pena máxima. Hice sonar el timbre, ring, y quedé satisfecho. Incluso pensé que estaba bien. No muy bien, pero que estuviera bien no estaba mal, y mucho más no podía exigírsele a un timbre antiguo. Riing, riing. Me pregunté qué pensaría la dueña de la bicicleta de mujer acerca de los lobotomistas. Puesto a razonar me di cuenta de que yo simpatizaba con la idea de ellos y no me habría extrañado que la dueña también. Había un lado preocupante del problema y era que el movimiento lobotomista tenía un ala radical que parecía dispuesta a llevar la protesta a extremos desestabilizadores. A su vez, el gobierno había endurecido su posición con respecto a la pena de muerte. El hecho de que el Estado hubiera trasladado la administración de la pena máxima al ámbito comunal, y los cadalsos de las cárceles estatales a los espacios públicos, era una prueba de que los radicalismos estaban ganando terreno. Ring. Rrriiing. 3 Hice la prueba, durante varias semanas, de llegar al patio a distintas horas, antes de las nueve, para poder ver a la dueña de la bicicleta romántica de mujer. Algunas veces sucedía que la bicicleta ya estaba allí cuando yo llegaba. Observé que tenía uno de los rayos delanteros sueltos. Se había partido. Cuando estaba, me contentaba con dejar la mía a su lado. Algunas veces se destacaba en medio de una cantidad de otras bicicletas. Entonces yo cambiaba de lugar una cualquiera que estuviese cerca de la de ella y en su lugar colocaba la mía. Y todas las veces que no estuvo esperé su llegada inútilmente, sentado en el banco hasta pocos minutos antes del comienzo de las clases. Pero no me desanimaba, había una relación, un diálogo entre nuestras bicicletas. Siempre, a la salida, la de ella estaba situada al lado de la mía. Ahora seguía siendo hermosa, pero el asiento estaba caído hacia adelante, flojo. Con una apretada de tuercas bastaría, pensé. Cuántas horas se me fueron sentado en el banco de la espera es algo que no sabré jamás, porque no las contaba; sólo el frío o el hambre me hacían desistir, y entonces me iba para casa. Si resolvía dejar la bici toda la noche en el patio de la escuela apostaba conmigo mismo que al día siguiente yo encontraría ambas bicicletas una al lado de la otra. Gané algunas veces, perdí otras, pero lo que no lograba era ver a la dueña. Parecía que yo tendría que montar guardia en el banco y no pensar en la nieve ni en el frío ni en el sueño ni en el hambre. Estar allí, firme, hasta que la viera. De algún modo se me hacía cuesta arriba hacerlo; sospechaba que sería tiempo perdido. No obstante, decidí probar fortuna una vez. Me abrigué bien y me llevé un termo con café y provisiones y a las tres de la tarde, a la salida de la escuela, me senté a montar guardia. Cada tanto me levantaba a desentumecer el cuerpo. Daba una vuelta, pisando la nieve crujiente y volvía a sentarme. En el patio de la escuela sólo estábamos yo y las dos bicicletas, una junto a la otra. Ahora no cabía duda de que la mía era la más bella, porque, además de los detalles deteriorados que yo había observado en la otra, vi que tenía el guardabarros trasero abollado, y en la abolladura empezaba a acumularse el óxido. El tiempo transcurrió lento y al fin se hizo de noche, salió la luna en cuarto menguante e iluminó de irrealidad la nieve, los árboles, el patio, las bicicletas. Yo, para ese entonces, ya había vaciado el termo y empezaba a tener un frío y un sueño espantosos. Eran las cuatro de la mañana, la hora de los lobos, cuando por fin la vi. Había venido caminando de alguna parte sin que yo me diera cuenta; en aquel momento estaba por subirse a su bicicleta. Me puse de pie y empecé a caminar, casi a correr hacia ella, pero comprendí que podría asustarla en aquella soledad. Me quedé inmóvil en el patio blanco. Ahora ella venía pedaleando hacia donde yo estaba. Se acercó y se detuvo, sin apearse, a tres metros de mí; sujetaba la bicicleta con manos enguantadas y tenía ambos pies apoyados en el piso. Era una muchacha de una belleza interminable. Tenía el cabello apenas ondulado hasta los hombros. Era negro, o así lo percibí a la luz de la luna; los ojos también eran o me parecieron oscuros. Estaba vestida con chaqueta, un buzo marinero de lana y cuello rompevientos. Por debajo de la falda larga, marrón rojiza, asomaban unos botines de gamuza marrón. Me imaginé, después, que debía de tener los pies fríos. Nos miramos largamente; aquella mirada lo decía todo. Era entre seria y dulce, entre irónica y piadosa. La viví como apasionada, aunque en realidad no había motivos para que lo fuera. No hubo necesidad de palabras. Fue un momento mágico, único e irrepetible. Por fin, en silencio, la muchacha se afirmó en los pedales, tomó velocidad y pasó a mi lado dejando en el aire frío un aroma fresco de mujer. No me di vuelta a mirarla; sólo seguí la huella que había dejado su bicicleta en la nieve, llegué hasta la mía y pedaleé rumbo a casa. Al salir de la escuela al día siguiente vi que la bicicleta romántica de mujer no estaba. Había un pequeño paquete atado en la parrilla de la mía. Lo abrí y vi una fotografía que me recordaba a algo muy querido, algo que yo había visto en algún lugar que no recordaba. Recostada a una pared encalada había una bicicleta y se veía una ventana con los postigos cerrados. La fotografía estaba impresa en color sepia y había sido tomada con una luz de neblina, o de atardecer o amanecer, pues todo tenía una profundidad inusitada. Era una bicicleta romántica, negra, de mujer. Al dorso de la foto estaba escrito, con una letra menuda y elegante: "Las cosas encuentran su destino. Los humanos lo buscan. Se acerca el momento, debes hacer algo". En aquel instante tuve la sensación de que había visto esa bicicleta recostada a la pared encalada en algún otro sitio. ¿No había vivido eso, antes? ¿Y quién me había dejado esa foto? Estaba cansado y no podía entender por qué, ni qué quería decir el mensaje. ¿El momento de qué? ¿Y qué se suponía que debía hacer? En camino a casa pensé que era, tal vez, la fotografía amarillenta de una historia inconclusa, fragmentada: una pieza de un rompecabezas que debería armar, en todo caso, yo mismo. Deslumbrado por mi propia lentitud, pensé más tarde que era la fotografía de la bicicleta romántica de mujer, la que a veces encontraba en el patio. Supuse entonces que la dueña se habría ido de viaje, tal vez para siempre, y me dejaba ese recuerdo. Pero seguía sin dar con el sentido del mensaje. 4 Los días fueron alargándose y yo seguía sin tener noticias del Ministerio de Trabajo. Terminé por aceptar que no habían considerado mi propuesta de hacer días de veinticinco horas. El tiempo continuaba, insuficiente, pero haber comprobado que la bicicleta de mujer tenía dueña, haberla visto y habernos mirado como lo hicimos aquella noche me daba unas energías considerables. Pensé que tal vez el próximo paso sería hablarle. Había, sin embargo, tanta belleza en lo que me había ocurrido que de algún modo temía romper el hechizo. Todo estaba bien como había sido, ¿a qué más? Veía la bicicleta suya en el patio con una irregularidad asombrosa. Podía estar y no estar a cualquier hora y durante varios días o incluso semanas. Cualquier amago de rutina se rompía infaliblemente; la única constante era que yo nunca veía a la dueña. Nuestras bicicletas se hicieron amigas. Cuando estaban las dos en el patio siempre se las veía juntas. Los lobotomistas hicieron varias manifestaciones en contra del cadalso público, en contra de los paredones de fusilamiento en los patios de las cárceles y cuarteles e incluso contra lo que había empezado a discutirse: la instalación del patíbulo no en lugar público sino en un cementerio privado. La policía detuvo a activistas y el gobierno, a través del Ministerio del Interior, emitió varios comunicados a la población con muchas palabras que decían tres cosas: que no iba a permitir la alteración del orden público, que instalar el patíbulo y ejecutar en lo sucesivo la pena máxima en lugar público eran resoluciones que seguirían vigentes y que de continuar la agitación lobotomista el gobierno tomaría medidas enérgicas para combatirlos. Un domingo, por la noche, se anunció que al día siguiente se daría la obra por terminada. Los trabajos se habían llevado a cabo tras unas mamparas, de modo que ni la prensa ni el público pudieron ver el desarrollo, el progresivo armado e instalación del artefacto; sólo se habían oído las voces de los carpinteros y los golpes de los martillos. La inauguración oficial tendría lugar el próximo viernes, y contaría con la presencia de un jerarca de la Comuna, de la Ministra de Educación y Cultura y del Ministro del Interior. El lunes por la mañana, al llegar al patio, vi a ambas bicicletas amarradas en la primavera, y con candado. Al deterioro de la de ella se le había agregado otro detalle triste: ahora le faltaba un pedal. Ese primer día de la semana les adelanté a mis alumnos que pronto, en cuanto inauguraran la máquina en sus funciones, haríamos juntos una visita de estudio. Enseguida arreciaron las preguntas, y entonces les prometí que, a fin de contestarlas, yo les entregaría material para que estudiásemos el cadalso antes. Les hablé de mis planeadas entrevistas a los carpinteros y al verdugo; les conté que haría bocetos y tal vez un óleo; los entusiasmé con la idea de hacer una exposición con los dibujos que ellos harían y los ilusioné con ganar el concurso del Ministerio de Educación y Cultura. A la salida las bicicletas continuaban amarradas, y fue entonces que, después de evaluar alternativas opté por quedarme y esperar a que el martes la persona que las había sujetado con cadenas las volviera a su condición normal. Cuando llegué a casa, sin haber siquiera pensado en qué haría si las bicicletas continuaban igual, mi cuerpo y mi cabeza estaban cansados. Así y todo cocinaron y prepararon la clase del día siguiente, pero apenas se acostaron se durmieron sin vacilar. Esa noche la muchacha nocturna regresaba de un largo viaje en su bicicleta. Yo estaba en el patio de la escuela, acompañado por la mía. Intentaba hacer sonar el timbre, sin lograrlo. Al accionar el mecanismo el pulgar apretaba algodón. Era de noche, yo estaba esperando a la muchacha. Pero me alejaba en el aire y ahora veía la escena desde un banco, aunque yo no quería estar allí, sino en el lugar donde estaba mi bicicleta, donde ella ahora llegaba y situaba la suya y la ataba a la mía mientras me daba la espalda. Vestía una chaqueta y un buzo de lana marinero de cuello rompevientos. Tenía una falda larga debajo de la que asomaban unos pies descalzos. Se daba media vuelta y me miraba. Yo podía ver la refinada belleza melancólica de su rostro. Yo intentaba decirle algo pero ella se alejaba y yo corría, tratando de alcanzarla sin lograr siquiera acortar la distancia que nos separaba. Yo iba a toda carrera con una lentitud insoportable, agobiado por la certeza de que no la alcanzaría jamás. 5 Cuando llegó la mañana del martes y la hora de ir a las clases tuve la seguridad de que nadie habría liberado las bicicletas, de modo que no me asombró verlas en el patio juntas y unidas por la cadena y el candado. Hacía bastante frío y había hojas amarillas en los árboles y sobre las baldosas del patio. Comenté a mis colegas lo que estaba ocurriéndome con la bici y alguno me sugirió que fuera a la policía. Entonces dije que bueno, no era mala idea, tal vez iría un día de esos: simulé que el hecho en realidad no tenía para mí mayor importancia. No sabía en aquel momento por qué no me entusiasmaba nada la idea de hacer una denuncia en la comisaría pero unas horas más tarde terminé de comprender que habría sido una especie de deslealtad, casi una delación a la dueña de la bicicleta. Una de las maestras dijo durante el recreo que por qué no viajábamos varios en el coche de ella hasta el cadalso. Propuse que pidiéramos libre para preparar la visita; la sugerencia fue aceptada y la dirección dio el visto bueno. El miércoles viajamos temprano por la mañana cuatro maestros y por fin pudimos admirar la obra. Estaba ubicada en una suave colina que formaba una especie de plazoleta circular. Las aceras, amplias, y la rotonda permitían que el público pudiera acudir en gran número y tener una vista excelente. En las manzanas adyacentes había pocas casas y abundantes arboledas. La elección del emplazamiento se había discutido bastante en la prensa. Prestigiosos urbanistas opinaban que la topografía opuesta, es decir, el anfiteatro, era la más adecuada, y no faltaron, por cierto, partidarios de que el cadalso se instalase en el gran teatro de verano de la ciudad. La disputa se había resuelto burocráticamente con un decreto presidencial, y allí estaba, la excelencia hecha patíbulo. Había que reconocer que el diseñador o diseñadora había tenido un gusto exquisito, gusto que se manifestaba en un admirable sentido de la armonía y las proporciones. Ninguno de nosotros había visto antes una máquina de matar más hermosa. Estaba hecha de roble, con apenas algún detalle labrado y unas discretas taraceas en lo alto, que para nada mitigaban la sobria elegancia del conjunto. Yo había llevado un lienzo y, como disponíamos de todo el día, pude hacer unos cuantos bocetos e incluso terminar un óleo antes de las cuatro de la tarde. Unos nubarrones densos y compactos y unos árboles casi sin hojas ofrecieron un fondo inspirador y bastante adecuado al motivo central. Quedé conforme con el resultado y los elogios de mis colegas y de algunos vecinos que miraban mientras yo pintaba en el viento frío me hicieron sentir orgulloso. Habría querido que ella, la muchacha romántica de mis sueños, hubiese visto mi cuadro. ¿Dónde estaría? Pensé intensamente en ella, la evoqué tal como la había visto, con una nostalgia angustiosa y agridulce. Hicimos un picnic en una arboleda cercana, enfundados en nuestros abrigos de invierno, un poco asombrados del frío cortante, estando como estábamos hacia el final de la primavera. Dividimos las tareas. Mientras unos recogían testimonios de los pobladores de la zona sobre cómo se habían llevado a cabo los trabajos, otros ubicamos y entrevistamos a dos de los carpinteros que habían levantado el cadalso. Hacia las seis de la tarde encontramos al verdugo y concretamos una entrevista con él para las ocho de la noche. Con todo ese material en nuestro poder, y tras un par de horas más de trabajo nocturno en la escuela dimos por concluida la preparación. Convinimos en que dedicaríamos el día siguiente a informar a los alumnos, a trabajar con el material y la experiencia que habíamos juntado, de tal manera que el viernes por la mañana saliéramos con nuestros niños preparados rumbo al lugar de la ejecución. Una vez en casa, después de haber cocinado, aproveché uno de mis bocetos e inicié un nuevo cuadro con acrílicos. Me fui a dormir tarde. Esa noche yo estaba en una plazoleta y veía a la mujer que me gustaba con el hombre que le gustaba. No era yo y aquella visión me llenaba de un sentimiento ambiguo. Yo me tenía lástima, pero al mismo tiempo pensaba: "Qué suerte, qué bien: hace lo que quiere y es feliz". Iban muy juntos del brazo y atados con una cadena cerrada con candado. Yo no podía verles el rostro. Iba a subirme a la bicicleta y de pronto empezaban a llegar niños, cada vez más, y me dificultaban el paso. Iban en una dirección contraria a la mía. Yo tenía que llegar a la bicicleta pero la multitud de niños avanzaba contra mí en medio de un silencio atroz. "Hacia dónde van", me preguntaba. "¿Hacia dónde?". La muchacha con su hombre no se veían más. Mi bicicleta se me hacía inalcanzable y lejana. Me di media vuelta y vi el patíbulo, primero en acrílicos y luego en sepia. Recostada contra la máquina había una bicicleta romántica de mujer. Era una fotografía de la que yo acababa de salir. El jueves por la mañana tuve que ponerme guantes, bufanda y un sobretodo. La escarcha perduraba en los jardines hacia las ocho y cuarenta y cinco. Los árboles estaban casi sin hojas y la primavera se había retirado, desalojada por un día invernal extremadamente frío. Las bicicletas continuaban encadenadas y ahora la de ella tenía las gomas sin aire. En la clase trabajé concentrado y atento, como refugiándome de un presentimiento funesto o una noticia aciaga. Tratamos importantes aspectos históricos, sociales y técnicos relativos al arte de matar delincuentes. Hicimos varias rondas de preguntas y respuestas y cuando sonó la campanilla de la salida tuve la certeza de que, por lo menos mis alumnos, asistirían al espectáculo atentos, en silencio y sin sentir la necesidad de hacer preguntas. Llegamos al lugar. La rotonda estaba cercada y custodiada por numerosos funcionarios del Ministerio del Interior y sólo podía accederse pagando entrada o con un vale gratuito, como el que yo tenía. A la una, cuando el frío arreciaba, hicieron uso de la palabra el Presidente de la Comuna y los Ministros. A las dos de la tarde nevaba y el espectáculo adquiría una belleza acendrada, como en blanco y negro. El verdugo era el mismo que habíamos entrevistado. Condujo hasta el cadalso a una mujer encadenada que caminaba a su lado y parecía bastante maltrecha y cuyo rostro no se veía debido a la capucha. Hizo su trabajo con maestría en medio de un silencio impresionante. Nunca más vi a la muchacha de mis sueños. Quién sabe por dónde andará, quién sabe si aún se acordará de mí. Las bicicletas románticas parecen haber encontrado su destino. Hasta el día de hoy continúan encadenadas la una a la otra, tal vez felices, oxidándose en la intemperie del tiempo escaso. =========================================================================== La edición electrónica de este libro se terminó en diciembre de 1998 y está disponible en http://www.letralia.com/ed_let/proa =========================================================================== (C) 1998 by Leonardo Rossiello Editado por la Editorial Letralia. Internet, diciembre de 1998. La Editorial Letralia es un espacio en Internet patrocinado por la revista Letralia, Tierra de Letras y difundido a todo el mundo desde la ciudad de Cagua, estado Aragua, Venezuela. Contáctenos por correo electrónico escribiendo a editorial@letralia.com. Editor: Jorge Gómez Jiménez (info@letralia.com).