Estimado lector, visitante o amigo —como prefieras—: ante ti me presento. Mi nombre es Jorge Gómez Jiménez y soy venezolano. Nací el 16 de mayo de 1971 en Cagua, pequeña ciudad industrial del estado Aragua. Soy miope y escritor, lo cual en conjunto puede llegar a ser, al menos, inoportuno. Estimo a la gente que sonríe. Aunque en alguna época fui un redomado cascarrabias de insoportable naturaleza, el tiempo es perseverante maestro y me ha enseñado que la vida es un espacio agradable.
Me gustan el jazz y las mujeres a la vez bellas e inteligentes, gustos que en este mundo abyecto se hacen de difícil satisfacción. Soy un cinéfilo franco que, más allá del trasfondo o el mensaje de una película, aprecia las imágenes líricas tanto como la acción ensordecedora que logra entretenerme. Soy también un lector enfebrecido prácticamente de todo lo que cae entre mis manos.
Mi padre tenía 34 años cuando murió en 1982, en un accidente de tránsito. Yo tenía 11. Su nombre era Jorge R. Gómez y fue pintor, poeta, periodista y político. Era oriundo de Porlamar, estado Nueva Esparta, de donde se vino a Cagua en 1958 cuando tenía 10 años de edad. Mi madre, Carmen Jiménez, educadora nacida en Cagua, recibió de él tres hijos, una casa que sostener, una empresa editorial que levantar y no pocas preocupaciones. Mis dos hermanos son Marco Antonio y Carmen Teresa. Tengo tres hijos: Gabriela Carolina (1990), Mariana Andreína (1994) y Jorge Rafael (2000), resultado de dos uniones ya disueltas.
Dirigí entre 1990 y 1993 el semanario El Tabloide, para entonces el único medio impreso en Cagua. He formado parte de diversas iniciativas culturales, entre las cuales se encuentra la Peña Literaria Cahuakao, en 1988, de la cual fui director al año siguiente. La Peña Literaria Cahuakao ha sido una de mis más importantes experiencias desde el punto de vista literario tanto como humano. Dedicados a las más extrañas actividades desde entonces, los miembros de la Peña han estado constantemente atrayéndose y repeliéndose entre sí.
He publicado alguna cosa también, que no se crea que soy un escritor meramente electrónico. Tenía 14 años cuando, con el apoyo de la empresa editorial de mi familia, publiqué, en 1985, La educación secundaria venezolana: un muerto sin dolientes, un pequeño ensayo en el que proponía un sistema educativo adaptable a la vocación del individuo. Aún en Cagua hay quienes recuerdan ese trabajo, más por la peculiar edad del autor que por la calidad del texto (que la tiene, entiéndase). Mi primer libro de ficción publicado fue Dios y otros mitos, una colección de cuentos en torno al tema de Dios abordado desde diversas perspectivas. La edición corrió a cargo del Taller de Letras Senderos Literarios, un grupo de colegas que en Venezuela pertenecen a la élite de los pioneros en la edición alternativa. Más adelante, en 1999, el Colectivo Cultural Baile del Sol, de Tenerife, España, publicó mi novela Los títeres, una breve exploración de las relaciones entre un autor y sus personajes. Hay también algunos textos míos en las antologías Narrativa aragüeña, 1960-1990 y Minicuentos de Aragua, editadas por la Secretaría de Cultura del Estado Aragua en 1997 y 2001, respectivamente.
Si me preguntas, he perdido la cuenta de los relatos, ensayos y artículos de opinión que me han publicado en diversos medios de comunicación. Pero no podría dejar de mencionar mis columnas Ciberespacio de lo humano, en la revista Candelaria-Turmero, que edita desde 1997 la parroquia de esa ciudad aragüeña, Tiempos volátiles y Nitronet, ambas en el periódico informático La Red. Las dos primeras son muy parecidas y se sumergen en la relación entre el hombre y la tecnología; la tercera es una revisión de los sitios de Internet que considero interesantes.
He ganado también algunos premios. Mi cuento El pasado obtuvo el primer lugar en el V Concurso Anual Nacional Semana de la Juventud, en La Victoria, Venezuela, en 1996. El año siguiente recibí el primer premio del Concurso Anual de Cuentos Poeta Pedro Buznego, organizado por la Casa de la Cultura de El Consejo, en Venezuela, con el cuento El eco de ambos. A principios de 1998 obtuve el segundo lugar en el Concurso de Minicuentos Los Desiertos del Ángel, de la Secretaría de Cultura del Estado Aragua, con mi cuento Hijo. Y, en 2002, obtuve el primer premio en el X Concurso Anual de la Universidad Central de Venezuela, con mi cuento Florida.
En 1995 descubrí los BBSs venezolanos e inicié un nada despreciable aprendizaje en las lides cibernéticas. De eso hace tanto tiempo —medido en los estándares cibernéticos— que ya a los más jóvenes se hace necesario explicarles que un BBS era lo que teníamos antes de Internet, algo así como nuestra prehistoria. En aquella época en que 2.400 bps eran la velocidad normal y 9.600 era vertiginoso, me hice asiduo de Bibliosoft BBS, una pequeña comunidad virtual creada en Maracay por mi amigo Carmelo Rengifo, y de los caraqueños CCX BBS (de Robert y Anthony Cooke) y Caracas BBS (de Arcángelo Aldo Lubrano).
Mi tránsito por los BBSs me dio la plataforma para convertirme más tarde en editor de dos sitios que a la larga ganaron buen prestigio y me hicieron vivir una rica experiencia. Me refiero a Letralia, la revista literaria de los escritores hispanoamericanos en Internet, que apareció por primera vez el 20 de mayo de 1996. Letralia salió de circulación en septiembre de 2000 a raíz de diversas circunstancias entre las cuales se incluye un accidente en el servidor en el que residía y la pérdida de un respaldo vital en un disco duro que decidió morir a destiempo. 2003 es el año en el que Letralia vuelve a la vida. El otro sitio, de cuya resurrección dudo ciertamente, fue Documentos Binarios.com, una recopilación de materiales técnicos en castellano que nació de la revista Lenguaje Binario, que edité entre 1997 y 2000.
Pues bien, algo de todo eso soy yo. Ni que decir queda que es para mí un placer tenerte entre mis visitantes. Espero disfrutes el viaje.