Aspectos formales de la narrativa

Lenguaje coloquial, lenguaje académico

Definiciones; manejo de técnicas que permitan utilizar el lenguaje coloquial para enriquecer la narración; escogencia del lenguaje más adecuado a los propósitos del autor.


El lenguaje, como hemos intentado demostrar anteriormente, es una unidad que no admite clasificaciones inflexibles. Esto quiere decir que, si bien podemos determinar claramente cómo es el lenguaje de la medicina y cómo el de la mecánica, o cómo es el lenguaje del campo y cómo el de la ciudad, todas las formas expresivas son parte de un vasto y complejo territorio común: el idioma. De la misma manera como en el territorio de una nación localizamos divisiones geográficas —estados, municipios— para la organización administrativa, el territorio del idioma suele ser clasificado en áreas cuya definición está acorde con ciertas características especiales dependientes de quién usa el idioma o para qué lo usa.

Una de las clasificaciones a las que se suele acudir con más frecuencia nos indica que existe un lenguaje coloquial y un lenguaje culto. Nosotros hemos preferido sustituir este último término, culto, por académico, debido a algunas razones que explicaremos en su momento. El dominio de las técnicas de construcción de un lenguaje basado en esta clasificación puede valerle al escritor la credibilidad de sus textos, de lo que se deduca la importancia del tema.


Lenguaje coloquial

Durante años, el enfoque tradicional de la literatura ha establecido la existencia de un lenguaje pobre en expresiones, de baja calidad, usado por la gente de los bajos fondos para medio-expresarse. Se nos ha dicho que esta forma de expresión se denomina lenguaje coloquial y normalmente se definió de una manera muy vaga, que alentaba a pensar en una especie de caracterología clasista del idioma. Las carencias de este enfoque han hecho que se llegue a otorgar significados equívocos a la palabra coloquial, confundiéndola como sinónimo de pobre, vulgar, a la vez que la palabra vulgar se confunde con lo grotesco y con actitudes propias de quienes deambulan en los bajos fondos.

Pero lo cierto es que el concepto de lenguaje coloquial es mucho más amplio de lo que se suele suponer. Coloquio es sinónimo de conversación. Por extensión, el lenguaje coloquial es el que, independientemente de la profesión o estatus social del hablante, se utiliza en la conversación natural y cotidiana. Como en nuestras actividades cotidianas disponemos de apenas segundos para expresarnos, solemos incluir en el habla diversas expresiones-comodín que, aunque quizás no tengan un significado claro, se ajustan al contexto para completar el significado global de lo que decimos.

Todo grupo humano tiene sus propios contenidos de conversación. Tanto el hombre que vende perros calientes en una esquina como el abogado que sólo toma los casos más importantes. Es labor del escritor conocer las expresiones comunes de los grupos humanos que intenta reflejar en su obra, y amoldarlas al contexto general de manera que sean cubiertos dos objetivos básicos en relación con el lector: que el texto se entienda, y que el texto sea creíble.

En nuestra forma cotidiana de hablar solemos usar un lenguaje llano, carente de sofisticaciones y no necesariamente ceñido a la gramática castellana. Esto no es indicio de deficiencias culturales; al contrario, es un conjunto de herramientas que nos proporciona el idioma para lograr una comunicación rápida y directa con nuestros semejantes. Cuando se dispone sólo de segundos para expresar una idea, el lenguaje brinda todo un glosario de expresiones que igual sirven para denotar una acción como para adjetivar las características de algo.

Estas funcionales expresiones con múltiples posibilidades de uso serán llamadas aquí expresiones comodín. En el juego, un comodín es una carta que sirve virtualmente para todo lo que el apostador necesite. Por extensión, se usa la palabra comodín para identificar cosas que cumplen varias funciones. En el lenguaje, las expresiones comodín son muy comunes y, por lo demás, sumamente útiles para efectos expresivos. La diversificación de los usos de una palabra que originalmente tenía un significado específico marca el inicio de la existencia de una expresión comodín. La palabra original puede ser un verbo, un sustantivo, hasta el nombre de una persona como veremos en un momento.

En Venezuela, la expresión comodín más difundida es vaina. Originalmente entendemos como tal el estuche donde se guarda un objeto punzante, como un cuchillo o una espada, para mantener el filo ajeno a cualquier posibilidad de desgaste. También, la vaina es el cubrimiento natural en el que algunas plantas encierran sus semillas. La riqueza del idioma hablado ha extendido el uso de vaina a casi cualquier cosa que necesite el hablante. Cuando no recordamos el nombre de un objeto, decimos que es una vaina: A esta vaina hay que ponerla de aquel lado. Igualmente, si queremos preguntar algo sobre un objeto cuyo nombre desconocemos, decimos: ¿Para qué sirve esta vaina? Podemos utilizar la palabra para definir una situación: En esa vaina todos fueron estafados. También puede usarse para hablar de una sensación, o igualmente de un sentimiento: No sé qué es esta vaina que me está pasando. Como interjección: ¡Ah, vaina! Con tantos usos, y tan arraigada como está la palabra en el habla común, ha sido relegada al terreno de las groserías o palabras soeces —expresiones de las cuales también hablaremos—, hasta el punto de que sólo ahora, y de una manera tímida, empieza a ser utilizada en la televisión. Esto nos parece hasta cierto punto gracioso, pues se trata de una expresión nacional, usada por la mayoría de nosotros, pero se la entiende como palabra prohibida.

Lo cierto es que se trata de una expresión comodín. Sirve para todo, siempre que el hablante la considere necesaria para completar su idea. Otras expresiones comodín no tienn un uso tan general, pero igualmente sustituyen una amplia gama de otras palabras. Es muy difundido en Venezuela el uso de la palabra coroto para denotar cualquier objeto, especialmente si se trata de enseres del hogar. Cuando la familia termina de comer, mamá friega los corotos. Cuando la pareja de recién casados compra su casa, es preciso equiparla con el mobiliario y los objetos de uso doméstico, y entonces decimos Carlos y María están para la casa nueva, llevando sus coroticos. Como interjección, la palabra era muy usada en otros tiempos: ¡Adiós, coroto! Y también se la emplea para denotar una situación de poder: Caldera se montó de nuevo en el coroto. Una anécdota está ligada al origen de esta palabra. Se dice que el dictador venezolano Juan Vicente Gómez era afecto a adquirir obras de arte para aparentar una extensa cultura —algunos dicen que realmente la tenía, pero que la ocultaba por razones estratégicas, aunque eso es harina de otro costal—, y que entre esas obras se encontraban algunas del paisajista francés Jean Baptiste Camille Corot, muy conocido durante el siglo XVIII. Según la conseja, los criados de Gómez degeneraron el apellido del francés: descuelguen los Corotos y limpien esa pared. La verdad es que el origen cierto de la palabra se desconoce.

Nuestra juventud ha popularizado una palabra que, nacida relativamente hace poco tiempo de la necesidad de abarcar lo más posible con el mínimo de expresiones, sirve para sustituir cualquier verbo que se requiera. Es común entre los estudiantes que, al olvidar el verbo apropiado, usen el verbo-comodín bichar. Un bicho es, originalmente, cualquier insecto que nos pueda generar repulsión, como una araña o una cucaracha. Es una palabra de uso común en España y ni siquiera se la tiene como expresión inculta. En Venezuela el significado de bicho se ha extendido: bicho o bicha es cualquier persona de la peor calaña, sinónimo de malandro cuando se usa en masculino, y a mujer de la vida cuando en femenino (aunque no son éstas las únicas acepciones, pero sí están entre las más comunes). Pero además, el significado original (insecto repulsivo) ha sido combinado de manera que denote también cualquier cosa cuyo nombre verdadero desconocemos. Decimos, cuando no sabemos el nombre de un objeto: Tráeme acá el bicho ese. Por extensión, ahora se usa el verbo bichar como sustituto de todos los verbos posibles, cuando se ignora, o no se recuerda en el momento, el verbo que debe emplearse. En este caso se dice: Apúrate a bichar la máquina, que se está haciendo tarde. O también: ¿Ya fuiste a bichar el reloj? Bichar es, como decíamos al principio del párrafo, muy usual entre nuestros jóvenes.

Hay otras expresiones comunes en el lenguaje coloquial, que se forman cuando la necesaria rapidez de la palabra hablada así lo requiere, abreviando, acortando la expresión original. Para efectos de este trabajo las llamaremos abreviaturas, aunque formalmente no son tales. Volviendo a ejemplos tomados del habla de los jóvenes, se recuerda especialmente el uso de profe por profesor o profesora, así como borra por borrador y saca por sacapuntas. Es cada vez más común sustituir la larga y enredadiza palabra electrocardiograma por la más simple y rápida de recordar, electro, así como eco por ecosonograma, ambas abreviaturas usadas inclusive por los profesionales de la salud en el desempeño diario de su trabajo. También se suelen abreviar expresiones completas. Por ejemplo, los abogados venezolanos suelen decir el Inpre, expresión sencilla que sustituye al nombre del Inpreabogado (Instituto de Previsión Social del Abogado) y a su vez a la expresión número de inscripción en el Inpreabogado. Si se toma un taxi para ir a la Universidad Central de Venezuela, se le dice al conductor: Lléveme a la Central. Puede ser que en la ciudad haya una central azucarera o una central de trabajadores, pero todo el mundo ha aceptado que la Central se refiere a la mayor universidad venezolana. Un ejemplo parecido es el que aplicamos a las avenidas y urbanizaciones. Nadie dice: Caminaba por la avenida José Casanova Godoy. Con decir que se caminaba por la Casanova, basta para que cualquiera entienda, siempre que el interlocutor sepa de la existencia de una avenida llamada así. Cuando una empresa construye una urbanización, es muy común que los habitantes de la misma, y de la ciudad donde se encuentra, sustituyan el nombre de la urbanización por el de la urbanizadora. La urbanización Francisco de Miranda, construida por la empresa estatal Fundacagua, es denominada simplemente con el nombre de la urbanizadora. Ya este es un caso de sustitución total y no de abreviación de una expresión, tal como sucede con el nombre de ciertas avenidas, que pasan a tomar el nombre de algún elemento vecino. Por ejemplo, en Caracas pocos saben dónde queda la avenida Abraham Lincoln, pero todo el mundo podría indicar dónde queda el bulevar de Sabana Grande. Finalmente, el tipo más común de abreviaturas es el que se hace cercenando las expresiones más comunes: Vaya pá'que'je el médico es, entre nosotros, exactamente igual a Vaya para la casa del médico.

Un caso especial es el de las palabras soeces, que en Venezuela se llaman groserías y vulgaridades. El significado real de la palabra grosería es bastedad, ordinariez, y en ciertos casos exagerado. Vulgaridad, por su parte, es algo ubicado en el terreno de lo vulgar, basto, ordinario. Teóricamente, las palabras soeces no son aceptadas en las reuniones sociales, en el trato respetuoso ni mucho menos en los medios masivos de comunicación, donde se supone que debe usarse justamente un trato respetuoso en el habla. En la práctica, son usadas por casi todos, pues sirven de interjecciones y de comodines. Algunas palabras han llegado a ser soeces a través de extraños y enrevesados caminos. Se entiende que las palabras soeces que hacen escatológica referencia a ciertas partes del cuerpo humano sean rechazadas por el trato respetuoso, pero algunas palabras de uso común en el lenguaje hablado han llegado a ser consideradas palabras soeces sin que se entienda cuál es la razón. Es el caso de carajo: el diccionario define esta palabra como sinónimo de poco, pero en el lenguaje común la usamos como comodín que puede sustituir el nombre de alguien (Ese carajo no ha llegado todavía), como interjección (¡Carajo, me caigo!) o como un lugar indefinido (Me voy pá'l carajo). También mantiene su uso original cuando decimos, por ejemplo, no entiendo un carajo, o quién sabe qué carajo hace él aquí. Todavía hay quien se escandaliza cuando se afirma que, ante la retirada de sus hombres en batalla, el general Páez —prócer de la Independencia venezolana— no les increpó «¡Vuelvan caras!» sino «¡Vuelvan, carajo!». En cualquier caso, es extraño que esta palabra sea considerada una grosería. En Venezuela conocemos de un caso anecdótico y reciente relacionado con la palabra pendejo, comúnmente tratada como una palabra soez por hacer referencia a los vellos de cierta parte del cuerpo, pero que entre nosotros tiene una acepción adicional como persona que se deja engañar fácilmente. En alguna oportunidad, el escritor venezolano Arturo Uslar Pietri, reconocido a nivel mundial como uno de nuestros intelectuales más importantes, ganador de valiosos reconocimientos internacionales, se atrevió a pronunciar la palabra pendejo en una entrevista televisiva. La sorpresa general fue rápidamente sustituida por la aceptación de la palabra en todos los círculos sociales —hasta se organizó, poco después de la entrevista a Uslar, una muy concurrida marcha de los pendejos— y hoy en día no es raro oírla en los medios de comunicación.

Y es que el idioma se renueva constantemente, en un proceso que implica que las palabras varíen su significado y que adquieran nuevas y diversas acepciones según su uso es pasado de boca en boca y alterado por los hablantes. Ya hemos dicho que quien determina la creación de una nueva palabra no es la Real Academia Española de la Lengua, sino la real gana de los pueblos que hablan el castellano. Al empezarse a usar una palabra en un contexto distinto al que originalmente se le tiene asignado, o se crean nuevas palabras basadas en vocablos extranjeros, se asiste al nacimiento de un neologismo, palabra académica que sirve para denotar cualquier palabra en proceso de creación y delimitación de significados. Es el caso, ya comentado, de bichar, como ha sido también el caso, en su momento, de narcotráfico, palabra que no existía hace pocos años, pues no era necesaria para definir ninguna cosa específica. Un ejemplo de aparición de un neologismo lo tenemos en la palabra asegurar, que aunque originalmente significa preservar o afirmar, con el nacimiento de las pólizas de seguro y de las compañías que ofrecen este servicio ha ganado un significado derivado del primero mencionado. Quien asegura un bien mueble o inmueble, quien adquiere una póliza, lo hace para preservar el valor del bien asegurado, aunque éste sea robado, dañado o destruido. Muchos neologismos aparecen como consecuencia de un adelanto científico o tecnológico, de una nueva condición social, de una nueva manera de ganarse la vida o de la importación de palabras provenientes de otros idiomas. Pertenecen al primer caso las palabras televisor, computadora, voltio y las ya mencionadas encefalograma y ecosonograma. Son del segundo caso las expresiones clase media o chicano. Clase media es una expresión que denota una clase social que no existía formalmente hasta finales del siglo pasado, y que nace con el nacimiento de los conceptos de clases sociales. En la Edad Media, por ejemplo, era absurdo pensar en esta expresión. En la época de Simón Bolívar era absurdo pensar en esta expresión. Chicano, por su parte, es considerado cualquier mexicano nacido o residente en Estados Unidos, así como se llama latino a cualquier persona proveniente de países de habla hispana aunque no provenga realmente de Latinoamérica. Al tercer caso pertenecen las palabras mecanógrafo —que nace con la invención de la máquina de escribir—, electroauto —palabra que no existía antes de la invención del automóvil— o computista —aparecida cuando se masificó el uso de las computadoras personales. Al cuarto caso pertenece guachimán, que es una degeneración en la pronunciación de la expresión anglosajona watchman, hombre que observa y por extensión, persona que vigila, vigilante. Igualmente, el hoy popular kinder, también llamado kindergarden, debe su origen a una expresión germana (kindergartten) que significa jardín para niños. En el mundo actual, el castellano es bombardeado principalmente por palabras importadas del idioma inglés, pero es bueno recordar que todo idioma es el producto del uso del habla por parte de quienes habitan un espacio territorial determinado, y que cuando una realidad social cambia parcial o totalmente el entorno, cambia asimismo el significado de algunas palabras o nuevas palabras son creadas. Cuando los conquistadores españoles llegaron a tierras venezolanas, según comentaba el filólogo Ángel Rosenblat, aprendieron el uso de ciertos sillones rústicos de los aborígenes locales, cuya forma asemejaba al de una concha marina, y en el cual se adoptaba una posición a medio camino entre el sentarse y el acostarse, siendo muy efectivo para el descanso. La palabra con la que los aborígenes llamaban a esta pieza de su peculiar mobiliario era putaca. Como la conquista obligaba a los españoles a estar en permanente contacto con los aborígenes, y viendo el práctico uso de estos sillones, la palabra pasó a formar parte de nuestro idioma como butaca, expresión que hoy en día nadie reconocería como un neologismo.


El lenguaje académico

En este trabajo usaremos la expresión lenguaje académico para denotar todas aquellas formas del lenguaje que se usan comúnmente al escribir, y que no se valen de las herramientas de abreviación o sustitución comentadas en el aparte del lenguaje coloquial. No nos apegaremos al concepto clásico de lenguaje culto por contraposición al lenguaje coloquial, porque lenguaje culto implica algo no necesariamente acoplado a la realidad. No es oro todo lo que lo parece: aunque alguien hable o escriba correctamente, esto no es característica absoluta de su grado de cultura. Por la misma razón, la expresión lenguaje culto da la idea de que el lenguaje coloquial es exclusivo de gente de poca cultura, concepción ésta demasiado simplista que no puede ser considerada como verdadera.

El lenguaje académico es, ya lo dijimos, el que usamos al escribir. En el acto de escribir, sea que escribamos un cuento o un informe para una autoridad, la disposición de tiempo suficiente nos da la posibilidad de utilizar un lenguaje con todos sus atributos significantes, permitiendo al individuo evitar el empleo de comodines. Distinguimos un lenguaje académico general —el que los libros han llamado culto durante años—, compuesto por expresiones utilizadas en su contexto correcto, y varios lenguajes académicos de tipo especializado, cuyas expresiones dependen de una ciencia o una disciplina específica.

Los lenguajes académicos especializados simplemente adoptan expresiones del lenguaje académico general amoldándolas a sus propios contextos. Por ejemplo, la acepción académica de actualizar es traer al presente una cosa o un conocimiento. En las ciencias de la computación, puede significar la revisión de un registro de datos para conocer los últimos resultados. El lenguaje acepta la palabra puente como una construcción que permite pasar de un lado a otro de un río o de una zanja, pero en el lenguaje técnico de la electricidad y de la electrónica se trata de un tipo especial de circuito. Todo esto no es más que una muestra de la forma como el lenguaje se comporta dinámicamente, otorgando significados distintos a las expresiones de acuerdo al contexto en que se usan.

El escritor debe recordar que el uso de expresiones propias del lenguaje coloquial o del lenguaje académico no debe separarse del contexto de la historia que narra. Normalmente, la naturaleza de los hechos narrados permite determinar si el lenguaje a emplear será académico, coloquial o una mezcla de ambos. Igualmente, las decisiones que hayan de tomarse al respecto estarán ligadas al carácter de los personajes, al entorno geográfico descrito en la historia o a la necesidad de llevar al lector ciertos contenidos significantes.

Solemos reconocer la necesidad del empleo del lenguaje académico cuando la narración explica hechos relacionados a las artes, las ciencias, la técnica o la sociedad humana desde el punto de vista de un narrador objetivo, o cuando el narrador es un personaje cuyas características individuales son las de alguien que comúnmente se expresa con este tipo de lenguaje. Esto es difícil de aplicar si el escritor no domina las peculiaridades del lenguaje especializado escogido. Se suele incurrir en el error de exagerar el uso de sinónimos como panacea para obtener una narración depurada, cuando lo cierto es que si no se conoce el contexto apropiado de los distintos sinónimos de una expresión, se puede obtener como resultado un texto sobrecargado y poco creíble.

El lenguaje coloquial se reserva a las narraciones costumbristas y a cualquier historia que deba reflejar el estado social de los personajes y el ambiente en el cual está centrado. Pero, como el lenguaje académico, presenta ciertas dificultades. Particularmente, que el lenguaje coloquial hace uso de las repeticiones —lo que comúnmente llamamos redundancia— y de cierta exagerada elipsis —cambiar el sentido de la disposición del sujeto, el verbo y el predicado— como herramienta de abreviación cuando no se recuerda la manera académica de decir algo.

Piedra de mar, del venezolano Francisco Massiani, es una verdadera obra maestra de la novelística elaborada completamente en lenguaje coloquial. La novela narra las desventuras de un muchacho venezolano de los años sesenta —esta novela, como la mayor parte de la narrativa de Massiani, abunda en detalles autobiográficos—, y sus dificultades para adaptarse a los nuevos estatus que da al individuo salir de la adolescencia y enfrentarse a las realidades de la adultez; entre éstas, el enamorarse. La historia está narrada en primera persona y emplea un lenguaje profuso en expresiones populares usadas por la juventud de la época.

Regresé y llegué sudando al departamento. Las llaves no estaban bajo la alfombrita para limpiarse los zapatos, y toqué el timbre. José me abrió y se sonrió. El infeliz cada vez que me ve desesperado se sonríe:

—¿Qué te pasó, vale?

Que si qué te pasó. Ni siquiera saludé a Julia. No quería ver a nadie. Me eche en la cama y me quedé ahí un buen rato. Después me puse a jugar con la piedra que encontré esta mañana en la playa, y decidí jugarme la vida en un último telefonazo. Me persigné, le rogué a todos los santos para que me ayudaran, y llamé. Pero me asusté tanto que colgué. Una última llamada necesitaba un palo de ron. Me lo tomé y me bebí varios tragos más del pico de la botella. José y Julia se separaron, porque estaban en pleno jaleo y supongo que continuaron besándose. Con los tragos de ron y la piedra, me animé un poco, y por fin llamé. Llamé pero con un pañuelo para que no reconocieran la voz, y me atendió Juan:

—Llámeme a Carolina inmediatamente. Es algo urgente. No me interrumpa. Es cosa de vida o muerte.

Se tiene la concepción errada de que el lenguaje coloquial debe estar plagado de palabras soeces para parecer creíble, pero esto no es del todo cierto. Como hemos dicho más arriba, el lenguaje coloquial tiene sus propios contextos y en algunos de éstos debe usarse palabras soeces, pero no en todos. Las variantes que se le den al lenguaje coloquial deben estar en perfecta concordancia con el contexto de la historia: sería absurdo evitar el lenguaje coloquial, y en muchos casos las palabras soeces, en una historia sobre reclusos que pretenda ser realista. Por otro lado, deja de ser creíble una historia cuando se exagera en el uso del lenguaje coloquial, haciendo que los parlamentos de los personajes parezcan simples caricaturas de lo que realmente éstos o el narrador dirían.

Finalmente, hay un tipo de narración que se vale de ambos tipos de lenguaje para desarrollar el hecho narrado. El punto de vista del narrador en este caso es donde prevalece el lenguaje académico, dejando el lenguaje coloquial para los personajes o al menos para algunos de ellos. Es la manera como construía sus historias —de aparente corte social pero realmente imbuidas de profundos prejuicios— el autor venezolano, casi ganador del premio Nobel de Literatura, Rómulo Gallegos:

Mas fue tan sinceramente iracunda la mirada que le dirigió el Peripatético, para retirarse en seguida, pero sin la acostumbrada arrogancia de sus cóleras, que el Centella comprendió que no le había hablado en bromas, y mientras lanzaba desde su camión el queso perijanero que otro esperaba en la acera, murmuró:

—¡Va, pues! ¿De dónde será ese roncito? Es bueno saber dónde lo estarán vendiendo, no vaya a ser cosa...

Marco Aurelio atravesó la calle y se internó en el mercado bullicioso, declamando:

—Aquí la fresca legumbre abundante y el jugoso aliño, que me alimentaron con buena sazón las hambres.

—¿Táis soñando, Marco Aurelio? —repuso el verdulero ante cuyo puesto había dicho aquello—. ¿Cuándo te llevasteis vos a la boca cosa que fuera de comer?

Pero él se limitó a estrecharle la mano en silencio y continuó su marcha de despedida.

Nuestro idioma es uno de los más ricos en expresiones, y éstas a su vez sumamente ricas en significados. Y, aunque esto comúnmente ha sido un elemento aprovechado por quienes intentan justificar la evasión del lenguaje coloquial, es en realidad algo que nos permite disponer de dos grandes formas expresivas, el lenguaje académico y el lenguaje coloquial, capaces de entrelazarse para producir las más maravillosas expresiones literarias. Recuerde el lector —a quien esperamos algún día conocer como valioso creador— que el lenguaje es el conjunto de las palabras con las que los individuos de un pueblo se comunican entre sí, y que es una de las principales cartas de identidad de un grupo humano. Por esto, por ser característica de lo esencialmente humano, y por ser su herramienta de trabajo, el escritor ha de reconocer como su razón de ser la necesidad de reflejar la realidad idiomática tan fielmente como le sea posible.


©Jorge Gómez Jiménez • jgomez@letralia.comPágina principal